Freelander

Categoría: Relatos

Algo parecido a la literatura

  • Ni una última oración

    Una vez más Proust ha venido a evocar en mí, con su acertada prosa y su sensibilidad a flor de piel, pensamientos que ya me habían asaltado en algún momento anterior de mi vida. Así, en un pasaje de su volumen Sodoma y Gomorra en que el narrador habla sobre la muerte de su abuela, describe una triste escena que acaba con esta frase:

    …mi abuela, la víspera de su muerte, en un momento de lucidez, había tomado la mano de mamá y, tras posar en ella sus labios febriles, le había dicho: «Adiós, hija mía, adiós para siempre»

    Y no es de extrañar que estas palabras hayan despertado mis propias tribulaciones, pues resulta que uno de los pesares que me quedarán para el resto de mi vida es, precisamente, el de no haber podido despedirme así de mi madre. Muchos años antes de su fallecimiento tuve un sueño –que recogí por escrito para no olvidarlo– en el que ella moría, pero de una forma muy diferente a como ocurriría en realidad y bastante más parecida a la narración de Proust (que aún yo no había leído): justo antes de expirar, tras dedicarme una mirada llena de ternura y tristeza, me había dicho: «Bueno, me voy». En ese sueño, cuyo pleno significado no he comprendido hasta después de la verdadera muerte de mamá, mi subconsciente estaba manifestando –ahora lo veo con claridad– ese deseo mío de una despedida en la que ambos, la que partía y el que se quedaba, fuésemos conscientes de la separación definitiva; como hacen dos conocidos cualesquiera –aunque ninguno esté moribundo– que por la circunstancia que sea se dicen adiós para no volver a verse. (más…)

  • El tormento

    Los habían hecho tumbarse boca abajo, en paños menores, en el centro de una ampla pieza redonda y vacía, sobre el frío suelo de marmol grisáceo. A pocos centímetros sobre sus cabezas una plataforma de madera les impedía incorporarse, y le recordó al modo en que transportaban a los esclavos en los barcos negreros rumbo hacia América. En torno a ellos y la tarima, un salvaje de tez oscura guiaba a un caballo del ronzal, dando vueltas a paso ligero. Al extremo de la cola, el caballo tenía atada una cuerda que arrastraba, tres o cuatro metros tras de sí, una pesa de tamaño regular, como la cabeza de un mazo, forrada en apretada gamuza. En su caminar, el caballo agitaba la cola incesantemente de un lado a otro, de modo que la pesa al extremo de la cuerda recorría en zigzag, como un látigo, a gran velocidad y casi sin rozamiento, el suelo del aposento; como el disco en una pista de hockey sobre hielo o como en ese juego en el que dos contrincantes, a ambos extremos de una mesa totalmente lisa y limitada en su perímetro, intentan colar en la meta del oponente una ficha grande que se desliza y rebota con celeridad de vértigo al golpearla con un cilindro plano provisto de un asa. Por alguna extraña razón, entre sus cuerpos y el piso se interponía una escasa pieza de tela basta, pero la frialdad del suelo los atería igualmente. (más…)

  • Cuando todos estábamos cachas

    Cuatro décadas después, ahí es nada, al mirar cada día esta tripa irremediable cuya única ventaja es que me impide verme las vergüenzas (también en decadencia, dicho sea de paso), me doy cuenta de que en aquella edad, en aquel tiempo, y quizá de modo especial en aquel barrio, todos los chavales estábamos cachas; aunque entonces ni le dábamos valor ni éramos apenas conscientes de estarlo. ¡Bendita inocencia e ignorancia! El ejercicio continuo, no deliberado pero casi insoslayable, que nos imponía aquella vida de permanente actividad y rivalidad, donde el que se quedara atrás en los juegos y correrías era objeto inmediato de las burlas de los demás y se arriesgaba a ser excluido de los retos, en su mayoría físicos, que determinaban la pertenencia al grupo y establecían la supremacía de los más aptos, ese ejercicio -digo- ayudaba a la biología -es decir, a la naturaleza- a conformar unos cuerpos reñidos con la morbidez o con la grasa: quien más y quien menos, debajo de la camisetas tenía unas formas como Dios manda. No es que hiciésemos deporte, no (al menos, como ahora entendemos esa palabra); pero el fútbol de barrio, las carreras, los a veces violentos juegos juveniles, la simple huida “por patas” de los peligros a los que sin cesar nos exponíamos consciente o imprudentemente, las peleas o luchas inevitables entre nosotros o con los chavales del distrito vecino, las excursiones a la sierra y, en fin, todas aquellas actividades tan propias de la adolescencia en el mundo previo a la era digital, nos hacían estar en muy buena forma. Cierto es que luego, un poco más creciditos, algunos de nosotros empezamos a frecuentar el ambiente CIEF (ahí quedan las siglas para el que las conozca y, para quien no, por si quiere intentar averiguar su significado), con su piscina, su pista de atletismo y sus campos de tenis y fútbol, donde el deporte ganaba algo más de protagonismo; pero aun así, y salvo algunos que acabaron dedicándose a él, la mayoría lo practicábamos sin método, criterio ni constancia algunos, y desde luego no para “ponernos mazas”, sino por inercia, como continuación o evolución natural, y supongo que también como exigencia hormonal, de nuestra siempre inquieta dinámica. No era nuestro objetivo tallar torsos apolíneos, aspecto al que prestábamos poca atención. Esto era sólo un resultado; casi diría una consecuencia. De hecho, no había en realidad objetivo consciente alguno: éramos, simplemente, como jóvenes felinos con una vitalidad desbordante, llenos de irrefrenable energía, a quienes los juegos les sirven como preparación para la vida. Es verdad que por aquellas instalaciones destacaban dos o tres chavales de músculos hercúleos que parecían encarnación de alguna estatua renacentista o un super-héroe de Marvel y que causaban la admiración e incluso la envidia de los demás, que parecíamos alfeñiques a su lado; pero eso era sólo una sensación subjetiva fruto de la comparación, porque cuando ahora recuerdo aquella edad, aquellos tiempos; cuando evoco esos fotogramas con que la memoria almacena imágenes del pasado o cuando, por casualidad, me tropiezo con alguna de las escasas fotografías de antaño que alguno de nosotros ha sabido rescatar, bien me doy cuenta de que, en verdad, por aquel entonces todos estábamos cachas. Y lo que más conmovedor me resulta, y también irónico -hoy que uno se conformaría con perder un par de centímetros de tripa-, es comprender que ni siquiera lo sabíamos.

  • El rosario

    Cuando murió mi abuelo — es decir, el abuelo por antonomasia, el único al que conocimos mis hermanos y yo; porque el otro, el materno, había fallecido años atrás, antes de que naciésemos, y siempre fue para nosotros –o al menos para mí– tan imaginario como pueda serlo un personaje de ficción: imaginario no por inventado o irreal, claro está, sino porque, para hacerme una idea de su carácter y apariencia, no tuve más remedio que imaginarlo a partir de viejas fotos y lo que de él me contaran, que son los recuerdos bondadosos –y por fuerza parciales, poco objetivos– de mi madre y su familia.

    Decía, digo, que cuando murió mi abuelo — que tuvo, por cierto, la suerte de hacerlo en su pueblo y en su casa, como Dios manda, como seguramente preferirá morir casi todo el mundo, inesperadamente además, sin agonía ni mucho sufrimiento, sin darse apenas cuenta de lo que pasaba; una muerte relativamente temprana, tal vez la mejor que pueda a uno llegarle, cuando aún no se han presentado las enfermedades y los achaques invalidantes que desproveen a la vida de casi toda dignidad y atractivo, y que nos hacen depender de los demás para todo, pasar por el trago vergonzoso, quizá humillante, de la asistencia ajena incluso para las necesidades más íntimas; cuando aún no se ha convertido uno en una carga para sus familiares y es posible dejar, en la memoria de quienes se quedan, un recuerdo bueno o, cuando menos, decoroso y respetable, una imagen decente de uno mismo y, sobre todo, esa añoranza por los muertos a quienes se habría deseado disfrutar, en vida, todavía unos años más.

    Cuando –a ver si concluyo– murió mi abuelo en aquella España rural, arcaica y casi oscurantista de los años setenta, estuvo rezándose el rosario en casa durante, por lo menos, todo el resto del verano, hasta que se acabaron nuestras vacaciones y hubimos de volver a la capital. A partir del día de su entierro, además de establecerse, por comprensible deseo de la viuda, una regla de quietud respetuosa, quizá un punto más lóbrega de lo preciso, se decretó esa nueva rutina diaria: el rezo del rosario. Para mí, como para –imagino– mis otros hermanos, aquella media hora resultaba un verdadero e innecesario plomazo, sobre todo por lo incomprensible; y es que, aunque hubieran intentado explicárnoslo –que no fue el caso–, ¿cómo hacer entender a una pequeña cuadrilla de revoltosos llenos de energía la utilidad de esos rezos? Por mucho que hubiésemos querido a mi abuelo (y, la verdad, a aquella edad no creo que se hubiese desarrollado aún en nosotros, al menos en los menores, el sentimiento afectivo del amor consciente; aparte de que yo, de hecho, a duras penas comprendía bien qué era eso de la muerte ni cuáles eran en realidad sus consecuencias, su trascendencia ni –menos aún– su esencia), ¿para qué servían los rosarios, salvo para hacernos perder un precioso tiempo que podríamos dedicar mucho mejor a hacer trastadas, derrotar indios Sioux o pelearnos entre nosotros? ¿Cuál era su finalidad? ¿A quién o qué ayudaban? De algún modo, yo intuía que obedecían a un deseo –que más bien fue imposición– de mi abuela, cuya figura oscura y enjuta, no obstante, no aparece –al menos en mis recuerdos– con demasiada nitidez en el cuadro familiar de las novenas, ignoro si por simple fallo de mi memoria o porque mi madre, siempre tan devota ella, pero más pedagógica y –sobre todo– autoritaria, a menudo sustituía a su suegra como guía en las oraciones. Pero, eso aparte, a mí no se me alcanzaba bien por qué había que estar allí todos los días, sentados en círculo, durante ese largo rato, aburrido y estéril, recitando hasta el hartazgo monótonos e inacabables avemarías; máxime cuando –cosa curiosa– mi padre parecía estar exento de tal obligación, como sin con él no fuera la muerte de mi abuelo, o como si el difunto hubiera sido más pariente de su nuera y nietos que de su propio hijo; y de este modo –razonaba yo para mí–, si alguien podía estar ausente durante el rosario, entonces la cosa no podía ser tan inexcusable. Percibía yo eso como una más de tantas injusticias que sufrimos los hijos durante nuestra crianza. (más…)

  • Santa Comba

    El tejado de la quinta se recorta, negro, contra la luz ya fría del crepúsculo, y  unas nubes grises desde el poniente, opacas, avanzan despacio por el cielo para fundirse, allá en el este, con la oscuridad del anochecer. La brisa mueve suavemente la copa del ciprés, sombría y muda, y sólo el goteo del agua sobre el cristal de la fuente perturba el silencio del patio, acentuando la quietud del momento. Muere el día en Santa Comba.

    Llegué aquí por casualidad, sin proponérmelo, con intención de pasar una noche y continuar camino, pero llevo ya casi una semana. Es de esos raros alojamientos donde lo hacen a uno sentir como en casa, y la paz que se respira contribuye a que el huésped apetezca prolongar su estancia. Sin otros planes y con tiempo por delante, yo he podido permitirme ese lujo. También la suerte ha colaborado, pues es raro que pueda improvisarse una estadía más larga sin tropezar con que para alguno -o varios- de los días esté todo reservado.

    La quinta es antigua, del siglo XVII, y según me cuenta Jorge Campos, el hijo del dueño, ha sido siempre propiedad de la misma familia. Imagino que no la han dedicado a hospedería por capricho, sino porque la era de los terratenientes y latifundios pasó a mejor vida, y a muchos hacendados les resultaría imposible conservar sus tierras y alquerías sin contar con nuevas fuentes de ingresos. Pero los Campos, padres, aún viven aquí, en la casa grande, quizá porque han sabido darle al negocio una atmósfera acogedora e íntima que enseguida se contagia a los inquilinos y que -quiero suponer- les permite a ellos hacer más llevadero el hecho -por lo demás, insoslayable- de que tienen su casa permanentemente llena de extraños. (más…)

  • Aldeias do xisto

    Tras de una curva en horquilla, que salva una loma, aparece de repente ante mis ojos Candal. Estas sorpresas del paisaje siempre me las encuentro -como es natural- al doblar un collado o una revuelta de la carretera. Aplico los frenos y me detengo, boquiabierto, sobre el arcén. Es una vista espléndida. Parece como si  acabara de traspasar una puerta invisible, abierta a un valle encantado de fábula o de leyenda. Me evoca una colección de pequeñas acuarelas románticas, desvaídas, que había en mi casa, de un artista catalán. ¿Existen aún lugares así? La aldea, que trepa por la pina ladera frente a mí, recibe un baño de sol y luz que se agradecen a esta altitud, donde la atmósfera es fría incluso en verano.

    La conforman, como mucho, veinte o treinta casas construidas enteramente en pizarra; y entre unas y otras se adivina -más que percibirse- un laberinto de callejas escarpadas y escaleras estrechas. Aquí y allá, sobre los barandales de madera, se orean, blancas y brillantes hacia el mediodía, algunas sábanas y prendas. Abajo, cabe un puentecillo sobre el arroyo, pone el contrapunto una construcción enjalbegada. Junto a ella, un par de motocicletas aparcadas desmienten, en parte, el embrujo del lugar. Apago el motor de la mía, me quito el casco y escucho. Advierto entonces la imperfección, lo ilusorio de la escena: no se oye ninguno de los sonidos que deberían serle propios: una esquila, un balido, una azada que hiende la tierra, una voz de arreo, el alboroto de unos niños, un gallo que canta, el parloteo de unas vecinas en la fuente… Nada. (más…)

  • Hacia la luz de la tarde

    Era de noche. Yo volvía de haber estado con alguien en algún sitio (¡lástima no recordar con quién ni en dónde!: era una parte interesante de esta historia que ya no podré recobrar) y, para regresar a casa, cogía el metro.

    El metro de Madrid (si es que aquello era Madrid) ya no tiene taquillas, pero en este sueño sí: había dos, muy anticuadas y a pie de calle, antes de embocar unas escaleras que, en lugar de bajar, subían hacia el andén, como en algunas estaciones del metro de Kiev. Para una de las ventanillas no había cola, pero sobre el arco ostentaba un extraño piloto de leds, como la luz de freno de mi moto, aunque apagado; y la taquillera, al verme la intención, me miró con cara de pocos amigos, como diciendo: “no te acerques aquí”. No pude evitar pensar que, si desobedecía aquella silenciosa orden, al final tardaría más en conseguir mi billete que si hacía cola en la otra taquilla, que es lo que suele ocurrirme en las cajas de los supermercados. Así que me dirigí a esa otra, que no tenía el sospechoso piloto de leds y cuya taquillera, además, no me miró mal.

    El billete que me vendió parecía más bien una entrada de cine: de papel, con dos mitades separables por una línea de puntos perforados; y, en efecto, una vez rebasadas las taquillas y antes de pasar por los tornos había, también como en las salas de los cines, un revisor que comprobaba la entrada. Más exactamente, una revisora: era una chica joven que, al verme, sonrió como si me conociera y me dijo: “apresúrate o pierdes el próximo tren, que ya está entrando”.

    Contagiado por las prisas de la urbe, arrastrado por el resto de viajeros, apenas tuve tiempo de darle las gracias con un gesto y, al pasar por los tornos, ni siquiera acerté a validar mi billete, al cual, íntegro en la mano, miraba con perplejidad mientras me dejaba llevar por la corriente humana.

    Entonces hice algo inesperado; (más…)

  • Omotenashi

    La verdad es que la anécdota no pudo ser más simple; y si tuviera que atribuirla a algún factor ajeno a sus protagonistas más inmediatos buscaría tal vez la causa en la disparidad entre mis hábitos de comida y los de los japoneses: allí los restaurantes son más bien cosa de la cena, y la mayoría no abren hasta las cinco o las seis de la tarde; pero aquéllos donde también sirven almuerzos suelen hacer, de todos modos, una larga pausa a partir del mediodía, que es sobre poco más o menos cuando yo vengo levantándome; de modo que, para cuando me entra el hambre, cosa de las tres o las cuatro, ya no encuentro dónde me den de comer. Por eso aquella tarde tuve que vencer mi escrúpulo respecto a los pequeños locales y superar el embarazo de sentirme un ignorante extranjero entre a una concurrencia que, seguro, va a estar mirándome como quien ha visto un marciano, para meterme en el único bar (así los llaman: bar) que encontré abierto, al reclamo de su polvoriento y descuidado escaparate, donde se aburrían -me atrevo a decir que desde hace años- las réplicas en plástico, tan habituales en Japón, de tres o cuatro platos marcados con sus precios respectivos.

    Nada más entrar, me recibió el típico olor a humo rancio y cenicero, una de las cosas que más pueden desagradarme a la hora de comer, salvo quizá el típico olor a cigarrillo encendido, que también estaba presente. Esta aversión mía al tabaco es un verdadero fastidio cuando se trata de disfrutar de muchos momentos que, de otro modo, podrían ser muy agradables; especialmente en Japón, donde el índice de tabaquismo es bastante elevado y donde, aunque esté prohibido fumar en la calle, resulta que es legal hacerlo en bares y restaurantes (salvo en los pocos que optan por ser non-smoking, una moda importada de Occidente que, de momento, allí apenas ha tenido eco). De ahí el escrúpulo al que me refiero más arriba; y es una lástima, porque en estos núcleos urbanos de segunda importancia es donde puede uno, y de hecho suele, experimentar las costumbres más genuinas y encima a precios más económicos; pero en esos sitios, como digo, hay que contar con el humo, lo cual estando de viaje resulta el doble de inconveniente, porque encima tiene uno luego que fregar, en el lavabo del hotel, las prendas malolientes, cosa que, se mire como se mire, es un engorro.

    Decía, pues -o me disponía a decir- que (más…)

  • Corazón de agua, corazón de hielo

    Así que allí estaba yo, de regreso en mi pueblo natal, recibiendo un espontáneo homenaje que la gente me rendía por haber vuelto de mis inmumerables viajes por esos mundos de Dios. Era un encuentro informal, en mitad de la calle; y en una atmósfera de fraternal armonía todos se me acercaban para darme la bienvenida, estrecharme la mano, palmearme la espalda, o para decirme alguna palabra calurosa, de reconocimiento o de elogio; todos querían hablar conmigo, saludar al hijo pródigo, lo mismo mis pocos amigos que los demás conocidos, e incluso aquellos a quienes nunca les fui simpático, que eran mayoría; pero, lejos de sonar hipócritas o fingidas, sus muestras de afecto parecían reales; es decir, todo lo real que aquel curioso encuentro podía ser. Y entre la concurrencia estaban también algunos amigos que hice en otros países, personas que jamás visitaron mi pueblo ni es probable que lo hagan nunca, si bien tales detalles no me pareciesen inverosímiles en ese momento: ni la presencia de éstos ni la sinceridad de aquéllos.

    Y allí estaba yo también, simultáneamente (advierte, lector: simultáneamente), sentado en la silla del director -por así decirlo- y dirigiendo la recién descrita escena, comentando su desarrollo con un ayudante invisible, introduciendo pequeños cambios, mejoras que se nos ocurrían sobre la marcha: (más…)

  • Tres ermitas

    De la ermita vieja, la auténtica ermita vieja, construida en granito, hace mucho que no quedan ni las ruinas… y apenas la memoria: algunos de mis coetáneos no llegaron a conocerla, mientras que otros la han olvidado; y confieso que yo también, un poco: con mis años, ese recuerdo se remonta a una infancia tan lejana que ni el mayor esfuerzo de la memoria me permite evocarla con nitidez, y si tengo la certeza de que existió es porque durante lustros tuve conciencia de ella como parte del nutrido conjunto de mis recuerdos de niñez.

    Y si de aquella vieja ermita no queda un sólo resto fue porque justo sobre ella se edificó una nueva: también de piedra, pizarrosa y pardusca como la tierra de la que parecía haber brotado; una ermita artesanal, recia y duradera que, no obstante, habría de jugar un papel muy breve en la vida social y la tradición religiosa del pueblo: como aquellos terrenos no eran comunales, sino que formaban parte de El Álamo, el cortijo de una familia local acomodada, cuando apenas un lustro tras su erección llegó la modernidad de la mano del cambio político y el ayuntamiento adquirió la finca El Quinto para emanciparse de un caciquismo que sólo fue reemplazado otro peor, en el recién adquirido terreno se construyó otra nueva ermita, esta vez de obra, con las paredes enlucidas y encaladas, sin gracia ninguna… ¡pero del pueblo!

    Y dado que a ésta, como es natural, se la llamó la ermita nueva, muy pronto la otra pasó a ser la vieja -aunque ni por su edad ni por su uso lo fuera-; y no es improbable que este capricho de los nombres -aparte el cambio de ubicación, claro está- contribuyera decisivamente a que, con el paso de los años, en la memoria popular se difuminara hasta desaparecer todo recuerdo de que alguna vez existió una construcción anterior, una verdadera ermita vieja que, si hubiésemos dado en llamar la antigua para evitar confusiones, acaso no hubiéramos olvidado. Aunque, en realidad, ¿qué confusión puede haber?