Freelander

Categoría: Viajes

Cuadernos de bitácora

  • Santa Comba

    El tejado de la quinta se recorta, negro, contra la luz ya fría del crepúsculo, y  unas nubes grises desde el poniente, opacas, avanzan despacio por el cielo para fundirse, allá en el este, con la oscuridad del anochecer. La brisa mueve suavemente la copa del ciprés, sombría y muda, y sólo el goteo del agua sobre el cristal de la fuente perturba el silencio del patio, acentuando la quietud del momento. Muere el día en Santa Comba.

    Llegué aquí por casualidad, sin proponérmelo, con intención de pasar una noche y continuar camino, pero llevo ya casi una semana. Es de esos raros alojamientos donde lo hacen a uno sentir como en casa, y la paz que se respira contribuye a que el huésped apetezca prolongar su estancia. Sin otros planes y con tiempo por delante, yo he podido permitirme ese lujo. También la suerte ha colaborado, pues es raro que pueda improvisarse una estadía más larga sin tropezar con que para alguno -o varios- de los días esté todo reservado.

    La quinta es antigua, del siglo XVII, y según me cuenta Jorge Campos, el hijo del dueño, ha sido siempre propiedad de la misma familia. Imagino que no la han dedicado a hospedería por capricho, sino porque la era de los terratenientes y latifundios pasó a mejor vida, y a muchos hacendados les resultaría imposible conservar sus tierras y alquerías sin contar con nuevas fuentes de ingresos. Pero los Campos, padres, aún viven aquí, en la casa grande, quizá porque han sabido darle al negocio una atmósfera acogedora e íntima que enseguida se contagia a los inquilinos y que -quiero suponer- les permite a ellos hacer más llevadero el hecho -por lo demás, insoslayable- de que tienen su casa permanentemente llena de extraños. (más…)

  • Aldeias do xisto

    Tras de una curva en horquilla, que salva una loma, aparece de repente ante mis ojos Candal. Estas sorpresas del paisaje siempre me las encuentro -como es natural- al doblar un collado o una revuelta de la carretera. Aplico los frenos y me detengo, boquiabierto, sobre el arcén. Es una vista espléndida. Parece como si  acabara de traspasar una puerta invisible, abierta a un valle encantado de fábula o de leyenda. Me evoca una colección de pequeñas acuarelas románticas, desvaídas, que había en mi casa, de un artista catalán. ¿Existen aún lugares así? La aldea, que trepa por la pina ladera frente a mí, recibe un baño de sol y luz que se agradecen a esta altitud, donde la atmósfera es fría incluso en verano.

    La conforman, como mucho, veinte o treinta casas construidas enteramente en pizarra; y entre unas y otras se adivina -más que percibirse- un laberinto de callejas escarpadas y escaleras estrechas. Aquí y allá, sobre los barandales de madera, se orean, blancas y brillantes hacia el mediodía, algunas sábanas y prendas. Abajo, cabe un puentecillo sobre el arroyo, pone el contrapunto una construcción enjalbegada. Junto a ella, un par de motocicletas aparcadas desmienten, en parte, el embrujo del lugar. Apago el motor de la mía, me quito el casco y escucho. Advierto entonces la imperfección, lo ilusorio de la escena: no se oye ninguno de los sonidos que deberían serle propios: una esquila, un balido, una azada que hiende la tierra, una voz de arreo, el alboroto de unos niños, un gallo que canta, el parloteo de unas vecinas en la fuente… Nada. (más…)

  • Serranía de Cuenca en moto; ¡lo tienes aquí!

    No hace falta ir a Norteamérica para encontrar asombrosos cañones ni a Sudamérica para disfrutar de un insuperable chuletón de buey: en el centro de nuestra sufrida piel de toro, en la serranía de Cuenca, hay parajes que envidiaría el foráneo más chauvinista, y se cría una carne para satisfacer el paladar más exquisito. ¿A qué buscarlo fuera? ¡Lo tenemos aquí!

    Los embalses de Entrepañas y Buendía formaban parte del “cancionero” geográfico en mis tiempos de escolar, cuando aún se estudiaba geografía de España en todos los colegios de la provincia o región que fuesen. Hoy, habiendo pasado la noche en Pastrana, apenas a veinte quilómetros de los pantanos, ¿qué más natural que acercarme a visitarlos y, de paso, seguir disfrutando la moto y el buen tiempo? Así conoceré de primera mano lo que hace cuatro décadas era sólo una aburrida letanía.

    Pastrana, calentándose hacia el sol del mediodía
    Pastrana, calentándose hacia el sol del mediodía

    La mañana, soleada y hermosa, saca resplandores moriscos a un Pastrana que mira hacia el sur. Pese a este cielo sin nubes, aún no ha entrado la primavera y sobre la moto hace rasca. (más…)

  • Escapada a Pastrana, villa ducal

    Muere febrero, el único mes sensato del calendario (salvo en los años bisiestos), y el fin de semana no tiene más remedio que poner un pie en marzo si no quiere quedarse cojo. Estos días soleados a finales del invierno suelen ser soberbios para la moto, quizá los mejores del año, así que echo una camisa en la mochila, el portátil que no falte, y pongo rumbo al este sin otro criterio que alejarme del mundanal ruido. Ya en ruta, Dios dirá.

    Es la carretera, antes que mi voluntad, la que nos guía a Rosaura y a mí, la que nos lleva e indica el rumbo en cada cruce. Me desvío de la N-II en Alcalá de Henares, donde contribuyo a luchar contra los abusos de las petroleras repostando en la gasolinera cercana más barata (hay varias apps para eso, muy recomendables), y la primera cerveza cae en Pozo de Guadalajara, en un soleado bareto junto a la carretera. Desde allí, Armuña de Tajuña y luego hacia el sur, hacia Pastrana, porque el nombre me ha sonado familiar; ¿no hay una calle así en Madrid, Duque de Pastrana? ¿O es una estación de metro cerca de mi barrio?

    La villa de Pastrana
    La villa de Pastrana

    Nueve siglos hace ya que el rey Alfonso VIII entregaba la que por entonces era sólo una pequeña aldea a la naciente y guerrera Orden de Calatrava, cuyos monjes-caballeros engrandecieron aquélla con donaciones y privilegios hasta que, dos siglos más tarde, consiguieron que se le otorgase el fuero de villazgo. A partir de ahí, se comienza en 1369 la construcción de una muralla que rodeará y fortalecerá la población, que hoy conserva aún su color de piedra y un fuerte sabor castellano. Ciudad medieval, instantánea del tiempo pasado, diría de ella Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria. (más…)

  • El extraño mercado electrónico de Hua Qiang Bei

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    Puede decirse que Hua Qiang Bei es el mercado electónico más grande del mundo y, desde luego, uno de los lugares más extraños y chocantes en los que he estado.

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    Adentrándose en el pleno corazón de Shenzhen, en China, hay una calle llamada Hua Qiang Bei, que le presta su nombre al área circundante: un distrito de aproximadamente ciento cincuenta hectáreas, con un montón de grandes y desaliñados edificios de varias plantas, cada uno de ellos lleno, literalmente, de cientos de pequeñas tiendas, más bien como puestos de un mercado, que a su vez están repletos a rebosar de miles de componentes electrónicos, apilados en estantes o empaquetados en bolsas a reventar, bajo el usado vidrio de los mostradores, totalizando sin duda centenares de millones de unidades. Y todo esto compone una suerte de astroso mundo futurista, algo a mitad de camino entre Blade runner y Tron: una verdadera jungla enredada de silicio y germano, difícilmente descriptible tanto en su aspecto como en su atmósfera.

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    Una vez que llegas a Hua Qiang Bei, probablemente tras viajar en metro durante varias leguas de inacabables túneles, enseguida tienes la sensación de que este es un sitio muy especial; y, si ya ha anochedido, puedes incluso pensarte como un Deckard siguiéndole a Zhora la pista de sus sintéticas escamas de serpiente, o quizá mejor un Roy sacándole información a algún chino diseñador de ojos: habrás de pasar junto a decenas de puestos con fluorescentes, donde se venden toda clase de comidas cuyos olores entremezclados se fusionan, a su vez, con el humo de los coches y de la descomunal maquinaria de obras; innumerables tiendas, una tras otra, atestadas con semiconductores NPN; una muchedumbre que entra o sale –como hormigas en un termitero– de cada uno de los grandes edificios que albergan el kernel Hua Qiang Bei: Segbuy, el gigante electrónico.

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    Y, cuando tú mismo te conviertes en hormiga y entras, perderás toda noción del tiempo, de la orientación y quizá hasta de la realidad. Como si fuesen subterráneos, carentes de oquedad alguna que deje entrar la luz del exterior, cada edificio es un laberinto poco iluminado de compartimentos, estrechamente dispuestos, donde es teóricamente posible –si eres capaz de dirigirte al rincón adecuado– encontrar hasta el último componente de hardware que puedas necesitar; aunque mucho más probable será que te pierdas en este aparentemente caótico mundillo, entre humanoides que lo mismo están arreglando una placa con un soldador eléctrico que clasificando cables multicolores o ristras de diodos autoluminiscentes, o comprobando circuitos impresos con un polímetro; y todos ellos parecen por completo enfrascados en sus actividades, cuando no están almorzando noodles o soba en una esquina, echando un pitillo en un taburete o echando una cabezada sobre el mismo mostrador, en aparente indiferencia hacia cualquier cliente potencial e ignorando por completo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor.

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    Este es, lector, el mercado electrónico de Hua Qiang Bei; algo entre desguace y fábrica; un lugar que puede superar la fantasía creativa de muchos guionistas de ciencia ficción. Lástima que mis torpes fotografías no puedan transmitir una idea de hasta qué punto este lugar puede parecer extraño. Espero que mis palabras lo hayan descrito mejor.

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  • Regatear en Kowloon

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    tazaYa están hechas todas mis compras en Kowloon.

    Para aquellos que no lo sepáis, Kowloon es uno de los barrios de compras y mercadeo más populares de Hong Kong y, aunque ahí puedes encontrar casi cualquier cosa, es sobre todo famoso por artículos de electrónica, móviles, cámaras (nuevos o usados), y por un gran mercadillo callejero con textiles, menage, complementos, adornos y otras chucherías.

    Pues bien: aunque me tengo por un regateador implacable, por muy duramente que negocie cierto artículo con esos vendedores callejeros, una vez que llegamos a un trato no puedo evitar la sensación de que me han engañado; y, de hecho, no sería la primera vez que, tras regatear un buen precio para cualquier objeto, cuatro puestos más allá me encuentro ese mismo objeto puesto a la venta con un precio “de salida” 10% menor de lo que yo finalmente pagar por él…

    Así que, si alguna vez vas de compras a Kowloon, sigue mi consejo: sé mucho peor que implacable: ¡sé inhumanamente cruel!

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  • Lamma: el sueño de Hong Kong

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    Si una ciudad pudiese soñar, Hong Kong soñaría con Lamma.

    Algunos rascacielos de Hong Kong vistos desde Lamma
    Algunas de las torres de Hong Kong vistas desde Lamma

    Apenas a dos kilómetros frente a sus costas y a poco más de diez minutos en ferry cruzando el canal, esta pequeña isla desdibuja su incierto perfil sumida en esa eterna bruma que habita el cálido mar del sur de China. Con su aletargada vida pesquera, sabia y discreta como el olvido, Lamma es el plácido yin con que el incesante ajetreo de Hong Kong contrasta su yang; el reposo y la calma de un lobulado reducto peatonal, antagónico al vertiginoso babel cartesiano de fugas y prisas; un enclave natural y selvático frente al imperio vertical del acero y el cemento; una economía modesta y sin pretensiones frente a la exigente tiranía del crecimiento, el consumo y las finanzas.

    El tradicional barquito que hace de taxi local entre el dédalo de embarcaciones
    El tradicional barquito que hace de taxi local entre el dédalo de embarcaciones

    Cuatro líneas de ferry, a través del canal, enlazan el área metropolitana de Hong Kong con sendos pequeños y tranquilos puertos pesqueros de Lamma; y este mismo canal que los comunica es el que hace de frontera y barrera, invisible y difusa, entre el ajetreo de una parte y la paz de la otra. Así, lo primero que siente el pasajero recién desembarcdo al poner sus pies en la isla es el perenne sosiego que aquí reina, y el alivio por haber dejado atrás las urgencias y las prisas; y, si es su primera vez en Lamma, muy pronto advertirá otra grata circunstancia: la total ausencia de vehículos: salvo unos contados, minúsculos motocarros para el reparto local, aquí sólo bicicletas y peatones circulan por las estrechas y tranquilas calles, por los angostos y bien cuidados caminos. Lamma es, desde luego, una isla de reposo.

    Uno de los barrios más curiosos y viejos de Yung Shue
    Uno de los barrios más curiosos y viejos de Yung Shue
    Viejos recuerdos de la China imperial, aún presentes en Lamma.
    Viejos recuerdos de la China imperial, aún presentes en Lamma.

    A lo largo de sus calles se alinean pequeñas tiendas y restaurantes, junto a los consabidos hospedajes familiares; y, aunque abundan los turistas y no faltan residentes expatriados, el lugar tiene su propia vida y sabor locales que poco necesitan al forastero: quien sepa mirar tras los comercios más vistosos, cuyos precios y letreros están dedicados a la clientela foránea, observará una población permanente, feliz y tranquila, de ciudadanos asiáticos que han preferido habitar este retiro, o que no han sucumbido aún al glamour de Hong Kong.

    Arranque del camino a Sok Kwu
    Arranque del camino a Sok Kwu
    El camino a Sok Kwu se adentra en la espesura.
    El camino a Sok Kwu se adentra en la espesura.

    Desde Yung Shue, el principal pueblecillo de la isla, mi paseo favorito son los cuatro quilómetros de ondulante camino, vigorosas  pendientes y variado paisaje, que lleva hasta el pequeño puertecillo pesquero en la bahía de Sok Kwu, sobre el litoral opuesto, donde una docena o más de restaurantes se alinean sin solución de continuidad, ofreciendo al visitante su exposición de sugerentes peceras con marisco y pescado, o sus vitrinas repletas de cautivadoras botellas de cerveza bien fría.

    Piscicultivos en Sok Kwu, tras un recodo del camino.
    Piscicultivos en Sok Kwu, tras un recodo del camino.

    Para dar gusto y cabida a los comensales más perezosos tiene Sok Kwu su propia terminal de ferry que enlaza directamente con la gran metrópoli, de  modo que puedan llegar, comer y marcharse en un rápido vini, vidi, vinci; pero yo prefiero, desde luego, el doble paseo desde Yung Shue, que me despierta la sed y el apetito a la ida, y me ayuda a bajar la digestión a la vuelta. Ya de regreso, me siento en cualquier terraza para beber un té despacioso mientras observo a la gente.

    El pequeño puerto pesquero de Sok Kwu
    El pequeño puerto pesquero de Sok Kwu

    Y así vuelan en Lamma los días con paradójica lentitud de sus horas; y esta naturaleza dual del tiempo, esta montaña mágica de Mann, actúa sobre mí como un narcótico, haciéndome sentir que no soy real, sino como si Hong Kong, soñando con esta isla, me soñase a mí también.

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    Pequeña playa soñolienta de Hung Shing Ye
  • Sabores de Japón

    (Pincha en cualquier foto para verla ampliada.)

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    Fue de pura chiripa encontrar este restaurante japonés en el distrito Shekou de Shenzhen (China); ¡y vaya un descubrimiento! Se ajustaba al dedillo a mis preferencias: buffet libre de comida japonesa, de una exquisita calidad, experta cocina, todo preparado frente al cliente, en su misma mesa, con una limpieza extrema, una gran variedad de platos, batidos, zumos naturales, postres y lo que sea; todo lo que puedas beber y comer durante dos horas, por el ridículo precio de 20 €. ¡Dios mío!

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    Cuando llegas, te sientan a una gran mesa con una docena de otros comensales, donde hay dos enormes planchas, cada una a cargo de un cocinero. Coges el menú y empiezas a pedirle todo lo que quieras a un camarero, que pasa tu orden a la cocina, donde a su vez preparan los ingredientes para los cocineros; y una vez éstos reciben las bandejas, cocinan, fríen, cuecen, hierven o hacen lo que cada plato requiera, sin más ayuda que dos espátulas grandes, una en cada mano. Todo se prepara en las planchas; incluso cocer huevos, a base de verter agua sobre la plancha caliente a su alrededor y cubriéndolos con una tapa semiesférica. ¡Impresionante!

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    Muy pocas veces en la vida me he dado un festín semejante: sushi, sashimi, tenpura, carpaccio (o sea, sashimi de ternera), pescado fresco, la mejor carne de ternera asada con cebolla, batidos de mango y de plátano, zumo de sandía y de papaya, ensalada de frutas, ensalada de mango y foie-gras, ostras, vieiras, langostinos, vino… Incluso helado Haagen-Dazs de postre. En lugares y ocasiones como ésta, hay que dejar a un lado cualquier pensamiento de dieta, por supuesto.

    Pero lo mejor de todo es ver a los cocineros, cómo lo hacen todo con sus espátulas, que manejan a la velocidad del rayo: desde extender el aceite hasta trocear la carne, desde mezclar los ingredientes hasta servir los platos, desde cortar la mantequilla hasta dejar la plancha limpia como una patena, todo hecho con una destreza y una ejecución impecables. Un verdadero espectáculo. Sólo contemplarlos vale bien el precio del buffet, así que bien puede uno considerar que el resto, o sea la comida, es gratis. ¡Chapó!

    Lo que me pregunto es: ¿cómo le ganarán dinero a ese restaurante?

  • La belleza sin cerebro…

    …no sirve de nada.

    Desde luego que no.

    Rocks Hotel staircase
    Escaleras del Rocks Hotel

    Pues este era el lugar: Rocks Hotel; no el más lujoso de Macao, pero sí el más caro en el que yo había estado hasta ahora. Un edificio restaurado de estilo colonial, de cuando Portugal estaba en pleno apogeo; una ubicación inmejorable junto a la línea de costa, con una formidable vista al mar, frente al larguísimo Puente da Amizade que cruza la bahía. Paredes empapeladas, suelo de parquet, cama gigante, equipo estéreo de alta fidelidad, muebles de madera, baño alicatado en mármol, bañera estilo s XIX, tuberías de cobre, contraventanas mallorquinas, balaustrada de madera en el balcón, velador de mármol, zapatillas de toalla, albornoz y toallas bordados, juego de perfumería y aseo completo, internet y televisión por cable, pantalla plana de 42″, todo tipo de accesorios… ¡lo que se te ocurra! En la planta baja, un inmenso vestíbulo de mármol con escalera circular, armaduras adornando las esquinas, arañas de cristal colgando de los altos techos, claraboya tipo invernadero, tapices en las paredes, puertas de latón pulidas como espejos, gimnasio, una terraza de madera tan grande como un campo de baloncesto, jardín privado, todo elegancia y fasto. Aparte, cena y desayuno incluidos, con alimentos de la mejor calidad y gran variedad. Bueno, supongo que te haces una idea, ¿no?

    Pero, nada más llegar, el primer tropezón: 1000 HKD de depósito por las llaves. ¿¿Quée?? ¡Eso son 100 €! ¿De verdad valen esas llaves tanto dinero? Es más de la mitad de lo que cuesta la habitación. Peor aún: ¿No es tener muy poca clase, en un hotel que quiere ser de primera, pedir un depósito por las llaves? Parece más apropiado en un albergue de segunda en el Soho londinense.

    Así que le digo al tipo de recepción: “verá, eso es casi tanto como tenemos pensado gastar en toda la tarde; no esperará que vayamos a cambiar moneda sólo para pagar ese absurdo depósito, ¿no?” Me responde: “lo siento mucho, señor, pero…” Entonces mi novia pone un billete de 500 HKD en el mostrador y la otra recepcionista, que por suerte no era tan cabeza cuadrada, dice: “está bien, míster: podemos dejarlo en 500”. Así que nos extendieron un recibo, Sauce lo firmó y se lo guardó.

    Era una escapada de sólo un día. A la mañana siguiente Sauce tuvo que levantarse temprano para regresar a China y acudir al trabajo, mientras que yo me quedaba desperezándome y holgazaneando en la cama, dándome una ducha, y luego tomando un lento, opíparo y exquisito desayuno tardío. Mi ferry zarpaba a mediodía, así que facturé a las 11 a.m. Estaban los dos mismos recepcionistas del día anterior. Al alargarles el recibo del depósito, me dice el joven: “no podemos entregárselo a usted, señor: está firmado por su esposa; tiene que recogerlo ella”.

    Me precio de ser un viajero experimentado, pero semejante sandez no la había escuchado antes jamás, ni podría siquiera haberla concebido mi fantasía. Se comprende, pues, que me pillara por sorpresa y que durante unos momentos no supiera ni qué decir. Por fin encontré mi voz:

    — Bien, pero mi esposa ya no está; se ha ido por la mañana temprano, y como yo me quedaba hasta más tarde no pudo devolver ella las llaves, porque si no yo no podría entrar y salir a mi antojo.
    — Entonces, señor, mucho me temo que no podemos llevar a cabo la devolución. ¿Quizá puede usted pedirle que venga para firmar?

    No podía creer lo que estaba oyendo. Me impacienté:

    — ¿Qué narices me dice usted, oiga? Mi esposa está de vuelta en China; no puede regresar así, como si sólo hubiera ido al quiosco a por el periódico.
    — Bueno, eso no es problema, míster. Tiene dos meses para recuperar la cantidad depositada y…
    — Mire, ¿me está tomando el pelo? Se tardan dos horas en venir a Macao y otras tantas en volver, y el ferry cuesta 400 HKD. ¿De verdad me está sugiriendo que gastemos 400 dólares para recuperar 500?
    — En ese caso, señor, no hay nada que podamos hacer…
    — Vale. Hágame el favor de llamar al gerente.
    — ¡Oh! Lo sentimos mucho, pero el gerente no está aquí ahora.

    Era desesperante. Hice un último intento: “Pero, oiga, no me sea cabeza cuadrada: sólo hemos estado ella y yo en la habitación, hemos venido juntos, ella se ha marchado ya y ahora sólo quedo yo para firmar ese papel; así que haga el favor de llamar al gerente o a quien tenga Vd. que llamar, porque de lo contrario seré yo quien llame a la policía, al consulado o a donde sea; pero tengo que coger ese ferry a las doce y no voy a marcharme de aquí sin los 500 HKD; ¿está claro?” Por supuesto estas palabras no eran más que un farol: ni hay consulado español en Macao, ni serviría absolutamente de nada llamarlos, o a la policía, excepto para hacerme perder el ferry, cuyo billete, además, había comprado ya y no admitía cambios. Pero el farol debió hacer alguna impresión en la recepcionista, porque según él se encogía de hombros ella me dijo: “¿puede darnos el teléfono de su esposa para que hablemos con ella?”

    Le di el número de Sauce y hablaron durante un minuto. Al colgar, la recepcionista por fin cedió: “bien, no hay problema: puede usted firmar el recibo y le devolveremos el dinero; pero tenemos que coger los datos de su pasaporte”.

    Se los di con todas mis bendiciones. Y así fue cómo pude recuperar el abusivo depósito de las llaves. Pero este episodio y esa pareja quedarán grabados de forma indeleble en mi memoria como los más necios, rígidos y absurdos con los que haya tenido que lidiar nunca.

    Ahora, si pudiera hablar con el gerente del hotel, le preguntaría: ¿de verdad vale la pena perder dos clientes y todo el prestigio por la rigidez de unas reglas idiotas, o por ahorrar en dos recepcionistas con su cerebro completo? Y es que, como reza un conocido eslógan publicitario: “La belleza sin cerebro no sirve de nada.”

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  • De cómo logré cruzar a China

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    Esta aventurilla tiene un final feliz. O, bueno, algo por el estilo. Feliz, si no tenemos en cuenta el daño emocional causado por la pérdida del visado, por la imposibilidad de conseguir otro igual y por la desaparición de Sauce.

    Tras el fracaso del trámite en la oficina consular para el visado exprés (me remito al capítulo III), comprendí que, por poco que me apeteciera, no me quedaba otro remedio que sacarme el visado Shenzhen de 5 días en la frontera. Pero ya no estaba de ánimo para ir ese mismo día, sobre todo porque Sauce me dijo que ese cruce fronterizo se ponía hasta las trancas de gente y que las esperas podían durar cuatro o cinco horas. Además, había aún muchas preguntas por hacer, muchos lados del viaje a tener en cuenta y muchas pegas a prever. Por último, ya había reservado una cama en un hostal para esa noche; otro hostal, con mi propia celdilla y una conexión a internet de verdad. Dedicaría el viernes a relajarme y a planear la invasión a China.

    Si bien la información que había encontrado en internet sobre el visado normal era más o menos claro y consistente, no pasaba lo mismo con el visado Shenzhen. No parecía que muchos occidentales hubiesen tomado ese camino y escrito después sobre ello en sus blogs. Por eso tuve que hacer una investigación a fondo y, cogiendo detalles de aquí y de allá, intentar hacerme una idea global de cómo iba el tema.

    Sólo hay, al  parecer, tres puntos fronterizos donde pueda obtenerse el visado Shenzhen; y, pese a estar muy lejos del apartamento de Sauce, el más fácil para un viajero que no sepa chino, como yo, era Lo Wu, donde el metro de este país conecta con el de Hong Kong; y sabido es que para un extranjero casi siempre es más fácil desenvolverse en el metro que con los autobuses. De modo que me tocaba viajar a Lo Wu, la última estación de una de las líneas subterráneas de Hong Kong, salir de este país, solicitar el visado en una esquina algo escondida de la Tierra de nadie, pasar con él a China y por último coger el metro hasta mi destino.

    Pasé la mayor parte de ese viernes intentando conseguir información para no dejar nada a la improvisación. Déjame hacerte partícupe, lector, de una particularidad sobre moverse por China en la normalmente no caes hasta que no viajas allí: no sólo en China, sino en cualquiera de esos países asiáticos, hasta la tarea más sencilla no es tan fácil com parece; por ejemplo, la simple indicación: “coge el metro hasta Shekou” esconde varios problemas: ¿Cómo compras un billete de metro? Las máquinas expendedoras están slo en chino. No sabes si las tarifas van por distancia o si son una cantidad fija. Por supuesto, no tienes la menor idea de cómo se escribe “Shekou” en chino. Cuando te subes o cambias de línea, no sabes cuál de las dos direcciones has de tomar, y el hecho de que la mayoría de ellas se llamen Algo-Wan no ayuda, porque además casi todos los Algo se parecen…

    De modo que ese día le puse varios correos a Sauce para que preguntara y me informase de detalles sobre cómo obtener el visado, cuánto costaba, cómo pagarlo, cómo llegar hasta su trabajo desde la frontera o cómo avisarla cuando llegase; pero sus respuestas eran del tipo: “aquí tienes el número de la oficina de visados” (como si ahí alguien hablara inglés), o bien “el metro desde tu hostal a la frontera tarda 37 minutos”, o “usa el GPS de tu móvil”, “pide un mapa del metro”, “conéctate a internet en cualquier Starbucks”, “cómprate una tarjeta de teléfono prepago al llegar”, etc. Mi favorita fue: Voy a ir hasta la estación de metro y les digo a los empleados que vienes”. ¡Pobre Sauce!, es tan inocente…

    Al ver que por ese lado no podía contar con mucha ayuda, procuré obtener toda la información por mí mismo. Primero cambié algo de moneda para poder afrontar pequeños gastos al otro lado. Luego fui a un Seven Eleven para comprar una tarjeta prepago, pero en esto no tuve éxito, porque la dependiente no hablaba ni papa de inglés (¿quién dijo que en Hong Kong todo el mundo sabe inglés? ¿Fui yo mismo? Entonces aquí y ahora rectifoco y apostato) y no supo decirme si esas tarjetas funcionaban en China, ni cómo activar el roaming. De todos modos, Sauce me había dicho que había varios Starbucks cerca de su trabajo, todos con wi-fi abierta, así que con eso me bastaba para hacerle una llamada con Viber o Skype. Luego traté de familiarizarme con el mapa del metro de Shenzhen, intenté aprenderme las indicaciones que había encontrado en una web, or the rest, y por último recé un par de oraciones que recordaba de mi infancia, antes de que supiera que no era creyente.

    Todos estos preparativos me llevaron tanto tiempo que ya pasaba largo de la medianoche cuando me acosté, así que no era especialmente temprano cuando me levanté la mañana del viernes. Lo que más me inquietaba era la aglomeración: como era festivo en Hong Kong, era muy probable que la frontera estuviese más abarrotada que de costumbre. Pero, como ya dije anteriormente, nada se resolvía preocupándome, así que traté de mentalizarme con la situación.

    Eran sobre las 8:30 cuando me puse en marcha. Al principio no había demasiada gente en el metro, pero cuanto más me acercaba a Lo Wu, más gente había, hasta que estuvo hasta las trancas de gente con maletas. Al llegar al final, la gente empezó a apresurarse hacia la salida, y pronto se formó un tapón. A lo ancho del corredor había colgados del techo algunos letreros en inglés y en chino: Nationals, Mainland visitors, Visitors other than mainland. Me pregunté: ¿qué diablos era yo? ¿Un mainland visitor?, ¿O un visitor other than mainland? Aparte, ¿mainland visitor significaba un visitante originario de China “mainland”, o alguien que visitaba China  “mainland”? (Aquí le dichen “China mainland” a lo que en realidad es simplemente China, para mantener la ilusión popular de que Hong Kong también es China.) Si es lo primero, entonces ¿quiénes eran los nationals?; y si lo segundo, entonces ¿cómo podía alguien cruzar una frontera China para visitar algo que no es China? (Other than mainland.)

    Como ves, un poco confuso. Yo, a todo el que veía con uniforme, le hacía la misma pregunta: ¿Shenzhen visa? Todos me indicaban que siguiera avanzando, que no estorbara. Al parecer, eso sí, no importaba en qué cola te pusieras. Y luego me di cuenta de por qué no importaba: ¡es que aún no habíamos salido de las instalaciones del metropolitano! Aquella cola era simplemente para salir del metro. Una vez pasados los tornos, había otro ancho corredor con letreros similares: “Handicapped and foreigners”, “Nationals”, “Diplomats”. No me extrañó que agruparan a los discapacitados y a los extranjeros en las mismas colas, porque siendo forastero en China te sientes discapacitado. En este corredor la multitud se espesó y avanzaba con mayor lentitud aún, como si fuera un líquido de extraordinaria viscosidad. Y aquí quedaba uno literalmente enlatado como una sardina, moviéndose a una media de dos pasos por minuto. Muy poco recomendable para claustrofóbicos. Una vez quedabas atrapado en esta masa (bien digo: era como una masa antes de meterla al horno) formabas parte de ella, y no podías más que fluir con el río humano, llevado por él. Yo procuré ponerme hacia el lado de los Handicapped and foreigners; al fin y al cabo soy un discapacitado. Tengo un certificado médico que así lo dice. Por eso me dieron el retiro anticipado.

    De todos modos, según me acercaba a los puestos de control, me daba cuenta de que nadie prestaba atención a los letreros: todo tipo de gente iba desembocando en cualquiera de ellos. Comprendí que, viendo cómo se ponía aquello de gente, no podía ser de otro modo, porque una vez te integras en la masa no puedes derivar lateralmente. Pese a todo, no era tan lenta. Al cabo de más o menos una hora me vi por fin en uno de los puestos, y ya estaba en la Tierra de nadie, donde inmediatamente me puse a busccar unas escaleras mecánicas escondidas, hacia la izquierda, como había leído en una de las páginas web. Y, en efecto, allí estaban. Subí y me hallé en una habitación con varias ventanillas, rotuladas con Solicitar, Pagar, Retirar. Parecía bien claro. Tan claro como un letrero que decía: PARA EL PAGO DE LA TASA SÓLO SE ACEPTAN RMB (yuan). La tasa eran 168 yuan, pero yo sólo tenía ciento sesenta porque -muy atolondradamente- había confiado en que aceptaran también dólares de Hong Kong, ya que forma parte de china, como todo el mundo sabe. Por suerte, había allí un extranjero con pinta de veterano que fue lo bastante amable como para cambiarme algunos de mis dólares por algunos de sus yuanes.

    visaShenzhen

    Diez minutos después ya tenía la pegatina del visado Shenzhen en mi pasaporte. ¡Bien! A partir de aquí, cruzar la frontera china fue cosa de otros diez minutos: la multitud se había dispersado como por arte de Birli y Birloque, y las colas eran mucho más pequeñas. ¡Por fin estaba en Shenzhen… de nuevo!

    Ahora, ¿cómo contactar con Sauce? Por suerte, los nombres de las estaciones de metro estaban en cristiano además de en chino. Lo que ocurre es que hay, básicamente, dos clases de señalizaciones de metro: las que parten del supuesto de que el pasajero se conoce de memoria todas las estaciones y líneas de la red, y las que no. Madrid es un ejemplo de lo segundo, mientras que Shenzhen es un ejemplo de lo primero; y al hacer el único trasbordo que tenía que hacer me llevó un buen rato dilucidar cuál de las direcciones tomar. Pero finalmente, tras una hora larga de metro, salí a la superficie en la estación Sea World.

    Probé a ver si alguna de mis SIM funcionaba: la polaca lo hizo, pero me había quedado sin crédito por los excesos de los días anteriores. Para recargarla necesitaba internet, pero sin crédito no tenía internet. Entré a un McDonald’s y probé la wi-fi: era una red abierta, pero sólo para los poseedores de un teléfono chino: tienes que enviar tu número de teléfono, ellos te envían un código por SMS, y con ese código te conectas. Si no tienes un número chino, no hay código. Un poco xenófobo. Para los clientes extranjeros, entonces, ¿nada de wi-fi? Probé en un Starbucks, como me había dicho Sauce, pero tenían el mismo sistema. Gracias a dios, una de las camareras fue simpatiquísima y se prestó a darme su número para conseguir el código.

    desdeArribaAhora que ya tenía una conexión funcional a internet, ya sólo tenía que llamar a Sauce, que estaría impaciente y expectante aguardando mi llamada, con todos sus radares girando. Pero estaba bien equivocado: su teléfono estaba desconectado. ¡Qué gran bienvenida! Así que nada que supusiera red móvil: ni SMS, ni llamada, ni Whatsapp, Viber o Skype; así que le escribí un breve email con un ultimátum, pedí un té en el mostrador y me puse a leer un libro. Media hora más tarde, la sonriente cara de Sauce asomó por la puerta…

    El resto, lector, ya no tiene interés viajero. Ahora estoy en el 31º piso de un rascacielos, contemplando Shenzhen a mis pies, inmerso en la contaminada calima. Sólo puedo quedarme aquí cinco días; luego tengo que salir de China otra vez… a menos que convenza a algún funcionario de fronteras de que me amparan los treinta días de estancia que me garantizaba el visado original, el que me saqué en España. Pero eso, si  llega el caso, será materia para otra historieta.

    ¡Ah! Por si acaso te has preguntado cómo pudo Sauce regresar a Shenzhen dos días antes si no llevaba ni un duro encima, me dijo que el personal del metro había sido tan amable que la habían dejado viajar más allá de donde su billete le permitía. Pero también fotocopiaron su documento de identidad y le hicieron firmar y prometer que volvería a Hong Kong para pagar la diferencia de billetes: 15 yuan (ni 20 céntimos). ¡Ah, sí, qué amable esta gente de Hong Kong! Pero eso no es lo bueno: lo bueno es que Sauce es tan honesta que piensa ir a pagar su deuda…

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