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Categoría: Crítica

Crítica literaria y de cine

  • Los amaneceres son aquí apacibles

    azorizdestikhie3Soy devoto del cine ruso porque casi nunca me decepciona, y de hecho ocupa un lugar preeminente en mi relación de películas favoritas. Títulos como Siberiada, Solaris, Tío Vania, Dersu Uzala o Moscú no cree en las lágrimas, entre otros, figuran entre los primeros lugares de mi ‘top list’. Pero hoy una nueva película ha llegado para desplazar por derecho propio, un puesto hacia abajo, a casi todas las demás. Se trata de Estos amaneceres son apacibles (A zori zdes tikhie, también conocida como Aquí los amaneceres son más tranquilos).

    Y he dicho ‘nueva’ no porque se trate de un estreno -es una producción de 1972- sino porque acabo de verla por primera vez y nunca antes oí hablar de ella. Por desgracia, en esta economía de mercados estancos en que se divide nuestro planeta (Europa, USA, China, Rusia…) ni siquiera la Cultura -¡o quizá ella menos que nadie!- goza de libre circulación, y así el cine soviético muy rara vez llega hasta nuestras pantallas; de modo que sólo gracias a algunos conocidos del antiguo bloque del este llego a enterarme, de vez en cuando, de estas perlas cinematográficas. (más…)

  • Don Segundo Sombra

    gauchoPocas novelas he leído tan profundamente conmovedoras, de ésas cuya alma lo es todo; y si la del lector armoniza con ella, sentiráse tocado en la médula misma del ser, en su fibra más natural y salvaje. Es una historia que susurra al oído del hombre indómito y libre que algunos llevamos dentro, y sólo por él –por este hombre primitivo, algo supersticioso e ingenuo– puede esa voz ser escuchada y aprehendida.

    Escrita en un estilo sencillo y poético, con un lirismo cautivador lleno de metáforas que ligan el hombre a la tierra, al campo sin más dueño que quienes de él viven y en él trabajan, y en un tono algo autobiográfico que nos acerca los personajes, haciéndonos sentirlos familiares y próximos, Ricardo Güiraldes recoge la antorcha del Martín Fierro y ensalza aún más la figura del gaucho; despojándolo de sus atributos más pedestres, y visto a través de los  ojos de su ahijado, hace de Don Segundo Sombra un mito que quizá no tenga parangón ni entre los héroes de las tragedias clásicas. “Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre.” Hasta ese punto el autor confiesa su idealización del personaje del gaucho, ya de por sí romántico. (más…)

  • En desagravio a Torrente Ballester

    Publicado en Estrella Digital
    Publicado en Estrella Digital

    Un reciente y por completo innecesario artículo de Ángel Vivas, publicado en el diario El Mundo el pasado diez de octubre, ha tenido el malaje de hacerme saltar de indignación en el asiento. En él, el periodista Ángel Vivas, en palabras del crítico literario José Carlos Mainer, tienen el desacierto de afirmar una serie de dislates en descrédito del escritor Gonzalo Torrente Ballester, entre otros. Según Mainer, o según Vivas, o ambos (pues no se sabe bien qué aporta cada cual), este literato encarnaba la cultura del bando franquista, formaba parte de la corte literaria de José Antonio, tras su literatura había una ideología hedionda, fue falangista convencido y, en definitiva, sólo su adhesión al franquismo le dio reconocimiento literario. ¡Por Cristo vivo, qué sarta de sandeces! Flaco favor les hacen Vivas y Mainer a la historia y a la literatura levantando tales infundios en desprestigio de uno de nuestros más grandes literatos.

    Da la casualidad de que este humilde bloguero se conoce de pe a pa la obra de Gonzalo Torrente y no pocos datos de su biografía; y resulta que, a poco que se sepa sobre este gallego, no se puede ignorar que su escasa inclinación ideológica nada tenía que ver con la Falange, y que era más bien galleguista, si acaso con cierta tendencia al anarquismo. Antes de la guerra había militado en el Partido Galleguista, de corte regional, nada del agrado del Régimen; y si después se afilió a la Falange fue, desde luego, por razones de supervivencia, no de convencimiento. De hecho, en su obra no hay apenas un asomo de política y, si algo en ella se trasluce del escritor, es el gran apego a su tierra y un espíritu bastante liberal, de mente abierta y pocas certidumbres.

    Y, para rematar el artículo, concluyen Mainer y Vivas diciendo que la novela Javier Mariño es el arquetipo de una conversión al franquismo. ¡Sálveme Dios! ¡Qué insólito disparate, dicho precisamente de un libro que fue secuestrado por la censura franquista!

    Tal rosario de insidiosas inexactitudes revela, de un lado, un sentido crítico ofuscado por vaya usted a saber qué frustraciones, rencores o envidias; y, de otro, una perfecta incomprensión de la obra de Don Gonzalo. Me da la sensación de que los señores Mainer y Vivas no han entendido ni una sola palabra de lo que escribió Torrente Ballester; un hombre que, casi siempre tras una pudorosa envoltura humorística y metafórica, escribió sobre todo del amor y de la belleza: esto es todo lo que hay en sus novelas. Su único pecado, que la progresía no le perdona, es el de haberse mantenido al margen de ideologías y haber sobrevivido al franquismo sin exiliarse. De  hecho, no sólo es falso que su adhesión al franquismo le diera el reconocimiento literario, sino que fue su supervivencia al franquismo lo que le bloqueó el renombre que se habría merecido.

    ¡Ay, qué enorme daño a la Verdad puede hacer un mal uso del privilegio de ser publicado en la prensa!

  • Solaris

    Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación

    “¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embarrgo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”

    Este es probablemente el mejor discurso en la película de Andrei Tarkovsky Solaris (producción rusa que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela de ciencia ficción del mismo nombre escrita en 1961 por el polaco Estanislao Lem).

    Aunque más larga de lo necesario y más lenta de lo conveniente, esta inolvidable película postula la definitiva insuficiencia de cualquier comunicación entre la especie humana y cualquier posible inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, la fuerte personalidad de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que merece destacar Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron poderosamente la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino sobre todo por la riqueza de los temas sobre los que nos propone meditar.

    Solaris es un ensayo filosófico sobre las limitaciones antropomórficas del ser humano; un sesudo drama psicológico que apunta hacia la futilidad de intentar una comunicación con vida extraterrestre. La trama se desarrolla en su mayoría a bordo de una estación espacial que orbita alrededor del lejano planeta Solaris, cubierto en su totalidad por un océano que es un único organismo pensante. En tanto estudian esta superficie oceánica desde la estación orbital, sus científicos son a su vez observados por el planeta consciente, que sondea los pensamientos y la conciencia de los humanos y tiene la facultad de recrearlos y materializarlos en forma humana. Tras años de investigación, la misión se encuentra estancada porque todos los miembros de la tripulación han sufrido crisis emocionales; y de aquí que la Tierra envíe a un psicólogo para que estudie y evalué la situación, aunque no hará sino toparse con los mismos fenómenos misteriosos que el resto de científicos a bordo de la estación.

    Para mí, esta película es un must; uno de tantos que, por desgracia, el oligopolio de la distribución en Occidente rarísima vez trae hasta nuestras pantallas.

  • La casa Rusia

     

    Desde que la vi por primera vez, poco después de su estreno, en el año 91, sentí una inmediata fascinación por La Casa Rusia; una fascinación que, con el tiempo, se ha convertido en debilidad. He de admitir que, por aquel entonces, el atractivo físico que sentía por Michelle Pfeiffer casi me cortaba el aliento, de modo que es muy probable que mi incondicional adhesión a la película estuviese muy relacionada con este hecho; sin embargo, por supuesto, no era sólo eso. Hay algo en las buenas producciones que trasciende, de algún modo, a sus actores y que deja un poso de belleza en cualquier espíritu sensible; y La Casa Rusia tiene, desde luego, ese algo. Conste que no estoy diciendo que ahora ya no me sienta atraído por la Pfeiffer de entonces, sino que la película tiene bastantes más virtudes.

    Desde aquel lejano día –veinte años largos ya– he tenido ocasión de verla varias veces más, tanto en su versión original como doblada, y nunca me ha defraudado. Creo, de hecho, que podría seguir viéndola esporádicamente hasta el fin de mis días sin arrepentirme nunca del rato invertido. Pero ¿qué es lo que tiene de tan especial para mí? No lo sé bien. Tal vez sea porque reúne buena parte de los valores que yo más aprecio. Es una historia de amor y de amistad, de fidelidades e idealismos; una historia que denuncia la mentira de los gobiernos, el sofisma de nuestras sociedades, y los enfrenta a las vidas de cada ciudadano. Transcurre, por otra parte, en dos de las ciudades que más me han asombrado a lo largo de mis viajes: San Petersburgo y Lisboa, representantes de los mundos luso y eslavo, espiritualmente tan similares. Además, a pesar de ser una ficción de espionaje, no resulta incomprensible: es fácil de seguir. Los diálogos son buenos, a veces brillantes, pero sin llegar a resultar inverosímiles. La fotografía es muy bonita, sin llegar a ostentosa; bella, mas sin distraer la atención del espectador. La interpretación de los actores quizá no es magnífica, pero sí, en cierto sentido, impecable.

    Sin embargo, eso no es todo. Hay algo que ha estado ahí siempre, condicionando mi experiencia de verla, contribuyendo a complacerme, pero escondido; algo que sólo hoy creo haber descubierto. Y es que La Casa Rusia me resulta muy agradable de ver, me produce una especie de paz espiritual, porque en ella, a pesar de situarse durante la guerra fría, en un mundo de países enfrentados y potencias hostiles, ninguno de los personajes se me hace antipático. Todos resultan cálidos; todos están tratados desde un punto de vista muy humano, con todos soy capaz de identificarme. Dejando a un lado, obviamente, a los dos protagonistas, me hipnotiza la fuerza dramática del heroísmo de Dante, me conmueve la honestidad profesional de Russel, me cautiva el sentimentalismo de Ned y, en general, tanto los de un bando como los de otro se nos muestran desde un lado –como digo– humano; sin que por ello sea una de esas pretenciosas creaciones donde, a fuerza de querer ser objetivas, “no hay buenos ni malos”, sino más bien una donde sólo se nos muestra el lado bueno de cada personaje; enfoque que me parece mucho más honesto.

    La Casa Rusia es en fin, para mí, un clásico. Una película equilibrada y redonda.

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