Continuando hacia el norte junto al Atlántico francés, al cabo de una larga y pesada etapa lluviosa, llego por fin, tras varios intentos fallidos de buscar alojamiento, a un agradable pueblecito llamado La-Faute-sur-Mer, pequeño y tranquilo –no por abandono, sino por aislamiento–, que ofrece tres o cuatro hotelillos y media docena de restaurantes. Junto con L’Aiguillon-sur-Mer, forman prácticamente un único pueblo, separado en dos mitades sólo por un puente sobre una estrecha ensenada donde, con la marea baja, apenas quedan unos charcos de agua. Hay un bonito paseo entre ambos núcleos urbanos, y sospecho que voy a frecuentarlo durante los días que voy a quedarme por aquí.
L’Aiguillon-sur-mer
Parece que, a falta de playa propia, en L’Aiguillon se han ubicado las pequeñas tiendas de la vida local, pescaderías, panaderías y otro comercio por el estilo, más o menos necesario, mientras que en La Faute, más cerca de la playa, están los restaurantes, bistros, heladerías y las tiendas de artículos playeros; pero tanto en un lado como en otro se respira paz y esa lentitud soñollienta de los pueblos que sestean, donde la prisa no encuentra cabida. (más…)
El litoral cantábrico oriental es asombroso y muy digno de ser visitado, pero un ser humano sólo puede ingerir ciertaa dosis máxima de vasquismo sin perecer, y yo siento que ya he completado el cupo. Ahora, Francia me llama. Detrás de los Pirineos también hay una Vasconia, aunque en versión francesa: el Pays-Basque, ¡pero dónde va a parar! Aquellos son –o están– más civilizados, mientras que estos cispirenaicos nuestros…
Antes de cruzar la frontera, hay una tarea que no admite demora: parada técnica en San Sebastián para cambiar las gomas de la moto. Dejo los gastados Metzeler, que ya han dado su buen juego, y calzo unos Dunlop blanditos, desconocidos para mí hasta ahora, que una vez probados me catapultan hacia una nueva dimensión en el mundo de los neumáticos: ¡qué agarre! Parece como si los acabaran con una capa de Supergén. Nunca antes había usado unas cubiertas así. Con ellas, me siento como si me hubiesen cambiado la moto por una más fiable y segura. Me enamoro al instante de estos Dunlop, y hasta parece que voy más relajado, más confiado al manillar. Lástima no haberlos probado antes, porque me habría ahorrado muchos sobresaltos. Claro está que hay una contrapartida: a mayor agarre, menor duración; las gomas blandas se las come el asfalto; pero aun así vale la pena, sobre todo para un apocado como yo, y más teniendo en cuenta que me espera, por delante, la lluviosa Irlanda de pavimentos siempre húmedos.
Aprovecho para agradecer al empleado de Neumáticos Iruña en San Sebastián su amabilidad, franqueza, confianza y buen hacer profesional. ¡Y además me hace un buen descuento! Gente así es la que da gusto encontrar.
Mis primeros días de viaje por las carreteras de la costa atlántica francesa me sorprenden; y es que si, en vista del homogéneo verde con que los mapas la colorean, me la esperaba bastante llana, no imaginé que fuese así de llana: durante varios días seguidos, prácticamente desde el País Vasco-Francés hasta Bretaña, el litoral es una interminable playa, interrumpida aquí y allá por algunas arboledas y –claro está– las localidades costeras.
El llano litoral francés desde la duna del Pilat
La primera parada y fonda la hago en un pequeño pueblo llamado Lit-et-Mixe, del que poco puedo decir salvo que es muy tranquilo, que casi todo está cerrado a partir de las cinco de la tarde, y que se asienta en la región de Gascuña, que vende patés y mieles como productos típicos comarcales. De lo primero compro una pequeña lata (a precio de oro) que, si bien resulta bastante rico, la verdad es que no es para tanto; y de lo segundo no compro nada porque el tarro más pequeño tiene un cuarto de litro, demasiado grande para mis necesidades y mis limitaciones de equipaje. (más…)
Parroquia del Santo Cristo de San Severino, en Valmaseda
Cambiar los neumáticos de la moto justo antes de cruzar la frontera me va a obligar a hacer una parada logística en San Sebastián o en Irún. Podría evitarla estirando las cubiertas unos cientos de quilómetros más, que pueden aguantar, pero entonces me tocaría cambiarlas en Francia y perdería en precio lo que iba a ganar en rodaje (aparte el inconveniente del idioma), de modo que no vale la pena. Previendo este pormenor trazo mi ruta: desde La Matanza me dirijo a Valmaseda con idea de puentear luego Bilbao antes de retomar el litoral.
Bajos de la imponente casa consistorial de Valmaseda
Elongado como un pez y acostado a la orilla izquierda del río Cadagua, sobre una calzada romana, Valmaseda es una localidad pequeña cuyo núcleo central lo forman media docena de calles peatonales, más bien anchas, en las que -quizá por ser día festivo- veo bastante movimiento. El pueblo fue fundado al final del siglo XII con título de villa, la primera en el Señorío de Vizcaya, y pronto se convirtió en una importante plaza comercial y aduanera que, durante la baja Edad Media, alojó a una numerosa comunidad judía. De él destaco cuatro cosas: (más…)
Desde Cos hasta el litoral sólo hay, como quien dice, un paseo. El cielo está encapotado y de vez en cuando chispea; cosas del Cantábrico. De todas formas, la jornada motera de hoy va a ser así de corta: desde Cos hasta Comillas, la “villa de los arzobispos”, donde me quedo un par de días alojado en un hotel bastante agradable y tranquilo, estilo clásico, a cinco minutos caminando desde el centro.
Este antiguo pueblo pesquero, aparte de ser famoso en la Edad Moderna por sus hábiles arponeros y la industria ballenera (aún abundaban los cetáceos en el Cantábrico), no tenía más mérito que lo hiciera particularmente acreedor a la distinción de que gozó durante la Edad Contemporánea, y que se derivó tan sólo de la merced que le hizo Alfonso XII al visitarlo con su familia un par de veces, lo cual, de algún modo, lo puso de moda entre la aristocracia y, con el tiempo, devino en una localidad destacada por sus ensayos arquitectónicos.
Es un pueblo bonito y muy turístico, que se deja recorrer bien a pie incluso hasta los barrios más retirados, aunque resulta sumamente difícil orientarse en él, por el peculiar trazado de sus calles, casi laberíntico, que no parece obedecer a lógica alguna. Destaca, por supuesto, dominando sobre el pueblo en lo alto de un otero, con su inconfundible arquitectura, el soberbio y emblemático edificio de la Universidad Pontificia (actualmente un campus de la de Cantabria). (más…)
A lomos de mi fiel cabalgadura me dirijo hacia el norte, en busca del mar, junto al que discurrirá este viaje la mayor parte del tiempo. Siempre por carreteras locales, dejo Covarrubias atrás, rodeo Burgos y tomo la paisajística N623, por aquí llamada “la carretera de Santander”, que en su variado curso atraviesa desolados páramos y pintorescos cañones, bordea pantanos y salva cordilleras. Apenas a cincuenta quilómetros de Burgos, un pueblecito me inspira una parada y algunas fotos: es Tubilla del Agua, pequeña localidad sobre el estrecho valle del río Homillo, cuyas rápidas aguas se despeñan por entre las rocas en llamativos saltos de una altura regular.
Tubilla del Agua
Feudo de la orden de Santiago y lugar solariego de los Villalobos, que andando el tiempo emigrarían a América, destaca hoy en Tubilla del agua la existencia de tres parroquias. Muchas son, para pueblo tan pequeño, que ni en sus mejores tiempos pasó de trescientos y pico habitantes. Ahora, apenas sesenta almas quedan en él, al haber ido desapareciendo poco a poco –y sobre todo a finales del siglo XX– lo que mantenía la vida de estos lugares, que eran la agricultura y la ganadería de pequeños propietarios.
Único resto de la muralla que otrora tuvo este pueblo
Una cerveza y una tapa en El Rincón, cuya terraza da sobre una apacible acequia, me sirven de tentenpié hasta la hora de la cena.
Carretera adelante, pasados unos baldíos altozanos que el viento barre inmisericorde, (más…)
Sigo viajando hacia el norte en busca del mar Cantábrico y llego, por carreteras locales, a una de las villas más antiguas e históricas del viejo condado de Castilla: Covarrubias, cabeza que fue de un importante señorío monástico.
Puente sobre el Arlanza
Desde que enfila el viajero su puente sobre el Arlanza pronto echa de ver que no se trata de un pueblo cualquiera, y al llegar a la entrada principal lo recibe el inconfundible edificio del Archivo de Indias, con su arco que hace de puerta a la villa.
Archivo de Indias y puerta de la villa
Explorando sus calles pintorescas vengo a dar a una bonita plaza, recoleta y algo umbría, cuyo nombre me trae a la memoria los primeros versos de aquel simpático romance que recitaba un tío mío, y del que nunca pude recordar el resto:
A veinte leguas de Pinto y treinta de Marmolejo, había un castillo viejo, que edificó Chindasvinto…
A pocas leguas de Peñaranda, y atravesando verdirrojas llanuras de cebada y amapolas que brindan al cielo sus bermejas copas opiáceas, llego a una villa cuya existencia ignoraba pero cuyo nombre me resulta muy familiar porque una calle junto a donde yo vivo se llama igual: Caleruega. No puedo menos que detenerme un rato para intentar aprender algo sobre esta parcela de la historia española.
No me he bajado aún de la moto y ya me gusta el lugar: su irregular trazado de calles empedradas, la mampostería de sus construcciones, refulgente bajo el sol, las estatuas que la dignifican… Lo primero que encuentran mis pasos es una inscripción con estas hermosas palabras, que avivan mi interés: Caleruega, noble villa que majestuosa se yergue sobre el blanco altozano, cual mítico y señero velero anclado en el océano inmenso de sus dorados trigales y sarmentosos viñedos. (más…)
Las carreteras locales de Castilla, que tejen su red grisácea entre sembrados, amapolas y barbechos, están aún solitarias en estos últimos días de la primavera. La cinta de asfalto se desliza bajo las ruedas de Rosaura con docilidad y amable alternancia de curvas, lomas y llanos, que hacen que los quilómetros se me pasen sin sentirlos. Y ya empieza a declinar un poco el sol cuando llego a uno de los pueblos más carismáticos de Burgos: Peñaranda de Duero. En cuanto lo he avistado al final de una recta –su castillo perfilándose contra los azulados montes lejanos– he comprendido que esta noche voy a hospedarme allí.
Llegando a Peñaranda desde el sur
Arévacos y vascones poblaban esta región antes de la llegada de los romanos, que a pocas leguas de esta peña fundaron Clunia, la ciudad dos veces nacida, y que, aunque desapareció mucho, gozó entonces de gran esplendor y tuvo jusisdicción sobre estas tierras. Pero poco –si algo– queda ya en Peñaranda de época tan lejana, a no ser unos mármoles expoliados de sus ruinas. (más…)
En otro de mis viajes moteros sin destino, salgo de Madrid más ligero que nunca de equipaje y con una sola idea como guía: dejar atrás el calor, que ya en junio suele señorearse de la meseta castellana.
Pasado Somosierra –aún ventoso y frío, con sus cielos nublados– me aparto de la inhóspita autovía en Boceguillas y empiezo a culebrear rumbo norte por las carretras locales, que ensartan los pueblos como desiguales cuentas de un collar. Los nombres desgastados y sonoros, un día llenos de significado, dicen una España campesina que ya nadie comprende: Grajera, Pajarejos, Bercimuel, Fuentemizarra, Valdevarnés…
En la antigüedad, todas estas tierras fueron habitadas de los arévacos (pueblo celtíbero) y conquistadas por los árabes durante la alta edad media. Recobrólas en el siglo X el poderoso Fernán González, conde de Castilla, y en el mismo siglo se perdieron de nuevo al moro Almanzor. (más…)