Esto se desploma

(NOTA: Este texto fue escrito en enero del 2022, pero se me olvidó darle al botón de “publicar”. Por tanto, ha perdido actualidad. Pero como creo que no me quedó mal y, además, algunas de las cosas que digo continúan teniendo validez y alguno de mis pronósticos se ha cumplido, lo publico ahora.)

Durante las últimas fechas empiezan a menudear, cada vez con más frecuencia, una serie de señales premonitorias de que la mal llamada “crisis del coronavirus” está a punto de desplomarse. Como los pequeños parches de cielo azul que dejan entrever las nubes un rato antes de que comience a amainar la tormenta, algunas noticias sueltas, escuchadas aquí o allí, le indican al ciudadano atento que la borrasca covidiana tiene todos los visos de escampar pronto. Primero se oyó que Israel e Italia estaban considerando suspender la campaña de vacunaciones; después, que la Justicia francesa había desautorizado la mascarilla obligatoria por las calles de París; acá, una taifa española abandonaba la exigencia del pasaporte covid; allá, tal o cual país relajaba sus medidas restrictivas de libertades; hace poco se dijo que Alemania iba a dejar de vacunar masivamente; en casa, Pedro I El Guapo sale con que, para proteger al sobrecargado sistema sanitario -excusa inverosímil donde las haya-, se va a relajar el seguimiento del número de infectados; y ahora hasta la propia Agencia Europea del Medicamento desaconseja las dosis sucesivas del elixir mágico más allá de la llamada “de refuerzo”. ¿Y quién no ha oído durante las últimas fechas la nueva palabra fetiche: gripalizar?, que es el modo disimulado, en neolingua, de admitir que la covid no es otra cosa que una gripe, sólo que más virulenta. Por todas partes surgen “expertos” pronosticando el fin de la epidemia o incluso proclamándolo; quizá los mismos expertos a quienes antes no se permitía hablar, o quizá los que nunca han sido censurados y que ahora han modulado su mensaje; pero, en cualquier caso, portadores de un mensaje que hasta ahora estaba prohibido, y esto es lo significativo. Empiezan, además, a llegar reveladoras noticias del origen del SARS-CoV-2 que ponen de manifiesto que fue una creación artificial encaminada a conseguir el mayor negocio farmacéutico de la historia. Hay ya, pues, bastantes indicios de que esta colosal estafa no puede colar por mucho más tiempo ni siquiera en las estupefactas sociedades del siglo XXI, y aunque todavía muchos gobiernos y medios de comunicación persisten en mantener sus campañas del pánico, como últimas cortinas de lluvia desprendidas del cumulnimbo que a ojos vista se disipa, cada vez son más los que prefieren no rezagarse, para su futura vergüenza, en abandonar una causa que se hunde irremisiblemente.

Por supuesto, ni esos medios ni esos poderes públicos, ni tampoco las entidades extragubernamentales o las agencias supranacionales, ni mucho menos las hipnotizadas masas populares que han sostenido o se han adherido, a menudo histéricamente, al discurso del terror covidiano admitirán jamás que estuvieron equivocados o que sirvieron a intereses que nada tenían que ver con el de la ciudadanía ni con el bien público. Todos mantendrán que las restricciones de libertades y las obligaciones impuestas, pese a su escandaloso tinte totalitario, fueron absolutamente necesarias; que la vacunación masiva e indiscriminada, confundiendo correlación con causalidad, ha sido altamente efectiva; que se actuó en todo momento en aras de la salud pública y el interés general; y sólo los más autocríticos aceptarán, como mucho, que si en algo estuvieron errados fue porque, con la información disponible, no podían haber hecho u opinado otra cosa.

Al contrario de como ocurrió cuando se organizó todo este tinglado, que fue una acción coordinada a nivel mediático, gubernamental e institucional a escala planetaria, el desensamblaje al que ahora asistimos muy probablemente no esté patrocinado, dirigido ni coordinado por nadie; más bien al contrario: seguramente se produce de manera espontánea, merced a las leyes entrópicas a que se somete todo sistema natural abandonado a su suerte o, como en este caso, en que la inconsistencia y el absurdo han llegado a tal punto que ya no era posible seguir manteniendo la farsa por mucho más tiempo; y se produce sin duda a despecho de Big Pharma y de todos aquellos a quienes la covid ha sido de utilidad. Por eso no veremos desaparecer la nube hongo tan rápidamente como se formó, sino que asistiremos aún a varias semanas o incluso meses de polémicas, medidas de retroceso, aparentes titubeos, últimos coletazos y otras señales indicadoras de que el agonizante fantasma se resiste a morir. De hecho, es muy probable que algunas de las medidas tan ineficazmente adoptadas, como el uso de mascarillas en medios de transporte o supermercados, vayan a prolongarse indefinidamente en el tiempo, acaso para recordarnos, y recordar a todo el mundo, como el hierro con que el propietario marcaba a su ganado, a quién pertenecemos: “ciudadano súbdito del Great Reset”.

Pero aunque esta crisis tenga los días contados, no hay muchos motivos para la alegría, porque el daño ya está hecho y, en muchos aspectos, es difícilmente reversible: las sociedades debilitadas por las nuevas brechas abiertas, las familias agrietadas por el desacuerdo y la decepción, la economía irremisiblemente maltrecha, la ciudadanía enfrentada a su propio miedo, la indefensión aprendida, la conciencia de nuestra propia insignificancia y la pérdida de fe en la humanidad, la aceptación del sometimiento… Nada, absolutamente nada, impide a los poderosos embarcarnos mañana en otra crisis igual, o peor, y volver a someternos con incluso mayor facilidad bajo la misma disculpa de la emergencia sanitaria. Hemos renunciado a nuestra libertad, un derecho que tantas guerras y milenios costó arrancar, en favor de la salud, que ni siquiera es un derecho y que en ningún caso está garantizado. Hemos olvidado que, si les permitimos que se salten las leyes cuando se produce una situación extraordinaria, siempre encontrarán una situación extraordinaria para saltarse las leyes. Cierto es que sin salud -o sin vida- no se puede gozar de la libertad, pero yo digo que, sin libertad, la salud no vale nada.

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Bielorrusia. Cap. 6: Migración

MIGRACIÓN Y CIUDADANÍA

Me faltaba realizar la gestión más difícil: ir a una oficina de migración y preguntar si podía extender mi estancia en Bielorrusia, y -en caso afirmativo- cómo. Mi experiencia con los burócratas y determinados empleados de la esfera ex-soviética no data de antes de ayer. Mis largas estancias en Polonia y viajes por Rusia, Ucrania y Bielorrusia me han familiarizado con el tipo de trato que te deparan en oficinas administrativas y otros lugares como estaciones, correos, sanidad, etc., que eran servicios monopolizados por el estado en aquella esfera política: el personal no sólo no habla una palabra de inglés -y, aunque alguno lo conozca un poco, siempre se hacen los suecos- sino que además su actitud suele ser seca, impertinente e impaciente, cuando no abiertamente hostil. Pero si quería lograr mi propósito tenía que pasar ineludiblemente por ese mal trago.

Lo primero era identificar a qué oficina debía dirigirme. Aquí, al igual que en Rusia, se toman muy en serio el control de la ciudadanía. La libertad de movimiento y desplazamiento son conceptos que no acaban de cuajar en las mentes de sus gobernantes; y eso pese a que la Unión Soviética se disolvió hace más de treinta años y supuestamente los sistemas de los países resultantes de la fragmentación se han “occidentalizado”. Pero, no: esos estados continúan siendo unos control freaks (por usar esta útil expresión inglesa); quizá no sólo con el fin de controlar a la población, sino también porque hay cientos de miles de empleados públicos que viven de ese trabajo y el gobierno no sabría qué hacer con ellos si de repente decidiese dejar de vigilar a la gente. Es, además, una fuente no despreciable de ingresos para el tesoro, porque el ministerio del interior se harta a poner multas a cuenta de incumplimientos de la normativa sobre la residencia. Por ese motivo, en todas las ciudades hay como mínimo una subdelegación del servicio de ciudadanía y migración, y en las capitales regionales hay varias, una por cada distrito; y un ciudadano sólo puede acudir a la que le corresponda por el domicilio donde esté registrado. A esto del registro le dedicaré un capítulo aparte más adelante.

¿Y cómo saber a qué oficina tiene que dirigirse uno? ¡Ah, amigo! Eso no he llegado a descubrirlo. Aquí todo el mundo conoce la suya porque maman esa información desde que nacen, pero yo aún no he encontrado ningún lugar donde relacionen las calles con las delegaciones, ni mapa alguno que indique los “distritos de ciudadanía”, aunque seguro que lo hay. Y, aunque mi pregunta era genérica y podrían respondérmela en cualquiera de esos departamentos (“upravlenie“) o delegaciones (“otdelenie“), daba por sentado que si no me dirigía al adecuado me echarían para atrás. De manera que, a falta de mejor criterio, lo que hice fue acudir al más cercano a mi hotel.

El Yandex maps (equivalente ruso del Google maps) indicaba que la upravlenie estaba abierta hasta las 5 pm., así que aún me daba tiempo de ir ese día, aunque mucho me extrañaba que los funcionarios de la administración (que en ruso tienen el gracioso nombre de chinovnik) trabajasen hasta tan tarde. El edificio donde estaba ubicado tenía fijada junto a la entrada, en efecto, una placa del ministerio del interior, y vi que algunos tipos uniformados entraban y salían de él, pero una vez dentro, en la puerta correspondiente al servicio que yo necesitaba había una nota, con aspecto de ser bastante vieja, indicando que ahora se encontraba en una dirección diferente; de modo que allí me encaminé.

Media hora más tarde me hallaba frente a la “nueva” ubicación, donde otra placa indicaba las horas de funcionamiento: sólo hasta mediodía. Ya me parecía a mí que eso de “hasta las 5 pm.” no iba a ser cierto. De modo que a la mañana siguiente me presenté allí de nuevo y, a una mujer que me interpeló al verme despistado, le pregunté dónde podía conseguir información sobre extensión de permanencia en el país. “Para eso debe ir a la otdelenie de su distrito. ¿Dónde está registrado?” ¡Claro, qué error más tonto!: yo había venido a la upravlenie y tenía que haber ido a la otdelenie. Imperdonable por mi parte. Intenté decirle a la señora que no quería hacer ninguna gestión, sino sólo informarme; pero seguramente no conseguí hacerme entender. “¿Dónde vive?”, me preguntó. Al darle el nombre de la calle, me dijo que mi otdelenie era tal y tal.

Resignado, volví grupas y me dirigí al lugar indicado. A la tercera -dicen- va la vencida. Era un edificio no muy antiguo con unas enormes letras azules, en la fachada, del negociado de ciudadanía y migración. En la planta baja (es decir, el piso 1) había una serie de cabinas donde atendían los chinovniks, más un buen número de personas entrando, saliendo y -sobre todo- esperando; y también una máquina expendedora de números que, pese a su moderna pantalla táctil, se había quedado sin papel y ningún empleado parecía tomarse la molestia de reponerlo; así que tenías que memorizar el número que indicaba la pantalla al tocar en el servicio que necesitabas, y confiar en que ningún listo pretendiese tener tu mismo número. ¿Pero qué servicio necesitaba yo? El menú del aparato estaba sólo en ruso, y para leer cada una de las opciones habría precisado un minuto o dos, mientras impacientes ciudadanos esperaban tras de mí para sacar número también; de modo que toqué en uno al azar y me dispuse a esperar a que me fuese asignada ventanilla según el panel elevado que iba haciendo las correspondencias sobreyectivas unívocas, no biunívocas (si he entendido bien el álgebra de Boole); o, en román paladino, que asignaba cabinas a los números de espera.

Me atendió una jovencita muy agradable que enseguida empatizó con mi despiste, mi cara de angustia y mi ignorancia del ruso; pero desgraciadamente no pudo ayudarme porque la sección de migración -me dijo- estaba en el piso 2 (o sea en la primera planta). Aquella aventura había empezado con mal pie y no tenía visos de enderezarse; así que, cada vez más desanimado, subí al piso superior.

Si la planta de abajo me recordó algo a tiempos de una España ya trasnochada, la de arriba era un puro calco de la Administración en el régimen de Franco, con sus chupatintas atrincherados tras inexpugnables ventanillas minúsculas y pidiendo pólizas, papeles de pagos al Estado o certificados de no defunción; sólo que aquí las ventanillas estaban defendidas no por patéticos cincuentones medio calvos y con bigotillos franquistas teñidos de negro, sino por no menos retrógradas e inasequibles funcionarias de ceño fruncido. Abiertas en los paneles que conformaban la fortaleza había no menos de una docena de aquellas pequeñas troneras (dicho sea en el buen sentido de la palabra).

Otra vez hube de enfrentarme a la máquina expendedora de números con su inacabable menú en caracteres cirílicos, aunque por suerte no tardé mucho en identificar algo relacionado con migratsia y vremenna proyivania (estancia temporal), y esa elegí. Esta vez, al menos, no le faltaba papel al aparato.

Mientras esperaba, junto a otros más de veinte resignados ciudadanos, a que los paneles anunciasen mi número, me preguntaba si aquello tenía algún sentido y pensaba si lo mejor no sería levantarme y largarme de allí antes de meterme en algún problema, dado que todos los indicios apuntaban a que esa gestión no daría fruto positivo alguno. De hecho, estaba ya en pie y a punto de irme cuando me llegó el turno. ¡Bueno!, ya que había llegado hasta ahí, poco importaban dos minutos más.

–Buenas, quería pedir información sobre la residencia temporal…
—Paspart.
–Bueno, en realidad yo sólo vengo a preguntar…
–¡Paspart!
–…qué opciones hay para obtener…
–¡¡Paspart!!

No tuve más remedio que presentarle mi pasaporte.

–¡Registratsia!
–Bueno, estoy en un hotel y ellos…
–¿No tiene aún registratsia? ¡Tiene que hacerla!
–…son quienes se encargan de…
–¿Qué día ha llegado a Bielorrusia?
–El día tal. Pero yo sólo quería saber…
–Tiene de plazo hasta el día cual para registrarse.
–Ya lo sé. Si ahora, por favor, pudiera decirme… –comprendí, demasiado tarde, que me había metido en la boca del lobo, y no sabía cómo salir. Desde mi lado de la muralla no alcanzaba el pasaporte, que la mujer defendía con celo mientras consultaba datos en el sistema; y sin él no podía marcharme.
–¿A shto vy jotite usznat sdes?
–Perdone, entiendo muy mal el ruso. Si pudiera…
—Movilny telefon, est?
–Sí, pero…
–Pues use el traductor –me dijo, devolviéndome con desprecio el pasaporte. ¡Estaba salvado!
–Déjelo. Adiós. –Y me fui de allí al paso más ligero que pude; pero sin llegar a correr, no fuera que la señora sospechara de mi abrupta huída y enviase a la militsia tras de mí.

El fracaso de esta gestión, si bien enormemente educativo, me hizo desistir de intentar informarme personalmente sobre nada que tuviese relación con extensiones de visado o permisos de estancia en Bielorrusia. Si quería conseguir algo tendría que ser por correo electrónico (a los que, pese a toda la hostilidad administrativa, suelen responder) o con la ayuda de algún servicial rusoparlante. ¿Pero a quién dirigirme? Ninguno de mis conocidos me había ofrecido asistencia en mis trámites ni era lo bastante cercano como para pedirle ese favor; así que, de momento, pospuse esta tarea para más adelante. Lo que sí hice en cuanto volví al hotel fue pedirle a la recepcionista que me facilitara la registratsia para los cinco días de mi reserva; lo cual, como se verá más adelante, resultó en cierto modo un error.

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Bielorrusia. Cap. 5: Bancos

BANCOS

El resto de mis días en la ciudad lo empleé en hacer algunas gestiones, o al menos en intentarlo. Me habría gustado quedar con Ruslan, el simpático y amable bielorruso a quien, el verano anterior, había conocido por azar en Polonia y con quien luego quedé varias veces en Brest. Entonces me llevó a varios lugares en compañía de su adorable mujer y su hijo, y me ayudó a solucionar algunas cuestiones. Pero en esta ocasión no debía de apetecerle mucho porque, aunque me dijo que en cuanto se organizase un poco me llamaría, no llegó a hacerlo; y desde luego no soy yo persona para insistir ni mendigar un encuentro. Él se pierde mi compañía igual que yo me pierdo la suya.

Lo primero que quise hacer fue abrir una cuenta bancaria y sacarme una tarjeta de débito; no sólo para pagar con ella bienes y servicios sin tener que andar llevando míseros kopeks encima, sino también -lo admito abiertamente- para estudiar la posibilidad de sustraer parte de mis ahorros al férreo control económico y, lo que es peor aún, personal que ejercen los gobiernos europeos. Me enerva que no pueda uno hacer con sus dineros, que ya han pagado los debidos impuestos, lo que le dé la gana sin que alguna autoridad administrativa pretenda embargárselos o algún banco excesivamente ávido de ganancias ilícitas intente bloquearle las cuentas.

Con dicho fin, había estado varias horas mirando por internet algunos bancos bielorrusos para saber cómo y en qué condiciones podía abrir una cuenta, así como para comprobar cuáles tenían una versión en inglés de su web; detalle de gran importancia cuando no se conoce el ruso con la suficiente soltura. Sabía, por haberlo leído en una página muy completa (casi exhaustiva) dedicada a todo lo que tenga que ver con venir, visitar y quedarse en Bielorrusia, que tal cosa era factible para un extranjero aunque sea un mero turista. De ahí también saqué un listado de los bancos más sólidos; y con toda esa información me dirigí sucesivamente a varios de ellos, empezando por los que me parecieron más English friendly. Pero resultó que una cosa es el escaparate de la web y otra muy distinta la realidad de los empleados de banca.

Antes de relacionar el resultado de mis gestiones, quiero señalar que, al contrario que los bancos españoles, lo primero que te preguntan aquí cuando les dices que quieres abrir una cuenta es “para qué”; lo cual no dejó de resultarme chocante. Se supone que el “para qué” es cosa tuya, y que lo único que tiene que hacer el empleado es ver tu pasaporte, rellenar los impresos y dártelos a firmar. Pero aquí, por lo visto, las cosas no funcionan así. Para empezar, parece ser que todas las cuentas están asociadas a tarjetas, en lugar de al revés; es decir, que en lugar de abrir una cuenta y luego pedir una tarjeta -si la quieres- que tire de los fondos de aquélla, lo que haces es abrir una tarjeta en la que ingresas dinero (como ocurre con nuestras tarjetas prepago) que lleva una cuenta asociada; y luego ya veremos si puedes tener, para menesteres que no sean el puro comercio, una cuenta sin tarjeta. O al menos eso es lo que me ha parecido entender con mi escaso conocimiento del idioma. Aparte, está el problema del “para qué”: por lo visto, si no das la respuesta adecuada, no hay nada que hacer. Luego, la segunda pregunta que te hacen es “en qué moneda”, por lo que ya expliqué en un capítulo anterior.

En el primer banco -y único donde encontré alguien que hablaba inglés- me dijeron que no había problema, pero que abrir la cuenta me costaba doscientos cincuenta rublos. Sin comentarios. En los tres siguientes me dijeron, una vez que hube respondido a la pregunta mágica, que no abrían cuentas a extranjeros que no tuviesen algún tipo de permiso de residencia, al menos temporal; o bien me dieron alguna otra negativa. Pero nótese que me lo decían sólo después de preguntarme para qué la necesitaba, y no antes, de donde deduje que si la respuesta, en lugar de ser “para hacer compras mientras estoy en Bielorrusia” -que es lo que yo contestaba- hubiese sido “para depositar cien mil euros”, tal vez todo habrían sido facilidades. Cuando estuve haciendo las averiguaciones en sus páginas web, leí que sí se podía abrir una cuenta sin tener la residencia. De hecho, en uno de los bancos a donde fui llegaron a preguntarme qué cantidad depositaría, y al responderle al empleado que, puesto que en principio estaría sólo un mes en Bielorrusia, no necesitaría ingresar mucho dinero para empezar, me dijo entonces que no. Hecho, por cierto, que después contrasté online con el propio banco, y el teleoperador que me atendió me dijo que no tendrían por qué haberse negado, y que volviese a intentarlo; pero, la verdad, la idea de tener de nuevo la misma difícil conversación en el mismo banco -quizá incluso con idéntico empleado- a través de la barrera del idioma se me antojó muy poco atractiva.

Así que por último, ya sin mucha esperanza y por aquello de no tirar la toalla, me dirigí a una sucursal de otra entidad, bastante más modesta, que estaba justo enfrente de mi hotel. Para mi sorpresa, la empleada, aunque de muy mala gana, no me hizo preguntas inoportunas y sólo me pidió el pasaporte; pero como no lo tenía traducido me rechazó: “Necesito una traducción oficial y apostillada por un notario”. Bueno, si sólo se trataba de eso, en cualquier caso nunca viene mal tener el pasaporte traducido, para cualquier futura gestión. Así que busqué una agencia que se dedicara a eso, de las que hay abundancia en este país, y en media hora ya tenía la traducción oficial por poco más de cinco euros. En el mismo edificio había, además, un notario, y en otros quince minutos (más otros diez euros) tenía la traducción apostillada. Con mis papeles bajo el brazo, volví a la sucursal. Esta vez me tocó una empleada distinta, que resultó ser un encanto de mujer: dulce, amable, paciente y con una bonita luz en los ojos. Hicimos el papeleo, que llevó un buen rato, y me enseñó cómo funcionaba la web y la aplicación para el móvil. Al despedirme le pregunté, a modo de piropo, si no necesitaba un marido, pero sólo me sonrió. Ya me había fijado en que llevaba alianza, de modo que ella tampoco habría podido contestar otra cosa que no fuese “no”, así que sonreír fue la mejor respuesta.

De modo que ya tenía mi cuenta bancaria… es decir, mi tarjeta virtual. No podía solicitar una física porque -además de que te cobran por su emisión y “mantenimiento”- tardan varios días en emitirla y yo no sabía dónde estaría para cuando la tuviesen lista. De momento no ingresé ni un rublo, no fuera a ser que al final no me sirviese de nada y tuviera que pasar apuros para retirar el dinero. Antes quería familiarizarme bien con la web del banco y con la aplicación, y ver si podía hacer pagos con el móvil y hacer disposiciones de efectivo en cajeros; aunque al cabo de varios días comprobé que no era tan fácil. Para usar la tarjeta en terminales y cajeros smart card (o sea, por proximidad) hace falta tener Samsung Pay, y yo ese tipo de software siempre lo desinstalo del móvil. Hay otra forma de hacer pagos en ciertos comercios, así como sacar efectivo en los cajeros de la entidad, pero con mi escaso conocimiento del ruso aún no he sido capaz de enterarme de cómo va. Así que tengo una cuenta pero no la utilizo. De momento, para lo único que me serviría es para hacer pagos online, pero ésos estoy haciéndolos hasta ahora sin problema -pese al supuesto bloqueo económico por parte de Occidente- con mi tarjeta española.

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Bielorrusia. Cap. 4: Mujeres

VALENTINA

Valentina me recuerda a Susana -la ucraniana que fue sirvienta en casa algunos años- en esa manera rápida de hacerlo todo y en esa franqueza brusca y algo cortante con que te dice las cosas. No es tanto que esté siempre pronta para la acción como que no sabe estarse quieta. Lo que en un principio parece solicitud y diligencia es más bien, creo yo, una cierta tendencia a imponer su voluntad: no te pregunta si tienes hambre, sino que te prepara la comida y luego te hace el reproche si no te la comes; si le comentas que estás considerando la posibilidad de buscar un profesor de ruso, inmediatamente le pregunta a Google y, antes de que puedas decir “Amén, Jesús”, ya te ha concertado una cita, y no hay manera de hacerla entender que sólo estabas pensando en voz alta. Y si se le antoja pedirte que bailes con ella, te insistirá hasta hacerte sentir culpable. Limpia rápido, cocina rápido, compra rápido, decide rápido, pero ninguna de estas cosas la hace especialmente bien. Lo que piensa te lo dice a la cara aunque no hayas dado muestra alguna de querer saberlo o no venga al caso. No es que tenga mal fondo: simplemente… es ucraniana. Así me lo eplicó, de hecho, Tatiana en una ocasión: “Es que ella es ucraniana, Pablo, y los ucranianos son así.” No sé si Tatiana está o no en lo cierto, pero seguramente no le faltan razones para pensarlo, ya que en Brest, por su proximidad a Ucrania, hay mucha gente de este país; y mi propia experiencia, aunque escasa, no desmiente la opinión de Tatiana.

De todas formas, el encuentro con estas dos viudas el primer día de mi estancia fue un buen comienzo. No sólo estuve entretenido durante unas horas sino que obtuve interesante información y ofrecimientos de ayuda que, lamentablemente, luego no pasaron a obras. Cuando me levanté para irme, la botella de champán se había quedado sin abrir, ya que Valentina no bebe alcohol, a Tatiana -para quien sobre todo la compré- no le apetecía y yo ya me había tomado una mezcla de todos los demás licores que había sobre la mesa. No sé por qué, la idea de esa botella me acompañó durante mi viaje de vuelta en el trolebús, y aun ahora que escribo me he acordado de ella.

JULIA

Al día siguiente había quedado con Julia a mediodía, para almorzar juntos. Como ya he mencionado, la había conocido bastantes años atrás, allá por el 2006 más o menos, durante esa larga temporada que había estado viviendo en Polonia. No voy a contar aquí toda la historia porque daría para un relato aparte, pero si diré que estábamos en el mismo nutrido grupo de Couchsurfing que había en Varsovia, que con frecuencia coincidíamos en las actividades que se organizaban, y que durante un mes fuimos vecinos en el mismo bloque. Por aquel tiempo, Julia era una jovencita muy guapa (quizá demasiado guapa, si bien con esa belleza un poquito insulsa de ciertas muñecas infantiles: rubia, ojos azules y rasgados, altos pómulos, bonita sonrisa) y además tenía un tipazo. Una jovencita agraciada y simpática, de buen corazón, que había ido a vivir a Polonia atraída, como tantos crédulos, por el oropel de la cultura europea, y que tuvo la mala suerte -o el mal acierto- de ennoviarse finalmente con un tipo huero y pagado de sí mismo, aunque de aspecto y personalidad atractivos y con una innegable gracia y simpatía natural. Yo vi nacer ese noviazgo delante de mis narices (¡como que ambos venían a los desayunos que daba en mi apartamento!) y lo vi también morir cosa de un año más tarde… Y aquí lo dejo.

El caso es que, como consecuencia de aquel sinsabor, regresó a Bielorrusia y se casó con un tipo serio y decente, con el que aún sigue. Tienen un hijo y viven en las afueras de Brest. Ella fue quien, el verano pasado, me facilitó el contacto de su madre, que tan útil me resultó no sólo para hospedarme, sino para empezar a conocer un poco el país.

Esta vez la encontré aún más delgada que la anterior, lo cual, para mi gusto, ha empeorado su apariencia: aunque no ha perdido su guapura, no debe de andar muy lejos de la anorexia. Y es que, pese a haber vuelto a su patria, no ha perdido la fascinación por los usos y modas de la ilustrada Europa, de modo que se ha apuntado al veganismo y sólo come cosas que no alimentan. Pero, en fin, allá cada cual con sus manías.

Me llevó a un restaurante italiano muy agradable y estuvimos hablando apenas el tiempo que le dan en su trabajo para el descanso del almuerzo, o sea una hora. Entre otras cosas, me prometió ponerme en contacto con una agente inmobiliaria amiga suya para ver si sabía de alguna casa tirada de precio que me sirviese para alargar mi estancia en el país; promesa que cumplió al siguiente día pero que luego no me sirvió para nada porque, aunque la agente me dijo que algo tenían, al final no llegó a enviarme ninguna información concreta; y aparte yo encontré otras fuentes de información.

Como el verano pasado, este encuentro con Julia fue cordial, pero la encontré algo distante, muy lejos de la familiaridad que habíamos llegado a tener años atrás; lo cual no puedo reprocharle: las relaciones sociales se debilitan con la distancia, el tiempo y la falta de comunicación, y demasiado es que estuviese de acuerdo en retomar en contacto al cabo de tantos años. Las personas cambian, los afectos e intereses se mudan, y llega un momento en que la otra persona nos resulta un perfecto desconocido. Me dio un poco de lástima, pero es ley de vida. Al despedirnos, quedamos en seguir en contacto durante mi estancia, pero las cosas salieron de otro modo y todo indica que, para esta vez, ya no vamos a quedar de nuevo.

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Bielorrusia. Cap. 3: Brest

BREST

Con más de trescientos mil habitantes, Brest es la capital del oblast (condado o región administrativa) al que da nombre, uno de los seis en los Bielorrusia se subdivide. Situada junto a la frontera con Polonia, esta ciudad -como la mayoría de ellas por este lado del mundo- es muy amplia y espaciosa: Rusia, Ucrania y Bielorrusia son países con baja densidad de población, donde el terreno es barato; de modo que las avenidas son anchas, con abundancia de plazas, parques y espacios públicos, edificios en general bajos, de tres o cuatro plantas, rara vez más de seis salvo en las urbanizaciones de los ensanches, y aun ahí la distancia entre unos bloques y otros suele ser grande, con árboles o zonas ajardinadas entre medias y generalmente sin vallados ni obstáculos al paso (lo cual resulta extremadamente conveniente para los viandantes a la hora de hacer atajos). Aquí no existen nuestras impenetrables manzanas de bloques adosados uno a otro sin solución de continuidad. La inmensa mayoría de los edificios no comparten una medianera con otro. No es raro, por otra parte, encontrar en el mismo centro de estos núcleos urbanos algún que otro barrio entero de casas unifamiliares, con frecuencia de madera, cada una en mitad de su parcela o pequeña huertecilla (al estilo Galicia), y en el que las calles son a veces de tierra, sin asfaltar: tales barrios son el testimonio vivo del origen rural de la localidad, las zonas a las que la presión especuladora -por aquí mucho menor que por Occidente- no ha llegado, y que se mantienen tal como eran hace cien años.

Brest, además, al servir en cierto modo -por su ubicación- de escaparate de Bielorrusia hacia Europa, está muy limpia y cuidada; sobre todo en el centro: calles y aceras bien pavimentadas, autobuses y trolebuses relativamente nuevos, parques y jardines arreglados con esmero, edificios bien mantenidos, modernos servicios públicos, etc. Además, hay abundancia de bares, cafés, restaurantes y hoteles. Nada que ver con lo que yo me había imginado siempre acerca de este país, hasta que lo conocí.

Lo primero que hice, una vez que me hube acomodado en el hotel, fue conseguirme una línea para el móvil. Como en casi cualquier otro lugar del mundo, aquí las telecomunicaciones han ocupado un puesto esencial en la vida cotidiana, y ya no se puede ir por ahí sin una conexión a internet. El trámite me llevó apenas diez minutos porque ya lo conocía de la vez anterior: diez euros por una SIM con llamadas y datos ilimitados por treinta días. Hay tarifas más baratas, pero están restringidas a los residentes. Y lo segundo que hice fue cambiar dinero. Me quedaban algunos rublos de mi anterior estancia, pero eran apenas suficientes para los gastos de un día, así que me acerqué a un banco que ya tenía identificado como el que ofrecía mejor cambio y vendí mil euros. En Bielorrusia, como a continuación explicaré, el dólar y el euro circulan tanto como la moneda nacional, si no más, y los tipos de cambio tienen unos márgenes mínimos. De hecho, es el mejor país (quizá junto con Rusia) para cambiar directamente entre euros y dólares, porque los bancos ofrecen esa posibilidad sin tener que pasar por el rublo.

DE RUBLOS Y EUROS

Después llamé a Tatiana y me dijo que me acercase por su casa, ya que, casualmente, ese día era el cumpleaños de Valentina (una amiga suya en cuyo apartamento estuve alojado la vez anterior durante unos cuantos días) y estaban celebrándolo. Así que allí me presenté con una botella de champán y otra de vodka. Tatiana es una mujer muy agradable, bastante lista y con una lucidez especial para comunicarse con quien no conoce bien el idioma: sabe siempre escoger las palabras más sencillas, pronunciar con claridad y acompañar lo que dice con gestos que facilitan la comprensión. Es, además, franca, directa y racional. Tiene casi la misma edad que yo, y es viuda. Lástima que no sea mi tipo. Su marido, creo recordar, era militar, pero no sé si murió en acción de guerra o por alguna enfermedad. Valentina, por contraste, no sabe comunicarse con extranjeros; es emocional e impulsiva, aunque bastante resolutiva, por no decir “demasiado”, ya que no piensa en las consecuencias de sus rápidas decisiones.

Una de las cosas que les pregunté fue cómo podía comprar una vivienda, en caso de que quisiera quedarme en Bielorrusia por más tiempo del que permite un visado turístico; y es que aquí, si tienes derecho de propiedad sobre una casa o un piso, puedes obtener el permiso de residencia temporal por un año, renovable cuantas veces necesites. Aunque parezca una opción extremada, no lo es tanto, ya que el precio de la vivienda, según dónde, puede llegar a ser irrisorio: he visto anunciadas multitud de casas, en pueblos y aldeas, por menos de quinientos euros. Y de cara a obtener el permiso no importa el estado en que esté el inmueble, ni hace falta gastarse un duro más en él: basta con tener el título de propiedad. Ambas mujeres me confirmaron, por otra parte, que en efecto había casas baratísimas, pues un conocido suyo acababa de comprarse una, en un pueblo no muy lejos de Brest, por una suma ridícula.

Y fue durante esta conversación cuando comprendí por qué el euro y el dólar tienen márgenes de cambio tan favorables (menos de un 0’5% entre la compra y la venta), y sin embargo el zloti polaco no: resulta que en Bielorrusia, pese a la manifiesta hostilidad de Occidente y a ser -supuestamente- un satélite de Rusia, los precios de los bienes caros (coches, viviendas, empresas, negocios al por mayor) se fijan en una de aquellas dos monedas, supongo que debido a la relativa inestabilidad o poca relevancia internacional del rublo. La ley obliga a que cualquier contrato de compraventa se consigne en rublos, pero no prohíbe a los contratantes hacerlo con referencia a una cantidad determinada de euros o dólares, estableciendo para ello una cláusula de conversión. O sea: que el bien se valora en alguna de esas dos monedas, aunque formalmente la transacción se haga según los rublos que correspondan conforme al curso del día en que se efectúe el pago (o los pagos, si es que se han acordado plazos). De hecho, el vendedor suele preferir recibir euros o dólares antes que rublos: con ello se ahorra la conversión, ya que probablemente utilice ese dinero para efectuar, a su vez, otras compras o ir al extranjero.

Así que la economía bielorrusa está, en la práctica, basada en la moneda yanqui o en la europea: la nacional sólo se usa para las compras del día a día. Según me dijeron mis anfitrionas, aquí nadie quiere tener rublos, y mucho menos zlotis polacos, aunque sean países vecinos y haya un considerable tráfico de personas y mercancías entre ambos, hecho éste que debería, por lógica, hacer que el cambio entre ambas monedas fuese frecuente, sencillo y barato; pero no es así: cuando viajan entre un país y otro, cogen sus euros o dólares (de los que aquí todos tienen) y los cambian en destino por la moneda local. Esto también explica por qué, cuando quise comprar en Biala Podlaska rublos con mis zlotis, me encontré con que ninguna oficina de cambio ofrecía aquella moneda: no es por antipatía hacia Bielorrusia (que también, y mucha), sino porque los polacos no compran directamente rublos: si los necesitan, traen sus euros y los cambian aquí; y viceversa.

Más aún me ha sorprendido el hecho de que en Bielorrusia ni siquiera está bien cotizado el rublo ruso, pese a que ambos países son casi uno solo. Supongo que sus ciudadanos no se fían de sus propias monedas, que las consideran demasiado inestables y prefieren guardar sus ahorros en alguna que les resulte más segura.

Todo lo cual explica también, claro está, por qué cuando vas a un banco bielorruso a abrir una cuenta lo primero que te preguntan es en qué moneda va a ser. Al contrario de lo que ocurre en nuestro entorno europeo, y más concretamente en España, donde abrir una cuenta en dólares es poco habitual (y además los bancos se ceban con las comisiones y los márgenes de cambio), aquí todo el mundo tiene, como mínimo, dos cuentas en distintas monedas. Y del mismo modo explica por qué los depósitos en rublos están, hoy por hoy, remunerados al trece por ciento anual, mientras que los abiertos en euros sólo rinden el uno y pico por ciento: la volatilidad del rublo es mucho mayor.

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Bielorrusia. Cap. 2: Polonia

VARSOVIA

Mi avión salía a las diez y media de la mañana, así que puse el despertador a las ocho y media. Por suerte, los vuelos de Ryanair salen de la termial T1, a la que desde casa se llega con bastante rapidez; y además no tuve problemas ni demoras al pasar seguridad, de manera que a las nueve y media estaba ya en la puerta de embarque. Lástima de tiempo robado al sueño en balde, porque luego el vuelo se retrasó algo más de una hora.

El viaje en avión transcurrió sin novedad y, cosa rara, sin molestias de niños berreando, o del pasajero de detrás zarandeando el respaldo. En la fila de al lado mío había una jovencita que tenía un tic nervioso terrible, que imagino debía de hacerle la vida imposible: no paró de estirar el cuello y hacer movimientos raros con hombros, brazos y manos en todo el viaje. Y cuando escribo “no paró” debe entenderse literalmente: ni dos segundos pudo estarse quieta, la pobre. Debe de ser amargante vivir con unos espasmos así.

Aterrizamos en el aeropuerto de Modlin, que es la pequeña ciudad adonde llegan los vuelos de Ryanair. Al bajar del avión hacía viento y frío: no mucho de lo uno ni de lo otro, pero yo llevaba la ropa “española” y el corto tramo a pie por la pista hasta entrar en la terminal se me hizo largo. Para llegar a Varsovia se tarda aún hora y media larga: primero hay que coger un autobús desde el aeropuerto al propio Modlin, y después un tren hasta la estación de Warszawa Wschodnia, que -como su nombre claramente indica- está al este de la capital, en el famoso distrito de Praga, sobre la margen derecha del Vístula. Aún desde ahí tuve que coger otro tren, éste de cercanías, para llegar al hotel donde había reservado habitación, situado en el distrito de Powisle, que -como su nombre claramente indica- está po Wisle, o sea junto al Vístula. Así que, entre unos transportes y otros, pasaban largas las seis de la tarde cuando me vi por fin en una cálida y cómoda habitación de hotel; aunque apenas me sobraba un poco de tiempo para descansar antes de ir a ver a Ania y Sandro -los dos únicos amigos que me quedan en esa ciudad-, a quienes había avisado de mi llegada.

Ese descanso se me fue en un suspiro y cuando quise darme cuenta tenía los minutos contados para poder ser puntual. Salí a toda prisa y, aunque cogí el autobús adecuado, me bajé en la parada equivocada, de modo que llegué tarde igualmente; pero la equivocación me sirvió para comprar, al pasar por una tienda, una botella de vino con que agasajar a mis anfitriones. Curiosamente, Sandro apenas bebe, y somos siempre Ania y yo quienes nos trincamos el caldo. De esta visita apenas hubo nada que destacar, así que la despacharé con un par de frases. Como en otras ocasiones, hablamos de temas varios, ocupando lugar preeminente su hija, María, por la que la madre siente una pasión desmesurada (lo cual es comprensible en esas maternidades tardías y con hijos únicos). Sandro, por aquello de que es italiano, preparó unos espaguetis a la carbonara, que suelen salirle muy ricos. A última hora Ania se disgustó al escuchar mi defensa de Rusia en el conflicto con Ucrania. Me dijo que me parecía a su padre, hombre al que, pese a mis largos tratos con ella, nunca llegué a conocer. Por lo mal que -al parecer- se llevan ambos, y sabiendo lo progre que es Ania, presumo que él quizá sea uno de esos acérrimos del sistema socialista y añorantes de los tiempos del bloque soviético. Además debe de ser todo un personaje, por lo que la hija me ha contado.

Cuando me puse en son de vuelta era ya algo tarde y Ania me pidió un taxi tipo Uber, que en Varsovia salen muy baratos: apenas pagué el triple de lo que cuesta un billete de autobús. El conductor, casualmente, era de Azerbayán y pude hacer (bayán) con él mi primer ensayo del ruso. Para más casualidad aún, me dijo que estaba afincado en Bielorrusia; y por supuesto me contó las maravillas de su país, con especial hincapié en la comida y la calidad de los alimentos, encareciéndome que fuese a conocerlo. Tal vez en otra ocasión.

BIALA PODLASKA

Mi tren a Biala salía a las dos y pico de Warszawa Wschodnia, la misma estación a la que había llegado desde Modlin la tarde anterior, y como me sobraba tiempo después del check-out en el hotel me quedé un rato leyendo en el restaurante; pero tan absorto estaba que al final tuve que salir a toda prisa y pegarme el sofocón para no perder el tren, dejándome además olvidado sobre la mesa, e irremisiblemente perdido, un gorro de lana que me había regalado mi hermana Cristina años atrás y al que tenía particular cariño. No sé si habré hecho algún viaje en el que no haya perdido ninguna prenda.

El viaje en tren fue de lo más tranquilo y cómodo, y al caer de la tarde estaba ya en mi destino. La estación de Biala queda algo retirada del centro del pueblo, pero hice el trayecto a pie -cosa de media hora- para mover un poco el esqueleto. El hotel donde me alojé lo conocía ya de anteriores ocasiones; y tuve además suerte, pues no me dieron la habitación que me habían asignado otras veces, justo junto a una puerta del pasillo que pega un golpe al cerrarse. Por cierto, como ya dije antes: ¡vaya que están caros los hoteles en Polonia! Cuando yo conocí el país era un paraíso para los viajeros, pero con el tiempo han ido subiendo los precios y, desde que Rusia intervino en la guerra en el Donbas y la Unión Europea le declaró enemistad eterna, la masiva afluencia de refugiados ucranianos ha disparado todo lo que tenga que ver con el alojamiento y la vivienda. Por la habiación de Varsovia pagué más de sesenta euros, y por la de Biala -que es una localidad de tercera categoría- unos cuarenta y cinco.

Biala Podlaska me resulta ya familiar por mis anteriores viajes a Bielorrusia: está a treinta y cinco quilómetros de la frontera y no es un pueblo tan pequeño que no tenga varias opciones de alojamiento y un decente surtido de restaurantes, tiendas y otros servicios. El tren en el que llegué continúa hasta Terespol, ya sobre la misma frontera (aunque no la cruza), pero ese sí que es un pueblo pequeño y apenas hay una casa de huéspedes donde quedarse. Así que, para estos viajes, he establecido en Biala mi base de operaciones. Y no debo de ser el único que lo hace, a juzgar por el movimiento en los varios hoteles que hay.

Las dos jornadas que pasé en Biala esperando a que comenzase el plazo de validez de mi visado las empleé en preparar el cruce de la frontera y la estancia durante mis primeros días en Bielorrusia: compré un billete para el autobús, reservé un hotel por cinco días en Brest y avisé de mi próxima llegada a mis conocidos en dicha ciudad. Aviso, por cierto, que recibieron con menos calor del que esperaba: ni Julia (una vieja amiga de mis tiempos en Varsovia), ni Tatiana (su madre, a la que conocí el verano pasado en mi primer viaje a Bielorrusia) ni Ruslan (una amistad casual que había hecho durante dicho viaje) mostraron gran entusiasmo ni un particular deseo de verme. Y el caso es que fue la propia Tatiana quien me había autorizado a usar su nombre y dirección para solicitar el visado. El resto del tiempo lo dediqué a pasear, ir a restaurantes y hacer alguna compra de última hora, como por ejemplo un gorro nuevo en sustitución del perdido.

El invierno en esa región daba sus últimos coletazos: hacía bastante frío y en un par de ocasiones cayeron unos breves copos de nieve. Esos dos días fueron grises y tristones, melancólicos. Las amplias calles del pueblo, y su enorme plaza central, estaban casi vacías.

LA FRONTERA

Mi autobús salía a primera hora de la mañana, sobre las 8:30; temprano para mis hábitos de sueño, pero como era domingo había menos servicios, y el siguiente no salía hasta la después del mediodía, que era ya un poco tarde, teniendo en cuenta que a veces se tarda mucho en pasar la frontera y que la hora local en Bielorrusia era dos más que en Polonia; y no quería yo llegar siendo ya de noche. Así que hice de tripas corazón y “madrugué”. Por suerte, al menos, del hotel a la parada de autobuses sólo se tarda diez minutos.

Como en ocasiones anteriores, había comprado el billete por internet a través de una web bielorrusa que funciona bastante bien, pero en la que no aparecen todas las empresas que hacen el trayecto. Es decir, que hay más servicios, y además algo más baratos; pero no hacía falta arriesgarse a comprar el pasaje sobre la marcha y que resultara que no había sitios libres. Salvo una compañía que pone autobuses, las otras tienen furgonetas y sólo entran diez o doce personas.

Llegué con algo de margen, pero el transporte no tardó en llegar. Curiosamente no me pidieron el billete, y ni siquiera comprobó el conductor, como sí lo hiciera en las otras veces, que tenía visado para entrar. Descuido arriesgado por su parte, porque si alguno de los pasajeros no puede entrar al país no sería el primer caso en que mandan a todo el mundo de vuelta; aunque eso es más probable al regresar, porque los polacos tienen más mala leche.

En comparación con mis viajes anteriores, el tránsito fue rápido y fácil. No hubo que esperar nada de cola y apenas tardamos cuatro horas, que es todo un logro, en llegar a la estación de Brest. Debido al conflicto en Ucrania, a la amistad entre Rusia y Bielorrusia y a la enemistad de Polonia con estos dos, el gobierno polaco ha cerrado unilateralmente tres de los cuatro puntos fronterizos, de modo que lo habitual es que se tarde bastante más, sobre todo en dirección contraria: cuando pasamos el puesto de control vi una cola enorme de coches en dirección a Polonia, e incluso muchos autobuses, pese a que tienen prioridad y pasan por una línea diferente. Con frecuencia, la gente más despierta se pasa del último al primero, si hay sitio, aunque les toque pagar otro billete. Una conocida que días después hizo dicho trayecto me dijo que había tenido que esperar casi un día, aunque no sé si viajaba en coche o en transporte público.

De manera que serían sobre las dos y media cuando llegué por fin a la terminal de Brest, desde donde me fui andando al hotel para hacer algo de ejercicio. Se tarda cerca de media hora a pie. Y no; no sea usted malpensado: no lo hice para ahorrarme el tranvía: el transporte urbano en todo el país tiene un precio tasado de ochenta kopeks, o sea menos de treinta céntimos.

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Bielorrusia. Cap. 1: España

EL PLANTEAMIENTO

Unas notas sobre este viaje a Bielorrusia. Siempre que escribo este tipo de diarios me asalta la misma pregunta: mis viajes, ¿dónde empiezan? Éste en concreto, ¿dónde y cuándo? ¿Fue al cruzar la frontera entre Polonia y Bielorrusia, dado que este país era mi punto de destino? ¿O fue unos días antes, al tomar el avión de Madrid a Polonia? ¿O tal vez antes aún, cuando cogí el coche desde Azuaga a Madrid? Para determinar esta cuestión pueden aplicarse varios criterios: la llegada a destino, la salida de origen, alguna etapa intermedia, algún momento relevante del proceso, etc. En circunstancias normales, quizá lo suyo sería comenzar cuando aterrizo en Varsovia; pero dado que Polonia es -o más bien fue- mi patria chica y que me encuentro allí casi como en casa, a fuerza de familiaridad se me hace raro considerarme un viajero cuando paso por esas tierras. Hay, además, otro criterio que no he mencionado antes: fijar el inicio en el momento en que pongo el cerebro en “modo viaje”, y tal vez sea el más acertado de todos.

¿Y cuándo fue eso? Esta vez: en Azuaga, durante los preparativos. Así que por ahí empezaré.

La idea me rondaba por la cabeza desde hacía varios meses; en concreto, desde el verano anterior, cuando regresé, precisamente de Bielorrusia, con el pensamiento puesto en que no estaría mal volver por una temporada más larga; aunque cómo conseguir quedarse largo tiempo en los países continuadores del régimen soviético es una cuestión aún no bien resuelta, y bastante complicada. No sólo Rusia y Bielorrusia tienen desde hace décadas una política migratoria muy restrictiva, sino que las actuales “sanciones” impuestas por Occidente a los enemigos de Ucrania no han venido más que a complicar las cosas para los viajeros: sobre todo porque no hay vuelos directos entre aquéllos y la Unión Europea.

Mi idea original -vaga, como todas mis ideas- era visitar ambos países, obteniendo previamente sendos visados en Madrid. Pero si bien el bielorruso te lo preparan en apenas tres o cuatro días, el ruso no tarda menos de diez; y como no pueden solicitarse ambos a la vez (ya que hay que entregar el pasaporte), me tocaba demorar el comienzo de mi viaje en más de dos semanas; pero ya iba demasiado “retrasado” con respecto a mis pensamientos iniciales, que eran haber salido para principios de febrero. Además, había otro inconveniente: de cara a ajustar las fechas y optimizar los gastos del mejor modo, tenía que saber con certeza cuándo dispondría de los visados, para comprar el billete de avión con la mayor antelación posible; y puesto que la forma más económica y rápida de viajar al “mundo enemigo” es volar a Polonia y luego cruzar la frontera terrrestre con Bielorrusia, tenía que comprar el vuelo a Varsovia para uno o dos días antes de comenzar la validez del primer visado. Pero resultó que las tarifas más económicas que encontré eran para una semana después de empezar todos estos preparativos, y en fechas posteriores se encarecían bastante; de modo que, si quería ahorrarme un buen dinero y ponerme en marcha lo antes posible (uno de mis deseos era llegar antes de que se retirasen las nieves), no tenía tiempo de obtener el salvoconducto ruso; así que finalmente decidí obviarlo. En última instancia -me dije- quizá, con un poco de suerte, pueda conseguirlo después, sobre la marcha, tal vez en Bielorrusia.

EL VISADO

Sólo cuando hube tomado esta decisión me puse manos a la obra. La primera etapa era, por supuesto, Madrid y el consulado bielorruso. Según la información de su web, para solicitar el visado hacían falta tres documentos: un impreso de solicitud cumplimentado, un seguro médico y -lo más complicado y caro de obtener- una invitación formal de alguna agencia turística o bien de los hoteles en que fuese a reservar alojamiento, con indicación de las fechas y en función de las cuales me otorgarían la validez del permiso, con un máximo de treinta días. Se comprende que, para eso, se necesita o bien ponerse por completo en manos de una agencia turística, o bien tener muy claro el itinerario y hacer todas las reservas con antelación, opciones ambas totalmente incompatibles con mi modo libre y económico de viajar. Cierto es que las agencias turísticas de allí, conscientes de este obstáculo, ofrecen también invitaciones ficticias para los viajeros que no quieren comprar ningún paquete, pero te cobran el servicio a precio de oro: cien euros por un pedazo de papel. No obstante, al final tuve suerte y la cosa me resultó mucho más sencilla.

El consulado bielorruso en Madrid está al lado de casa, en la calle Caleruega. Ocupa apenas una vivienda en un edificio de pisos. Me recibió un hombre educado y de pocas palabras, quizá porque hablaba un español bastante pobre. En principio yo había ido sólo a pedir cita, pues en la correspondiente web indicaban que era necesaria para realizar el trámite, pero el funcionario me dijo que no hacía falta, y que fuese en cuanto tuviese los documentos: el impreso, una foto, el pasaporte, el seguro médico… “y la invitación”, le ayudé a terminar la frase. “Bueno -me respondió-, depende de para qué quiere viajar; dónde se va a quedar.” Le dije que me quedaría en casa de una amiga y haría algo de turismo. “¿Entonces el visado que solicita es privado, no turístico?” Ví el resquicio y me colé por él, contestando afirmativamente a su pregunta. “¿Y por cuántos días va a pedirlo?” El máximo, según la información de que yo disponía, eran treinta, así que le di esa cifra. “¡Ah!, si es sólo por treinta días no necesito la carta de invitación. Puede poner en la solicitud el nombre y la dirección de su amiga, y es suficiente.” No pude evitar pensar que Bielorrusia debe de andar bastante escasa de turistas últimamente, cuando facilitan de ese modo la expedición de visados. Una gran noticia en cualquier caso, pues eso abre la puerta para, en alguna futura ocasión, pedir más días.

Esa misma tarde me puse a contratar el seguro médico, que ha de suscribirse necesariamente con una de sólo dos o tres aseguradoras bielorrusas autorizadas para ello y que, además, tiene un precio tasado por su gobierno que sale bastante barato (aproximadamente un euro por día); rellené el impreso y, a la mañana siguiente, entregué los papeles en el consulado, que estaba tan vacío como la vez anterior. Me dijeron que en cuatro o cinco días estaría listo, y sólo entonces compré el billete a Varsovia (noventa euros, con dos bultos de cabina) para una semana después. Cuatro días más tarde me llamaron anunciándome que ya podía pasar a recogerlo. Cuando me acerqué a por él había allí una multitud de gente: dos solicitantes más. El primer paso estaba ya dado.

LOS PREPARATIVOS

Como había calculado un margen de seis o siete días para el visado, en tanto esperaba que me lo expidiesen volví a Azuaga para hacer los preparativos: no sólo míos, sino de la casa: es lo malo de tener un patio con plantas: siempre hay que asegurarse de que vayan a estar atendidas y provistas del líquido elemento; y como en el sur de España ya había entrado la cálida y seca primavera, no podía dejar los tiestos sin riego; así que monté los preparos que suelo tener recogidos, conecté el tubo, el programador, reuní las macetas bajo los aspersores y le puse una vela a la virgen de Fátima para que no me fallen al cabo de cinco días y tenga que andar pidiendo favores; que de todas formas tendré que pedirlos. También le di una mano de aceite de linaza a la mesa del patio para que aguante mejor los rigores de la intemperie y puse una malla sobre el naranjo sanguino para que los saltamontes no se zampen los brotes tan fácilmente, aunque no sé si servirá de algo. Se me olvidó fumigar el nogal con cobre, de modo que esta primavera volverá a atacarlo la enfermedad que tiene, que no sé cuál es.

Preparar el equipaje para mi estilo de viaje siempre es difícil: me gusta ir lo más ligero posible no sólo para ahorrarme usureros gastos adicionales a la hora de volar, sino sobre todo para no ir cargando con mucho peso ni bultos al moverme de un lugar a otro. En esta ocasión la cosa se complicaba un poco más, porque las temperaturas en destino me obligaban a llevar ropa de abrigo y no me permitían, por tanto, viajar sencillamente con una mochililla, como suelo hacer. Lo peor era el calzado, que no se puede comprimir ni estibar bien en la maleta. Pero al fin logré reducir al mínimo el número y volumen de las prendas, más los cincuenta accesorios electrónicos con los que se viaja hoy en día, y hasta me sobró algo de espacio, que siempre viene bien al regreso por aquello de los regalos y souvenires.

También aproveché para reservar hotel en Varsovia y en Biala Podlaska, que es un pueblo polaco cercano a la frontera con Bielorrusia desde donde se cogen los autobuses que cruzan de un país a otro. A pie no te lo permiten: es necesario ir como pasajero en algún vehículo. Complicaciones del mundo moderno. Mi idea era aprovechar la estancia en Varsovia para sacar de mi banco polaco los euros que luego cambiaría en Bielorrusia, pero me di cuenta de que se me echaría el fin de semana encima y, como los euros hay que encargarlos con antelación (pues a menudo las sucursales no los tienen en caja), quizá no me diese tiempo para cruzar la frontera exactamente el día de comienzo de validez del visado, cuya duración quería aprovechar al máximo. Por otra parte, la opción de cambiar zlotis (de los que tengo suficiente provisión) en lugar de euros es muy antieconómica, porque las tasas de cambio de dicha moneda respecto al rublo son ruinosas. (Por cierto, sólo muy recientemente he comprendido por qué, pero ya lo contaré después.) Además, a causa de la “crisis de Putin”, los precios del alojamiento en Polonia han subido una barbaridad, y en concreto en Varsovia son muy altos; de modo que reservé sólo una noche en la capital y las dos restantes en Biala.

Con todo ya listo y planeado cogí otra vez el coche y regresé a Madrid.

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El “porno nuclear”

La mayoría de la gente medianamente informada está de acuerdo en que es el Gran Capital quien, básicamente, dirige el mundo. Con algunas excepciones, creo que podemos asumir esta idea como verdadera. Aquellos aún mejor informados pueden ir un poco más allá y señalar una serie de individuos o instituciones que ocupan la cúspide de la piramide: apellidos como Rockefeller, Rothschild, Du Pont, Bush, Morgan, o fondos de inversión como Black Rock, State Street y Vanguard, por nombrar sólo unos pocos, resultan muy familiares a los ciudadanos más al tanto de temas políticos y económicos. Estas familias y sus conglomerados poseen sabrosos paquetes de acciones -cuando no la totalidad- de las corporaciones más importantes del mundo en sectores clave como la energía, petroquímicas, medios de comunicación y audiovisuales, banca, industria armamentística, informática, farmacéuticas, fertilizantes, etc. De este modo, multinacionales como Exxon Mobile, Shell, Texaco, JP Morgan, Citigroup, Wells Fargo, BNP, Monsanto, Ratheon, Pfizer, Bayer, así como muchos otros bancos, compañías petroleras y todo tipo de empresas producen astronómicos dividendos a unas pocas docenas de sagas multibillonarias. Semejante riqueza les permite, a su vez, controlar -si no poseer directamente- las más importantes productoras de cine, redes sociales, plataformas de contenidos online, periódicos e incluso todo tipo de instituciones gubernamentales y no gubernamentales a lo largo y ancho del mundo, aunque sobre todo en Occidente: Neflix, Disney, la industria propagandística de Hollywood, Amazon, Microsoft, Facebook, Google, Yahoo, el New York Times, el Washingtong Post, el Wall Street Journal, la OMS, el foro de Davos y un largo etcétera. Con esas cantidades de dinero, poder e influencia, esas élites se hallan en posición de controlar el mundo, quizá con las salvedades de China, tal vez Rusia, y un puñado de países económica y políticamente irrelevantes.


Desde que Rusia lanzó su Operación militar especial sobre Ucrania ha comenzado a extenderse la tendencia, prácticamente en todos los medios de comunicación y también por parte de periodistas, analistas, blogueros, escritores, influencers y demás gente independiente, a mencionar en sus contenidos una potencial (¡o inminente!) tercera guerra mundial que derivaría en desastre termonuclear. Estoy seguro de que muchos de ellos, sobre todo entre los independientes, expresan su sincero temor a que tales eventos, especialmente el segundo, puedan llegar a ocurrir. Pero es bien sabido que no hay forma de conseguir más clics para un artículo o vídeo que incluir en él las palabras “guerra mundial” o “bomba atómica” en letras bien grandes. Incluso los particulares que no elaboran tales contenidos, sino que simplemente “clican” en ellos, no suelen dudar en compartirlos, contribuyendo así de modo decisivo a su popularidad.

Esto es a lo que yo llamo porno nuclear. La naturaleza humana es tal, que la sangre, la violencia y su expresión más exacerbada: la guerra, funcionan en nuestro cerebro igual que la pornografía. El mecanismo psíquico que nos hace fijar la mirada en un almanaque lleno de señoritas ligeras de ropa es el mismo que hace a los conductores reducir su velocidad cuando pasan junto a un reciente accidente de automóvil: no por un repentino mor de la seguridad vial, sino por si acaso atisban algún cadáver calentito o una mancha de sangre fresca tiñendo el asfalto. Lo que vengo a decir con esto es: ¡cuidado con los alarmistas! La mayoría o una enorme cantidad de ellos sólo buscan invitarlo a “clicar” en sus publicaciones para sacarles más rendimiento.


Y ahora, volviendo al Gran Capital… ¿de verdad piensa usted que los Rothschild y los Morgan, las Ratheon y las Bayer, van a renunciar de buen grado a sus colosales ganancias por el prurito de derrotar a Rusia o defender a Zelenski? Si se produce una guerra nuclear, todos quedamos incinerados; e incluso si esos sujetos obscenamente ricos no mueren instantáneamente (sea por sus -supuestos- búnkers a prueba de radiación, mansiones fortificadas o lejanas islas en el Pacífico), todo lo que les genera sus ganancias dejará de existir. Ya no tendrán más beneficios billonarios, ni sirvientes para segarles el césped, camareros para sus clubs privados, empresas que den réditos, pistas de aterrizaje para sus jets privados, óperas a las que asistir, Tiffany’s en los que desayunar… Nada. Piense en ello un minuto: si sólo con chascar los dedos pueden esas élites cambiar gobiernos, destronar monarcas, modificar políticas, promover tratados y leyes, traer epidemias, desatar conflictos armados, provocar crisis económicas, impulsar golpes de estado, cambiar mentalidades, manipular a las naciones y a las gentes… ¿no han de poder estorbar una guerra nuclear? Creer esto supondría, en mi opinión, una notable inconsistencia. Cualquiera que admita el inmenso poder del Gran Capital no puede -pienso yo- al mismo tiempo creer en que vaya a tener lugar el temido holocausto radioactivo. Lo que debemos hacer, me parece a mí, es intentar no dejarnos inducir el miedo ni el pensamiento, a la vista de una siniestra nube hongo como fondo de un artículo, de que tal cosa es una posibilidad real. Ignoremos esos escalofriantes señuelos. La guerra nuclear no va a llegar; al menos, no a causa del conflicto en Ucrania.

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La colonización cultural

Lo que vengo a exponer en este artículo trae origen en una curiosidad, en una observación casual que hice cuando estuve visitando Georgia: al caminar por las calles de Tbilisi o de Kitaisi me di cuenta de que muchas mujeres no usaban sostén. Como acababa de estar en otros tres países europeos y en ninguno de ellos había advertido nada por el estilo, lo primero que pensé fue que quizá se trataba de una costumbre regional. Yo había llegado a Georgia sin tener la más remota idea del tipo de sociedad que me encontraría, y estaba por tanto mentalmente preparado para cualquier cosa; aunque debo confesar, por cierto, que al salir de allí cinco semanas más tarde no había hecho grandes progresos en ese sentido: dada la considerable diversidad étnica que hay en Georgia y la plétora de países cuyos turistas la visitan, se me hizo muy complicado distinguir entre nacionales y extranjeros. El surtido origen de las gentes del Cáucaso se mezcla en ese país con el batiburrillo de visitantes turcos, musulmanes, asiático-orientales, eslavos, judíos y europeos hasta el punto de que, si no fuera por el característico alfabeto georgiano presente en letreros, carteles y anuncios por todas partes, sería muy difícil saber en qué lugar del mundo encuentra uno.

(Como nota curiosa, hay sin embargo un fenotipo muy peculiar que se manifiesta en muchas georgianas; es un parecido de familia entre ellas, un algo en sus facciones -la nariz, los ojos, las orejas y la boca- que, una vez detectado, resulta signo inequívoco de su nacionalidad o, al menos, de un ascendiente común. Debe de haber habido, en algún momento de la historia de Georgia, un donjuán excepcionalmente exitoso, un vigoroso semental o un violador implacable que sembró sus genes en cientos de vientres de la población autóctona.)

El caso es que, algunos días después de haber observado esa peculiaridad en el vestir del sexo débil (o, más bien, en el no vestir), empecé a preguntarme si no sería una moda más que una costumbre; aunque, si tal era el caso, me extrañaba no haberlo observado antes en Occidente, que es donde surgen las tendencias que luego se exportan al resto del mundo. Desde luego, bien podía ser que lo de no llevar sujetador fuese una novedad con origen en Georgia, pero no sé por qué se me hacía a mí que salir a la calle sin sujetador no era el tipo de iniciativa con mucha probabilidad de aparecer en una pequeña sociedad ortodoxo-musulmana en el corazón del Cáucaso. Como explicación alternativa, cabía la posibilidad de que esa novedad hubiese nacido, en efecto, en las pasarelas de París o Nueva York pero que las féminas de Georgia la hubiesen adoptado antes incluso que el propio Occidente. Al fin y al cabo, este tipo de países periféricos son a veces los primeros que, en su afán por ser vistos como modernos, progresistas y liberales, aceptan con entusiasmo cualquier idea, por peregrina que sea, que salga de las factorías de ingeniería social del occidente colectivo. Y todos sabemos lo ansiosos que están los georgianos por ser considerados europeos.

Pero aparquemos de momento aquí esta curiosidad y vayamos a otras dos que observé, también en Georgia, respecto a la apariencia exterior (al aspecto decorativo) de la gente que vi por la calle: por un lado, los tatuajes y piercings, y por otro las prendas rotuladas. En cuanto a los primeros, me fijé en que son sumamente populares, más en las mujeres que en los hombres, y menos en los mayores que en los jóvenes. Elementos, se entiende, al estilo del que se lleva actualmente en cualquier país occidental; o sea que no hablo del clásico y burdo tatuaje de ex-presidiario, zarcillo herencia de un pasado turco ni perforación de tribu mongola, sino al modo contemporáneo, como los que exhibe uno de cada dos viandantes, entre quince y cuarenta años, en Europa o en América; es decir -y claramente en este caso- una moda importada del “primer mundo”.

En cuanto a las prendas rotuladas… bueno, este tema lleva llamándome la atención desde que era joven: en casi cualquier país del mundo, cuando una prenda -normalmente una camiseta o una gorra- tiene letras o palabras grabadas, en nueve de cada diez ocasiones éstas están escritas en inglés o pertenecen al mundo anglosajón. Aunque cuatro de cada cinco georgianos (y esto vale para marroquís, hispanos, tailandeses, japoneses, polacos, rusos…) no habla o ni siquiera entiende inglés, la mayoría de los rótulos que vemos impresos en la ropa vienen en este idioma; lo cual no tiene, en principio, el más mínimo sentido: ¿por qué habría un fulano de comprarse una camiseta rotulada en un idioma que ni él mismo entiende, habiendo otras en la lengua propia o, en su defecto, con bonitos dibujos sin texto? Bueno, pues existe una razón: la de que el comprador de esa prenda intenta -aun no siendo consciente de ello- dirigir a los demás un mensaje; un mensaje que no siempre es, paradójicamente, aquél que viene impreso en la camiseta de marras (bobadas sin sentido, con frecuencia), sino el de que el portador se considera un ciudadano contemporáneo, moderno, “internacional”. (¡Como si ser moderno fuese algún tipo de virtud!, cuando -en mi opinión- las más de las veces sólo evidencia un complejo provinciano.) Y otro tanto puede decirse de muchas tiendas, restaurantes, comercios, negocios y productos de todo tipo que, fuera de los países angloparlantes, se bautizan con palabras inglesas. Georgia no es una excepción a este fenómeno. Si quiere el lector entretenerse un momento, ponga la palabra “gorra” o “camiseta” en un buscador, vea las imágenes que se le muestran como resultado y dígame cuántas están en ruso, en hindi, en chino o en español.

 

“¡El cosmopolitismo!”, dirá alguno. “Es para que todos puedan entenderlo, ya que el inglés es el idioma universal de hecho.” ¿De veras? Si yo quiero llegar al máximo número de receptores con un -a menudo perfectamente absurdo- slogan impreso en mi camiseta, ¿no será mucho más eficaz que dicho eslógan esté en español, entendido por todos los españoles, que no en inglés? No, no se trata de maximizar el número de receptores del mensaje: se trata de que el mensaje es otro; no lo que dicen las letras de mi gorra de béisbol, sino lo que yo digo poniéndome esa gorra.

Permítanme otra breve digresión sobre esta colonización del inglés que sufrimos. Cuando viajo suelo escribir un pequeño diario, a cuyo efecto siempre intento comprar, sobre la marcha, algún cuaderno de notas que, a ser posible, tenga una portada con motivos o palabras del país que estoy visitando. ¿Puede usted creer que, a veces, me ha sido totalmente imposible encontrar un tal cuaderno en ninguna tienda? Recuerdo en concreto los casos de Polonia y Japón, donde las portadas de todos los que pude ver o bien no tenían ningún dibujo o estaban rotulados en inglés, o con dibujos o fotos propios del mundo anglosajón; pero nada que perteneciese al idioma o la cultura nacionales. Interesante, ¿no es cierto? ¿Se imagina un británico o norteamericano ir a comprar un cuaderno a la papelería de la esquina y que todo lo que encuentre esté rotulado en chino, español o ruso?

Hay una última observación que hice durante mi viaje a Georgia: la religion vegetariana ha echado raíces ahí también, pues en sus ciudades no hay escasez de restaurantes de ese tipo. Y puede uno apostar el cuello a que el rechazo a la carne, el pesacado o los productos lácteos no es una invención georgiana. Esa idea les ha llegado de Occidente.

Después de Georgia, mi siguiente parada fue Bielorrusia. Ya sabe: esa autocracia rusoparlante que vive de espaldas a Europa y está gobernada desde hace treinta años por un déspota de mente cerrada y enemigo del progresismo. Pues bien: cuando me pongo a caminar por las calles de Brest, ¿qué es lo que advierto? Que muchas mujeres tampoco llevan sostén. Esto, desde luego, me hizo descartar la hipótesis previa de la “costumbre local” que barajé estando en Georgia, y concluir que se trataba, ya sin lugar a dudas, de una moda de más extenso alcance. Así que me fui al ordenador, hice una búsqueda y… ¡eureka!: resulta que ir sin sujetador es la última tendencia femenina en el año 2022. Y desde luego no se trata de una moda como otra cualquiera, sino que es bastante audaz, por decirlo suavemente; una que, además, transmite -o así lo leo yo- un mensaje especialmente progresista o feminista: una idea al estilo de “Sacudámonos la opresión patriarcal y dejemos que nuestras tetas hablen por nosotras”.

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Y junto con esta moda también observé en Bielorrusia la misma proliferación a que me he referido arriba: piercings y tatuajes, así como prendas, negocios y productos de todo tipo, tanto nacionales como importados (incluso de Rusia), rotulados en inglés. Del mismo modo abundan allí los lugares de comida vegetariana, muy populares entre los jóvenes acólitos de la Iglesia Verde.

Ahora bien, Bielorrusia no es Georgia, ¿verdad? El gobierno bielorruso no anhela (al menos oficialmente), como el georgiano, incorporarse a la Unión Europea ni a la OTAN, ni está dispuesto a rechazar la cultura propia para sustituirla por la occidental; razón por la cual me resultó incluso más chocante que en Georgia encontrar una sociedad visiblemente propensa a adoptar los estándares de consumo y las desinhibidas modas occidentales; una sociedad, en suma, culturalmente más colonizada de lo esperado. Y me atrevo a suponer que en Rusia ocurre exactamente igual, siendo Bielorrusia, en cierto modo, una especie de “extensión” de su vecino mayor.

Estas dos experiencias recientes me han inspirado la reflexión que constituye el objeto último de este artículo, y que es la siguiente: Rusia puede ganar la guerra militar que libra contra la OTAN sobre suelo oficialmente ucraniano; Vladimir Putin puede hablar todo lo que quiera sobre religión o valores tradicionales y promulgar todas las leyes que vea oportunas para preservar el patrimonio cultural ruso, proteger la iglesia ortodoxa, la familia y los niños, sujetar con rienda corta a la mafia transgénero, evitar la inmigración indiscriminada y mantener la política de Moscú a salvo del lobby verde; Lukashenko puede gobernar su país con mano de hierro; los países del BRICS pueden lograr crear un nuevo polo de poder mundial, descabalgar al petrodólar y acabar con la hegemonía norteamericana… pero la colonización cultural del mundo por EE.UU. es una realidad, quizá irreversible; una empresa que las industrias del mercado y de los mass media norteamericanos acometieron hace bastantes décadas y que no ha encontrado oposición desde entonces. Simplemente no han tenido competencia alguna. Y esta es acaso, mucho más que la militar o económica, la principal amenaza para todos esos nobles objetivos que Putin dice perseguir, porque con la colonización cultural puede finalmente llegar -y seguramente lo hará- la victoria decisiva del globalismo, pese a todos los supuestos esfuerzos de determinada sociedad para mantenerse alejada de él.

No puede negarse, creo yo, que la moda es un ingrediente esencial de la cultura, que a su vez puede identificarse con las tradiciones. La historia nos proporciona no pocos ejemplos de sociedades que comenzaron aceptando y asimilando los hábitos de comer, vestir, adornarse, u otras manifestaciones de una cultura foránea dominante y acabaron “comprando” el paquete completo de sus costumbres, opiniones y valores.

A principios del siglo diecinueve la sociedad española era muy tradicional. Pese a su victoria sobre las invasiones napoleónicas, una vez que se expulsó a los intrusos la población comenzó a adoptar las modas francesas, no sólo en el vestir sino cada vez en más ámbitos a medida que pasaban los años. Europa era, ya se sabe, una civilización “culturalmente superior”. Dos o tres décadas más tarde los españoles se habían tragado ya la mayoría de los valores franceses, lo que hizo, a su vez, que la política en España cambiase drásticamente. Y ese fenómeno de la absorción de costumbres foráneas continúa. ¿Quién habría imaginado, hace sólo tres décadas, que en España íbamos a acabar celebrando Halloween, una fiesta tan absolutamente ajena a nuestra cuna católica, a nuestro propio folclore y herencia cultural?

Con esto no quiero decir que haya nada intrínsecamente “malo” en las modas, en los hábitos alimenticios o en las producciones de televisión extranjeras, ni que las sociedades deban aislarse del resto del mundo y rechazar toda influencia cultural extraña. Me limito a hacer constar el hecho de que todas estas influencias tienen, al final, un fuerte impacto en los valores y prioridades de un pueblo; tanto más cuando, como es el caso de los medios de comunicación prevalecientes, las redes sociales, el cine, el vegetarianismo o el no llevar sostén, se han diseñado con el objeto de diseminar determinados mensajes y creencias sobre cómo debe vivirse virtuosamente. Y esto, al fin y a la postre, no puede sino acabar en cambiar la sociedad objeto; o, dicho de otro modo, en una mayor colonización cultural.

Y en el mundo actual, donde ya no hay barreras a la comunicación ni al transporte, es más fácil que nunca que se dé este fenómeno. Además, conviene notar que el flujo de la moda ha sido unidireccional durante las últimas ocho décadas: se originan en Occidente (sobre todo en EE.UU.) y viajan hacia el resto del mundo. Casi nunca sucede a la inversa. Esta es la razón por la cual, a nivel global, no se ven camisetas rotuladas en ruso por doquier, ni franquicias japonesas en cada esquina, ni películas argentinas en cada sala de cine ni gazpacho en todos los supermercados del globo como sí se ve la Coca-Cola, pese a ser aquélla una bebida vegan-friendly y ésta no. El intercambio cultural no es multidireccional, sino que viene sólo de un lado. Las creencias, actitudes, ideas, modos de pensar, etc., promovidos por Occidente son ubicuos: en todos y cada uno de los anuncios, revistas, películas, documentales, series, comestibles, portadas de cuadernos, envoltorios, gorras, camisetas, etc., y no digamos en las redes sociales, hay algún mensaje, abierto o subliminal, que el mundo entero puede ver, percibir y en última instancia absorber, aunque sea de manera subconsciente. Y tras dichos menasjes hay una maquinaria profesional, muy especializada y efectiva, con décadas de experiencia, bien subvencionada y engrasada.

Permítanme relatar otra pequeña historia. En uno de mis viajes, por pura suerte estuve pasando una semana en la tierra y entre los indios cree de Chisasibi, a las orillas de la bahía James, provincia canadiense de Quebec. Tuve ocasión de dormir en el improvisado teepee (tienda india) de una familia y de charlar varias veces con el organizador de la conmemoración que andaban entonces celebrando. Esto es más o menos lo que, en tono apenado, me contó:

Nuestra nación (los cree) recibe un montón de dinero del gobierno en ‘compensación’ por los espolios territoriales y la limpieza étnica del pasado. Además, se nos anima a practicar nuestro modo de vida tradicional, para lo cual nos dan importantes incentivos económicos, como viviendas, motonieves, autonóviles, combustible o electricidad gratuitos, a condición de que quien se apunte al proyecto se comprometa a permanecer aquí y continuar nuestras tradiciones, seguir cazando y pescando, criar algunos renos y continuar erigiendo teepees de vez en cuando. En suma, una vida libre y prácticamente gratis. Pero nuestros hijos lo rechazan. Prefieren hacer lo que ven en la tele, estudiar en Montreal o en Quebec, trabajar y vivir allí, en el sur. Algunos de nuestros jóvenes incluso se avergüenzan de su apariencia nativa: quieren SER blancos, parecer blancos, vestir y maquillarse como en la metrópolis, abandonar nuestro lenguaje, hablar sólo francés o inglés… Pese a todo el dinero que nos dan y las ventajas de vivir aquí, la juventud continúa emigrando; nuestra población declina y al final nuestra comunidad desaparecerá.

Esta fue una de las experiencias más reveladoras de mi visa, y un claro ejemplo de lo que hace la colonización cultural.

Por consiguiente, y volviendo al tema de Rusia, me temo que para preservar de modo efectivo sus valores y tradiciones es necesario mucho más que ganar la guerra en Ucrania u organizar un segundo polo de poder en torno al BRICS. La amenaza existencial a Rusia de la que tanto habla Putin no viene tanto de una hipotética agresión militar por parte de la OTAN, sino del hecho real de la colonización cultural. Y es en este terreno donde se debería librar la guerra, más que en el campo de batalla.

Huelga decir que yo no sé qué puede hacerse, si es que se puede y suponiendo, claro está, que se quiera hacer algo. Imagino que sería necesario algún tipo de contraofensiva cultural. Y con eso no me refiero a censurar las emisoras angloamericanas, prohibir los restaurantes vegetarianos, cerrar los McDonald’s o bloquear Facebook e Instagram, sino acometer un esfuerzo serio y a largo plazo para promover y reforzar lo que es ruso, proponer alternativas atractivas y plausibles, volver a la producción cinematográfica de calidad y que no sea una réplica de Hollywood, confrontar o directamente ridiculizar la basura woke de Netflix o Disney, apuntalar el orgullo nacional, explicar a la población lo esencial que es comer carne, educar a la ciudadanía para que valore lo que les es propio y tratar por todos los medios de superar el nefasto complejo de inferioridad que la mayoría de naciones no occidentales han albergado y nutrido desde hace muchos años. E igual cosa deberían hacer otros países. De lo contrario, al final las semillas del globalismo, el individualismo y el relativismo moral seguirán extendiéndose y creciendo hasta la definitiva desocialización (vale decir: deshumanización) de los pueblos, haciendo así estéril, para el supuesto propósito de proteger los valores y las tradiciones, cualquier victoria económica o militar.

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Los topónimos foráneos

A la hora de referirnos a nombres propios y topónimos foráneos nos encontramos con un par de dificultades lingüísticas, la traducción y la transliteración, que responden a dos facetas diferentes de una misma cuestión.

La transliteración tiene que ver con el aspecto fonético, y básicamente consiste en tratar de escribir con el alfabeto propio el nombre o topónimo del idioma original de modo que se lea lo más parecido posible. Así, por ejemplo, el nombre anglosajón John se transliteraría en español como “Yon”, New York sería “Niu York”, y el país donde nació Yakira Kurosawa, que en su idioma se escribe 日本, se escribiría “Nihon” en español.

Por su parte, la traducción tiene un enfoque más semántico, suponiendo que en el caso de nombres propios y topónimos pueda hablarse de significados. A menudo, más que de la traducción de un nombre estaríamos hablando de su equivalencia. Un nombre propio foráneo sólo puede “traducirse” cuando exista en el idioma objeto uno etimológicamente equivalente. Por ejemplo, el mencionado John inglés sería el Juan español, pues provienen de la misma raíz (probablemente de un mismo y único personaje histórico), mientras que el Reijo finlandés no tiene equivalencia alguna en nuestro idioma. Con los apellidos es algo diferente, pues aunque muchos sí tienen un significado concreto (Smith en inglés y Seppanen en finés significan lo mismo que Herrero), en la práctica nunca se traducen. El caso de los topónimos es, en cambio, bastante distinto, pues rara vez encontramos equivalentes etimológicos o semánticos en el idioma objeto. No hay, por ejemplo, ninguna palabra española que tenga nada que ver con London, y además este topónimo no representa concepto alguno más que el de la ciudad concreta a la que denomina. En cambio, el nombre autóctono de Japón, que como queda dicho es 日本 (nihon), sí que puede traducirse, y significa “origen del sol” (de aquí que a veces digamos “país del sol naciente” para referirnos a él.)

En lo que sigue, y para no extenderme demasiado, me centraré en los topónimos, que son el objeto de este artículo.

Pese a las mencionadas dificultades, la denominación de lugares extranjeros no había presentado hasta ahora problema serio alguno. Desde siempre, los pueblos se llamaron a sí mismos de un modo (a veces ni siquiera eso) y los demás pueblos los llamaron como les pareció, resultado de una variedad de procesos históricos, culturales o lingüísticos que podían derivar de determinada característica, costumbre, procedencia, fonética, etc. Así, por ejemplo, por deformación fonética London pasó al acervo hispanohablante como Londres, Antwerpen como Amberes y el río Dnipro (Днипро en el original) como Niéper. Existe un país en Asia cuyo nombre original se pronuncia ilang y que al Español pasó como Ceilán; y hay una ciudad, también asiática, cuyo nombre original suena algo así como piyín y que los españoles de antaño pronunciaron (y denominaron) Pekín. Estas adaptaciones de topónimos tienen toda la lógica del mundo: las palabras nos llegan deformadas no sólo por el denominado “ruido” que se produce en la transmisión oral, sino por la dificultad que suelen tener los hablantes de un idioma para pronunciar los fonemas propios de otro.

El problema surge cuando llega la corrección -y la tontería- política; cuando un pueblo quiere no sólo denominarse a sí mismo como le venga en gana sino también que otros pueblos cambien el modo en que se refieren a él. Y aquí es donde empiezan los conflictos y surge el debate socio-político, pues si bien cada pueblo tiene todo el derecho del mundo a llamarse como le parezca oportuno, es muy dudoso que los demás tengan obligación ni necesidad de modificar su propia lengua y tradición para cambiar la palabra con la que referirse a él, sobre todo teniendo en cuenta que eso no beneficia a nadie. Y esta pretensión es tanto más absurda cuanto más difieren unos de otros los idiomas, las fonéticas y los alfabetos. Cualquier hispanohablante comprende de modo inmediato e intuitivo lo ridículo que sería si, a partir de mañana, Reino Unido exigiera a los países hispanoamericanos dejar de utilizar la palabra “Inglaterra” y sustituirla por England incluso de modo interno. Pero lo necio de ese tipo de pretensiones se multiplica por diez si, para colmo, el idioma orignal ni siquiera comparte alfabeto con los otros idiomas extranjeros. Si los caracteres chinos 北京 suenan peyín a nuestros oídos y han pasado a nuestro acervo cultural como “Pekín”, querer obligarnos a decir o -peor aún- escribir Beiying a partir de ahora resulta, en mi opinión, una exigencia abusiva y sobre todo estéril; más tenendo en cuenta que China (que, por cierto, tampoco se llama así en chino, sino zhong-guo, que significa “el país del centro”) ni siquiera podría aducir que esa ciudad suya se llama “oficialmente” Beiying, porque eso no se corresponde con la realidad: oficialmente, Pekín se llama 北京. Agárreme usted esa mosca por el rabo. Cosa distinta sería si ellos le cambiasen el nombre y le pusieran otro que no tuviese nada que ver con el anterior, en cuyo caso estaríamos antre otro debate diferente. Es, por ejemplo, lo que ocurrió con Leningrado-San Patersburgo. Pero aquí no se trata de eso.

Este tipo de “demandas” de corte nacionalista o regionalista han venido proliferando bastante durante los últimos tiempos. Notables son los cambios mencionados de Pekín por Beiying, Ceilán por Srilanka y, hace apenas unas semanas, Turquía por Türkiye. (Y no voy a entrar en los autonomismos españoles, que darían para un tratado.) Curiosamente, quienes hacen ese tipo de reclamaciones suelen ser países o regiones de segunda división. Alguna razón habrá. Me parece de perlas que cualquier pueblo decida cómo quiere llamarse e incluso exija que en la sede de la ONU, si es el caso, se le cambie la chapita al escaño que ocupa su representante; pero de ahí a exigir al resto de pueblos del orbe que modifiquen sus propios idiomas para adaptarlos a tal capricho va un mundo.

Es más: si me apuran, opino que la función de los nombres (en general, de las palabras) es denominar, no reivindicar. La utilidad primordial del lenguaje es comunicar e intercambiar información, tanto si se trata de un nombre común como de uno propio. Antonio no es tanto Antonio porque él diga llamarse así, sino porque los demás lo conocen así. Un ejemplo excelente lo ofrecen los motes o apodos. Diga lo que diga la partida de nacimiento de mi carpintero, si la gente en el pueblo lo conoce por “el Pastelera” éste es el vocablo que prevalece, el que resulta social y comunicativamente útil. A este respecto no deja de ser curioso que, al contrario de lo que ocurre con el español, en que las personas “nos llamamos” Fulano o Mengano, en otros idiomas las personas “son llamadas” de tal o cual modo. Por ejemplo en ruso para conocer el nombre de alguien no se pregunta “¿cómo te llamas?”, sino “¿cómo te llaman?”, a lo que el otro responderá: “Me llaman Menganov”. De hecho, sin necesidad de irme hasta las estepas siberianas, en gallego ocurre igual. Quizá esa costumbre refleja una mentalidad social menos individualista que la contemporánea.

De modo que, sintiéndolo mucho, Pekín, Ceilán y Turquía aprendí yo que se llamaban en mi idioma esos lugares, así los hemos conocido desde hace siglos en español y así pienso seguir denominándolos hasta que me muera.

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