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Categoría: Ensayo

Donde vuelco algo de mi carga mental

  • Hombres domesticados ante el estímulo sexual

    Cómo el empoderamiento sexual de la mujer está creando sociedades de eunucos

    Foto: macandmumble.com

    El instinto de reproducción —o sexual, mejor dicho— empuja a los machos de homínidos (y de muchas más especies) a copular en toda ocasión que sea posible, siempre que las circunstancias lo permitan sin poner en riesgo la supervivencia; es decir, salvando la necesidad de satisfacer otras necesidades más básicas como eludir un grave riesgo físico, buscar y consumir alimento, descansar o atender a los cuidados propios o de la progenie, así como, en el caso de especies sociales, evitar ser expulsados del grupo. Homo sapiens no es ninguna excepción a ese instinto. Durante decenas de miles de años la conducta sexual de los varones ha venido dictada por el oportunismo: allá donde no hubiese peligro de daño o conflicto social, intentaban —presumiblemente, en cada buena oportunidad que se les presentara— acceder a las hembras en edad de concebir u otras aún apetecibles. Los frenos más eficaces a dicho intento eran básicamente de dos tipos: por un lado, el posible conflicto con otros machos, ya que entre ellos ejercen un control mutuo sobre el acceso a las hembras del grupo, recurriendo a menudo a jerarquías o alianzas que, viniendo en último término respaldadas por la violencia, obliga a una cuidadosa evaluación de costes, pues de lo contrario podría conducir a lesión o muerte. Por otro lado, las fuertes restricciones sociales, cooperativas y de parentesco, en especial con objeto de evitar el incesto, del que las distintas culturas han hecho un tabú en virtud de un mecanismo adaptativo innato. En ausencia de estos dos tipos de freno —o sea, en cualquier contexto sin restricciones internas— la agencia de las hembras para elegir o rechazar a un macho ha tenido siempre una efectividad muy limitada, dada la mayor fuerza física de éste: una hembra sola, sin respaldo de parientes varones ni alianzas femeninas, y sin un macho protector, difícilmente puede rechazar a un “pretendiente” que insiste. Pero, aun con tales restricciones, los varones tenían amplio margen de maniobra para, cuando menos, intentar acceder sin riesgo personal ni reproche social a las mujeres no sometidas a otra autoridad o vigilancia. (más…)

  • Los tres pilares del poder: quien controla los medios dirige el mundo

    1. Los pilares del poder y su prioridad causal

    Tres son los pilares del poder: la coerción, el dominio económico y la persuasión ideológica; es decir: las armas, el dinero y los medios de difusión.

    Creo que, objetivamente, este heurístico es una generalización bastante aceptable. La tríada esquematiza muy bien cómo la mayoría de las naciones, estados o imperios han consolidado históricamente su poder: las armas y el dinero representan el “poder duro”, estructural; los medios, que rara vez reciben el énfasis suficiente(1), son el “poder blando”, cuya tarea es fabricar consensos. Pero no debemos dejarnos engañar aquí por eso de blando, porque en realidad no lo es tanto: aunque la coerción se ejerce mediante ejércitos y armas, y la economía está dominada por el dinero fíat(2) y las instituciones financieras, el poder aún necesita persuadir a la sociedad para que acepte o respalde la coerción, para que idolatre el dinero o colabore con el pago de impuestos; y para eso precisa de los medios: imprenta, editoriales, cine, radio, televisión, internet, redes sociales, etc. Controlar los flujos de información, cualquiera que sea el medio utilizado, es crucial para que la coerción y el dominio económico funcionen. (más…)

  • Ojalá la gente razonase como lo hace la IA… o la mitad de bien

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    Se dice que la inteligencia artificial no es, en realidad, inteligente; pero yo me permito discrepar. Busque usted “inteligencia” en el diccionario y verá que la IA encaja en la definición mucho mejor que la mayoría de los humanos: “Facultad de conocer, analizar y comprender”. Bueno, pues si la IA no tiene esas facultades entonces no sé quién las tiene: comprende al menos tan bien como nosotros, conoce infinitamente más y analiza muchísimo mejor.

    Pero… ¡pero se trata sólo de una simulación, no de verdadero entendimiento! La IA no comprende absolutamente nada — dirá alguien. Bueno, para debatir sobre esto tendríamos que ponernos a hacer una serie de nuevas consultas en el diccionario (entender, percibir, captar…) y ver si la IA también encaja en todos o algunos de esos términos; pero en la práctica, y para lo que aquí me interesa, esto en realidad no importa demasiado. Me refiero a que si la IA se comporta de modo inteligente, entonces en lo que a mí respecta es inteligente; y mucho más que la mayoría de las personas, por cierto. (más…)

  • Quizá sólo la muerte nos haga inmortales

    Hace ya tiempo comprendí, o creí comprender, que para hacer caso a nuestros mayores o seres más queridos, para prestarles la debida atención, quizá para imitar sus costumbres o adoptar sus gustos y preferencias, es preciso que hayan muerto. En tanto vivan, siempre prevalece en nosotros un espíritu de oposición, una voluntad de «independencia del carácter», como poco un deseo de originalidad, de personalidad propia, aunque acaso también, ¡ay!, cierto menosprecio o fatua condescendencia hacia ellos, sus ideas, aficiones e intereses, o incluso hacia sus opiniones, creencias y valores. Sólo después de su muerte parecemos ser capaces de desprendernos, al menos en parte, de nuestro individualismo y de acercarnos a esas personas con una mirada menos crítica o burlona, más atenta y receptiva; acaso de aceptar que somos más parecidos a ellos -o hemos absorbido más su forma de ser- de lo que creíamos. O a lo mejor es sólo que, como parte del culto a su muerte, como homenaje a su memoria, queremos inconscientemente devenir sus continuadores. (más…)

  • Del espionaje y sus tramas

    Foto: www-prensaaldia.blogspot.com

    La inherente dificultad para interpretar las actividades de espionaje

     

    Un espía, según el diccionario y en la acepción que nos interesa, no es más que una persona al servicio de un Estado para averiguar informaciones secretas, generalmente de carácter militar. En principio, no hay mayor misterio en esto. Pero para poder hacer dichas averiguaciones lo más corriente es que el espía pretenda ser quien no es o realizar una actividad que —sin ser necesaria o enteramente fingida— le sirva para disimular lo que en realidad se propone; y esto ya supone un obstáculo desde la perspectiva de un hipotético espectador externo, ajeno a todo, que quiera evaluar lo que hace la gente a su alrededor. Este propósito de comprender e interpretar adecuadamente el comportamiento de los demás es trivial, o relativamente sencillo, en la inmensa mayoría de los casos, pero deja de serlo en cierta medida — mayor cuanto más “ascendamos de nivel” — cuando el objeto de nuestra atención es un espía.

    Por ejemplo: (más…)

  • Sodoma y Gomorra: una aparente paradoja de la homosexualidad

    Historia de SODOMA y GOMORRA - resumen corto!!

    En un descriptivo —y bastante plañidero— pasaje del cuarto libro, Sodoma y Gomorra, de su obra magna En busca del tiempo perdido, Marcel Proust, que algo sabía de homosexuales —pues él era uno de ellos— escribía lo siguiente:

    [El señor Charlus] Pertenecía a la raza de esos seres […] cuyo ideal es viril precisamente porque su temperamento es femenino. […] Amantes, en fin, [que] se enamoran precisamente de un hombre que no tiene nada de mujer, de un hombre que no es invertido y que, por consiguiente, no puede amarlos; de suerte que su deseo no se vería nunca satisfecho si el dinero no les proporcionara verdaderos hombres y si la imaginación no acabara por hacerlos tomar por hombres verdaderos a los invertidos con los que se han prostituido.

    Cuando yo era jovencito, mucho antes de que se inventara lo woke, antes también de popularizarse lo LGBT, cuando el término “homosexual” se consideraba una cursilería, un eufemismo por “marica”, y el anglicismo “gay” aún no nos había llegado, me entretenía pensando que si a los sarasas les gustaban los hombres porque ellos se sentían mujeres, y si a las lesbianas les sucedía lo mismo pero a la inversa, ¿por qué no se juntaban los unos con las otras para formar parejas entre sí? Pues si a un marica —razonaba yo— le gustan los hombres “de verdad”, los que lo son no sólo biológicamente sino también en espíritu, en temperamento, y que por consiguiente aman a las mujeres “de verdad”, a las que lo son en cuerpo y alma, ¿cómo iba a encontrar aquel invertido uno de estos verdaderos hombres que lo quisiera? E idéntico razonamiento, pero al revés, cabía hacer respecto a los marimachos. El remedio me parecía evidente: (más…)

  • Del homicidio sin víctimas y el equívoco derecho a la vida

    No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla.

    Antonio Machado lo expresó con su admirable lirismo en aquel breve y bellísimo poema que siempre me ha embargado; si bien, creyente como él era, lo finalizó con estos versos:

    Dormirás muchas horas todavía
    sobre la orilla vieja,
    y encontrarás una mañana pura
    amarrada tu barca a otra ribera.

    Machado pensaba que, aunque no podamos ser testigos de nuestro propio tránsito de la vida a la muerte, seguimos luego existiendo en el otro mundo. ¡Dichosos los que tienen fe! A los demás, la ciencia nos ha dejado indefensos ante la parca.

    Reflexionar sobre la vida y la muerte nos lleva a veces a paradojas. Alguien expresó un pensamiento similar al del poeta, pero de una forma un poco diferente, algo así como (cito de memoria): “Mientras vivimos, la muerte no es, y cuando morimos, la vida ya no es; así que ¿para qué preocuparse?” Estoy de acuerdo con ese apotegma cuando hablamos en sentido abstracto, o sea, en cuanto la muerte significa “dejar de existir”, pasando por alto el dolor físico y el padecimiento moral que suelen acompañarla. Y es que, cuando sobreviene sin esperarla ni darse uno cuenta, no deberíamos considerarla ninguna tragedia, sino más bien al contrario; y, de hecho, tal es el tipo de final que muchísima gente desea para sí: indoloro y por sorpresa. (más…)

  • ¿Sueñan los androides con bebés eléctricos? La píldora como mutación involutiva

    La secuencia reproductiva de los mamíferos

    El abecé del darwinismo es la supervivencia de los individuos mejor adaptados: a lo largo de las generaciones de cualquier especie se producen millones de mutaciones genéticas aleatorias, algunas de las cuales, de vez en cuando, resultan en individuos con una mayor probabilidad de transmitir su genoma. Pero la evolución en sí misma no busca ninguna clase de “perfección”, y los mecanismos adaptativos —mero fruto del azar— a los que la genética va llegando con el devenir del tiempo distan mucho de ser los óptimos para cada función. Si se perpetúan de una generación a otra no es por su idoneidad, sino porque resultan ser un poquito más útiles que otras mutaciones.

    Así, la estrategia de reproducción con que la naturaleza ha dotado a todos los mamíferos (y muchos otros animales) se basa en una secuencia de causas y efectos cuyos eslabones esenciales son los siguientes: a) instinto de apareamiento –> b) fecundación/gestación/progenie –> c) instinto maternal. La continuidad y el correcto funcionamiento de esta cadena es el mínimo necesario para que haya transmisión genética. Pero no es una estrategia perfecta, ya que basta con que falle alguno de sus eslabones en una suficiente proporción de los individuos de una especie, para que ésta corra grave riesgo de extinguirse. Con todo, ha sido sumamente eficaz a lo largo de toda la historia evolutiva y hasta hace muy poco.

    Es esencial comprender que la naturaleza no ha sido capaz de diseñar ningún instinto de “procreación” stricto sensu, es decir, una necesidad innata de tener descendencia. Lo que ha desarrollado son mecanismos varios que, (más…)

  • Anticatólico y españolista

    A menudo me pregunto si puede un detractor de la Iglesia Católica ser honestamente españolista (en el sentido de “patriota español”).

    Pero, antes de seguir adelante, definamos.

    Según el DRAE (y a los efectos de este artículo), españolismo o españolía significa “amor o apego a lo español, a las cosas características o típicas de España”, mientras que María Moliner lo define como “afición o admiración hacia España o sus cosas”. Quizá la palabra patriota (quien ama a su patria, “nación a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”) se acerca más a lo que quiero expresar, pero hoy en día se le ha dado una connotación negativa que prefiero evitar en el título.

    Hechas estas precisiones, retomo la pregunta que me hago a mí mismo: ¿qué clase de españolía podrá sentir aquel que detesta o desprecia el catolicismo? Últimamente esta duda me asalta sobre todo -aunque no sólo- con respecto a un conciudadano muy concreto y al que escucho con relativa frecuencia: César Vidal.

    Ahora bien: ¿qué son “lo español, lo característico o típico de España”, “sus cosas”, en la españolía definida más arriba? ¿Cuáles son esos vínculos que ligan con España al patriota? (más…)

  • El cortauñas

    Cuando, durante mi primera juventud, impulsado por un arrollador anhelo interior (el análisis de cuyo origen dejaré para otra ocasión), más fuerte que cualquier otra ambición o deseo que pudiera concebir, proyectaba meticulosamente lo que habría de ser mi futura vida lejos, muy lejos del mundanal ruido, las sociedades urbanas y -casi también- las humanas; cuando con tesón e inventiva (dignos de encomio y -la verdad sea dicha- también de mejor fin) planificaba cada detalle de una existencia nómada y solitaria en plena naturaleza, como los tramperos de otros tiempos y otras tierras, como algunos aventureros de aquello que se llamó “la frontera” durante la colonización hacia el oeste del continente norteamericano; cuando, en fin, trataba de dar solución a cada una de las posibles cuestiones prácticas (y, de hecho, las resolvía, al menos en su aspecto teórico) que semejante tipo de vida me iba a plantear, había no obstante un detalle que me dio muchos quebraderos de cabeza y me tuvo atribulado durante todos los años (¿cuántos fueron?: ¿tres, cuatro?; es difícil, pasadas las décadas, calcular, sin otra referencia, el tiempo que pudieron ocupar ciertas etapas anteriores en nuestra vida) que mantuve aquel proyecto, aquella ilusión, tal vez fantasía; y dicho obstáculo, problema irresoluble que de hecho lo fue, porque desgraciadamente crecí, maduré y el torrente de la vida me arrolló por sus cauces inapelables hacia destinos muy, muy distintos del que yo había imaginado, pereciendo por el camino, de muerte natural, aquellos planes antes de que yo hubiera podido encontrarle solución, era el siguiente: ¿cómo el cazador-recolector que yo proyectaba ser iba a ingeniárselas para cortarse las uñas cuando tocase? (más…)