Destruir Rusia

[Importante: Lo que sigue es mi traducción de un artículo publicado en 2014 por Irene Cesar, doctora en filosofía. Lo traigo aquí porque conviene conocer los argumentos radicales para poder oponerse a ellos. Rechazo toda muestra de discriminación étnica y declaro mi firme adhesión a la causa de las minorías perseguidas. He omitido las imágenes del artículo original. Las citas se ofrecen en cursiva.]

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Las atrocidades sio-nazis en Novorrusia constituyen una limpieza étnica/genocidio masivo de la población indígena -rusa- en la tierra ancestral rusa, idénticas a las atrocidades sio-nazis en Palestina, una limpieza étnica/genocidio masivo de la población indígena palestina en la tierra de sus antepasados. Los jázaros asquenazíes (el 93% de los “judíos” del mundo) son falsos judíos. Según sus propios estudios genéticos, son turcos descendientes de una progenitora rusa. Ni siquiera son semitas (medio negros, medio blancos). Los jázaros asquenazíes pseudo-judíos no tienen nada en común, ni racial ni históricamente, con los auténticos hebreos negroides del Tanaj/Antiguo Testamento de la tribu de Seth/Judá en la tierra de Seth (Alto Egipto). Su patria es Turquestán. Las tierras de Palestina y las de Rusia nunca les pertenecieron por derecho. Tanto en uno como en otro lugar fueron invasores y esclavistas. ¡No habrá una nueva Jazaria! ¡No habrá un Sión Global de ciber-esclavos!

El jefe del Jabad, mesías Menachem-Mendel Schneerson, sobre sus planes para destruir Ucrania y Rusia (reimp.)

Este discurso de Menachem-Mendel Schneerson, líder del Jabad y mesías (rabino de Lubavitch), fue enviado y publicado como carta al periódico de Vologda Slavyanin (N-4 (32), 2001, Rusia).

Tras su publicación, los tribunales no consiguieron procesar a V. F. Popov, editor del periódico, bajo presuntos cargos en virtud del art. 282 C.P. [incitación al odio] porque el artículo estaba basado en hechos y algunos importantes eruditos rusos dieron la cara por él; entre ellos el académico Y. K. Begunov y el doctor en derecho O. G. Korotaev.

El discurso fue pronunciado por Menachem-Mendel Schneerson en 1994. Hay mucho debate sobre [su] autenticidad, como [lo hubo] sobre la de los “Protocolos de los sabios de Sión”, pero es un hecho innegable que casi todos los objetivos formulados por Schneerson se han logrado hasta la fecha. Se trata simplemente de la aplicación del Talmud a Ucrania y Rusia. El Talmud dice: los judíos deben matar y esclavizar a los gentiles [no judíos] en todo el mundo. El discurso dice: los judíos deben matar y esclavizar a los gentiles en Ucrania y Rusia. Sí, el discurso de Menachem Mendel Schneerson es monstruoso. Para una persona normal es difícil creer que un líder religioso pueda ser un asesino y que la religión pueda ser una ideología del asesinato. Por eso el texto de este ensayo acompaña cada pasaje criminal del discurso con un pasaje criminal del Talmud. El rostro del mesías sionista también habla por sí mismo: es el rostro de un terrorista, lleno de odio y amenaza.

El rabino Menachem-Mendel Schneerson (5 abril 1902 – 12 junio 1994), conocido como el Lubavitch Rebe o simplemente Rebe, fue el séptimo rebe (líder jasídico) del Jabad (también llamado “movimiento Lubavitch Jabad”). Fue el quinto en la línea paterna directa después del tercer rebe Menachem-Mendel Schneersohn (su apellido se escribe algo distinto). Asumió el liderazgo del Jabad en enero de 1951, un año después de la muerte de su suegro, el rabino Yosef Yitzhak Schneerson. Aún tras su muerte, Menachem-Mendel Schneerson es venerado como el líder del Jabad.

 “Cuando el Mesías venga cada judío tendrá 2800 esclavos.” Simeón Haddarsen, fol 56-D.

“Jehová creó a los no judíos con forma humana para que el judío no tenga que ser servido por bestias. El no judío es por tanto un animal con forma humana, condenado a servir al judío día y noche.” Nidrasch Talpioth, p. 225-L.

Estas son las palabras del rabino sanedrín (dirección espiritual de los judíos en Rusia), el rebe Menachem-Mendel Schneerson:

1. Nuestra táctica especial para combatir a los eslavos es un conocimiento secreto [limitado a nuestro pueblo]. Dirigiremos nuestra principal arma de lucha contra los eslavos, excepto los renegados, emparentados con los hebreos por intereses comunes. Ciertamente, tras usarlos para nuestros propios fines eliminaremos de nuestra sociedad a estos “parientes”.

Los eslavos, y entre ellos los rusos, son el pueblo más rebelde del mundo. Es rebelde por virtud de sus características psíquicas y mentales, creadas por muchas generaciones de antepasados; estos genes no se pueden alterar. Un eslavo, un ruso, puede ser destruido, pero nunca conquistado. Por eso esta semilla debe ser eliminada, y en principio su número fuertemente reducido.

“Matar a un gentil es como matar a un animal salvaje.” Sanhedrin 59a.

“Si un gentil mata a otro gentil o a un hebreo, es responsable; pero si un hebreo mata a un gentil, no es responsable.” Tosefta. Aboda Zara B, 5.

“No tengas clemencia para el gentil.” Hikkoth Akum X1.

2. Nuestros métodos de lucha no serán en modo alguno militares, sino ideológicos y económicos, usando estructuras de poder dotadas de los más modernos tipos de armas para suprimir físicamente a los rebeldes con una brutalidad aún mayor que la empleada en octubre de 1993 durante el fusilamiento del Soviet Supremo de Rusia.

En primer lugar, dividiremos a todos los pueblos eslavos (300 millones, la mitad rusos) en pequeños países debilitados y con sus vínculos cortados. Aquí usaremos nuestro viejo método: DIVIDE Y VENCERÁS. Intentaremos que estos países se enfrenten entre sí; arrastrarlos a guerras internas con el fin de una mutua destrucción.

El ucraniano creerá que lucha por su independencia contra la Rusia expansionista; creerá que por fin ha obtenido su libertad, mientras que se hace totalmente dependiente de nosotros.

Los rusos creerán lo mismo, como si defendiesen sus intereses nacionales y recuperasen las tierras que les fueron “ilegalmente” arrebatadas, etc.

“Dios ha concedido a los hebreos poder sobre las posesiones y la sangre de todas las naciones”. Sef. Jp., 92, 1.

“Contarle a un gentil algo sobre nuestras relaciones religiosas sería como matar a todos los hebreos, porque si los gentiles supieran nuestras enseñanzas respecto a ellos nos matarían abiertamente.” Libbre David 37.

Haremos todo esto en la guisa de diversas soberanías luchando por sus ideales nacionales. Pero no permitiremos que ninguna de las partes se autodetermine basándose en sus valores y tradiciones nacionales.

En esta guerra de idiotas el ganado eslavo se debilitará a sí mismo y nos fortalecerá a nosotros, principales directores del desorden, supuestamente situados al margen, sin participar en los eventos sangrientos e incluso sin interferir en ellos.

Además nos protegeremos plenamente. En la mente de los profanos eslavos (los no iniciados) estableceremos estereotipos de pensamiento tales, que la palabra más terrible será “antisemita”. La palabra “judío” se pronunciará en susurros.

“Se permite la relación sexual con una niña pequeña si ha cumplido los tres años.” Yebhamoth 11b.

“Si un pagano (gentil) golpea a un hebreo deberá morir. Golpear a un hebreo equivale a golpear a Dios.” Sanedrín 58b.

“Los hebreos deben destruir los libros de los cristianos.” Sabbath 116a, p. 569.

Mediante varios procesos judiciales (como el juicio y posterior eliminación del antisemita Ostashvili) y otros métodos (radio, televisión, películas aterradoras tales como la venganza de la superinteligencia israelí Mossad por el asesinato de judíos) asustaremos al ganado de tal modo que a ningún hebreo le tocarán un pelo del cabello, en tanto que los eslavos serán fusilados en lotes, eliminados por miles: en las fronteras, donde los judíos no sirven en fuerzas de paz, mediante el terrorismo y asesinatos por encargo.

3. La estúpida etnia eslava no entiende que los fascistas más temibles son aquellos que nunca, en ninguna parte, hablan en voz alta sobre ello, mientras que todo lo hacen supuestamente según las normas más democráticas (como las elecciones presidenciales en marzo). Nosotros, en cambio, haremos de la palabra “fascista” misma un insulto.

“Cuando un hebreo mate a un gentil no habrá pena de muerte. Lo que un hebreo robe a un gentil será suyo.” Sanedrín 57a.

“Los gentiles no están protegidos por la ley y su dinero lo ha dado Dios a Israel.” Baba Kamma 37b.

“Todas las propiedades de otras naciones pertenecen al pueblo hebreo, que, por tanto, tiene derecho a tomarlas sin escrúpulos.” Schulchan Aruch, Choszen Hamiszpat 348.

Esta etiqueta [“fascista”] atemorizará a cualquiera que se la pongamos. Sabemos muy bien que el nacionalismo consolida a una nación, que la hace fuerte. 
El eslógan del “internacionalismo” está obsoleto y ya no funciona como antes. Lo reemplazaremos por “valores humanos comunes”, que es lo mismo.

No permitiremos que ascienda ningún nacionalismo, y destruiremos a fuego y espada aquellos movimientos nacionalistas que busquen liberar al pueblo de nuestro dictado, como hacemos en Georgia, Armenia y Serbia. En cambio, aseguraremos la total prosperidad de nuestro nacionalismo: el sionismo, o mejor dicho el fascismo judío, que en su secretismo y poder es superfascismo.

No por nada la Asamblea general de las Naciones Unidas aprobó en 1975 una resolución en la que definía al sionismo como la más notoria “forma de racismo y discriminación racial”, pero la revocó en 1992 gracias a nuestro avance triunfante en todo el planeta. Hemos hecho de este órgano internacional un arma para nuestras aspiraciones de tomar el poder sobre “todos los reinos y naciones”.

4. Privaremos a la numerosa población eslava de su élite nacional, la cual determina el desarrollo de los eventos, el progreso del país y, en última instancia, todo el curso de la historia. Para ello reduciremos su nivel educativo: en los próximos 5 años cerraremos la mitad de sus instituciones [educativas] y seremos nosotros quienes estudiemos en la otra mitad.

Dejaremos entrar a más armenios, chechenos, gitanos y similares. Nos aseguraremos de que los gobiernos de los países eslavos estén formados por el menor número posible de representantes de sus gentes nativas, que serán reemplazadas por nuestra élite judía.

Desplazaremos gradualmente de los medios de comunicación –radio, televisión, prensa, arte, literatura, teatro, cine– a sus cuadros nacionales, reemplazándolos por los nuestros o, en último caso, por cosmopolitas.

“Sólo hemos tomado para nosotros como botín el ganado y el espolio de las ciudades que derrotamos.” Sef. Jp., 92, 2.35.

Se orientará la enseñanza a las humanides, de modo que se reduzcan o eliminen las materias que estructuran el pensamiento en los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro: a) lengua y literatura, b) física y matemáticas.

Sobre la historia no hay nada que decir. Le daremos al ganado nuestra visión de la historia, mostrando que toda la evolución humana ha caminado hacia el reconocimiento de que la nación elegida por Dios, los hebreos, son señores sobre todo el mundo.

“El rabí Yitzhak Ginsburg declaró: Hemos de reconocer que la sangre judía y la de un gentil no son la misma cosa.” New York Times, 6-5-1989, p. 5.

En lugar de valores nacionales os daremos el patriotismo de balalaika y lágrimas de borracho. Aquí nuestro objetivo es reemplazar a la élite eslava con la nuestra. 
No permitiremos el desarrollo de la ciencia en estos países. El núcleo de los académicos (Academia de Ciencias) estará compuesto por nuestra gente.

No permitiremos ninguna alta tecnología, lo cual conducirá a un declive total de la industria, quedando ésta reducida a la producción de artículos de primera necesidad por un contingente limitado de esclavos que extraerán materias primas para nosotros.

Hay muchos ingenieros, trabajadores cualificados y profesores entre los ciudadanos. Estableceremos para ellos tales condiciones de subsistencia (desempleo, elevados alquileres, encarecimiento del transporte y los servicios públicos) que ellos mismos huirán –como ahora hacen los rusos de los países del CIS [antigua URSS]– a las remotas aldeas del norte, donde pensarán que la vida es más fácil; lo cual será también, de hecho, un engaño.

¡Descomponed a la juventud y derrotaréis a la nación! Ése es nuestro lema. Privaremos a su sociedad de la juventud, corrompiéndola con el sexo, el rock, la violencia, el alcohol, el tabaquismo, las drogas; es decir, privaremos de futuro a vuestra sociedad. Golpearemos a la familia, destruyéndola; reduciremos la natalidad.

“Destruiremos a Dios.” Protocolos de los sabios de Sión.

“Un millón de árabes no valen la uña de un hebreo.” New York Daily News, 28-2-1994, p. 6.

Hitler fue un chico mediocre. Actuó directa, abiertamente. Y fue un trabajo enormemente duro: quemar, fusilar, enterrar a millones. Dejó huellas sangrientas. Nosotros actuamos con más astucia: no dejaremos rastros. Reducir la natalidad al menos a la mitad equivale a destruir 2-3 millones de rusos al año sin ningún costo físico. No hacen falta hornos, munición, tumbas. Y no hay huellas. No ha nacido, [luego] no hay culpables.

Crearemos unas condiciones de vida mejores para los delincuentes que para el ganado trabajador; liberaremos a los presidiarios de las cárceles para que haya más homicidios, robos e inestabilidad. Sólo habrá amnistía para ladrones y asesinos; en breve: para todos los condenados excepto quienes lo sean por “incitar al odio racial”, que ha reemplazado a la ley contra el antisemitismo.

Sembraremos el miedo entre la gente. Temerán por su vida, que no valdrá nada; por su puesto de trabajo, que pueden perder en cualquier momento; miedo por el futuro de los suyos… Mediante el miedo gobernaremos.

5. Estos ambiciosos objetivos se llevarán a cabo en varias etapas. El 85% de la plataforma del mar Ártico ha caído ya en nuestras manos (amplios sectores de la población aún no lo saben) gracias a confusos acuerdos firmados con Gorbachov y Yeltsin y no explicados a la población.

En las tierras del sur de Rusia viven ya un millón y medio de armenios. Esta es nuestra avanzadilla. En un principio, para el engaño, declararemos la República Armenia en Kubán; después, expulsando a los cosacos, la transformaremos en Jazaria: Israel. Nos ayudará el hecho de que los cosacos están siempre bebidos, aman el poder y están dispuestos a luchar por él entre sí.

Existe aún, cierto es, otra institución estructurada: el clero ortodoxo. Enviaremos ahí a nuestros pastores judaicos, a quienes el Talmud permite realizar rituales de otras religiones manteniendo en su alma la fe judía.

A los demás los sobornaremos. Y acabaremos con aquellos que no sucumban. A los rusos ya no les quedan estructuras más o menos organizadas, y además el ganado no puede unirse y crearlas porque el ganado ruso ya se ha emborrachado y degradado y no es capaz de estructurarse.

Si en el siglo pasado [el s. XIX] EE.UU. compró Alaska a Rusia, en el siglo XXI comprará toda Siberia. Desde el Yenisei en el oeste hasta el océano Pacífico en el este, y desde el mar Ártico hasta la frontera con China, Mongolia y Corea del Norte. Estas tierras son el doble de grandes que todo EE.UU. El acre se pagará a mil dólares, y en veinte años se habrá comprado toda Siberia por tres billones, pagando doscientos millones anuales, la mitad de los cuales volverán a EE.UU. a cambio de bienes.

Los siberianos no tendrán más remedio que que someterse a alguna influencia extranjera, y EE.UU. parece mejor que los vecinos asiáticos. Al fin y al cabo, Vladivostok está más cerca de Los Ángeles que de Moscú…

6. Para llevar a cabo tan importantes eventos para nosotros le daremos al ganado eslavo monarquías disfrazadas de “transición democrática”. Un presidente títere para cada uno. ¡Y mucho brillo, pompa y ruido! La monarquía es buena porque canaliza toda la energía de las masas a los pitidos. Desvía su atención de nuestras actividades secretas para estructurar a la población según el patrón que nos convenga. El presidente es una fachada aparentemente elegida por el pueblo (y amañaremos las elecciones de modo que todo parezca legítimo), tras la cual manejaremos todos los asuntos que nos hagan falta. Al presidente se le otorgarán poderes ilimitados. Pondrá a nuestra gente a la cabeza de los cuadros en los escalones más altos del poder. El ejército, el ministro del interior, la inteligencia y todo tipo de fuerzas especiales quedarán directamente subordinadas al presidente. Es decir: a nosotros. Tendremos en nuestras solas manos las cuerdas que muevan las suyas. Y tiraremos de estas cuerdas según haga falta para realizar el grandioso designio de subyugar a todas las tribus y reinos, someterlos a nuestro súper-pueblo, escogido por el dios de Israel.

7. Pero lo principal es el dinero. El dinero lo hace todo. Es poder. Es fuerza. Quien tiene dinero tiene armamento. El más avanzado. Tiene un ejército mercenario. El dinero es dueño de los medios de comunicación que engañan a miles de millones de ganado humano. Soborna a las personas que necesitamos. Elimina a los rebeldes. Bombardea a los fanáticos que se resisten: iraquíes, serbios y, muy pronto, rusos. El capital y la toma del poder lo deciden todo. Llevamos ya más de tres milenios ejercitándonos en la acumulación de capital y la toma de poder, y nadie nos supera en esto. No tenéis dinero propio. Autoridad tampoco. ¡Ni los tenéis ni los tendréis! ¡No os los daremos!

¡Os odiamos infinitamente! Este odio nos da la fuerza para sonreíros dulcemente a la cara, para ganarnos vuestra confianza y dirigiros, aparentando “preocupación” por vosotros y vuestros hijos, futuros nietos y bisnietos que en realidad nunca nacerán.

Estáis condenados. Y en tanto no entendáis esta simple verdad, mientras sigáis resistiéndoos, seréis golpeados más de lo necesario. Si sois obedientes quedarán 65-70 millones de los vuestros, de lo contrario, 40-45.

Ahora para nosotros lo principal es aguantar al menos dos o tres años. Después ya no tendremos, en este país, ningún problema. Adoptaremos tales medidas de protección que ninguno de vosotros podrá hacer un movimiento. Todo lo que ocurra será conocido, controlado y dirigido por nosotros. ¡Y nadie puede detenernos!

Lo que vamos a hacer:

1. Se agotan las reservas mundiales de materias primas industriales y, para principios del próximo milenio [el actual], la “sociedad occidental” no podrá mantener su nivel actual de consumo sin recurrir a nuevos recursos: los países donantes coloniales. Por lo tanto, nuestras aspiraciones se centran ahora en Rusia con dos objetivos: el primero, liquidar el imperio más poderoso e independiente, que ocupa una sexta parte de la tierra. 
El segundo, tomar posesión de sus riquezas, que representan el 60-70% de todas las reservas mundiales de materias primas y el 75-80% de las reservas mundiales de petróleo y gas, concentradas en Siberia y en la plataforma del Ártico.

2. El planeta está experimentando un intenso calentamiento climático. El desierto avanza hacia el norte a una velocidad de 10 km por año, y la deshidratación del suelo a 25 km por año. Los antiguos centros del mundo –Atenas, Roma y, sobre todo, Jerusalén (Israel)– caen ya en la actualidad dentro de la zona de riego artificial. Dentro de 20 o 30 años será necesario pensar en reubicar, al norte de su residencia actual, a enormes masas de pueblos civilizados. Para entonces el Kubán –en la región de Rostov– y Ucrania tendrán un espléndido clima subtropical, y el Chernozem y el norte de Ucrania tendrán el clima actual del Cáucaso.

Si recordamos la historia, debemos admitir que estos territorios son las tierras ancestrales de los antiguos jázaros judíos, es decir, Israel, capturadas por la Rus de Kiev en el siglo X. Aquí los eslavos son huéspedes temporales y están sujetos a desalojo. Recuperaremos este territorio y estableceremos en estas tierras benditas la Gran Jazaria –un estado judío– como hace 50 años se hizo con Israel, desplazando a los palestinos. Parte de los israelíes se mudarán aquí, y desterraremos al ganado eslavo hacia el norte, más allá de Moscú. Habrá un pequeño territorio del norte, una reserva con una población compacta, una reserva similar a las de los indios americanos.

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Bielorrusia. Cap. 15: Epílogo

DESPEDIDA Y CIERRE

Lo que queda por contar de este viaje tiene ya escaso interés incluso para mí; tan poco, que no sé si vale la pena escribirlo: el principal destino, que era Bielorrusia, ha quedado atrás y sólo me resta poner aquí algunas notas sobre la última etapa de mi vuelta, hasta llegar a casa.

El hotel que había reservado en Varsovia resultó ser muy bueno, sobre todo en relación al precio, que no llegó a cincuenta euros por noche. Lo había escogido por su cercanía al aeropuerto, pero presumo que la tarifa que conseguí tenía alguna relación con esas fechas pascuales de escasísima ocupación hotelera en Polonia. Era un edificio bastante nuevo y moderno: espaciosas habitaciones con todas las comodidades, ventanas hasta el suelo, moqueta por todas partes, equipo completo de té y café, agua mineral con gas, nevera, amplio cuarto de baño, cómodas camas, bien diseñada iluminación, tabiques y puertas aislados acústicamente, etc. Aparte, en el sótano, gimnasio y sauna de uso gratuito para los clientes; instalación esta última que aproveché para darme una buena sesión aquella tarde antes de salir a cenar. Un lugar óptimo, en suma, para descansar un par de noches antes de coger el avión a Madrid.

Lo primero que hice fue llamar a Ania por si daba la rara casualidad de que estuviese en Varsovia; y resultó que sí: ella y Sandro habían cancelado sus vacaciones de Semana Santa en Roma porque alguien de la familia de él, que allí vive, tenía la gripe china y, claro está, no podían exponer a su dulce hijita a riesgo tan letal; así que quedamos para el día siguiente.

Como casi todos los restaurantes de Polonia están cerrados en estas fechas, apenas tuve opciones para elegir dónde cenar: o bien el carísimo que había en el hotel, o un tailandés cercano, tampoco precisamente económico. Aun así, me decidí por éste, en parte para variar la dieta de comida eslava que había venido siguiendo durante todo el mes anterior. Como es costumbre en estos sitios de comida rápida oriental, tenían un menú inacabable de platos enormemente parecidos. Tras estudiarlo un rato escogí un arroz con carne de venado. Le pregunté al hombre si hablaba inglés y, sin dudarlo un segundo, me contestó que sí; pero lo cierto es que no entendía ni una palabra y tuve que indicarle mi elección con el dedo.

Me resulta muy curioso darme cuenta de la distinta mentalidad de los pueblos: cuando a un eslavo le preguntas si habla inglés, normalmente te dice que no, aunque algo sepa; y en el mejor de los casos, si su nivel es mediano o incluso bueno, te dice que “sólo un poco”. Los asiáticos, por contraste, suelen tener la actitud diametralmente opuesta: su respuesta es a menudo afirmativa aunque no sepan decir más que “hello” o “yes”. Con espíritu tan derrotista como el eslavo, no es de extrañar que ninguno de los países de la Europa oriental ocupe un puesto destacado en el desarrollo económico.

En este caso, el empleado conocía incluso la palabra “spicy”. Me arriesgué a pedir el arroz picante porque ya tengo aprendido que los restaurantes extranjeros suelen tener sus comidas adaptadas a los gustos locales; de otro modo, no me había atrevido: en Tailandia, los platos sin el peligroso adjetivo son ya bastante picantes, y los que lo llevan no hay boca que los aguante. Y no me equivoqué: me sirvieron un enorme plato apenas ligeramente spicy que hube de aderezar, para darle un poco de gracia, con una salsa roja de pimienta cayena que había por allí; y aun así me quedé algo corto. De la carne no puedo afirmar con rotundidad que no fuese venado, pero a mí me pareció ternera vulgaris, y además bastante insípida. Eso sí: la ración era tan exagerada que, aunque traía yo bastante hambre, no pude acabármela. Quedé servido de comida rápida tailandesa para los próximos años.

El día siguiente estuve dando un paseo por las desiertas calles de Varsovia, tanto más vacías en aquel barrio, Słuźewiec, donde comienza la periferia sur. Una ubicación muy a propósito para estos últimos días también periféricos de mi viaje, e igualmente acompasada a mi estado de ánimo.

Aquella tarde opté por una cena temprana y ligera en el restaurante del hotel, que -pese a lo frugal- me costó un pico, antes de irme a casa de Ania. Fue una visita más bien corta: ya nos habíamos puesto al día el mes anterior y no teníamos gran cosa que contarnos; de modo que a las diez y media estaba ya de vuelta en mi habitación.

EPÍLOGO

Principié estas notas preguntándome dónde y cuándo se sitúa el inicio de un viaje, y en este punto de la escritura me surgen las mismas preguntas respecto al final. Advierto que estoy ya escribiendo con desgana y que, si aún redactaré este último párrafo, será más por mor del orden y la redondez que por las ganas o la conveniencia de contar algo que tenga algún valor. Quizá sea acertado concluir que los viajes, en nuestro ánimo, tienen un desfase, un adelanto respecto a las fechas reales: sentimos que tanto su inicio como su final se producen, en términos temporales, antes de que lo hagan en términos geográficos. O a lo mejor esto es sólo una engañosa impresión que tengo ahora, derivada de lo fácil y cómodo que fue mi regreso a casa, sin incidentes ni anécdotas que lo salpimentaran: la hora del vuelo era muy conveniente, como también lo fue la cercanía del hotel al aeropuerto. Mi tránsito por el control de seguridad fue indoloro y la navaja suiza que había traído por descuido en el equipaje no fue requisada, como había venido temiendo desde hacía varios días: resulta que está permitido portar en cabina herramientas cortantes con hoja de hasta seis centímetros, y la mía era de cinco. El vuelo fue muy tranquilo y a media tarde estaba ya en Madrid, sano y salvo. La aventura bielorrusa había concluido — quién sabe si para siempre.

¿O es tal vez que la persona, real o imaginada, destinataria de estas notas ha ido difuminándose poco a poco en mi pensamiento? Puede ser. Todo puede ser.

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Bielorrusia. Cap. 14: El regreso

ADIÓS A BIELORRUSIA

El día de mi partida hube de pasar unas cuantas horas en la calle: el check-out en el hotel era a mediodía, pero mi tren no salía hasta las siete y pico de la tarde. Por suerte, hacía un día soleado y era agradable pasear por ahí. Un té con un cruasán en la cafetería de la esquina y, más tarde, el último almuerzo que hice en Batkova Jata me ayudaron a matar el tiempo.

Me encaminé tranquilamente hacia la estación con antelación sobrada, pensando en pasar otro rato en su comedor, pero -cosa extraña- resultó que no había, así que me fui a la vecina terminal de autobuses para tomar un té y escribir un poco. El día anterior Tatiana, la madre de Julia, se había acordado de mí y me había puesto unos mensajes preguntándome por mi llegada a Brest. La informé de mis horarios y me dijo que precisamente el sábado y el domingo los tenía libres, que pospusiera mi marcha de Bielorrusia y así podría ir con Valentina y ella al pueblo, donde tenían pensado encender la sauna. Pero yo no quería irme el domingo, por el problema de las colas en la frontera, y lo más que podía concederle era cambiar para la tarde el billete de autobús y pasar unas horas con ellas. Esta propuesta, en cambio, a Tatiana no le convenía, porque cuando va al pueblo se queda todo el fin de semana; así que lo dejamos estar.

Llegada la hora de la marcha, volví a la estación, donde aún hube de esperar un rato a que llegase el tren.

Al abordarlo, había ya otras dos personas en el compartimento que había elegido: una mujer un poco acaparadora del espacio y un hombre muy discreto cuyo semblante y aspecto me recordaban al protagonista de 17 momentos de la primavera. El viaje, de catorce horas, fue incluso más tranquilo que el de ida; transcurrió sin percance alguno y no se me hizo nada pesado. Al contrario: me encantan esos largos recorridos en coche-cama. La próxima vez que vaya a Rusia me propongo hacer la famosa ruta transiberiana: ocho o diez días desde Moscú hasta Vladivostok. Aunque no la haré toda de un tirón, claro. Más de dos o tres días sin lavarme es un castigo al que no necesito someterme, y además los váteres de los trenes, para cualquier cosa más allá de una meada, suelen dar un poquito de asco. Me pregunto si habrá vagones de primera preparados con buenos aseos para tan largas distancias. A veces los rusos saben ser muy sibaritas.

A la mañana siguiente el tren llegó puntual a su destino; y una hora más tarde, a las diez y media, salía la marshrutka. Ambas estaciones, la de autobuses y la del ferrocarril, están muy cerca una de otra, así que aún me sobró tiempo.

UNA RACHA DE SUERTE

Mi elección de aquel horario para cruzar a Polonia resultó ser idónea: pese al cierre de los otros dos puestos fronterizos, había muy pocos vehículos y el paso por el control fue el más rápido de los seis que he hecho hasta ahora: un récord de tres horas. Además, no tuve el menor incidente: mi recelo de que en migración hallasen alguna irregularidad con mi registratsia había sido, por esta vez, innecesario.

Durante el trayecto estuve haciendo un cambio de planes de última hora: en vista de que todo iba yendo según lo previsto y mi tránsito por la frontera prometía ser rápido, cancelé la reserva de hotel para ese día en Biala Podlaska y adelanté la que tenía en Varsovia, dado que, aunque aquí el alojamiento es más caro, podría hacer bastante mejor uso de mi tiempo si evitaba hospedarme en dos lugares diferentes. A continuación adelanté también, claro, el billete de tren, que ya había comprado para el día siguiente. El sitio web de los ferrocarriles polacos funciona bastante bien y el cambio fue del todo indoloro.

Desde la parada del autobús en Biala hasta la estación hay una distancia regular, pero como tenía casi dos horas para coger el tren y el día estaba muy bueno fui andando. Aun así me sobró un largo rato, que yo había pensado emplear en almorzar en algún restaurante que me cogiera de paso; mas no recordaba que estábamos a Sábado de Gloria y los polacos se toman los festivos del triduo pascual muy en serio: salvo uno de esos tugurios turcos donde venden kebab, más alguna tienducha, todo el comercio estaba cerrado. Así que hice la espera dentro de la estación, que estaba muy tranquila, y aproveché para recargar allí el móvil, que tan necesario es en estas largas jornadas de viaje.

Las otras veces que he hecho este mismo trayecto en tren he pagado primera clase, que hoy día son unos quince euros, pero como la probabilidad de perder el billete a causa de algún percance aumenta en proporción geométrica con el número de conexiones, en esta ocasión me pareció más prudente comprar uno en segunda, que cuesta la mitad. Y esta precaución resultó ser del mayor interés porque, gracias a ella, he aprendido que los vagones de segunda son ahora prácticamente igual de cómodos que los de primera, de manera que el doble gasto ya no vale la pena. Bueno es saberlo. Por cierto: ¡cómo han mejorado los trenes en Polonia desde la primera vez que cogí uno, hace ya cerca de dos décadas! En aquel tiempo, viajar en segunda era una lotería: los asientos no estaban numerados y los vagones iban a veces tan llenos que podía tocarte ir de pie en el pasillo.

Dos horas más tarde llegamos a la estación término, Varsovia Este, donde el viajero que quiera llegar hasta el centro de la ciudad debe coger todavía un transporte urbano. Yo había visto que el enlace óptimo para mí a aquella hora era un cercanías que salía sólo cuatro minutos después de mi llegada, suponiendo que ésta fuese puntual; y aun así no sabía si en tan corto espacio me daría tiempo a encontrar la vía adecuada. Caso de perder esa conexión, tendría que esperar media hora hasta la siguiente. Pero de nuevo hubo suerte y di con el andén correcto justo veinte segundos antes de que el cercanías se pusiera en marcha. Después, en la estación central, se repitió la carambola: tenía apenas tres minutos para coger el autobús que me llevase finalmente hasta la puerta del hotel, pero di con la parada sin dificultad y aún me sobró medio minuto.

Así que, entre unas cosas y otras, fueron las veinticuatro horas de viaje más endiabladamente afortunadas que he tenido nunca en cuanto a enlaces. Una racha de buena suerte muy poco habitual: uno tras otro, y sin necesidad de dar una sola carrera, los horarios me vinieron al pelo desde que cogí el tren en Viciebsk la tarde del día anterior hasta que llegué, casi un día después, al hotel en Varsovia. Las cosas, la verdad, no pudieron darse mejor.

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Bielorrusia. Cap. 13: Sísifo

ÚLTIMOS DÍAS EN VICIEBSK

Cuando viajo, el tiempo pasa aún más deprisa que en casa. No me parece que haga ya casi cuatro semanas que estoy en Bielorrusia, y el momento de la marcha se aproxima a ritmo acelerado: tanto más rápido cuanto más cerca está. Pese a que aquí he conseguido levantarme antes de lo habitual, los días se me hacen igual de cortos; y por la noche, cuando quiero darme cuenta, ya es bien pasada la hora de acostarme. Pero discurra como discurra el tiempo, ¡qué absurdos me parecen siempre este transitar hacia ninguna parte y esta soledad desesperanzada! En ausencia de una meta, el movimiento no tiene sentido. Mi escritura es como esas señales de radio que los astrónomos envían al espacio vacío con la huera ilusión de que algún día las reciba una vida que pueda entenderlas… y responderlas.

A medida que se acerca el final de mi viaje va inundándome una cierta melancolía y esa decepción de vagas espectativas frustradas que sólo el alma conoce y la razón apenas intuye: la quimera de que un incierto mañana traiga lo que mil ayeres no trajeron. ¿Pero qué hacer, sino seguir vagando? Es el mito de Sísifo: “eso, o”. No hay más alternativas.

Descartada la opción de Rusia, durante mis últimos días en Viciebsk estuve preparando el regreso a casa. Había dos opciones: cruzar la frontera por las cercanas Letonia o Lituania y coger desde allí un vuelo a Madrid, o volver por donde había venido, vía Brest y Varsovia. Esta variante me acobardaba un poco a causa de las interminables colas que hay siempre en el control fronterizo de entrada a Polonia, pero finalmente me decidí por ella porque resultó que desde los países bálticos no había vuelos directos, y yo estoy ya demasiado aburguesado como para andar haciendo conexiones.

El gobierno bielorruso tiene una página muy completa para ver el estado de todos los puestos de control con los países vecinos, donde no sólo publican información actualizada del número aproximado de vehículos en espera (separados por categorías: turismos, camiones y autobuses) e imágenes de las cámaras en tiempo real, sino con estadísticas, por días y horas, de las dos semanas anteriores; y con la ayuda de esta utilísima herramienta pude identificar el mejor momento (lo que ahora, por traducción literal del window inglés, llaman “una ventana”) para pasar: entre el sábado a mediodía y el domingo por la mañana las curvas mostraban un mínimo absoluto; así que a eso me atuve y, aun perdiendo dos días de mi visado, válido hasta el lunes siguiente, compré los correspondientes billetes: el tren nocturno a Brest, la marshrutka que cruza la frontera y, para dos días después, el vuelo desde Varsovia hasta Madrid. Reservé también una noche de hotel en Biala Podlaska y otra en la capital polaca. Alea jacta erat.

CURIOSAS PRÁCTICAS BANCARIAS

Otra de mis últimas gestiones fue ingresar en mi cuenta unos doscientos rublos que iban a sobrarme. No me valía la pena volver a cambiarlos a euros, ni me servirían tampoco en parte alguna que no fuese Bielorrusia, así que decidí dejarlos allí pensando que tal vez más adelante puedan serme útiles.

Esto de ingresar o sacar efectivo en los bancos bielorrusos es una experiencia interesante, muy diferente y más engorrosa que a lo que estamos acostumbrados en occidente. Para empezar, en casi todas las sucursales suele haber algo de cola y hay que coger número para hacer cualquier gestión: si ésta involucra manejo de efectivo, en las cajas (casi siempre situadas dentro de unas cabinas individuales), y todo lo demás en las mesas. La espera varía entre cinco y veinte minutos. Una vez anuncian tu número y entras en la cabina, la cajera te pide la documentación (aunque sea para un ingreso); y pese a estar todo el sistema digitalizado, aquí no han aprovechado la tecnología para prescindir del papel; de manera que todo se hace por duplicado: tanto a través del ordenador como en soporte físico. Si tu pasaporte no está en ruso es importante llevar contigo la traducción oficial apostillada por el notario, pues si la mujer no es muy espabilada puede decirte que no entiende los datos. Luego, una vez tecleado en el ordenador lo que sea menester, la impresora matricial saca un metro de papel continuo que la cajera corta en tres partes con la tradicional ayuda de una regla; estampa una docena de sellos, echa unas cuantas firmas y te pasa dos de los trozos para que los firmes tú. A continuación llama a otro empleado para que ponga también su rúbrica en los papeles, y por último te devuelve los que te corresponden. Así que, hasta para la operación más tonta, el tiempo mínimo invertido es de cinco minutos. A nadie ha de extrañar, pues, que siempre haya colas. Me pregunto a qué obedece este excesivo celo y qué conclusiones pueden extraerse de esta práctica. ¿Se trata de dar todas las garantías al cuentacorrentista, o de desconfianza del banco hacia sus empleados? ¿Es una burocracia impuesta por las leyes o una rutina a propia iniciativa del sector bancario? ¡Vaya usted a saber!

Hay otra forma más rápida y sencilla de hacer estas y otras operaciones, que es a través de algunos cajeros automáticos o de las terminales electrónicas al efecto que hay en todas las sucursales; pero para eso conviene tener una tarjeta física, de la que yo carecía, pues de lo contrario te cobran -paradoja entre las paradojas- una comisión no desdeñable, pese a que al banco le sale gratis: si haces el ingreso o la disposición a través de la terminal sin tener una tarjeta, tienes que pagar el 1’5% del monto en cuestión, pero si lo haces en caja no te cobran nada, aunque en este caso la entidad asume el coste de pagar al empleado que te atiende. Cosas absurdas que tiene la vida.

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Bielorrusia. Cap. 12: Arquitecturas

HOTEL VITEBSK

Mi casera de Suvórova había quedado molesta conmigo a raíz de la multa que le pusieron las chinovniks de migración. Me culpaba a mí por no haberle dicho que no tenía “el registro en regla”, pero no hubo manera de hacerle comprender que, por un lado, yo mismo lo ignoraba y, por otro, ella también ignoraba que le incumbía la obligación de pedírmelo (suponiendo, como queda dicho, que eso no se lo hubiesen sacado de la manga allí mismo los de la udelenie): de haberlo hecho, no la habrían sancionado. Pero la casera porfiaba, desconfiada, en que yo quise eludir la ley y había actuado con ella de mala fe; y la larga discusión que tuvimos al respecto (por chat, claro está) llegó en algún momento a rozar lo absurdo. De manera que, aunque estaba bastante a gusto en ese piso y la mujer en ningún momento se opuso a que prorrogase mi estancia, al finalizar la semana que había pagado por adelantado me mudé al hotel Vitebsk; no sólo por este desencuentro sino también para cambiar un poco de aires y vivir la experiencia que el nuevo hospedaje prometía ser.

El hotel Vitebsk es un anacronismo; el testimonio vivo de los mejores tiempos de la Unión Soviética. Se trata de un edificio de diez o doce plantas, el más alto en tres quilómetros a la redonda y ubicado prácticamente en el centro geográfico de la ciudad (de donde deduzco que, en su día, fue seguramente muy emblemático): un paralelepípedo feo y algo deteriorado que, tanto por fuera como por dentro, nos habla con claridad de una época ya trasnochada pero que ahora, con la perspectiva que da el paso de las décadas, tiene para mí el encanto de una gran ingenuidad y me evoca esa nostalgia de las cosas pasadas: pese a los muchos e imperdonables pecados de aquel sistema, en varias de sus facetas parecía insuflado por un genuino espíritu de mejora, y buena parte de su sociedad vivió aquellos años con una tremenda ilusión por el próspero porvenir que, ¡ay!, pensaban les aguardaba. Todo en el decadente pero aún orgulloso edificio es puro años 70 y, desde que puse el pie en él, me recordó a las películas de Mosfilm. El enorme vestíbulo vacío, los anchos pasillos y los amplios espacios sin aprovechar, la escasa o nula decoración, el mobiliario desfasado, el viejo enmoquetado, el mostrador de recepción, siempre tras una pecera inabordable en que se parapetan las uniformadas, voluntariosas pero poco resolutivas empleadas; el lánguido restaurante donde, las varias veces que entré, no vi ni un comensal y cuyas ociosas camareras matan el tiempo con desgana; las generosas habitaciones (espléndida panorámica del río, sin estorbos a la vista), separadas entre sí por delgados tabiques que no han conocido, ni conocerán ya, un aislante acústico; las puertas con llaves convencionales (¡gracias a Dios!); las adustas pero con frecuencia maternales mujeres de la limpieza (a menudo el personal más humilde y con mejor voluntad); y, en fin, muchos de los detalles que pueden observarse en los testimonios gráficos de aquel tiempo.

Yo tenía una habitación King size, que era la opción más conveniente (en relación categoría/precio) disponible cuando hice la reserva; en principio sólo por tres días, porque ya me conozco a la clientela de estos hoteles y le tengo pánico a dar con huéspedes ruidosos, sobre todo en edificios no insonorizados. Pero parece ser que estoy teniendo una racha de suerte y, en los ocho días que me quedé al final, no me tocó ningún maleducado al lado; así que, aunque luego quedaron libres unas habitaciones algo más económicas, con cama de noventa, decidí no cambiarme: me gustaba la que me dieron al principio y la diferencia de precio por la cama grande era ridícula; además, y sobre todo, mi vecino era muy civilizado, así que mudarse resultaba un riesgo innecesario.

Aparte de céntrica, la ubicación del Vitebsk era también de lo mejor en términos de comercio y actividades: a sólo tres minutos del casco antiguo pero con más fácil acceso al paseo fluvial y a surtidas tiendas y supermercados. De manera que, por último, había dado con el lugar óptimo por menos de veinte euros diarios. En el bajo, además, había una cafetería muy conveniente para tomarse un desayuno o un té de media tarde.

A UN CLIC DE RUSIA

Había llegado el momento de tomar una decisión sobre la siguiente etapa de mi viaje. En vista de que una extensión del visado bielorrusio no era factible, y de que obtener un permiso de estancia temporal requería una mejor y más detenida planificación, tenía que abordar la opción, concebida ya durante los primeros esbozos de mis planes (como el lector atento recordará) de ir a continuación a Rusia. Ya me había informado, haciendo algunas gestiones, de que no era posible ir directamente desde Bielorrusia, dado que los consulados rusos no tramitan visado para nadie cuyo título de estancia (léase: nacionalidad, residencia, permiso temporal, visado o similar) en el país donde vaya a solicitarlo no tenga validez superior a tres meses. Mi salvoconducto bielorruso era de treinta días, así que no podía obtener la visa rusa aquí. Pero sí podía pedirla en Letonia, gracias a la libertad de residencia de la Unión Europea. Así que, tras verificar esta posibilidad a través de una consulta por email al consulado en Daugavpils (ciudad letona próxima a Bielorrusia y cuya población es mayoritariamente rusoparlante), me puse a planificar el mejor modo de emprender la próxima etapa.

La cuestión, en principio, era bastante sencilla: dada la relativa proximidad de Viciebsk a la frontera letona y los varios servicios de autobús que la cruzan a diario, lo más rápido y simple era tomar uno a Daugavpils, conseguir allí mismo el visado y, una vez en mi poder, coger otro autobús directo a Rusia, ya que Letonia tiene frontera con ambos países. Una ventaja adicional de abandonar Bielorrusia por el norte en lugar de por Polonia era el hecho de que los controles fronterizos con los estados bálticos estaban mucho menos masificados que el único que las autoridades polacas han dejado abierto. De manera que me puse a mirar combinaciones de transporte en esa dirección; y estaba ya a un clic de comprar el billete para el primer tramo cuando caí en la cuenta del problema de las fechas: me di cuenta de que, entre unas idas y otras, más lo que tardasen en expedirme el visado, si hacía lo que tenía pensado no estaría de regreso en España, como muy pronto, hasta la segunda quincena de mayo; y ésas no son fechas para volver a las cálidas regiones mediterráneas, sino para largarse de ellas. En efecto, no sólo me perdería la mejor época para disfrutar de la corta primavera española sino que aterrizaría de plano en los días en que el calor empieza a ser incómodo; y por mucha premura con que planificase un nuevo viaje, en el mejor de los casos iba a comerme el mes de junio entero en España. Así que levanté cuidadosamente mi índice del botón izquierdo del ratón y descarté de un plumazo la idea de seguir camino hacia Rusia. Al fin y al cabo no tenía ninguna prisa, así que ya iría en otra ocasión, quizá este mismo año.

CHIGUNACHNI

Liberada ya, pues, mi mente de la ocupación planificadora, que tanto tiempo y energías consume, no me quedaban más quehaceres que el de ir completando estas notas, dedicarme a mí mismo y acabar de familiarizarme con la ciudad en donde estaba. A dicho fin, uno de esos días exploré el distrito de Chigunachni, situado al oeste del Dvina. Como había imaginado al verlo en los mapas, resultó ser prácticamente una localidad aparte; pero lo que no imaginaba era su aspecto: tenía toda la pinta de haber sido un pueblo -tal vez anterior a la propia Viciebsk- que, pese a estar al otro lado del río, había ido quedando paulatinamente acorralado por el crecimiento de aquélla, aunque su barrio central había resistido al empuje del desarrollo urbano y conservaba las calles de tierra, la parcelación rural y las casas unifamiliares. Lo mismo que he visto en Brest, Vilnius y varias otras ciudades de esta región del mundo: un pueblo dentro del corazón mismo de la metrópoli; lo cual me habla de unos procesos de urbanización muy distintos -y quizá más recientes- que los producidos en nuestra vieja Europa. Es interesante lo que se puede llegar a adivinar de la historia de las poblaciones sin más que observar la estructura y arquitectura de sus ciudades.

Y ya que estamos hablando de arquitectura, mencionaré otra observación que me tiene intrigado: en torno a la mitad -si no más- de los techados de todas las construcciones que hay en Bielorrusia son de uralita, siendo el resto de chapa en sus múltiples variedades: desde la simple ondulada, pasando por la de “parches” superpuestos, algunas -muy pocas- de latón, hasta las más modernas que imitan la teja. Y como todos estos materiales son relativamente modernos me surge una pregunta: ¿cómo techaban los bielorrusos sus casas antes de inventarse la uralita o la chapa de zinc? Supongo que no vivirían al descubierto. ¿Y cómo es posible que no haya visto ni una sóla cubierta de algún material más antiguo; que ninguna se haya conservado? La única explicación que, a bote pronto, se me ocurre es que tal vez durante la época del comunismo hubo alguna política de renovación obligatoria de los tejados a todo lo largo y ancho del país; pero entonces, dado que en aquel tiempo Bielorrusia era sólo una república socialista más, tan dependiente de Moscú como el resto, ¿cómo es que no he observado lo mismo en Rusia o en Ucrania? ¿Quizá no he puesto la suficiente atención? El caso es que, ahora que lo pienso, me parece que puedo decir lo mismo respecto a los estados bálticos: la uralita es la reina indiscutible de los tejados. En Rusia, sin embargo, estoy seguro de haberlos visto de madera, aunque sobre Ucrania no pondría la mano en el fuego. En fin: me pongo como tarea hacer alguna averiguación sobre esta curiosidad.

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Bielorrusia. Cap. 11: Suvórova

EL CASCO ANTIGUO

La calle Suvórova (genitivo de Suvórov) es el eje peatonal del centro histórico de Viciebsk: un sector oblongo de ochocientos metros de largo y trescientos de ancho flanqueado, como ya apunté, por el río Dvina al oeste y la avenida Lenin al este; aunque la parte propiamente turística -si llega a merecer tal adjetivo- es apenas su mitad sur, el barrio de la ciudad con mayor densidad -sin ser mucha- de restaurantes. Salvo la vistosa catedral de la Asunción de Nuestra Señora y un par de iglesias menores, no hay en la zona grandes monumentos ni majestuosos edificios; pero el área no deja de tener encanto, con su plácido paseo arbolado, un enorme parque, varias zonas ajardinadas y bonitas vistas sobre el río principal y su afluente, el Vitsba.

Durante mis días en Suvórova el tiempo empezó a ser primaveral, lo cual aquí no significa soleado, sino cambiante, alternando la nieve o la lluvia con los días despejados. Unas veces había que salir con el plumífero y el gorro de lana, otras bastaba con la gorra y una cazadora abrigosa; y, en ocasiones, ni eso. En cualquier caso, era obvio que las temperaturas iban ascendiendo poco a poco en toda esta región, y desde luego río arriba, porque el deshielo comenzó justo esa semana: en el plazo de unos pocos días subió más de cuatro metros el nivel de las aguas, y sobre su superficie se deslizaban, Dvina abajo, bloques de hielo semiderretido provenientes de allende la frontera con Rusia. Por todas las calles y parques de Viciebsk, máquinas quitanieves y cuadrillas de operarios se dedicaban -con bastante desgana, la verdad- a eliminar los peligrosos restos de hielo y despejar el paso en las zonas más transitadas, en tanto que el resto del suelo, a menudo de tierra, se convertía en un incómodo lodazal. Y yo, a mi vez, me dediqué a dar unos buenos paseos por la margen oriental del río, que es una de las zonas ajardinadas más agradables de la ciudad.

AMOLDÁNDOME A LA REALIDAD

Entretanto, había hecho pocos progresos respecto a mi idea de pasar una temporada más larga en Bielorrusia, y lo poco que avancé iba disuadiéndome de ello, al menos de momento. Cuando estuve en la udelenie haciendo la registración había aprovechado para preguntarle a la funcionaria por la posibilidad de solicitar una extensión del visado, pero me dijo que esa figura legal se reservaba para casos extraordinarios muy justificados, como un accidente, pérdida del pasaporte, etc.; “pero así, quedarse más tiempo porque le apetece, no es posible”, concluyó. Por otra parte, leyendo legislación e información por internet me enteré de que la opción de comprar un inmueble, aunque suficiente para otorgar el derecho a un permiso de residencia temporal, llevaba consigo otros requisitos más engorrosos y onerosos, pues la solicitud debía de ir acompañada de un buen número de documentos no siempre rápidos ni baratos de obtener; así que, sin descartar esta idea, la aplacé para un futuro viaje, si acaso, planificándolo con más despacio.

En cuanto a mi tarjeta “virtual”, resulta que al final tampoco le encontré ningún uso práctico. Por un lado porque el manejo de las cuentas por internet o con la app del banco precisaba de un número telefónico bielorruso donde recibir los SMS de confirmación, pero el contrato de SIM que yo tengo, único permitido a extranjeros no residentes, no tiene servicio de roaming, y por tanto deja de funcionar en cuanto sales del país; y por otro porque, como creo haber dicho ya, para hacer pagos con el móvil se requiere un software que yo mismo he eliminado para que no me espíe Big Brother. De modo que, entre una circunstancia y otra, cualquier dinero que ingrese en mi cuenta se me quedará bloqueado de facto en cuanto me vaya, y sólo podré disponer de él si vuelvo alguna vez.

Y, hablando de dineros, me he dado cuenta de que Bielorrusia ha emprendido, igual que Occidente, una veloz carrera hacia la supresión del efectivo. Quizá incluso más que en Europa (y desde luego más que en Norteamérica), aquí la economía está digitalizándose a pasos agigantados: no hay comercio que no tenga un terminal de cobro electrónico y veo que es poca la gente que utiliza billetes o monedas, hasta el punto de que, con frecuencia, las cajas andan escasas de efectivo para darte el cambio. Está visto que, por mucho que Rusia y sus aliados estén intentando, sobre todo a raíz del presente conflicto en Ucrania, enarbolar el lema de “un sistema alternativo -y supuestamente mejor- al de los represivos y liberticidas países occidentales”, en todas partes cuecen habas, y estos gobernantes no están dispuestos a renunciar ni a quedarse atrás en la aplicación de cualquier medida que sirva para controlar a la población más y mejor. Buena prueba de esto, por ejemplo, fue la diligencia y presteza con que, aquí también, adoptaron las mismas autoritarias e irracionales prohibiciones y normas restrictivas de la libertad durante el tiempo de la gripe china, y lo mucho que se demoraron en levantarlas. De hecho, este tipo de “pequeños detalles” son lo único que me hace tener algunas dudas sobre las nobles intenciones de Vladimir Vladimirovich Putin y lo que me impide descartar del todo la posibilidad de que, en el fondo, él sea también, aunque a su modo, un agente del maldito globalismo.

Esta realidad que voy descubriendo ahora a mi alrededor y estas dudas de las que hablo me obligan a preguntarme si hay, en el fondo, alguna escapatoria al orwelliano mundo que se avecina; si hay algún país o rincón del planeta donde pueda un ser humano vivir sin quedar bajo la vigilancia del Ojo que Todo lo Ve, o algún gobierno que no aspire a conducir a su pueblo, imponiéndoselo si hace falta, hacia un “progreso” que casi siempre es regresión, hacia una sociedad dirigida telemáticamente e hipnotizada o alienada por la vacua, absurda, hedonista y desesperanzada rueda del consumo.

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Bielorrusia. Cap. 10: La registratsia

EL AUTOREGISTRO

Pasados los tres días en el segundo apartamento decidí mudarme a otro más céntrico aún, y para un período más largo: una semana. Encontré uno idealmente ubicado en Suvórova, la calle peatonal del casco antiguo. Estaba en un bloque residencial de tres o cuatro plantas y quedaba a dos manzanas (o sea, seiscientos metros) del centro histórico de la ciudad, pese a lo cual me salió aún más barato que los anteriores: tras un fácil regateo, cincuenta y cinco rublos al día. No sé si es que aquí esa zona no se cotiza, o es que sencillamente el piso era más viejo y estaba menos cuidado; aunque en su día debió de ser un bloque residencial de primera, a juzgar por la amplitud de los apartamentos y los espacios comunes. Constaba de un enorme salón, un dormitorio también bastante grande, cocina y baño; y las ventanas daban sobre un patio trasero arbolado y plácido. Ahora bien: el colchón no era tan cómodo como los anteriores, el mobiliario y electrodomésticos estaban más deteriorados y la limpieza dejaba algo que desear. Pero a mí me venía de perlas.

Como hacía ya seis días desde el fin de mi registro en el hotel Energía, me tocaba ir renovándolo, así que me puse a ello. En Bielorrusia, el mencionado registro (o quizá más propiamente “registración”, que es como mejor se traduce la palabra registratsia) puede hacerse de tres modos: bien en los hoteles donde te alojas (en cuyo caso ellos son quienes se encargan del trámite y te entregan un papelito que lo justifica), bien por internet (para lo cual tienes diez días de plazo desde que llegas al país y queda grabado en el sistema), o bien personalmente en las famosas otdelenies o upravlenies que ya mencioné, aunque en este caso la gestión tiene una tasa de media unidad (ya explicaré lo que es esto). Cada vez que cambias de residencia debes volver a registrarte, y si te quedas en un apartamento de alquiler no puedes usar la primera modalidad, que sólo está disponible para establecimientos hoteleros. En mis dos anteriores viajes me había registrado yo mismo online, que es bastante cómodo y además sólo necesitaba hacerlo una vez por viaje, pues me quedé todo el tiempo en el mismo lugar. Pero en esta ocasión, como tenía pensado moverme un poco por el país, al llegar a Brest les pedí a los del hotel que me registrasen ellos para los días que me quedase allí, y ya renovaría la “registración”, como procediese, al cambiar de alojamiento.

El problema fue que, dado que hay diez días para hacer el registro online, yo asumí que el mismo plazo se aplicaba cada vez que cambias de alojamiento; pero esto resultó una asunción errónea: resulta que, por una parte, para los registros sucesivos sólo conceden tres días de plazo (sin contar festivos); y, por otra, a través de la web sólo puede hacerse una vez y además dentro de los diez días naturales, improrrogables, a contar desde la entrada al país. Y no hay manera de engañar a la plataforma: el formulario tiene un campo para la fecha de “ingreso en la República de Bielorrusia”, pero no uno para la de “llegada a la nueva residencia” o “salida de la anterior”. Es decir, que es una herramienta diseñada para un único uso por viaje. Además, como el día de entrada al país queda grabado en el sistema al cruzar la frontera, si intentas poner cualquier otro te da error. Así que no pude hacer el autorregistro, porque cuando me puse a intentarlo ya habían transcurrido once días de mi estancia en Bielorrusia. No tenía más opción que hacerlo personalmente y pagar la tasa.

EN LA UDELENIE

De tales detalles me enteré, por supuesto, sólo después de la fallida intentona que acabo de contar, a raíz de la cual me puse a mirar la legislación; lo que, por cierto, me llevó unas cuantas horas: primero para encontrarla y luego para leerla, porque está sólo en ruso. Pero de todas formas no me intranquilicé, porque si había tres días laborables para registrarse en cada nueva residencia y yo no había estado sin registratsia más de ese término en ninguna de ellas, no había incumplido ningún plazo. Así que le pregunté a la dueña del piso donde estaba la udelenie de ese domicilio y a la mañana siguiente me presenté allí.

Al contrario que en la de Brest, en ésta no había casi nadie y no me tocó esperar. Me atendió en un despacho una mujer bastante agradable; y al decirle el propósito de mi presencia allí me preguntó la fecha de mi entrada al país, me pidió el pasaporte y también (como me temía) justificante de mi anterior registratsia. Le alargué con confianza la me habían dado en el hotel Energía, aunque interiormente me preparaba para tener que explicar por qué llevaba siete días sin haberla renovado. Y así fue. Hube de ir enumerándole fechas y lugares con el calendario delante, a lo que ella, a su vez, iba pidiéndome justificantes: del billete de tren, de los apartamentos que había alquilado, así como el medio que había empleado para encontrarlos. Al parecer, la mujer no tenía la menor idea de la existencia de la web Ostrovok. Había en el despacho otras dos mujeres y de vez en cuando se consultaban con una media sonrisa, e hicieron un par de llamadas de verificación. Estaba claro que sentían cierta simpatía por mí, pero su veredicto fue inapelable: yo había infringido las normas de estancia en el país, según las cuales al cambiar de residencia hay que registrarse en la nueva dentro de los tres siguientes días laborables. Por lo visto, la funcionaria interpretaba la ley en el sentido de que (dejando a un lado los primeros diez días naturales de total libertad que permite el registro online) ningún extranjero puede estar más de tres sin registratsia desde la finalización de la anterior. Y aunque podían haberse mostrado más comprensivas conmigo, pues no se me podía acusar de intentar eludir la ley, en el fondo no las culpo, porque la verdad es que la normativa es ambigua en ese punto: es legal pasar hasta tres noches en una dirección sin registrarte, así que cuando ya te has marchado a otra, ¿qué sentido tiene hacerlo en la anterior? Pero si en la nueva pasas igual corto período, vuelve a suceder lo mismo; y así sucesivamente. Y si el objeto de esta figura administrativa es tener a todo el mundo controlado, resulta que un viajero puede fácilmente escapar a dicho control, sin infringir la ley, registrándose a posteriori, pero siempre dentro de plazo, en ell lugar que acaba de dejar y cambiando de alojamiento cada tres días, lo cual no está prohibido.

De todas formas, la mujer se apresuró a decirme que no me preocupase, que se trataba de una infracción leve que no tenía más consecuencia que una pequeña multa. De hecho -y he aquí lo más contradictorio de todo- fue ella misma quien me aconsejó registrarme en el apartamento donde estaba ahora -siempre que la dueña estuviese de acuerdo- hasta el final de mi permanencia en el país, y así podía ya olvidarme de la registratsia… aunque volviese a cambiar de alojamiento más adelante. Esto último no llegó a decirlo, pero quedaba sobreentendido. De modo que el mismo chinovnik que me ponía una sanción por infringir la normativa me sugería a continuación la forma de esquivar ésta en lo sucesivo.

La multa fue sólo de media unidad. Esto de las unidades para asuntos administrativos es otra peculiaridad del mundo ex-soviético, y no está mal pensada: en lugar de actualizar (por ejemplo a causa de la inflación) todas las leyes que involucren alguna cantidad económica, basta con actualizar el valor en rublos de la “unidad”. Este año ese valor está fijado en setenta y cuatro rublos, o sea veinticindo euros. Así que pagué ambas cantidades (la tasa y la multa), para lo cual tuve que ir a un pequeño quiosco bancario que había en un mercadillo cercano; luego me devolvieron mi pasaporte, me entregaron el volante del registro y regresé a casa.

MORALEJAS

Mucha peor suerte corrió la dueña del apartamento, pues con ella se ensañaron todo lo que no habían hecho conmigo: la llamaron por teléfono para decirle que se presentase en la udelenie para “firmar unos documentos” y, una vez allí, le impusieron una sanción de diez unidades; es decir, doscientos cincuenta rublos. Su delito había sido no comprobar, al admitirme como inquilino, que yo tenía la registratsia en vigor. Ahí fueron bastante cabronas las amables mujeres, porque no es razonable esperar que un particular ande haciendo de policía con sus huéspedes, comprobando que tienen “los papeles” en regla, negándose a alojarlos en caso contrario y además perdiendo clientes. Máxime cuando a los hoteles no se les exige tal cosa: ellos pueden registrar a su antojo, sin verificar la registratsia anterior. Y digo yo que “lo que es bueno para Juana es bueno para su hermana”. Por eso me parece que esto del registro, antes que una herramienta de control ciudadano, es sobre todo una forma de restringir la efectiva libertad de desplazamiento de los turistas, amén de una forma de recaudar y un salvoconducto para la arbitrariedad funcionarial. Porque, ¿qué lección sacamos tanto mi anfitriona como yo de estas sanciones? Ella: “no volver a alquilar el apartamento a extranjeros”, y yo: “en lo sucesivo, mejor quedarse en hoteles”. Al parecer, a las autoridades no les hace gracia que los viajeros se muevan a su albedrío por el país alojándose donde les plazca, pero como prohibirlo pasaría quizá por una medida demasiado autoritaria e impupular, se lo estorban con estas zancadillas burocráticas. O tal vez sea sólo una forma de hacerle el juego a la industria hotelera; aunque, por otra parte, esta pejiguera resulta un serio disuasor del turismo. ¡Vaya usted a saber!

Por último, si alguien está ahora preguntándose: “¿Y qué pasa si no te registras?” Pues que, como leí en un blog bastante completo y me confirmó la funcionaria de la udalenie con exactamente las mismas palabras, “te pedirán la registratsia en la frontera y ahí será mucho peor”. La multa es bastante más elevada y el trastorno considerablemente más gordo, pues pueden incluso negarte temporalmente la salida del país. Aparte, en teoría es obligatorio llevar siempre el papelito encima junto con el pasaporte, por si te piden la documentación por la calle.

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Bielorrusia. Cap. 9: Viciebsk

EL APARTAMENTO

Aun así, llegué al apartamento antes que mi anfitriona y me tocó esperarla aún unos minutos en la calle. Estaba ubicado en el piso 6 de un bloque aislado que no formaba parte de ningún conjunto, y era relativamente espacioso, con salón-cocina, dormitorio y baño; limpio, muy luminoso, decorado con buen gusto, decentemente amueblado y sobradamente calefaccionado. La cama era grande y el colchón muy cómodo. Las vistas, sin ser espectaculares, no estaban mal, ya que las ventanas daban sobre una zona ajardinada. Por los dos días que había reservado pagué doscientos rublos, incluido un pequeño extra por ocuparlo tan temprano. La dueña era una mujer de unos cuarenta años, agradable y servicial, con la que no me resultó difícil comunicarme: igual que Tatiana, tenía esa habilidad, no muy común, de saber escoger palabras sencillas, vocalizar bien y acompañarse de gestos.

Quedaba a más de dos quilómetros del centro y había pocos servicios en las proximidades, aunque no faltaba lo imprescindible: un par de supermercados y un Batkova Jata (jata quiere decir “choza”, y presumo que comparte raíz con la hut inglesa, pues significa lo mismo), que es una cadena de comedores económicos, de aceptable calidad y bastante prácticos para un turista. De hecho, se han convertido en mi opción preferente durante todos estos días: nunca hay uno demasiado lejos, son originales, acogedores, espaciosos y tranquilos, y tienen una limitada pero más que suficiente variedad de platos de comida nacional que puedes elegir sin necesidad de pelearte con un menú en caracteres cirílicos, pues está todo a la vista y basta apuntar con el dedo a lo que te decidas pedir; hay también postres, té o café, cerveza y otras bebidas blandas; están abiertos hasta las once de la noche y por unos veinte rublos de media has comido.

Un detalle, por cierto, que me llamó mucho la atención la primera vez que viajé a Ucrania y que he encontrado después también en Rusia y Bielorrusia es que en este tipo de comedores (stolóvaya, como ya mencioné) te cobran los platos según la cantidad que te hayan echado (a cuyo fin en el mostrador hay siempre una báscula); costumbre que, presumo, debe de ser una herencia del comunismo, pero que me parece de elemental justicia, la verdad: tanto comes, tanto pagas; ni más, ni menos.

CONOCIENDO LA CIUDAD

Durante esos dos días me dediqué a ubicarme y familiarizarme con Viciebsk. Tiene más o menos la misma población que Brest, pero es bastante distinta. No en su concepto ni en su urbanismo, pero sí en su aspecto y ambiente. Aquí tiene uno cierta sensación de periferia: las calles están algo menos cuidadas, peor mantenidas, con un aspecto más vetusto, sin modernizar (por ejemplo, no hay paneles informativos de las próximas llegadas en las paradas de autobús); el peatón está menos mimado (en aquélla hay bastantes más pasos de cebra y las esperas en los semáforos son sensiblemente menores), aceras y pavimentos presentan baches y desniveles donde se forman grandes charcos; hay más avenidas anchas, de las que -como he dicho- subdividen la ciudad en distritos inmiscibles; los espacios son inmensos, pero no tiene una larga “Calle Mayor” peatonal, como sí Brest, que las mujeres usen de “pasarela” para lucir sus trapitos y sus curvitas y que haga, en fin, de zona donde se pueda concentrar la vida social. La única zona peatonal está en el casco histórico, pero apenas tiene ambiente y en gran parte es residencial. Quizá una de las causas -si no la principal- de esto sea su aislamiento físico, pues se encuentra delimitada en tres de sus lados por dos grandes avenidas y por el río Dvina. Aparte, el clima es francamente más frío y no invita a andar paseando.

Al cabo de mi estancia en la calle Mir (lexema que significa tanto “mundo” como “paz”, así que no sé a cuál de ellos obedece el nombre) me mudé de apartamento, con idea de estar un poco menos alejado del centro. El nuevo, en la calle Charniajóvskaia, era más antiguo y algo menor, pero aun así suficiente. Pertenecía a la misma mujer, estaba igual de limpio, decorado y amueblado que el otro y salía algo más económico, cosa de setenta rublos diarios, así que en principio lo alquilé por tres días. Pero el cambio no me satisfizo mucho porque, aunque el lugar era un poco más centrico, esa manzana estaba toda enfangada a causa de la nieve y el suelo de tierra: a cualquier dirección hacia donde quisiera uno dirigirse había que mancharse el calzado, lo que suponía una incomodidad a la hora de salir o volver. Eso sí: en este sector había algo más de comercio y ambiente, y el río quedaba mucho más cerca, aunque -¡ay!- al otro lado de una de estas malditas avenidas.

Viciebsk está fundada sobre la confluencia de dos ríos: donde el Vitsba, que le da nombre a la ciudad, vierte sus aguas en el Dvina, cuyo larguísimo curso (unos mil quilómetros) comienza junto a una laguna equidistante entre San Petersburgo y Moscú para acabar en el mar Báltico a la altura de Riga. Y en esa confluencia se encuentran la iglesia principal de la ciudad y el pequeño centro histórico con la ya mencionada calle peatonal. Como la cuenca del Vitsba a si paso por Viciebsk es relativamente honda, está flanqueada a ambos lados por zona de parque con algunos senderos. La del Dvina, en cambio, es muy amplia y le han dedicado generosos paseos fluviales. En la otra margen de este río hay un enorme barrio que constituye casi una ciudad aparte, pero cuando esto escribo aún no lo he explorado.

Definitivamente, esta no es la ciudad de mis sueños, pero me parece un buen lugar para una inmersión lingüística (aquí tienes la garantía de que casi nadie habla inglés) y para familiarizarme con el carácter y los usos de este país. Durante unos días estuve pensando conocer aún otra localidad más, por ejemplo Polatsk, pero el problema de la registratsia, el infame registro -sobre el que pronto me extenderé- me disuadió de ello. Así que aquí me quedo hasta que expire mi visado.

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Bielorrusia. Cap. 8: El expreso

EL TREN EXPRESO

Aunque la distancia entre Brest y Viciebsk es sólo de seiscientos veinte quilómetros, el tren nocturno emplea trece horas y media en recorrerla: va despacio y hace varias paradas. Aunque, ¿quién necesita un expreso de medianoche que vaya a toda velocidad? Si el objeto de los coches-cama es que puedas dormir durante el trayecto, flaco favor harían a los pasajeros si no les dieran tiempo a conciliar un buen sueño.

Mi tren salía a las seis de la tarde. Tenía billete para una litera superior en un compartimento de cuatro. Estos trenes de la antigua URSS tienen dos o tres tipos de coches-cama: los más económicos, de tercera clase, son vagones corridos, subdivididos en secciones abiertas con tres literas dobles cada una: dos transversales enfrentadas y una longitudinal al otro lado del pasillo. Los vagones de segunda tienen compartimentos cerrados y cuatro plazas por cada uno. Estos dos son los más habituales, y todos los trenes de larga distancia llevan vagones de ambos tipos. Algunos llevan, además, vagón de primera clase, con sólo dos plazas por compartimento. En segunda y tercera hay que pagar un pequeño extra por la ropa de cama; y es que no todo el mundo la necesita: hay quienes llevan la propia, o quienes hacen un trayecto corto y no tienen pensado dormir. Aquí, por cierto, todo el mundo prefiere las camas inferiores (a juzgar por lo rápido que se agotan), pero a mí me gusta más arriba, porque durante las primeras horas de viaje las de abajo hacen de asiento común y tienes menos libertad para tumbarte cuando te dé la gana.

Al entrar en mi compartimento había ya una familia: un hombre cercano a los cuarenta años, una jovencita de unos veinte y una pareja de niños. La jovencita era guapísima, y mucho más joven que el hombre. Parecía más su hija que su mujer, pero me fijé en que llevaba alianza. La niña se abrazaba al padre y lloraba con un llanto callado, tan sentido y conmovedor, tan desconsolado que le partía a uno el corazón. No decía una palabra ni soltaba el abrazo del padre. Sólo hipaba en silencio, con la nariz mocosa y los ojos enrojecidos, rodándole mejillas abajo los lagrimones. Confieso que, a mi vez, llegué a derramar una lágrima de simpatía. Dos minutos antes de partir el tren, el padre se despidió de los otros y se apeó del vagón; y entonces comprendí la causa de aquel pesar. Confieso de nuevo que sentí una punzada de envidia: debe de ser muy bonito sentirse así de querido. Pero la tristeza de los niños es perecedera: al cabo de un rato la pequeña pareció haberse conformado ya con la realidad.

El viaje fue estupendo. Mientras duraba la luz del día estuve mirando por la ventanilla: en el hueco de su marco pasaban frente a mí, como una película, los campos tristones y feraces de la inacabable llanura que es Bielorrusia, el paisaje débilmente iluminado, al bies, cuando el sol poniente asomaba entre las nubes del horizonte: labrantíos, prados, granjas, bosques, alguna pequeña aldea, pero sin una sola elevación ni apenas un desnivel. En lontananza me pareció ver unas lomas, pero resultaron ser las altas copas de una arboleda.

Cuando me cansé de mirar me preparé la litera: por cada una hay, en los altillos del compartimento, una colchoneta de algodón y una pequeña almohada, más un grueso edredón que casi nunca es necesario, pues la calefacción en estos trenes suele ser más que suficiente, cuando no demasiada. La ropa de cama que te entregan, industrialmente lavada y planchada a presión, incluye dos sábanas y un funda de almohada. Quizá el único inconveniente que tiene para mí la litera de arriba es que resulta un poco más complicado prepararla, pero esta desventaja queda de sobra compensada por el aspecto positivo ya mencionado.

Para mi sorpresa, dormí como un bendito, arrullado por el traqueteo y guarecido dentro de la crisálida sensorial que me proporcionaron unos tapones y un lorazepam. Al principio resentí las risas que se traían en el compartimento vecino, pero no tardaron en acallarse. A eso de la medianoche, supongo que en Minsk, sentí que se marchaba la familia que había abordado conmigo en Brest y que llegaban otras dos personas, pero no hicieron más ruido que el imprescindible. Cuando volví a despertarme faltaba poco más de media hora para llegar a mi destino. En esta parte del país el aspecto del campo había cambiado por completo: la misma campiña de doce horas atrás, pero cubierta de nieve. Esto es lo que yo buscaba.

PRIMERAS IMPRESIONES DE VICIEBSK

Al apearme del tren sentí el frío cortante en las mejillas. El suelo estaba en su mayor parte cubierto de nieve, que se convierte en hielo allá donde el paso frecuente de peatones la apelmaza y compacta. Por esos lugares hay que pisar con mucho cuidado para no dar un resbalón.

La parada del trolebús estaba apenas a cincuenta metros de la estación y, antes de dirigirme a ella, tuve la precaución de comprar, en un quiosco que por allí había, un par de billetes; pero no me habrían hecho falta: en esta ciudad, al contrario que en la europeizada Brest, aún persiste la figura soviética del cobrador (o, para ser más precisos, la cobradora, pues la mayoría son mujeres), de modo que el pasaje puede adquirirse a bordo por el mismo precio.

Como eran las siete y media de la mañana, había por las calles el movimiento de una ciudad que despierta: trabajadores acudiendo a sus destinos, comerciantes abriendo sus negocios, estudiantes encaminándose a sus clases, gente aquí y allí tomando un café en un puesto callejero… Eso sí: como el parque móvil de Bielorrusia es bastante reducido, las avenidas son muy anchas y la mayoría de los ciudadanos utiliza el transporte público, el tráfico nunca es denso.

El trolebús me dejó a menos de cuatrocientos metros del apartamento que había alquilado, pero aún tardé casi diez minutos en llegar, porque no era fácil encontrar el atajo bajo la nieve y porque aquí las calles son difíciles de cruzar: su desmesurada anchura (que, en las avenidas, puede exceder los cincuenta metros), la clara insuficiencia de pasos de peatones (a menudo distanciados trescientos metros entre sí) y los largos tiempos de espera en los semáforos (casi siempre más de un minuto) hacen que pasar de un lado al otro resulte una empresa que conviene pensarse dos veces. Siempre es posible, por supuesto, cruzar a las bravas por cualquier punto, pero se arriesga uno a una multa, porque aquí esas infracciones se las toma muy en serio la policía. Así, las vías más anchas dividen estas ciudades en sectores casi independientes, con escaso tránsito de peatones entre unos y otros: la gente hace la vida en su sector con preferencia a cruzar la calle para acudir a los comercios o servicios de los colindantes. No es raro, por ejemplo, que haya dos tiendas o restaurantes de la misma cadena (y no digamos ya del mismo género) físicamente muy cerca pero separados por esas invisibles barreras urbanas. Éste es quizá uno de los principales reproches que le hago a estos sistemas herederos del bloque oriental: el desprecio por la conveniencia del peatón en las ciudades.

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Bielorrusia. Cap. 7: Nuevos preparativos

ÚLTIMOS DÍAS EN BREST

A medida que iban transcurriendo mi estancia en Brest iba haciéndose necesario tomar una decisión respecto al alojamiento: en el Energía había reservado cinco noches y, pese a sus varias ventajas, no pensaba quedarme allí más tiempo. Entre otras razones, porque su clientela -sobre la que ya dije algo- tiene tendencia a ser algo ruidosa: esos tipos ponen la tele o se lían de charla en las habitaciones a partir del véspero, disfrutan (y esto parece un rasgo de la cultura eslava) dando portazos y se levantan temprano con las mismas ganas de hablar alto y molestar a los vecinos. El ambiente me recuerda un poco, salvando las distancias, al que había en la academia de policía: estupendo si formas parte de él, pero incómodo si eres un turista insomne y amante del silencio. Mi duda, por tanto, no estaba entre si seguir en ese hotel o no, sino entre buscar un apartamento en Brest o en irme a otra ciudad. Inicialmente tenía idea de pasar ahí al menos un par de semanas, pues contaba con resolver el asunto de la estancia temporal (o incluso, si salía una buena oportunidad, comprar alguna choza tirada de precio) con la ayuda de mis conocidos, y esperaba además poder quedar con ellos varias veces; pero viendo sus nulas muestras de interés por pasar algunos ratos juntos, esta idea empezaba a perder sentido; y como otro de mis propósitos al venir a Bielorrusia era el de conocer la región diametralmente opuesta a Brest (que yo suponía, por su vecindad con Rusia, más “auténtica” y menos europeizada), así como disfrutar un poco de lo que pudiese quedar de invierno, empecé a planificar un viaje al nordeste, donde el clima es algo más septentrional. Y como ya había pasado un mes entero en Brest el verano anterior y nada interesante ni productivo parecía esperarme ahora ahí, no vi razón alguna para obstinarme en permanecer. Así que, con el mapa delante, comencé a estudiar las opciones.

A mí suelen gustarme las localidades de tercera categoría: digamos entre treinta y cincuenta mil habitantes, que suelen tener un ambiente más genuino que las ciudades y, al mismo tiempo, una decente oferta de servicios. Pero en el nordeste de Bielorrusia vi que no era fácil encontrar hoteles en tales lugares, y menos ahora que Booking ha dejado de proporcionar resultados de búsqueda para “los enemigos de Ucrania”. Existe una web rusa equivalente que se llama Ostrovok, pero no ofrece, ni con mucho, la cantidad y variedad de alojamientos que aquélla. Además, aún confiaba yo en hacer algún progreso en mis averiguaciones respecto a las posibilidades y los aspectos prácticos de quedarse aquí una temporada más larga, y presumí que tal vez en un sitio demasiado pequeño se me limitasen demasiado las opciones. Por último, otro factor a tener en cuenta era la posibilidad de hacer contactos, vía redes sociales, en algún grupo de intercambio de idiomas o similar (que a veces en otros países me han resultado útiles), y esto también pesaba a favor de buscar una ciudad de mediano tamaño. Así que finalmente, entre Polatsk, Viciebsk y Orsha, me decidí por la segunda; con lo cual ya tenía resuelto lo más difícil, que para mí es siempre saber a dónde quiero ir. Sólo me faltaba buscar transporte y alojamiento.

EL TRANSPORTE

Bielorrusia tiene una nutrida oferta de transporte público. Aquí no todo el mundo es feliz poseedor de un automóvil, de modo que, a donde no llega el tren, siempre hay abundancia de autobuses y marshrutki, que es como llaman a los microbuses particulares de ruta fija, derivado de marshrut, que significa “ruta”. De todas formas, para ir hasta Viciebsk no me interesaba el transporte por carretera: tenía claro que quería ir en tren, no sólo porque es más cómodo sino, curiosamente, también bastante más barato.

La web de los ferrocarriles (estatales) de Bielorrusia está muy bien diseñada, funciona a la perfección y tiene además una versión en inglés, de modo que comprar un billete online no puede ser más sencillo. Puedes incluso escoger el asiento exacto que quieres, sin coste adicional alguno. Pero cuando me puse a buscar trenes, como mi viaje era para un viernes, ya no quedaba ni un sólo billete en ninguno de los dos que partían a las horas decentes del día, que además son los más rápidos. No es que tanta gente viaje desde Brest a Viciebsk, sino que esos trenes pasan por Minsk, la capital, y llegan hasta San Petersburgo, y ése es, al parecer, el tramo más demandado.

Tenía, pues, dos opciones: o ir primero a Minsk, hacer noche allí y continuar al día siguiente, o coger un tren nocturno, para el que sí quedaban bastantes plazas. Había aún una tercera posibilidad, que era tomar dos trenes distintos haciendo transbordo en la capital; pero el tiempo de conexión era breve y además había que cambiar de estación, lo cual, además de engorroso, me parecía un poco arriesgado, pues un pequeño retraso en el primer trayecto y el más mínimo error al hacer el cambio podían hacerme perder el segundo tren; de modo que descarté enseguida esta combinación. La primera tampoco me atraía mucho, porque las capitales no me interesan y tampoco me apetecía buscar hotel para sólo una noche en Minsk. Así que elegí la segunda: el tren nocturno, y por el ridículo precio de trece euros me compré un billete en coche-cama.

EL ALOJAMIENTO

Para buscar un lugar donde quedarme en Viciebsk utilicé Ostrovok. En estos países del antiguo bloque soviético la infraestructura turística está aún poco desarrollada y, como el número de viajeros y visitantes aumenta a ritmo mayor que el de hoteles, la demanda va por delante de la oferta, resultando así una escasez de alojamientos. Por eso en las últimas décadas ha venido proliferando mucho la oferta de apartamentos privados: los propietarios más despiertos que tienen un piso vacío lo ponen en alquiler a través de cualquiera de las webs hoteleras, e incluso mucha gente que tiene unos ahorros compra apartamentos con este fin, ya que aquí el mercado inmobiliario es bastante asequible.

Sin conocer una ciudad es difícil saber qué zona es la más conveniente o la más interesante, así que tenía pocas referencias a la hora de elegir un alojamiento u otro. Y como Ostrovok ofrecía muy pocos hoteles, finalmente me decidí por un apartamento, que a igualdad de precio siempre resulta más cómodo y, casi siempre, más tranquilo: es muy raro que los hoteles tengan tabiques insonorizados, y el constante movimiento de huéspedes los hace invariablemente más ruidosos. No tenía ni idea de cómo sería el barrio donde había escogido alojarme, aunque a juzgar por la densidad de restaurantes y tiendas que daban los mapas de la ciudad presumí que habría una buena caminata hasta el centro. Y no me equivoqué.

Así, pues, con todo ya planificado y reservado para los primeros días, no me quedaba sino esperar al momento de la marcha.

LOS DEL MONOPATÍN

Durante mis paseos por Brest pude observar que había muchos jovenzuelos por la calle jugando al monopatín. Y aunque no puedo disimular la envidia que me da el ver a estos skaters (yo nunca fui capaz de aprender a mantener el equilibrio sobre ningún tipo de patines), y aunque se trata indudablemente de un deporte sano, divertido y relativamente inofensivo, hay dos aspectos de él que me disgustan.

El primero atañe a la causa de su difusión universal: si el monopatín hubiera sido un invento mongol, peruano o ugandés, jamás habría alcanzado las cotas de popularidad que hoy tiene; pero como esa actividad surgió en Usa, se ha extendido por el mundo entero. No se me malinterprete: lejos de mí lamentar que cualesquiera ideas interesantes o edificantes (cuando menos, no dañinas) se esparzan por todas partes y se hagan internacionales, sin que importe cuál sea su origen. Lo que me causa pesar son las implicaciones derivadas del hecho de que cualquier cosa que provenga de los Estados Unidos sea inmediatamente emulada en todos los rincones del orbe. Este fenómeno me habla de unas sociedades acomplejadas o, como mínimo, culturalmente colonizadas, frente al injustificado prestigio y supremacía de una nación concreta. En el tiempo de mis abuelos -y aun en el de mis padres-, en mi pueblo se jugaba al táviro, que no era menos sano, divertido o inofensivo que el patinete: un entretenimiento juvenil tan bueno como otro cualquiera y que servía a los mismos fines naturales: facilitar la socialización y ejercitar las habilidades físicas durante el desarrollo. Sin embargo, este juego no sólo no se ha propagado hacia región o país alguno, sino que ha quedado totalmente relegado al olvido incluso en mi pueblo mismo, donde en cambio sí que hay quienes usan el monopatín. La juventud ha adoptado espontáneamente este deporte foráneo porque percibe su lejana procedencia y, de modo subconsciente, asume que “es mejor”, que es “superior” al tradicional y local; a lo cual, por supuesto, contribuye decisivamente la difusión que de aquél se hace mediante la publicidad y los medios de comunicación, a su vez cautivados -e indirectamente subvencionados- por la influencia y hegemonía useñas. Los miles y miles de deportes regionales o autóctonos que, como la billarda en mi comarca, se jugaron o aún se juegan en nuestro vasto mundo no pueden competir en igualdad de condiciones por la atención de los chavales de otras regiones o países, ya que lo estadounidense cuenta con la inestimable, la insuperable ventaja de su desmesurado patrocinio mediático. De no ser así, a la hora de sustituir cualquiera de ellos, de origen local o tradicional, por uno que resulte más entretenido, retador o edificante, ¿no habrá, entre la innumerable cantidad de ellos que deben de existir por ahí, un centenar que superen en dichos aspectos al monopatín? El sometimiento de la inmensa mayoría de sociedades a la supremacía angloamericana me resulta deprimente.

El segundo está íntimamente relacionado con el anterior, y se refiere a la actitud característica de quienes practican el skateboarding, así como a las dañosas -cuando no destructivas- repercusiones de esta actividad. Y es que los émulos que la han adoptado no se limitan a importar un deporte forastero (lo cual, en sí, no tiene por qué ser algo negativo), sino que a menudo imitan también el estilo de vestir y de conducirse propios de la juventud del país de procedencia, la uniformidad de indumentaria, actitud y ademanes de los skaters useños: la imprescindible gorra de béisbol (a ser posible con la visera hacia atrás), las camisetas de heavy metal, los tatuajes, la chulería, el “chocarse los puños”, la falta de respeto por la infraestructura urbana (bancos, bordillos, escalones, etcétera) e incluso por los viandantes mismos, a quienes con frecuencia desplazan al efectuar sus amplias, impetuosas y bruscas piruetas. Los más civilizados aficionados al monopatín se limitan a usarlo en los parques o recintos específicos para ello (de los que cada vez hay más en cualquier pueblo o ciudad), o, en su ausencia, a zonas poco transitadas por los peatones; pero los más incívicos parecen carecer de la más elemental educación y no titubean en dañar elementos urbanos o en apropiarse de espacios destinados al disfrute general. Es como si, para ellos, practicar esta actividad demandase además una actitud inconformista, rebelde o insumisa; como si ambas cosas tuviesen que ir de la mano; aunque -dicho sea de paso- la rebeldía o insumisión que pueda haber en someterse a una moda inducida desde fuera es algo que escapa a mi entendimiento.

Mucho les falta por hacer a los gobernantes del “nuevo mundo multipolar” para contrarrestar de modo eficaz la influencia, la colonización cultural de Occidente.

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