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Béhasque, Sauveterre de Béarn, Jaureguia… Familiares topónimos de prehistóricos matices y resonancias montañosas: es la Vasconia francesa, que se parece y no se parece a la española. El urbanismo y la arquitectura de sus pueblos guardan cercana semejanza, como también la gastronomía y algunas costumbres: se ve, por ejemplo, más gente en la calle y ese tapear e ir de chiquitos tan típico español; o la tipografía de los rótulos, que delata las raíces comunes con nuestro País Vasco. Pero el homo vascus parece aquí más domesticado, menos silvestre, y no oigo hablar vascuence por la calle. Parece que esta gente tiene más clara la diferencia entre folclore y Estado, y no mezclan ambos conceptos. O quizá es que este país no se anda con tonterías con el francés, que para ellos es sagrado, y parece que las señales en ambas lenguas fuesen la única concesión que le dan al vascuence.
Mi noche en Navarrenx fue inmejorable, gracias a Dios. Un respiro al insomnio. Frente a Rosaura y a mí, las Pirenaicas, como decía una mi bisabuela. Y al atravesar la cordillera (por una de las rutas más reviradas y menos frecuentadas, por cierto) observo una notable diferencia a ambos lados de la frontera: por la vertiente francesa encuentro mucha menos industria y el entorno está más cuidado; lo cual no es ninguna sorpresa conociendo el admirable respeto que Francia tiene por su medio ambiente, frente a lo secundario que es en España. La riqueza del País Vasco francés parece basarse en el campo antes que en las fábricas o la minería, y si acaso hay polígonos industriales, deben de estar fuera de la vista o mucho mejor integrados en el paisaje. (más…)










