Norteamérica 30. Misteriosas pisadas en la noche; el McKinley acude a su cita

Jueves, 4 de septiembre. Mismo lugar.

Anoche descansé bien y, gracias a un paño abrigoso y ligero que me compré en Fairbanks, no pasé frío. Lo que sí me disturbó un rato, a eso de la medianoche, fue la ruidosa llegada de un coche y las voces de sus ocupantes. Al principio pensé que eran locales que venían de juerga y temí que fuesen a darme la noche, pero seguramente eran tan sólo viajeros o montañeros que se conocen la zona y saben dónde pernoctar gratis, ya que pronto dejaron de hacer ruido y, a partir de ahí, el silencio fue sólo turbado por el murmullo del río, el canto de algún pájaro solitario o el paso de un tren por las cercanas vías. El caso es que esta mañana, al salir de la tienda, ya no vi a nadie.

El río Chulitna discurre por un anchísimo cauce plano de origen glaciar y, en su mayor parte, seco en esta época del año, de modo que queda a la vista el lecho de cantos rodados y una multitud de isletas elevadas que, a juzgar por su abundante vegetación y arboleda, no deben de quedar inundadas durante las avenidas. En una de dichas isletas he puesto la tienda. Pese a la escasa pendiente de la cuenca, la corriente circula a una considerable velocidad y la superficie del agua hace un efecto visual muy curioso: parece convexa.

Por lo demás, Talkeetna es tan aburrido como absurdo es mi objeto aquí: esperar a que aclare para ver el McKinley; y el tiempo no tiene ningún aspecto de aclarar. Cuando ya te has recorrido varias veces la calle principal, no hay nada más que ver o hacer; de modo que, tanto si consigo ver el monte como si no, me iré mañana por la mañana. Menos mal que el “alojamiento” está saliéndome gratis. Por las mañanas llegan autobuses de turistas y se marchan a la tarde. Algunos visitantes se quedan a pernoctar, ignoro para qué; quizá con el mismo propósito que yo, pues este pueblo no sirve para otra cosa. Por cierto, Alaska no es tan cara como me habían dicho. Sí más que otros estados y, desde luego, que Canadá, pero aun así asequible. Un café cuesta 1’25 $ (o incluso 50 ¢ en una máquina), medio sándwich de pavo, 4 $, y por 25 ¢ te compras un par de plátanos. En una gasolinera puedes ducharte por 2 $, y el alojamiento en Fairbanks no me ha parecido más caro que en cualquier otro lugar.

Viernes, 5 de septiembre. Anchorage (Alaska)

Con esos pensamientos y otros cien del mismo estilo distraje mi cabeza ayer, hasta el punto de que no recuerdo ni cuándo ni dónde escribí lo último. Lo que sí tengo claro es que, aparte de tomar una ducha en la gasolinera, en todo el día no hice nada interesante. Pasé el día vagando por el pueblo como bote a la deriva: un rato aquí, otro allá, sentado en el parque, viendo gente jugar al frisbee, paseando por el puente del ferrocarril, explorando la ribera de cantos rodados o tomando el té en un local con viejas mesas y camareras de mirada audaz -otro té, por favor- mientras escuchaba a dos jóvenes y regordetas rubias de mirar atrevido, coqueto y vano, hablar en un idioma con resonancias rusas que resultó ser polaco, según les pregunté y sin que esta iniciativa mía cuajase en una charla. Al fin volví a mi tienda y me preparé para pasar la noche, que habría de ser más fría que la anterior, pues el cielo estaba despejado.

En esta ocasión no me disturbaron el sueño molestos vecinos ni ruido de motores, pero a indeterminada hora de la noche algo ocurrió que me puso los pelos de punta: desde las remotas profundidades del sueño provino un débil pero distinto sonido de pisadas sobre los cantos rodados que irrumpió en mi vigilia hasta despertarme; pisadas que llegué a escuchar con claridad y que se detuvieron de repente, como un vertebrado (animal o humano) que interrumpe su avance y escucha, espera, acecha u olfatea. Y así nos quedamos, la noche y yo, paralizados durante interminables minutos sin dar ninguno señales de vida. Hasta cuándo duró ese trance, no puedo decirlo; sólo sé que no volví a oir nada más y que mis sentidos, fatigados por la tensión y dado que no captaron ningún otro signo de movimiento alrededor, se relajaron hasta que caí de nuevo manos de Morfeo; y si bien durante esa noche volví a despertarme varias veces, fue a causa del frío o de una mala postura, sin preocuparme más por el origen de aquel ruido. ¿Había tenido uno de esos sueños vívidos con residuo onírico, o fue simplemente un animal cuyas pisadas se apagaron al pasar de los cantos rodados a la arena, dejándome la sensación de que se había detenido, cuando sólo fue el sonido el que se extinguió; o que permaneció inmóvil durante largo rato y reinició su movimiento después de que yo hubiese vuelto a dormirme? No llegué a saberlo.

Esta mañana me despertó la intensa claridad del día. Al salir de la tienda, sólo permanecía nublada una parte del cielo, justo hacia el noroeste, cubriendo la cadena montañosa, aunque no del todo, ya que algunos picos parcialmente nevados asomaban tímidamente entre las nubes desgarradas. “¿Es ése el McKinley? -le pregunté a un fulano que andaba por allí, pero que no lo sabía de cierto aunque suponía que sí-. Pues no es tan impresionante ni tan alto como me había imaginado, pero de todas formas es bonito.” “Yes, it is“, me respondió. Y nos pusimos a charlar. De nombre Alex, dijo ser neoyorquino y andar viajando por Alaska para hacer un reportaje a base de entrevistas espontáneas. Me propuso una y accedí. Mientras me filmaba, con el presunto McKinley de fondo en la clara mañana, me hizo una serie de preguntas, cada una de las cuales habría yo necesitado un día entero para responder. Al finalizar, seguimos charlando, olvidándonos por un rato de las montañas. Me ofreció llevarme a Anchorage una vez que hubiese hecho dos o tres entrevistas más. De ponto alzó la mano e indicó el horizonte a mi espalda. Al girarme, vi que las nubes habían ido abriéndose y que, entre ellas, había emergido una enorme masa blanca cuya altura doblaba la de los primeros picos entrevistos. ¡El McKinley! Ese sí que era él. “Es inconfundible -me había dicho alguien el día anterior, y no mentía-, you can’t miss it.”

Posición relativa del McKinley respecto a Talkeetna

Era, en efecto, inconfundible: destacando sobre todos los demás por su singular elevación e impresionante aspecto, parecía querer subrayar la magnitud de su maciza consistencia. Y a medida que las nubes medias se deshacían en jirones como una tela podrida, podíamos verlo cada vez mejor. Estuvimos contemplándolo un buen rato. Luego, Alex se puso a entrevistar a otro señor que apareció por allí. También eligió filmarlo con el McKinley de fondo, pero unos cúmulos nacientes fueron poco a poco ganando el terreno que los altostratos habían cedido y, al cabo, la montaña quedó de nuevo oculta. ¡Por Dios que era tímida! Pero yo estaba muy contento porque mi espera había sido fructífera: “A lo largo del año, el McKinley se ve un día de cada tres, por término medio”, me había dicho un vecino de Talkeetna; y la estadística se había verificado al pie de la letra: el monte se dejó ver en la mañana del tercer y último día que yo había decidido pasar allí. Ya podía marcharme tranquilo.

Mientras Alex hacía una entrevista más -esta vez a una solterona local- yo desarmaba la tienda y empacaba mis cosas. Nos pusimos de camino a Anchorage pasado el mediodía. El viaje fue bastante bonito, pues durante casi todo el trayecto la carretera discurre cercana a otra cadena de montañas hacia levante, altas y nevadas, en las que se distinguen un par de glaciares.

De Talkeetna a Anchorage con Alex

Anchorage tiene 300.000 habitantes y es una ciudad tan fea como otra cualquiera. El tráfico es relativamente denso y la gente no parece especialmente simpática. El albergue donde me quedo es muy poco hospitalario: no hay devolución si cancelas la reserva, la puerta se clausura a la una de la madrugada, la cocina de 23 a 08, y los dormitorios de 10 a 17 (vamos, que no puedes echarte una siesta). Además, no es barato: 20 $; así que de momento he reservado sólo un par de noches, y no me dolerá irme. En cuanto a los huéspedes, salvo un japonés que me ha dirigido la palabra, el resto va a lo suyo. Esta vez no hay la pareja de viajeras de rigor. Aunque los hostales son, supuestamente, lugares con un ambiente idóneo para conocer gente y trabar amistades, lo cierto es que eso sólo me ocurre las menos de las veces; de modo que voy a tener que poner en entredicho ese mito.

Una salida a comprar comida y un largo e infructuoso paseo para comprar un libro (he terminado de leer The Russia house y necesito nuevo combustible) han completado mi tarde de hoy.

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Norteamérica 29. Viviendo entre parias, inadaptados y exconvictos

Martes, 2 de septiembre. Mismo lugar.

Parece que me he quedado atascado en Fairbanks. Pensaba pasar aquí dos o tres días, pero llevo ya cuatro, que van a prolongarse a cinco. Aunque el tiempo está regularcillo, el hostal es agradable y asequible, el personal es majo y la cama, cómoda. Durante estos días he ido tomando confianza con los otros huéspedes. En contra de lo que le entendí al principio, el oriental que quería ir Prudhoe Bay (el puto norte de Alaska, junto al mar de Beaufort) no estaba intentando hacer dedo, sino que iba en bicicleta. El otro día fui al cine con la chica de Pensilvania, que se llama Paige (pronunciado como page, página); y aunque es tan superficial como al conocerla me pareció, lo compensa con grandes dosis de simpatía y sociabilidad. Bien pensado, es hasta guapa. Me gusta esa chica. Miles, el encargado del albergue, ha resultado tener un ego del tamaño de una casa y ser tan buen hablador como mal escuchador. Demasiado centrado en sí mismo, cuenta diez veces las mismas cosas intrascendentes como si estuviera desvelándote el misterio de la vida y, cuando habla, no se dirige a toda la audiencia sino sólo a uno, y preferiblemente a una. A él le basta con tener un oyente. En cuanto a Vicky (o Vikki), la australiana, enseguida encontró trabajo en la construcción, así que apenas la veo: sale del hostal a las nueve y no vuelve hasta pasadas las seis, agotada y pensando sólo en acostarse. Bill tiene bastantes conocimientos de historia, es el más culto de todos, pero también el más ermitaño: apenas sale, y pasa gran parte del tiempo acostado, o en el sótano, o en la segunda cocina, donde casi nunca hay nadie. He observado que estos días el centro de reuniones está trasladándose desde la “cocina de Miles” (donde suele estar el encargado) hacia el sótano. Quizá es que los nuevos hemos aprendido lo que los viejos ya sabían: que Miles es un peñazo. Hank, el exconvicto, es un tipo simpático, muy tranquilo, creo que el más listo de todos, y se pasa el día entero bebiendo café en su travel mug. Parece haber venido aquí huyendo de la policía de su estado, y dice que tiene pensado morirse en Alaska. Después está Víctor, el tejano mejicano, un tío simpático que encuentra un extraño placer en hablar español conmigo. Es electricista y trabaja aquí temporalmente (como parece ser el caso de toda la población de Fairbanks), así que sólo lo veo un rato por las tardes.

Ayer llegaron dos hermanos casi gemelos, Ben y John, alpinistas -o quizá sólo montañeros- que han pasado varios días en el parque Denali conviviendo con los osos. Son jóvenes, y parecen dos copias de Jeremías Johnson. Las dos japonesas Junko (que no son lesbis; bobadas mías) por fin se dignaron, hace unos días, a abrirse un poco y charlar, quizá animadas por mi tortilla de patatas, que les encantó. Se despidieron anoche porque marchaban esta mañana temprano. Estos días he preparado otro par de platos sencillos que el personal acogió con bastante aprobación: champiñones al ajillo, y judías verdes. Hank dijo que nunca antes había probado el aceite de oliva, pero que le ha gustado. También he pasado largos ratos viendo la tele; entre otras, una película rusa muy larga y bastante buena llamada Siberíada, de la que jamás había oído hablar antes. [Con los años, esa peli se convirtió en una de mis must see, una verdadera epopeya siberiana que ha llegado a hacerse muy popular entre los amanes del cine soviético.] Y entre las charlas, las caminatas al supermercado, la cocina, la lectura y la tele se me han ido estos días. A ver si me sacudo la pereza de encima y continúo mañana mi viaje. Pero estos días lluviosos…

Miércoles, 3 de septiembre. Talkeetna (Alaska).

Ayer tarde fui a cenar con Bill y Paige. Hank pensaba venir también, pero tuvo una discusión con Bill y cambió de opinión. Al parecer, aquél le debe dinero a éste, el cual al verlo cenar le reprochó, de bromas, que cómo se atrevía a comprar comida, debiendo dinero, a lo que Hank reaccionó bastante mal, cabreándose y fuck you-ándolo. Así que Bill, durante la cena, se emborrachó. Parece que, después de todo, el expresidiario tiene bastante mal temperamento. Luego se quejará de que lo discriminan por sus antecedentes, pero su actitud no parece la de alguien con propósito de enmienda. Pese a todo, su compañía se me hace más agradable que la de Bill, demasiado ruidoso y bastante borrachín: todo lo que él traga de Vodka, Hank lo bebe de café; con la diferencia de que éste se lo gorroneaba a Miles y aquél se paga el alcohol de su bolsillo. ¡Vaya dos patas para un banco! Antes de salir estuve un ratillo hablando con Víctor, el Tex-Mex, que quiso invitarme a una cerveza, pero no acepté porque ya tenía el compromiso de salir a cenar; y él no quiso unirse a la partida. Durante esa charla me habló de un amigo suyo al que habían encarcelado por no sé qué razón. Tengo la impresión de que Alaska es una especie de refugio para toda clase de outcasts; gente fuera de la ley, o marginados, que huyen de su pasado, o incluso de su presente, que se esconden de algo, que quieren ser olvidados o comenzar de nuevo.

La cena no estuvo mal, en un restaurante mejicano que ofrecía bufet libre de comida bastante pasable. Alejandro, el camarero hispano, al enterarse de que yo era español pareció estar encantado y me dijo un par de veces que le gustaría que volviese por allí, pero como yo me iba hoy, le propuse que, mejor, quedásemos los dos para cuando él saliera del trabajo. Aceptó; de modo que al terminar de cenar acompañé a mis compañeros al albergue y me volví. Estuve hablando con Alejandro en un bar vecino durante casi tres horas. Me pareció un buen tipo, calmado y bastante razonable, aunque a saber si no era otro exdelincuente. De origen mejicano, llevaba ya años trabajando en EEUU. Las dos primeras veces que vino lo hizo de mojado; luego logró arreglar los papeles, se casó con una yanqui y tuvieron un par de hijos en Tejas. Después vivieron tres años en Arizona, en una reserva de indios navajos, de los que decía que eran perezosos, borrachos y delincuentes… ¿De qué me suena esto? Por último, cómo no, acabó divorciándose y se vino a vivir a Fairbanks, donde pasaba casi todo el año salvo los meses más crudos del invierno, en que volvía a Méjico con su padre. Me invitó a su casa si paso por Méjico cuando esté él, y si no está, también; para lo cual me facilitó varios números de teléfono. Conversar en español ha sido como encontrar un oasis en el desierto. Entre otras cosas me habló del tequila: el auténtico se saca del agave, es de color tostado y muy caro incluso en Méjico. Pero cuando empezó a escasear -ya que una vez que se corta (o cosecha, o lo que sea) tarda unos cinco años en volver a producir)- las destilerías empezaron a hacerlo de mezcal, que es parecido pero de peor calidad, porque además lo mezclan con alcohol de otras procedencias. Esas famosas botellas con un gusano dentro son de mezcal; y hay, al parecer, varias formas de prepararlo, con gusanos de varios tipos, o sin bicho. Ambos licores se toman con sal y limón en pequeños chupitos llamados tequileros; y no es bebida especialmente de mujeres, que él sepa.

Anoche me despedí de Paige y esta mañana de nadie, pues todos estaban acostados cuando me puse en marcha hacia el sur. Primero una chica joven (¡increíble!) me dio un ride de apenas 5 km. Luego me recogió Scott, un piloto de avionetas que vive en un pueblo perdido del norte de Alaska, sin carreteras. Se dirigía a Anchorage para recoger a su hermana y su sobrino, que venían a visitarlo. Hice todo el viaje con él hasta el cruce de Talkeetna. Por el camino nos paramos un par de veces a mear y a tomar café. La carretera es muy bonita y la estación acompaña con sus colores, aunque la lluvia hizo el viaje un poco aburrido. A la entrada del parque Denali nos paramos para echar un vistazo, pero estaba todo lleno de gente y de coches, así que nos fuimos enseguida. Desde el cruce me trajo a Talkeetna un hawaiano criado en Tejas –otra vez Tejas– que pasaba aquí el verano trabajando. Como el camping no tiene duchas y es de pago, me sugirió que acampase en la orilla del río, aunque supuestamente está prohibido; pero algunos locales a quienes he preguntado me han dicho que no me preocupe, que nadie va a echarme ni a decirme nada. Así que ahí he dejado mi tienda, abandonada entre unos arbustos junto al río, y me he venido al pueblo para pasar el rato y comprar algo. A pesar de que ha dejado de llover, todavía no he visto el tímido monte McKinley, el pico más alto de Norteamérica, porque el cielo sobre las montañas, hacia el norte, está nublado. De hecho, ése es el propósito de venir aquí: poder disfrutar, si el tiempo acompaña, de una aceptable vista de ese monte… sin pasar por el sacadineros del parque Denali.

De Fairbanks a Talkeetna con Scott, el piloto

Talkeetna es un pueblo turístico con bastantes tiendas de souvenirs, actividades de recreo y otras tourist traps para que se dejen la pasta los visitantes, que todavía -aunque ya es temporada media (shoulder season)- invaden las calles; o mejor dicho, la calle. Ahora estoy en un bar del año de la pera que hay en el downtown, lleno de rurales bebiendo cerveza, sentado a una mesa con una pint of Alaskan Amber frente a mí, 3’50 $. El suelo es de madera, como en los salones del far west. Todo el local es de madera, in fact.  Lo único que me sobra es el televisor, aunque por suerte lo tienen con el volumen quitado. En las paredes, cuadros con viejas fotografías de la época: indios, tramperos, no sé qué gobernador; cuernos de caribú, alce, ciervo, muflón; cabezas de oso, raquetas de nieve, un salmón disecado, una piel de oso en el techo… El local, hay que reconocerlo, es una chulada.

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Norteamérica 28. Dando tumbos por Fairbanks en busca del hostal idóneo

Sábado, 30 de agosto. Misma ciudad.

Fresca fue mi noche en ese albergue. A la mañana siguiente, o sea ayer viernes, me levanté sin prisas y estuve merodeando por allí. Sarah, la vieja descamada que llevaba aquello, me preguntó si me quedaba o me iba. Cuando le dije que me mudaba al centro se ofreció para telefonear al albergue donde tenía pensado ir, y encontró alojamiento para mí, por 15 $, en una cabin situada en el backyard. Genial. Desmonté mi tienda y preparé mis cosas con calma. Mientras esperaba la hora en que pasaba el próximo autobús, entablé una breve conversación con un japonés, o coreano, que había pernoctado en una tienda cercana a la mía. Me dijo que él se quedaría una noche más y que hoy se iría a dedo a Denali Park. “Bueno, entonces quizá nos veamos allí”, le dije; pero no lo creía probable, porque aunque coincidiésemos en las fechas, el parque es enorme, alberga varios campings y, en cualquier caso, él pensaba hacer acampada libre.

Al subirme al autobús, una india gorda -goooorda- y charlatana se me enrolló y comenzó a hablarme de su hijo único, de que no quería tener más, de que ella sabía defenderlo muy bien y de no sé cuántas otras cosas que no le entendí ni me molesté en entender, porque maldito lo que me interesaban ella, su hijo y su egocéntrica conversación. Cinco segundos antes de apearse me ofreció su teléfono por si “tenía algún problema”, pero ya otros viajeros la conminaban a salir y yo aproveché para hacerme el sueco y despedirla con un buenos días y una sonrisa cortés.

El hostal al que me envió Sarah era una casa regularcilla en un barrio lleno de camellos e indios borrachos. Como nadie contestó cuando llamé a la puerta, la empujé: estaba abierta. Aventuré unos tímidos pasos y me asomé al salón, donde una vieja sentada a una mesa daba cabezadas sobre un libro abierto. Al saludarla, se incorporó y, aparentemente sin verme, continuó leyendo el libro. Repetí más alto: “¡Buenas tardes!” Pero ella siguió leyendo, sin que aparentase verme ni oírme pese a tenerme justo enfrente. Cuando repetí por tercera vez el saludo, ya casi a voces, pareció sobresaltarse. Levantó la vista y me dijo de forma automática: “Mi marido no está; vuelva más tarde.” “¿Cuándo llegará?”, le pregunté. Ella respondió con otra fórmula memorizada: “No puedo darle a usted habitación ni recibir su dinero: mi marido no está.” “¿¡Cuándo!?” “A las dos y media.” Tenía, pues, dos largas horas por delante, así que para hacer tiempo me fui caminando despacito hacia el centro, cargado con mis mochilas, mientras pensaba si no sería mejor intentar hospedarme en el camping de la ciudad; pero estaba ubicado bastante lejos y, además, las noches empezaban a ser ya demasiado frescas para dormir en el saco si había otras opciones, de modo que descarté la idea.

Mi caminata estuvo salpicada de encuentros con los lugareños. Contra mi primera impresión, la gente de Fairbanks me pareció muy amigable, en especial los indios. Al transitar por los barrios de más dudosa catadura tenía dos sensaciones contradictorias: de hospitalidad y de peligro. Aquí todo el mundo te saluda por la calle, incluso los camellos, pero sobre todo los indios borrachos, que son de lo más alegre. Al acercarme a una esquina donde holgazaneaba un trío formado por dos hombres y una mujer, de amenazador y duro aspecto tras sus gafas ahumadas, noté que me observaban desde lejos; pero al pasar junto a ellos me saludaron. ¿Quizá, al ver el tono moreno de mi piel, me tomaron por uno de los suyos, o eran así de amistosos con todo el mundo?

Cuando llegué al centro me metí en la oficina de turismo, donde pasé un buen rato preguntando cosas, comprando y escribiendo postales y consultando mis correos. Luego me fui al Post Office a franquear las postales, y de ahí regresé al hostal. Las distancias eran largas, las mochilas, pesadas, y la tarde, cálida, de modo que ya empezaba a sudar y acusar el cansancio. Al llamar al timbre me recibió en la puerta el marido de la sorda, que había vuelto, y pasé al zaguán: “¿Qué es lo que quiere?” “Esto es un hostal, ¿no? Busco alojamiento. Sarah, de Billie’s Backpackers, me ha enviado aquí” “¿Lo ha enviado aquí? Pues no tengo nada; sólo esa cabin que ve usted ahí en el patio trasero.” “¿Eso? -dije, señalándola- ¡Pero si no tiene ventanas!” “Sí, tiene una hacia atrás. Le costará sólo 16 $. Vaya usted, eche un vistazo, y vuelva si le gusta. Si no, puedo indicarle otro lugar donde quedarse. ¿Quiere que los llame?” “Bueno, si me hace el favor…” Llamó, pero como no lo atendió nadie me garabateró en un papel la dirección y el teléfono, añadiendo: “Ahí tiene; es todo lo que puedo hacer por usted.” “Bien, gracias. Pero antes voy a echar un vistazo a su cabin, y ya le digo.” En cuanto salí, sin haber bajado aún las gradas de la galería, escuché que el hombre cerraba la puerta tras de mí. Pensé que quizá, por la razón que fuese, prefería que no me quedase allí; pero de todas formas fui a inspeccionar la cabina. Por fuera se veía pequeña: un cuchitril de contrachapado, como quien dice un cajón de madera, con una puerta doble, estilo granero, a la que se accedía subiendo un par de peldaños. Por dentro parecía más pequeña aún: ni siquiera era una choza, sino una especie de cobertizo mínimo que, obviamente, había sido construido para otros fines muy distintos, pero donde habían metido -o más bien embutido- nada menos que dos camas y una mesilla. Olía a humedad. Un ventanuco en el lado opuesto a la puerta daba hacia el jardín del vecino. Entonces comprendí que no se trataba de que el viejo no quisiera que me quedase, sino de que sabía que no iba a gustarme. Y no se equivocaba.

Por segunda vez me encaminé al downtown, ahora en busca de la dirección que el hombre me había facilitado. En el folleto del que la extrajo me había parecido leer “15 $”, precio que se ajustaba a mi presupuesto. Tardé bastante en dar con la casa. Me recibió Miles, un hombre delgado, de unos 50 años, muy hablador y simpático aunque algo ególatra, cuyo carácter enseguida me dio confianza. Además, a esas alturas ya no estaba yo para muchas exigencias. Miles disponía de bastantes plazas libres, y el edificio -que estaba en un barrio muy bueno, a diez minutos del centro- tenía un backyard muy chulo y un aspecto general bastante aceptable. Me pareció idóneo. En efecto, eran quince pavos la noche. Andaban por allí algunos huéspedes: Vicky, una australiana que vagabundea ganándose la vida, simpática y nada arrogante, con la que enseguida trabé conversación. Bill, un tipo de Nevada, o tal vez de Ohio, más bien callado, que iba algo por libre, un poco en plan duro, pero tal vez sea sólo apariencia. Hank, un exconvicto (no sé por qué delitos) que anda buscando trabajo, originario de Virginia o puede que de California, que fuma lo que él llama “tabaco especial” con aspecto de porro, simpático, aparentemente algo tímido, con un acento bastante difícil, que se queja de ser discriminado por su pasado delictivo y que tal vez, pese a su carita de niño bueno, sea menos cándido de lo que parece. Aparte, hay otros dos o tres fulanos más, todos procedentes de los Lower 48, como le dicen los alaskeños a los estados al sur de la frontera canadiense. Una de las primeras cosas que aprendes al llegar a Alaska es que, curiosamente, aquí nadie es de Alaska: casi todo el mundo viene de fuera.

Enseguida me sentí a gusto entre esa fauna, y entre unos y otros se me fue casi toda la tarde de conversación. Después salí a comprar víveres (otra caminata, ya que cualquier supermercado quedaba a media hora andando) y, a la vuelta, antes de ponerme a preparar nada, Miles me invitó a un bistec de cerdo (valga la incongruencia). Yo aporté las cervezas que había comprado, y estuvimos cenando Miles, Vicky y yo en muy buena armonía, compartiendo nuestras respectivas preferencias. Por cierto que, en el rato que estuve fuera, llegó la pareja de japos lesbis que me había encontrado en Billie’s Backpackers la noche anterior. Se conoce que, como a mí, ese hostal no les gustó mucho. Pero al encontrarme aquí simularon no verme, o no reconocerme. Pues vale. A última hora llegó también un mejicano de Tejas, según traducción literal: o sea, de Tejas pero desdenciente de mejicanos. Hablaba un español bastante aceptable y estuvimos charlando un momento, pero se acostó pronto. Antes del anochecer, Vicky, Bill y Hank se fueron a “hacer unas fotos”, whatever that means; pero, como no me invitaron, yo me quedé leyendo, y pronto me fui a la cama. Uno de mis compañeros de dormitorio, al que hasta entonces no había visto, me apagó la luz de modo perentorio aduciendo que él trabajaba al día siguiente. Muy bien, pero por lo visto el trabajo de los demás le traía sin cuidado, pues resultó ser un terrible roncador. Con frecuencia las personas más intolerantes son luego las menos consideradas o las más molestas. Siempre he opinado que los padres deberían poner más celo en la educación de sus hijos.

En fin: reputo como muy positivo el día de ayer. Por fin pude relajarme de la fatiga e incertidumbre de las últimas horas. La noche habría sido perfecta de no ser por los ronquidos del desabrido “trabajador”. Lo único que echo en falta es un espacio común donde socializar. El sótano, que tiene un par de sillones y una tele, podría hacer esa función, pero no es acogedor.

Esta mañana me he levantado cuando me ha apetecido, he ido a comprar ingredientes para una tortilla de patatas, la he dejado preparada para comerla luego con todos, he ido a la biblioteca para mandar unos correos y, sin darme cuenta, se me ha pasado el día: son ya más de las seis. Ha hecho un tiempo espléndido, fresco pero soleado. Un inconveniente de esta región son los mosquitos: aunque ha pasado ya lo peor de la estación, todavía quedan algunos, y pegan unos picotazos de miedo. Hoy ha llegado una nueva huésped: una chica de Pensilvania, de unos 25 años, que habla español porque estuvo, entre otros lugares, ocho meses trabajando en Sevilla; superficial pero simpática, bastante mona aunque algo gordita. Dice que viene a estudiar dos años. Es el prototipo de la eterna estudiante. También ha llegado un oriental, agotado tras intentar hacer dedo hasta Prudhoe Bay en una carretera embarrada y bajo una espesa e incesante lluvia. Por lo visto sólo llegó a mitad de camino antes de rendirse y volver. (Nota: para que no se me olvide, apunto una frase que me han dicho y me ha gustado: Truth is the general prevailing opinion of men.) Ahora, según escribo esto, se ha presentado Bill y nos hemos puesto a hablar. Resulta que es farmacéutico, investigador, especialista en marihuana. Interesante, ¿eh? Además de en Israel, ha estado en España, Marruecos, Finlandia, Dinamarca y muchos otros lugares de Europa.

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Norteamérica 27. Algunas impresiones agridulces en Alaska

Jueves, 28 de agosto. Fairbanks (Alaska).

Había algo raro en Hans. Algo que al principio no pude identificar pero que, por último, decidí que tenía que ver con una falta de seguridad en sí mismo o con algún complejo de inferioridad. Bueno, la cosa es que pasé una noche relativamente aceptable a pesar del resfriado y los frecuentes esputos. Al menos, no pasé frío, lo cual no sé si se debió a que la temperatura había subido o a que la fiebre me había bajado. El lugar era delicioso y el silencio absoluto. Eagle, ciertamente, era un destino remoto. Me entraron ganas de quedarme allí… y tal vez debería haberlo hecho.

Esta mañana, con calma, levantamos el campamento y nos fuimos. Por desgracia, en lugar de Hans condujo Gene, que es de esos conductores nerviosos que pisan y sueltan constantemente el acelerador de modo que el coche va a tirones todo el rato; cosa que acabó por levantarme dolor de cabeza y, para mitigarlo, hube de recostarme en el asiento y -por tanto- desentenderme del viaje durante largo rato, hasta que hubo cambio de conductor.

Ya sobre la carretera “principal” y antes de Jetlin junction, sin bajarnos de la camioneta le echamos un vistazo a una comunidad llamada Chicken, todavía más pequeña que Eagle. Un lugar curioso, pero turístico. Por lo visto, fue un antiguo lavadero de tierra durante el gold rush [fiebre del oro]. De ahí la expresión gold panners, hombres que se dedicaban a lavar en una palangana la arenilla de los lechos fluviales en busca de pepitas. Por cierto, estoy observando que tanto en el Yukón como en Alaska las construcciones de troncos son muy comunes, y hay cabañas canadienses de ésas por todas partes, algunas de ellas nuevas, aunque también otras muy viejas.

De ahí seguimos viaje hasta enlazar con la ruta 2, y en Tok nos paramos a comer en un restaurante. Pedimos una pizza, que estaba bastante buena. Quise pagarla yo, pero Gene no me lo permitió. A partir de ese pueblo la carretera discurría todo el tiempo entre preciosas arboledas de tonos otoñales, a veces junto a arroyos, lagos o ríos humeantes; siempre al nordeste de la Alaska Range, una cordillera de altas y escarpadas montañas nevadas que le conferían al paisaje un aspecto impresionante. Además, por suerte, a mitad de camino Hans relevó a su padre al volante y se acabó la conducción a tirones. Por cierto, un inciso: por todos los lugares que llevo recorridos durante este viaje, hacer canotaje es tan común que muchos coches transportan una canoa en lo alto; y pescar es tan popular que cantidad de conductores llevan los aparejos a bordo.

Más o menos desde Tok advertí un detalle me dejó intrigado. En principio, se suponía que íbamos a pernoctar en ese pueblo; pero algo debió de pasar allí o durante las horas anteriores, algunas palabras debieron de cruzar padre e hijo en ausencia mía, porque hubo un brusco cambio de planes y decidieron continuar directamente hasta Fairbanks. De hecho, me pareció notar que ambos estaban algo silenciosos y huraños conmigo. Cuando llegamos a la ciudad me llevaron hasta el albergue y nos despedimos, pero si bien Gene lo hizo con naturalidad, Hans estuvo particularmente frío. No sé. Quizá en algún momento de nuestra convivencia hice o dije algo -o dejé de hacer o decir- que me ganó su antipatía; pero no acierto a adivinar qué fue. Cuestión de dinero no creo, pues en dos ocasiones les ofrecí contribuir en lo que fuera y lo rechazaron. En cuanto a la conversación, traté siempre de corresponder. ¿Quién sabe? Una persona insegura o acomplejada es imprevisible y algo caprichosa, y suele retirarte su simpatía tan infundada y ligeramente como te la otorgó.

De Eagle a Fairbanks, parando en Tok a comer

El hostal es limpio y está bien organizado, pero es caro, queda demasiado lejos del centro para ir caminando y no cumple con uno de los servicios que promete: acceso a internet. Por lo visto, está “temporalmente” estropeado. Aparte, no permiten beber alcohol, por lo que ni siquiera puedo tomarme una cerveza aunque la compre fuera (si bien tal vez eso no me venga mal, pues no sé cómo le sentaría una birra a mi constipado en proceso de curación). Así que mañana mañanita me mudaré, Dios mediante.

Tras una no sé si merecida pero desde luego ansiada ducha, me he acercado a la librería más próxima (que queda a más de una milla) para conectarme a internet, y a la vuelta he aprovechado para comprar un cuarto de galón de leche (estos yanquis insisten en mantener su sistema de medidas) al astronómico precio de 2,10 $. Ahora observo a mi alrededor, mientras escribo, a la indiferente fauna local del albergue, que consta de: un escritor compulsivo que llena de líneas su diario a velocidad doble de la mía; felices parejitas preparándose su cenita, tralarán, tralarán, tralarita; la inevitable pareja de lesbis japos (aunque quizá en este caso sean sólo japos y yo esté tomando por lesbianismo lo que sólo es autismo, pues los japoneses suelen ser asombrosamente asociales); una pareja de Italia, nada menos, que hace honor a la fama de pijoteros -en cuanto a aspecto e indumentaria- que tienen sus compatriotas; un durazo con coleta, bigote y perilla, tatuado con serpientes y otros motivos letales, que tal vez sea uno de los encargados; una adolescente que va “de la hostia” con su pelo teñido de azul, negro y blanco; y un coreano solitario que, tímido, hojea una revista.

No sé si es que está abandonándome la suerte de las primeras semanas o es que los Alaskans and Western Canadians son menos hospitalarios que los habitantes del otro lado del continente, pero desde hace días no estoy topándome con nadie verdaderamente majo. Por lo poco que llevo visto de Fairbanks, tengo la sensación de que aquí el personal es bastante poco amigable, o incluso hostil. Quizá sea a causa de que la escasez de mujeres en estas latitudes crea una atmósfera de rivalidad, como me advirtió uno al principio del viaje, cuando estaba en la costa este; quizá sea porque los habitantes de Alaska reciben cuantiosas subvenciones (provenientes del petróleo) y no tienen que esforzarse mucho para vivir; o quizá sea sólo una primera impresión errónea. Como fuere, de seguir así las cosas (o sea, sin encontrarme realmente a gusto en ningún lado), mi tránsito por el norte va a ser visto y no visto.

Uno de los huéspedes acaba de ofrecer a la concurrencia un ride en su coche hasta el pub más cercano, pero me ha pillado tan desprevenido que no me ha dado tiempo a aceptarlo. Y esto ha sido todo por hoy. En lugar de pagar una litera en el dormitorio (que además no me ha gustado mucho), he optado por poner la tienda en el backyard, que resulta más barato. Y como aún queda un buen rato hasta que me acueste, lo aprovecharé leyendo.

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Norteamérica 26. Del Yukón a Alaska: pueblos mineros varados en el tiempo

Martes, 26 de agosto. Stewart Crossing (Territorio del Yukón).

No sé si es que el camping de Charlie Lake era un lugar especialmente frío, si es que el verano está dando sus últimas boqueadas, si es que mi saco es muy malo, o si son las tres cosas a la vez, pero lo cierto es que la noche del domingo pasé frío, incluso abrigándome dentro del saco.

Me levanté a eso de las seis, como me había recomendado el último conductor de la víspera, y me puse a hacer dedo con las esperanzas puestas en esa avalancha de camioneros que -según me dijo- salen cada madrugada de Fort Saint John con destino Alaska. Y aunque, en efecto, el tráfico era abundante, tras largo rato de espera lo único que obtuve fue un corto jalón hasta una parada de camioneros apenas unos kilómetros más allá. Al cabo de otro buen rato, un tipo que iba a recoger a unos amigos pescadores me dio un largo -aunque insulso- ride hasta cerca de Fort Nelson, y la distancia que faltaba hasta ese pueblo me la salvó un hombre absolutamente anodino, sin más particularidad que la de ser del este. Y ahí se acabó mi suerte para el día, pues las siguientes dos horas con el pulgar levantado fueron en vano. Como, a ese ritmo, el autostop se me empezaba a antojar una apuesta inviable, me resigné a pagar los 118 dólares que costaba el billete de autobús hasta Whitehorse, con salida a las 15:00 y llegada prevista a las 4:30.

El viaje fue una gozada. Poco más allá de Fort Nelson, la Alaska Highway se convierte en un espectáculo paisajístico: escarpadas montañas de roca pelada que reflejan sus picos en el color cobre azulado de los lagos, densos bosques, arroyos de aguas azul cobalto… Además, la simpática conductora iba anunciando por la megafonía del bus el avistamiento de todo tipo de fauna regional: un caribú, un alce, varios osos, varios búfalos, e hicimos frecuentes paradas en los lugares con las mejores panorámicas. Un viaje inolvidable del que sólo lamento no haber podido hacerlo con más luz, mejor perspectiva y mayor tiempo.

Llegamos a Whitehorse a la hora prevista y entré a un Tim Hortons, que estaba abierto, para hacer tiempo, desayunar y confeccionar un letrero con la leyenda “Dawson City”. Era aún de madrugada cuando un señor, a quien pregunté por la carretera del Klondike (la que lleva a Dawson), me dijo que él iba en esa dirección y me ofreció un ride hasta Stewart Crossing, que es donde ahora escribo esto. Este jalón ha sido también de lo más bonito e interesante, pasando junto a lagos que humean vapor de agua en la fría mañana y cruzado bosques donde ya ha llegado el otoño y los árboles amarillean. Eddie, mi benefactor, tenía una grata conversación, y además me ha invitado aquí mismo a un café antes de despedirse deseándome mucha aunque improbable suerte, habida cuenta que durante los 370 km que hemos hecho juntos sólo nos hemos cruzado con un vehículo. En efecto, y a pesar de que la carretera no está tan desierta como parecía (pasa un coche cada 5-6 minutos), desde que me puse sobre el arcén las 9:30, hasta las 12:00 que son ahora, no me ha recogido nadie. Menos mal que, en el peor de los casos, a las 18:00 pasa por aquí un autobús hasta Dawson.

Unas horas más tarde. Dawson City (Yukón).

Pues, mire usted por dónde, no tuve que coger el bus. Esas tres o cuatro larguísmas horas de espera (con un resfriado que he venido incubando estos días atrás y que por fin se ha declarado) me premiaron finalmente con un yanqui, Gene, que vive en Fairbanks (Alaska) y que viaja hasta allí con su hijo Hans en una camioneta grande. Apenas pude hablar con ellos porque el resfriado me tenía jodido y, además, se me había quedado la voz ronca de tanto charlotear con Eddie. Sobre las tres y media llegamos a Dawson City, a orillas del río Yukon. Me dejaron en el albergue, sobre la orilla oeste, y ellos se fueron a buscar un camping barato.

1900 km a dedo y en bus hasta Dawson City

Este pueblo me ha decepcionado un poco. Cierto es que tiene todo el aspecto de haberse quedado estancado en el siglo XIX, con sus edificios de madera de grandes fachadas cuadradas, letreros estilo far west, amplias calles de tierra, galerías porticadas, aceras de madera, etc.; pero esta apariencia no se debe a ningún especial amor que tengan sus habitantes por lo antiguo, ni es un anacronismo producto del aislamiento, sino que está orientado al turismo. En efecto, esta localidad de 2000 habitantes, casi inaccesible, situada en el rincón más perdido del país, es -aunque parezca mentira- eminentemente turística, y la mayoría de la gente que hay por la calle somos visitantes. (Aun así, por lo visto aún quedan aquí algunos hombres que se dedican a lavar arena en busca de oro.) La carretera del Kondike tiene tan poco tráfico, y el río Yukon es tan ancho, que en lugar de puente para cruzarlo hay un ferry en verano (24/7) y nada en invierno, ya que el agua se hiela y puede vadearse sin problema. Lo malo, me cuentan, son las dos o tres semanas de transición de fase en otoño y primavera, durante las que no hay ni ferry ni hielo, y el río, simplemente, no se puede cruzar.

La electricidad proviene de una planta generadora local, pero el tendido no llega al lado oeste del río; lo cual significa que el albergue no tiene luz: el agua hay que calentarla a base de leña y estufa, y luego bañarse a guacaladas, lo cual es un verdadero engorro y no le encuentro nada de fascinante; aunque habrá quien sí. Por lo demás, es un sitio muy pintoresco y todas las construcciones (cabinas, cocina, oficina, aseos, etc) están hechas de madera. Mi equivocación ha sido poner la tienda en lugar de alquilar una cama, no sólo porque el frío va a venirle muy mal a mi constipado, sino porque la tierra está dura como el hormigón.

Miércoles, 27 de agosto. Eagle (Alaska)

Como era previsible, el catarro y el frío me han hecho pasar una noche bastante desagradable. Por la mañana, nada más levantarme, me fui al camping vecino a ver si Gene y Hans había pasado allí la noche y aún no se habían marchado. Teniendo en cuenta lo difícil que iba a resultarme llegar por cualquier medio, público o privado, hasta Fairbanks, pensé que lo mejor era pedirles que me llevasen consigo. Los encontré a punto de partir y me dijeron que sin problema, así que levanté mi campamento en un pispás y, en cuanto hube terminado, nos fuimos. A la media hora de camino se dieron cuenta de que no tenían suficiente combustible para llegar hasta la próxima gasolinera, por lo cual tuvimos que volver a Dawson, cruzar el río, repostar y reiniciar la marcha desde cero.

La carretera que va desde Dawson City hasta Fairbanks se llama Top of the World, y hace honor a su nombre. Es la más septentrional del continente y discurre por las crestas de una cadena montañosa llamada Ogilvie, transición entre la taiga y la tundra, de terreno casi pelado, pequeños pajizales, muchas piedras y algunos arbustos. A media altura de las laderas, así como en los valles, crecen ralos bosques de coníferas. Curiosamente, y salvo por estos árboles, me ha recordado un poco a algunas zonas de Extremadura. Lejos, hacia el norte, se extendía un mar de montañas, inacabable a la vista, que formaban una serie de horizontes superpuestos: una tierra completamente desierta durante millas y millas hasta las lejanas tundras del Ártico.

Gene es un militar retirado del ejército del aire, y durante sus veintitantos años de servicio estuvo algún tiempo en la guerra de Vietnam. Tiene un carácter apacible, es muy transigente y se toma las cosas con calma y buen humor. Dice que lleva ya seis días sin ducharse. Hans trabaja de técnico informático en un servicio educativo, es algo sarcástico, idealista, y se declara comunista y antiamericano; pero no es ningún loco: sabe bien de lo que habla, y su conversación es interesante y fluida. Vive normalmente en Oregón, con su novia, y me ha invitado a quedarme un par de días en su casa si paso por allí.

Tras cruzar la frontera nacional (trámite migratorio rápido y sin problemas) me dijo Gene que no íbamos directamente hasta Fairbanks, como yo había entendido, sino que querían primero visitar Eagle, un pequeño pueblo en mitad de ninguna parte cuyo único acceso por tierra es un camino de tierra a lo largo de 100 km. Poco antes de llegar a dicho destino hicimos combustible en la estación de servicio más original y -sobre todo- con los surtidores más antiguos que haya visto nunca: toda una reliquia de medio siglo atrás. La gasolinera también hace las veces de taller mecánico, y el encargado me resultó un tipo interesante: barbudo, muy moreno, hombre de firmes opiniones, estimaba la honestidad por encima de cualquier otra virtud. La oficina era un auténtico desorden de libros, monos sucios, piezas de automóviles, etc., y en una esquina descansaban tranquilamente un par de rifles apoyados contra la pared, así como quien no quiere la cosa.

De Dawson a Eagle con Gene y Hans

Si lo que me decepcionó de Dawson fue la falta de autenticidad, lo opuesto ha sido precisamente lo que me ha cautivado de Eagle: este sí que es un genuino pueblo varado en el boom minero de hace siglo y medio. Consta apenas de dos o tres calles paralelas al río Yukon, y cinco o seis perpendiculares; todas de tierra, por supuesto. Hay una tienda-almacén, una cafetería, un hotel, una oficina de correos y una librería. Las casas son todas antiguas, de madera, con las características falsas fachadas, e incluso algunos vecinos viven aún en viejas casas de troncos. Eagle es lo que en EE.UU. llaman damp town (ciudad húmeda), o sea que es legal beber alcohol por la calle pero -curiosamente- es ilegal venderlo, de modo que quien quiera consumirlo debe traerlo de fuera. La gente es muy afable y todo el mundo te saluda. La mujer de la estafeta de correos, por ejemplo, me atendió a pesar de tener ya cerrado el chiringuito. Aunque este lugar sea tan remoto e inaccesible, también aquí vimos algunos turistas, y hay gente en el camping. Por lo visto, en sus orígenes esto fue un centro administrativo para controlar el comercio del oro y un fuerte militar para controlar la frontera. Durante los siete meses de invierno, como no se costea despejar de nieve los 100 km del camino desde la carretera, el pueblo permanece aislado y sólo puede accederse por aeroplano, que es como llega el “correo especial” (subvencionado) que trae las mercancías y los alimentos.

Nos gustó Eagle y decidimos quedarnos a pernoctar. Hemos pasado la tarde de conversación al calor de la lumbre (en esta tierra, a partir de las seis más o menos, hay que encender una candela incluso en agosto), cenando cualquier cosa y bebiendo un vino regularcillo que tenía Gene. Ya es hora de acostarse. Mañana, Dios dirá. A day at a time, como dicen aquí. Nosotros diríamos: “A cada día le basta su afán”.

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Norteamérica 25. El bueno de Rod: fatal de chapa, perfecto de mecánica

Domingo, 24 de agosto. Charlie Lake (Columbia Británica).

Erré el día, pero sobre todo erré el itinerario. Quizá debí haberme ido de Edmonton el viernes en lugar de ayer, pero la mayor equivocación fue elegir la ruta 2 en lugar de la 43. De haberlo planeado con más detenimiento, habría acertado. Mas así son las cosas.

En la mañana de ayer, tras haber dormido todo lo que me apeteció (e hice bien), desayuné en el hostal el resto de mis provisiones y reanudé mi odisea. Primero cogí un par de autobuses locales (apenas 3 $ en total) para salir a las afueras de la ciudad, pero cuando me puse a hacer dedo empezó a llover. Agua y viento estuvieron martirizándome durante más de una hora, hasta que un ricachón se apiadó de mí y me recogió en su super-truck. Era un tipo vanidoso y encantado de haberse conocido. Según me contó, tenía una gran casa estilo español, un par de prósperos negocios y un rancho. Se clasificaba a sí mismo como redneck, lo cual parece que quiere decir asertivo, radical, de los que llaman a las cosas por su nombre. [Después he aprendido que ese término significa, básicamente, un conservador.] Aparte, se consideraba un Western Canadian (cosa, por lo visto, muy frecuente en esta mitad del país) y decía no importarle una mierda nada que de lo que ocurriese al este de Winnipeg (o sea, en el Canadá francoparlante). Pero era simpático, tenía una agradable conversación y, lo más importante, me dio un buen lift hasta Slave Lake, donde por lo visto tenía que hacer alguna gestón. Además, como luego continuaría por la misma ruta, me prometió llevarme hasta más adelante si volvía a verme en el arcén. Pero no me vio, ya que al poco un granjero me dio otro breve ride hasta pasado Kanyon Creek, haciéndome con esto un flaco favor, pues me dejó en mitad de una larguísima recta donde no tenía la menor posibilidad de conseguir un nuevo jalón (los conductores van muy deprisa en las rectas y les da más pereza detenerse a recoger autostopistas); en vista de lo cual me puse a caminar hasta el cruce de Kinuso, que era el pueblo más próximo. ¡Peste de granjeros! Son la especie más ignorante y miedosa de la tierra: como no salen de la granja, no saben del mundo más que lo que les cuenta la tele; y como todas las noticias que ven ahí se refieren a desgracias, no les llega la camisa al cuerpo.

Estuve bastante tiempo apostado en el cruce de Kinuso hasta que me recogió el ángel del día, Rod, un alcohólico declarado y confeso que se dedica a construir botes y otros trabajos varios. Me dejó en el cruce de Joussard, donde vive, y me ofreció su casa, prometiéndome venir a recogerme al cabo de una hora por si yo aún seguía en la carretera. Poco antes de haber transcurrido ese plazo, y en vista del poco tráfico que pasaba por esa ruta (y teniendo en cuenta que la mayoría de la gente que habita esta zona son granjeros), decidí aceptar su oferta sin esperar a que viniese a buscarme. De modo que cogí mis mochilas y me encaminé, a pie, hasta Joussard, que queda a unos 3 km del cruce. Llegado al pueblo, me dirigí a “la tienda” (que en estas localidades pequeñas hace de supermercado, repuestos mecánicos, licorería, oficina de correos, gasolinera, tabacalera y estación de autobús), donde Rod me había dicho que podría encontrar a su novia, la cual ya estaría advertida de mi posible llegada. La realidad, en cambio, era un poco diferente: ni la mujer que atendía el local era su novia, ni nadie le había dicho una palabra sobre mí; pero se prestó a telefonear a Rod, y todo quedó aclarado. En el pueblo, por lo visto, no lo llamaban por su nombre, sino por su apodo, Codfish [bacalao], que se lo pusieron por ser un newfy, o sea, de New Foundland, tierra de pescadores. Al poco, apareció por la tienda y me llevó a su casa, que en realidad tampoco era suya, sino de una vieja india con la que no sé qué relación tenía y que, ese día, había ido a un funeral. Rod era rubio, medio calvo, usaba perilla, tenía una pinta astrosa, las manos soriásicas, y era muy simpático. Su truck era un reflejo de su persona: una auténtica chatarra por fuera, pero con una mecánica a toda prueba. Tras un rato de charla, durante la cual me confesó que era alcohólico -aunque trabajaba duramente para ganarse la vida-, me dio una vuelta por el pueblo: Joussard tiene 400 habitantes en invierno y cerca de 8000 en verano, ya que mucha gente viene a pasar allí la temporada de buen tiempo en sus motorhomes. Después estuvo segando el césped, arregló un poco el jardín, me enseñó el pequeño huertecillo que cultiva la india y nos pusimos a ver la tele un rato, mientras charlábamos. El bueno de Rod es un poco infantil, de esos que se entusiasman con cualquier cosa que les cuentes; lo cual no significa que sea un bisoño; de hecho, me contó un par de incidentes que había solventado a las bravas. Era, en el buen sentido del término, un buscavidas. Conducía sin carné desde que, hacía ya años, se lo había retirado la policía; y así iba tirando. Rajaba pestes de los indios, a quienes consideraba una mancha de perezosos y delincuentes: “guárdate de ellos”, me dijo; y me desanimó de ir a Yellow Knife (que era mi proyecto): “ahí no hay más que puñeteros campos de petróleo, piedras, e indios deformados por la endogamia. No pierdas tu tiempo y ve directamente a Alaska, que es mucho más bonito.” Tan elocuente fue su alegato, que me convenció; y a juzgar por lo lento que voy avanzando en esta tierra de pusilánimes y miedicas granjeros, seguramente sea una buena idea seguir su consejo.

Por último, preparó unas hamburguesas para cenar, y tras dar buena cuenta de ellas me fui a acostar. Mi catre estaba en una especie de cobertizo, adosado a la casa, que él había construido a modo de trastero y también para hacer de “antecámara” cuando llega el tiempo frío. Dormí divinamente, y la perra de Codfish, tumbada en el suelo junto a mi catre, veló mi sueño.

Tres jalones y una caminata para ir de Edmonton a Joussard

Esta mañana mi benefactor me ofreció un frugal desayuno a base de cereales (añadiendo que me preparase cualquier otra cosa si me apetecía) y luego me llevó hasta High Prairie en el coche de “su novia”. A partir de ahí, el día se me ha dado regular.

No tardó en recogerme un primer conductor que -como me ha ocurrido ya varias veces- me dejó “en tol medio”: el cruce con la carretera que va a McLennan. El siguiente lift, hasta Valley View, tardó un buen rato en caer, a cargo de un simpático hombre que decía tener por esposa a una dominicana con la cual -cosa más curiosa- apenas podía entenderse porque ninguno hablaba el idioma del otro. De camino paramos en la granja de un amigo suyo para tomar café, y fue un rato bastante agradable. El café me sentó divinamente y la mujer de la casa era bastante simpática, además de guapa. Desde Valley View hasta Grande Prairie me llevó un tipo que llevaba una canoa en lo alto de su furgoneta. Decía que le encantaban los veleros, y fuimos todo el camino hablando de ese tema. Fue, además, lo bastante amable para sacarme de la ciudad y dejarme en un buen punto donde hacer dedo, sobre la ruta 43. Allí me recogió un vejete muy simpático, interesado por las ciencias, con una agradable e instructiva conversación, y que me dejó en las afueras de Dawson Creek. Luego, un gordito sin ninguna característica digna de mención me llevó hasta Taylor; y por último me ha traído a Fort Saint John un hombre que transportaba un cochecillo en su camión grúa y que me ha aconsejado no viajar más por hoy, pasar la noche en un camping que hay unas tres millas -según él- al noroeste y retomar mañana temprano el autostop con un letrero que diga “Fort Nelson”. Le he hecho caso y me he venido andando al camping, que no está a tres sino a cinco millas, nada menos; toda una caminata, pero bueno. El sitio, llamado Charlie Lake Campground, es caro y está regentado por un pesetero, pero bueno. Además, las duchas son de pago, pero bueno. He puesto la tienda, he cenado algunas viandas que compré en la groceries local y ahora voy a acostarme, porque estoy escribiendo ya sin luz y, aparte, hace frío.

Siete rides y una caminata para ir desde Joussard hasta Charlie Lake
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Norteamérica 24. Pringante caminata, dormida cutre y perroflautas en Edmonton

Jueves, 21 de agosto (continuación)

El último jalón de esa jornada me lo dio un camionero que -no te lo pierdas- se detuvo a recogerme pese a llevar mercancía y sin que yo le hubiese puesto el pulgar. Es muy raro que paren cuando van cargados, porque el camión lleva mucha inercia; pero aun así, queda claro que quienes tienen buen corazón te recogen no matter what. Era un hombre poco hablador, así que pasamos gran parte del camino en silencio. Lo malo fue que me dejó a unos 15 km de Edmonton: en las afueras de Sherwood Park, un satélite residencial para ricos, al estilo de La Moraleja. Supuse que desde allí habría transporte público que lo comunicara con la ciudad, y por tanto me pegué una larga caminata, cosa de 5 km, para adentrarme en el satélite y preguntar. “¿Autobús? ¿Te refieres a esas cosas grandes con muchos asientos vacíos? No, ni idea.” Pregunté no a una persona, sino a una decena, pero nadie sabía. En Norteamérica, y especialmente en las zonas residenciales de ricos, ni Dios coje jamás un autobús. Sólo saqué en claro un par de informaciones contradictorias sobre cierta terminal, que además quedaba bastante lejos, desde donde tal vez salía alguna línea hacia la ciudad. Hacia allá me encaminé, y cuando estaba ya cerca, un conductor de la línea me dijo que la terminal acababa de cerrarse y que no salían más autobuses hasta el día siguiente. No tenía, pues, más remedio que ir andando a Edmonton, a 15 km de distancia, ya que en Sherwood Park no había manera de pasar la noche. Resignado, y sin plan alguno, me puse a caminar, y anduve hasta que el cansancio me obligó a buscar algún lugar medianamente escondido donde poner la tienda. No tuve mala suerte, dentro de lo que cabe: en el centro de una de las grandes isletas ovaladas que los nudos de las autopistas dejan entre las calzadas encontré un parche de césped muy limpio. Huelga decir que se trataba de un lugar ruidoso, pero gracias a los tapones no tuve problema. Lo malo fue que la aprensión de ser molestado a primera hora por algún jardinero madrugador o por algún hijo de puta ocioso no me permitió dormir relajado. Pese a su buen corazón, ¡flaco favor me había hecho el camionero que me dejó en Sherwood!; y torpe estuve yo, además. Cosas de mi pobre inglés.

Era bien temprano cuando me desperecé, recogí la tienda y continué la marcha. Aún me llevó cuatro horas, a buen paso, llegar -derrengado- hasta la zona de la ciudad que buscaba. Por suerte, no hacía calor y el cielo estaba nublado. Por suerte también, había sitio en el youth hostel. Facturé, me duché, hice colada en la lavandería y me relajé por fin.

Andando desde Sherwood Park hasta Old Strathcona

Edmonton, vista desde donde yo me había aproximado a ella, es una ciudad bastante bonita en cuyo centro, que se eleva sobre una colina, hay grandes y altos edificios. A pesar de albergar una refinería y la industria petrolífera que la acompaña, quizá no sea un mal sitio para vivir. Old Strathcona, la zona antigua al sur del río North Saskatchewan, es pintoresca y animada. Al parecer, hay una Spanish community. [En Norteamérica, Spanish no significa español, sino hispano.] En muchas tiendas, anuncios y fachadas se ven carteles y letreros en español. Tenía pensado aprovechar para cambiar, en alguna agencia de viajes, la fecha de mi vuelo de vuelta a España [recuérdese que la TAP me había obligado a modificarlo al salir de Barajas], pero me han dicho que eso tengo que hacerlo directamente con la aerolínea; un contratiempo que me ha agriado un poco la jornada. Para consolarme y resarcirme además de la paliza a caminar de las últimas 24 horas me he comprado unas cervezas y un bote de Clamato, y en el albergue me he tomado unas clam-beers en honor a Dallas.

Viernes, 22 de agosto. Edmonton (Alberta)

Estas son las escasas novedades de las últimas 30 horas: ayer estuve un rato largo hablando con la variada fauna del hostal; me han robado una de las cervezas que tenía en el frigorífico; hoy me he dado una larga caminata al downtown. El centro no está mal; se parece un poco a Montreal, y aloja una variedad de rascacielos acristalados de diversas formas y colores que le dan un aspecto agradable a la vista. Al estar sobre una colina, goza de unas fabulosas vistas panorámicas sobre la ciudad y los contornos, incluyendo los meandros del río, cruzado por varios puentes de diversa arquitectura que contribuyen a un paisaje bastante armónico. Hice una visita guiada al edificio donde se elaboran -o discuten- las leyes provinciales: una bonita construcción, simple pero agradable, rodeada por extensos jardines con un césped casi perfecto. El tour, más o menos interesante, estaba a cargo de un simpático chaval con una vocalización tan buena que le entendí casi todo, por no decir todo. No obstante, sin duda alguna la mejor parte de Edmonton es Old Strathcona, al sur del río, que antaño era otra ciudad, pero quedó absorbida como un distrito de su vecina mayor, al norte del río. Scona (como la llaman a veces) es variopinta, animada, viva, y ostenta la mayor concentración de bares, pubs y restaurantes del área metropolitana.

A sólo dos pasos del centro de este distrito se ubica el albergue donde me quedo. No está mal; hay mucha gente y el ambiente es aceptable. La aplastante mayoría de los huéspedes son varones, de modo que, por falta de población estadística, no he podido contrastar mi teoría de las viajeras lesbianas. Lo que sí he podido verificar es la absoluta indiferencia hacia los demás por parte de los orientales y de los indios. A última hora, después de cenar unos deliciosos bocatas de jamón y queso en pan francés, regados con sendas clam-beer escanciadas en mi nueva y flamante travel mug (o go cap, como también la llaman), he salido a dar un paseo con María -una portorriqueña gordita y poco agraciada que no se siente muy a gusto entre la fauna internacional- para ver el festival anual llamado The Fringe que, en parte, tiene lugar en Strathcona. Básicamente consiste en decenas de “artistas” callejeros haciendo demostraciones de su “arte” en plena vía pública, o simplemente realizando las actividades más llamativas de las que son capaces: malabarismos, murales con spray, escapismo, danzas con fuego, etc. Uno de estos fenómenos cifraba todo su mérito en hacer flexiones, que es la cosa más estúpida que he visto. En fin: una concentración de perroflautas. Pero aunque estos presuntos artistas son el alma teórica de la feria (digamos, su justificación), en realidad lo más abundante, con diferencia, es el factor mercantil: los numerosísimos puestos de comida y bebida (no alcohólica, ya que en Canadá -igual que en EEUU- está prohibido consumir alcohol en la calle). En cualquier caso, a lo largo de nuestro paseo me ha sorprendido el ambientazo que había por la calle y la relativa abundancia de mujeres, nada feas por cierto. Al parecer, Edmonton es la ciudad universitaria para todo el medio oeste canadiense (es decir, al este de las Rocky Mountains), y en ese aspecto se sitúa después de Toronto. Me ha parecido entender -aunque debo verificarlo- que existe cierta rivalidad con Calgary, la capital de la provincia de Alberta.

Hablando de rivalidad, esta tarde he promovio una disputa, en el hostal, sobre la denominación de “americano”, con la cual los canadienses no se identifican en absoluto y, de hecho, los ofende que se la apliquen. Canadá tiene cierto complejo de inferioridad respecto a EE.UU., y por eso detestan tanto a sus vecinos (de cuya economía, no obstante, dependen y se benefician). Uno de mis oponentes, el más inflexible, mantenía -contra toda lógica geográfica y matemática- que América es una parte de Norteamérica, y que por tanto ser norteamericano (canadiense, por ejemplo) no implica ser americano. Este hombre, en sus años de estudiante, debió de suspender en geografía y en álgebra de conjuntos.

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Norteamérica 23. El pow-wow de Big River y día récord de jalones

Jueves, 21 de agosto. Edmonton (Alberta).

La primera noche en la reserva de Big River (a la que a veces llamaban Whitefish) fue bastante buena. A lo largo de ese día fueron llegando algunos asistentes e instalándose en la no señalizada ni delimitada “zona de acampada”. La cosa, en general, estaba tranquila. Tras acabar de consignar novedades e impresiones en mi diario de viaje, esa tarde no hice nada más salvo leer, dejar pasar el tiempo y mirar, tumbado sobre la escasa hierba, cómo el cielo se oscurecía y cómo aparecía la aurora boreal, de la que estuve disfrutando hasta que el frío, o tal vez los mosquitos, me obligaron a meterme en la tienda.

El martes estuvo marcado por una mayor afluencia de personal: espectadores, danzarines y músicos que, según llegaban, fueron acampando hasta casi llenar la zona. Como el espacio libre disminuía, pronto tuve cerca un par de vecinos. Unos eran tres indios adolescentes (dos niños y una niña, de entre 8 13 años), que se dirigieron a mí y con quienes me fui al lago para darnos un baño. Por el camino me contaron algunas curiosidades, por ejemplo qué bayas eran comestibles, cuándo estaban en sazón y cuáles eran más dulces. También me hicieron muchas preguntas, algunas bastante graciosas. ¿Y en España hay four wheelers? (Ellos los llamaban quads) [Aquí debí de confundirme en algo, porque un four wheeler es un 4×4, y no tiene nada que ver con un quad.] ¿Y hay coches? La chica se pasó todo el rato escupiendo, costumbre bastante habitual entre los indios. El lago tenía unas bellas, límpidas, cálidas y tentadoras aguas azul turquesa, aunque algo traicioneras: la pendiente de la playa era suave hasta la orilla, pero adentro se hacía bastante acusada y, cinco metros más allá, ya no hacías pie. Me llamó la atención que los tres chavales se bañaran con toda la ropa puesta. Allí estuve con ellos, refrescándonos del calor de aquel día (no tan fuerte como el anterior, gracias a la brisa), hasta que se cansaron. Adiós, precioso lago turquesa. Camino de vuelta, la niña -no se me olvidará- me gorroneó la toalla… ¡para ponérsela sobre la camiseta mojada! Y ni siquiera me dio las gracias. Los indios son así. Ya cerca del lugar donde estábamos acampados, yo no lograba ver mi tienda, y por un momento me inquieté; pero allí estaba: es que un equipo de indios, con tres fragonetas, se había establecido justo delante; con lo cual me quitaron las vistas y me cortaron la brisa, y a cambio me trajeron todo el humo de una hoguera que habían encendido justo a barlovento de mi puerta, apenas a cinco metros. Gente de mirada hosca y aspecto poco recomendable, pero no me parecieron hostiles. Cuando más tarde les rogué que interpusieran alguna de sus fragonetas entre el fuego y mi tienda, me dijeron que “Ok, no problem, sure” y que en cuanto se hicieran con las llaves de una de ellas la pondrían allí. Pero luego pasaron de mí, porque el caso fue que no la pusieron.


A las siete empezó el pow-wow. Se trata de una especie de exhibición-concurso de trajes y danzas indias. Como más tarde me explicó uno de mis invasores vecinos, había tres clases de danzas: traditionals, fancy y grass dancers, cada una de un estilo diferente: la traditional, pausada; la fancy, rápida; la grass dance, ondulada. Para cada tipo usaban trajes de diferentes estilos. Los fancy dancers llevan dos coronas de plumas (cresta y cola) y plumeros en las manos; los grass dancers, cascabeles en los pies y muchos flecos; los traditionals van menos adornados, pero sus ropas me parecieron las más bonitas y auténticas. Me dijeron que algunos de esos trajes costaban hasta 3000 dólares. Cada equipo de danzarines tenía sus  propios músicos, que se ponían en dos círculos a ambos lados de la arena, y dentro de cada círculo había un único gran tambor que todos los músicos golpeaban a la vez que cantaban (si a eso puede llamársele cantar). Al ritmo de esta música bailaban los otros. De todas formas, lo que más me impresionó fue la entrada inicial, en desfile, formada por el conjunto de todos los bailarines, en procesión, moviéndose al ritmo de los tambores y los alaridos, y encabezada por cinco “grandes jefes” que enarbolaban los colores de: Canadá, EE.UU., la nación cree de Big River, otra cuyo nombre no pillé y -no te lo pierdas- Inglaterra. En dos palabras: im-prezionante. De hecho, es el espectáculo más pintoresco y colorido que he visto nunca. Estuve allí un largo rato viendo esos bailes, pero como la función no terminaba hasta pasadas las dos de la madrugada, antes del final me volví a mi ahumada tienda.

Por cierto: aparte de un matrimonio que había puesto un chiringuito, yo era el único hombre blanco que andaba por allí; o, por lo menos, no vi a ningún otro. Lo que sí vi fue indio algonquino: muy moreno de tez, pero con los ojos azules más claros que imaginarse pueda; casi albinos.

A mitad de la noche, o quizá ya de madrugada, me despertaron las estridentes, intermitentes e incesantes risas de las sqwahs del grupo vecino. Los indios son realmente divertidos y les encanta bromear y reírse; pero yo he tenido que dormir con los tapones puestos.

A la mañana del miércoles apareció mojada la lona de mi tienda: habían caido algunas gotas durante la noche. Busqué un rato a mi amigo Harvey (el camionero que me había llevado hasta Debden), pero no lo vi por ningún lado. Tampoco aparecieron las indias que me habían dicho que vendrían a buscarme. Así que, en vista de que el programa para los tres próximos días iba a desarrollarse -según me dijeron- más o menos en los mismos términos que lo ya visto, decidí que no me valía la pena quedarme allí. Doblé, pues, la tienda mojada como estaba y me marché.

Once lifts para ir desde Big River hasta Sherwood Park

El resto de ese día consistió en un verdadero rosario de lifts: nada menos que once en total; el récord en lo que va de viaje. Primero me dieron un corto jalón, hasta un cruce de caminos, un par de monjitas de la caridad, católicas ellas, de habla francesa y muy agradables. Después, un matrimonio me hizo un hueco imposible en su coche lleno de hijos y me aproximó hasta Debden. Allí me puse a hacer dedo en dirección oeste, hacia Victoire, pero como no pasaba nadie por ese lado cambié de idea y me coloqué en la ruta principal, dirección sudeste. Enseguida me recogió un tipo con un camión mecánico que me dejó en Shellbrook, donde retomé la dirección oeste. Al cabo de un rato, en  vista de que nadie paraba, me puse a caminar. Estaba ya a sólo un kilómetro del cruce hacia North Battleford cuando me recogió otro conductor, un exmilitar con una interesante conversación de la que apenas pude disfrutar -¡lástima!- porque él iba sólo hasta ese cruce. Allí -¡oh, milagro!- un matrimonio de granjeros (que son la fauna más miedosa que puede uno encontrar por las carreteras de Norteamérica) me llevó hasta Leask. Parecía gente culta, la charla fue entretenida, y dijeron estar encantados de haberme dado el jalón. El trecho entre Leask y Blaine Lake lo hice en un truck hecho mierda, a cargo de un par de jóvenes y marchosos indios cree en plan “puta madre, colega”; pero, la verdad, gente más amable no se puede encontrar. Al dejarme en el cruce de Blaine Lake me dieron, haciendo el saludo indio, todas sus bendiciones. De ahí hasta Speers me llevó otro indio en un truck nuevo; un tipo curioso y preguntón, pero vanidoso. El siguiente lift, bastante largo -hasta Maidstone-, corrió a cargo de otro indio, un tío de lo más afable y culto que trabajaba supervisando a excarcelados con la condicional y que renegaba de la destrucción del planeta. En Maidstone me recogió un cuarto indio, muy buena gente, que me llevó a Marshall y me ofreció su casa en caso de que no encontrase un nuevo ride, o directamente si así lo prefería; ofrecimiento que debí haber aceptado. Le prometí enviarle una postal desde España. El quinto indio del día me llevó desde Marshall hasta Lloydminster, y de ahí a Innisfree fui con un joven blanco, majete, químico de las petroleras, que conducía a toda hostia un Ford Mustang nuevecito, del paquete. Prometió dejarme en un punto cojonudo para hacer autostop, pero resultó ser una mierda: en plena autopista, donde los coches pasaban a toda velocidad.

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Norteamérica 22. Extrañas conversaciones – Un español aterriza en el pow-wow de Big River

Lunes 19 de agosto. Reserva india de Big River (Saskatchewan)

Esta mañana, según lo planeado, Gregg me llevó hasta Flin Flon a eso de las siete y, tras ducharme  y despedirme de él, me uní a la expedición hacia Saskatoon en el truck que arrastraba el remolque con la mudanza. Íbamos Debie (la mujer de Gregg), Aaron, la perra y yo. Durante la primera hora hicimos el viaje prácticamente en silencio, y sólo se animó un poco cuando Debie se lanzó a hacerme las preguntas de cortesía. Aaron también salió de su mutismo. Hicimos dos paradas: una para comprar café y otra para ver un precioso lago color turquesa. Cinco horas después de la partida, me dejaron en el el cruce de Prince Albert, donde mi intención era hacer dedo hacia el oeste por la ruta Northern Woods and Waters. Debie, una mujer cariñosa pero claramente falta de amor, se despidió de mí muy afectuosamente, diciéndome que me esperaban de nuevo y que les mandara un e-mail alguna que otra vez.

De Flin Flon a Prince Albert con Debie y Aaron

Cuando apenas llevo tres minutos en la carretera, se para a mi lado el segundo vehículo al que pongo el pulgar: es un camión maderero con la batea vacía. —To Shellbrook?, le pregunto al conductor. —Yes, jump in. Se llama Harvey, y es un nativo Cree al que, por su mala pronunciación y el ruido del motor, casi no le entiendo lo que dice; apenas lo suficiente para enterarme de que se dirige a Big River (donde vive) y que allí carga troncos para llevarlos a Prince Albert. Como a partir de Shelbrook no tenía yo muy claro por qué ruta tirar de las tres que parten de allí, al conocer el destino del conductor me decido por Big River, que además es la dirección que más me apetece: hacia el noroeste. Durante la charla, Harvey me entera de que en la reserva india de Big River empieza mañana un pow-wow. ¡Ah, sí? -le digo- ¡Qué interesante! Pues tal vez me quede a verla. Pero resulta que -¡oh!, mala suerte- la reserva no está en Big River, sino a 50 km campo adentro y por carreteras de tierra, aunque desde Debden la distancia es de tan sólo 12 km. —Would you like to go to the reservation? —Yes, but… –No hay problema; llamo a mi mujer y le digo que vaya a recogerte. Mis hijas se encargan de la organización del pow-wow y una de ellas va a bailar. –Pues vale, muchas gracias.

De Prince Albert a Debden con Harvey

Así que allí me deja Harvey, en el restaurante del cruce de Debden, con estas palabras: —My wife will be here in fifteen minutes. —Just to pick me up? —Yes. Pero transcurren quince minutos, más luego otros quince, y nadie llega. —What are you doing here?, me pregunta una india que pasa por mi lado. —I’m going to the pow-wow, le contesto. —What pow-wow?, me dice. –El que hay no sé dónde, cerca de aquí -y añado-: ¿o es que no hay ninguno? –No sé -dice ella-, no llevo la cuenta de las cosas que suceden -hace una pausa y luego continúa- ¿De modo que estás perdido? –Bueno, espero no estarlo; se supone que alguien va a venir a recogerme. –O sea, que estás perdido -insiste-. –Esteee… pues tal vez sí. —Well, take care. —Thanks, you have a nice day. —You too, se despide.

Todavía transcurre otro cuarto de hora sin que nadie venga a buscarme. En esto, veo un coche gris (de ese color me ha dicho Harvey que es el de su mujer) con dos indias dentro; pero al pasar ni me miran, ni parecen tampoco estar buscándome. Continúan un poco y aparcan fuera de mi vista. Luego reaparecen a pie. Vienen hacia la entrada del restaurante, que es donde yo me he apostado, y una de ellas, la de mayor edad, se me acerca y pregunta: —Do you want a coffee? —Excuse me? —A coffee, you want? —Then you are…? –Sí, la esposa del hombre que te ha traído aquí. Así que entramos y pedimos ese café. Hace las presentaciones: –Esta es mi hija Menganita. —Nice to meet you, respondo; y Menganita me dispensa una sonrisa. Es bastante guapa para ser india. Le calculo unos 28 años. Intercambiamos muy pocas palabras mientras tomamos el café. No es que sean hoscas; es sólo que son indias; impasibles. —Well, let’s go, dice la madre. Pagué y nos fuimos. Subimos al coche y, al cabo de unos 15 km por caminos polvorientos, llegamos a un descampado junto a un par de grandes pabellones. [En inglés, a todos esos pabellones, estadios, polideportivos, campos de juego, etc., los llaman arena, palabra prestada del argot taurino español.] Por primera vez en todo el trayecto me dirigen la palabra: –Aquí puedes acampar donde quieras y en la arena tienes duchas y servicios. –¿No hay que pagar? –No; ya nos veremos por aquí. –Adiós. Me gustó Menganita. Lástima que a ella no le gustara yo.

Reserva india de Big River, Saskatchewan

Aún no tenía elegido el lugar donde poner la tienda cuando un par de curiosos indios que desmontaban unos tipis cercanos se me aproximan, se presentan e inician el rosario de acostumbradas preguntas: de dónde eres, qué te trae por aquí, etc. Al decirles que soy español, ni se inmutan; pero no por indiferencia o impasibilidad, sino porque no saben qué significa Spanish, o lo asocian con los millones de hispanoamericanos que habitan en EE.UU. y Canadá. –Bueno, pues encantados de conocerte y que lo pases bien; ya nos veremos por aquí. A los cinco minutos, cuando ya he empezado a desplegar la tienda, se me acerca otro par con idéntico talante, y uno de ellos me ayuda a montarla. (Por cierto, me temo que he elegido un lugar con sombra insuficiente.) Al marcharme, me dicen lo mismo que los otros: –Ya nos veremos, y que disfrutes: vas a ver cosas nuevas y tal vez bailes. –Vale, gracias.

En cuanto me hube instalado empecé a notar el calor, así que fui a darme una ducha. Pero al inspeccionar la arena veo que las duchas no sólo están hechas una mierda, sino que son una mierda, y además no tienen agua caliente. Aparte, no hay en todo el lugar el más mísero chiringuito donde comprar algo, ni hay mesas a las que sentarse, ni agua; no hay nada. Por lo visto, en algún sitio de las proximidades hay un poblado, así que salgo a buscarlo; pero tras caminar un kilómetro no encuentro rastro de él. Sólo he visto unas escuelas, pero ningún signo de actividad comercial; de modo que me resigno y doy media vuelta. Hace un calor considerable y no dejan de pasar vehículos que, al verme, aceleran para llenarme de polvo más y mejor. Cuando regreso a la tienda estoy ya medio sudando. Me tumbo dentro, pero como la brisa viene del lado trasero no me entra ni un soplo de aire. Para colmo, en este rato la sombra del árbol más cercano se ha movido y ahora le pega todo el solazo a la lona. Intento echar una cabezada, pero hace demasiado calor, así que decido salir a hacer una segunda intentona para buscar dónde comprar algo que llevarme a la boca. Le pregunto a la única persona que veo: –Oiga, ¿sabe dónde bla, bla? –No, no soy de aquí; soy feriante. En cuanto abarca mi vista no encuentro nadie más a quien preguntar… Me quedo un rato parado, pensando qué hacer, y al final me pongo a andar en la misma dirección que tomé antes. Al cabo, veo a unos jóvenes que intentan arrancar un cortacésped a la sombra de unas coníferas, y por fin me dan una indicación útil: –Sigue el camino, y en cuanto pasas los dos colegios ves el comercio a tu derecha. Eso hago y, al fin, lo veo: resulta que estaba sólo 100 m más allá de donde di media vuelta la primera vez. Es tienda-almacén-gasolinera. Entro, pero el surtido es mínimo; todo es carísimo y la leche está agotada. Compro un refresco y unas galletas, y me vuelvo hacia el campamento.

Cuando llevo andados unos 300 m, una mujer asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y me pregunta que por qué estoy andando por el camino. Para que los gilipollas -pienso- no me llenen de polvo al pasar, pues la senda peatonal se encuentra a sotavento del camino. Pero no se lo digo. A los 15 m se detiene y vuelve a preguntarme: —Where are you going? Comprendo, entonces, que no me había reprochado usar el camino: sólo estaba extrañada de que caminase. En este continente, ir andando es algo que requiere una explicación; andar así por así, en lugar de ir en coche, es cosa de outcast, de marginados o inadaptados. —To the arena, respondo. —What for? –Bueno, creo que hay un pow-wow, ¿no? –¡Ah, sí!, es cierto; ¿quieres que te llevemos? –Sí, gracias. Son dos mujeres de aspecto dudoso, pero me dejan al pie mismo de mi tienda. –¡Oh, mira qué tienda más mona!, dice una de ellas al verla. Y entonces comienza la batería de preguntas. –¡¿De España?! ¿Y has venido a parar a un pow-wow en una reserva india en Saskatchewan? ¡Vaya cosa más rara! –Sí -le digo-, a mí también me lo parece. –Bueno, entonces quizá nos veamos por aquí. El pow-wow empieza mañana. Vendremos a buscarte. –Bien, eso espero. Antes de marcharse, aún me preguntaron qué haría si “me encontraba a una mujer”, ya que en mi tienda sólo cabe una persona. –Eso no va a suceder, les digo. –¿Por qué? –Porque en mis 38 años de vida no me ha sucedido nunca. –¿Y si sucede? –Entonces ya nos las arreglaremos.

Al acabar de tomarme el refresco que había comprado, me dirijo a la arena para pegarme una ducha con agua fría (¡qué remedio!). Por el camino, una pareja acampada en un coche no lejos de mi tienda me interpela. –What are you doing here? Ya empieza a cansarme esa preguntita absurda: ¿qué coño puedo estar haciendo en la vecindad de un pow-wow? Pues asistir a él, ¿no? Le respondo lo mismo que a las mujeres: –Esteeee… hay un pow-wow, creo. –Sí, pero ¿qué haces tú en un pow-wow? –Bueno, pasaba por la región y me dijeron que se celebraba uno, así que decidí venir a ver cómo es. –¿Pasabas por una reserva india? –No. Pasaba por la carretera, pero me dijeron lo del pow-wow. –Tienes un acento; ¿de dónde eres? –De España. –¿Estás tratando de decirme que viniste de España a Saskatchewan, subiste a un camión y viniste al pow-wow de Big River? –Más o menos así es como ha sucedido, sí. El tipo se quedó pensativo y, al final, como quien se resigna a no entender lo incomprensible, me dio la mano y me deseó que disfrutase de la fiesta. –Tú también, me despedí.

Después de la ducha me he puesto a escribir estas páginas, ya que, aunque falta mucho para que oscurezca, ya no creo que haya de sucederme hoy nada nuevo digno de mención. Llevo dos horas escribiendo y por fin se está poniendo el sol, ¡qué respiro! Ojalá refresque mañana.

Estoy acordándome de que Dallas Mymko, el ucraniano de estos días atrás, huérfano de madre desde los dos años y niño de la calle hasta su juventud, me dijo que toda mi familia junta nunca poseerá tantos coches como los que él había robado en sus años mozos. ¡Qué cosas tenía ese hombre!

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Norteamerica 21. El inolvidable Dallas Mymko, un hombre entre un millón

Domingo, 18 de agosto. Mismo lugar.

Al levantarme esta mañana -a eso de las ocho y media- me encontré a Gregg en casa, pero como tenía que irse a Flin Flon me llevó antes a casa de Dallas para que desayunase allí, y enseguida se marchó. Estuve charlando con Dallas en su terraza junto al lago mientras me tomaba un té con tostadas, y al cabo de un rato nos fuimos a pescar en su bote, como estaba planeado. Era una lancha del año 82, con el motor dentro, como las que suelen verse en algunas pelis de esa época. El tránsito fluvial entre el pequeño Athapapuskow y el grande fue precioso. En cuanto a la pesca, Dallas tiene instalado una especie de sonar en la barca, del que se ayuda para ver la profundidad y calcular el mejor lugar para atrapar algo. Cuando dimos con un sitio que le satisfizo, detuvimos el motor y lanzamos las líneas. En una hora ya habíamos cogido dos truchas, y a mí me tocó la fácil tarea de tirar del sedal. Luego enfilamos hacia un lugar de la costa más cercana, donde un individuo bastante particular llamado Mike parecía estar esperándonos. Me dio la bienvenida con unas palabras que -tengo la sensación- debe de usar siempre: welcome to Limestone.

Imagen satélite de la zona lacustre al sur de Flin Flon

Limestone es el nombre de una parcela junto a la orilla, situada en un lugar estratégico, muy cerca del punto que es paso obligado entre el lago chico y el grande. Aquello es precioso. Hay allí varias cabañas que se alquilan durante el verano, y Mike es el encargado de cuidarlas. Entre ellas destaca una muy bonita, hecha con troncos al más puro estilo canadiense, cuyo mítico dueño muró año y medio atrás, y que van a demoler en breve, al parecer por su mal estado de conservación. Fue construida en 1921 y es la más vieja del conjunto. Frente a las cabañas, formando semicírculo, hay una extensión de césped; y entre éste y el lago algunos pequeños macizos de árboles bastante altos. Mike me llevó hasta uno de éstos para mostrarme el trabajo demoledor del que son capaces los castores: un único ejemplar había hecho, a mordisco limpio y en apenas unos días, una considerable incisión en la base del tronco a lo largo de todo su perímetro, como un anillo. En torno, por el suelo, estaba todo lleno de grandes astillas, algunas de hasta 8 centímetros, que había arrancado el castor a bocados. Me quedé asombrado. Por lo visto, llevaba el hombre tres días intentando dar caza a este animal, esperándolo apostado de madrugada con una escopeta y poniéndole trampas. Al parecer, el castor llegó a caer en una de ellas, pero se zafó con facilidad. Mike es bastante torpe, según la fama, pero buena persona, y su cuerpo es viejo y algo contrahecho: renegrido, arrugado, pequeño, lisiado de un antebrazo y, para colmo, tartamudo. Antiguo trabajador en las minas, ya jubilado, muy encallecido por la vida, ahora se encarga de cuidar Limestone en los veranos para hacer algún dinerillo extra y suplementar su pensión. Le encanta que lleguen visitas y le agrada tener alrededor la compañía de otras personas, pero tampoco lamenta que se marchen. Se notaba enseguida que era un hombre que podía pasarse perfectamente sin nadie más, y supuse que, acostumbrado a la visita frecuente pero efímera de mucha gente, se había inmunizado contra su inevitable marcha.

Dallas limpió las truchas en un santiamén, con gran habilidad, y luego estuvimos esperando, charlando con Mike, hasta que llegaron en otra lancha dos tipos gordos a los que mi amigo esperaba: un fontanero que lo había ayudado con la instalación de su casa, y su tío, que quería pescar unas truchas. Tío y sobrino tenían un acento y un timbre de voz tan grave que no me enteraba de nada de lo que decían, así que no pude participar en la conversación que mantuvieron todos ellos durante un rato; hasta que Dallas se marchó con Gordi senior a por esas truchas. Mientras tanto, Mike, Gordi junior y yo nos quedamos charlando un poco y picoteando algunas viandas que sacó el viejo minero. Un poco con desgana, como obligado por una indicación que le hiciese Dallas, Gordi junior me hizo algunas preguntas. Pese a todo, me cayó bien, y parece que él tampoco se arrepintió del esfuerzo. (Por cierto, mientras estuve allí vi algunas nutrias evolucionando por la superficie del lago.) Los pescadores regresaron con tres truchas más, que también se encargó de limpiar Dallas. Acabada la cena, se fueron tío y sobrino, y al poco también mi amigo y yo. No creo que pueda olvidar la delgada y extraña figura de Mike, vestido tan sólo con un pantalón corto y unos tenis viejos, de pie sobre el muelle diciendo adiós y recibiendo, en la creciente distancia, las últimas instrucciones de Dallas sobre cómo matar al castor. [Lamentablemente, sí he olvidado a Mike. Recuerdo el evento, pero mi desleal memoria ha borrado todo rastro de ese personaje. Una verdadera lástima, pues ese tipo de encuentros son los que le dan sabor a la vida y merecen que se les dedique un relato en exclusiva.]

Ya de vuelta en Dallas’ place, cocinamos nuestras dos truchas con una guarnición de patatas. Estaban bastante buenas, pero las aliñó con tantas hierbas que perdieron buena parte de su sabor. Dallas es un conversador incansable y muy ameno. Entre otras cosas, me contó su proyecto de poner sobre el ventanal del salón, en letras grandes, una leyenda que dijera: Just another day in Athapap (que, por lo visto, es como abrevian el nombre del lago Athapapuskow). También me enseñó una frase que le había enseñado a su nieta para el caso de ser importunada por los niños en el colegio: If my father likes you, he’ll kill you the last. Otra de sus frases, que tenía inscrita en un curioso cuadro de su autoría, más bien malillo, era: If you’re not living on the edge, you’re taking too much space. Y también esta: Nothing, absolutely nothing, can stand constant beating. Gregg se presentó más tarde, de vuelta de The Pas, adonde había ido a llevar a su hija, y estuvimos los tres hablando y bebiendo hasta la noche. Además, Dallas me enseñó otra habilidad: cómo romper limpiamente el fondo de una botella con ayuda de un hilo empapado en alcohol. Cuando nos despedimos, me dijo que le enviara una postal desde Alaska. “Aquí tienes mi casa, siempre -añadió-. Ya sabes que todo tiene las llaves puestas.” En efecto, no le echaba el cerrojo a nada y dejaba puesta la llave del coche. Allí quedó el hombre, saludándome en la puerta de su casa, con los brazos en alto y levantando ambos pulgares. ¡Dallas, simpático amigo, probablemente no vuelva a verte nunca! [Al contrario de lo que me ha ocurrido con el viejo de las cabañas, no he olvidado a este hombre. Verdad es que no recuerdo su cara, pero su persona no se me ha borrado de la memoria, y no creo que se me borre jamás. Dallas era un hombre entre un millón. Por cierto, supongo que ése no era su verdadero nombre, y más bien me parece un apodo, o algo que se inventó él mismo.] Tras decirle adiós, me volví con Gregg a su casa, donde todavía estuvimos hablando y bebiendo cerveza hasta la medianoche. Allí me contó los problemas que había tenido su amigo como inspector de minas.

Y eso ha sido todo por hoy. Me da bastante pena dejar este sitio, donde he pasado los tres días quizá más extraños y notables de mi viaje. Por cierto que no quiero olvidar la nueva bebida fussy aprendida de Dallas y que me ha encantado: clam-beer; cerveza con Clamato (una mezcla de jugo de almejas, zumo de tomate y otros ingredientes, bastante popular en Norteamérica).

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