Freelander

Categoría: 65º nordur

Vuelta a Islandia en coche

  • Epílogo: el Círculo dorado

     

    Aquella mañana de nuestra quinta y última jornada de viaje estaba radiante: el sol brillaba sobre el manto de nieve que cubría el campo y acentuaba, por contraste, los demás colores del paisaje: el intenso azul de un lago cercano, la oscura línea gris del mar hacia el sudeste y el neblinoso azur del glaciar en las alturas del oeste. Probablemente tan buena ubicación y entorno fue lo que inspiró a los granjeros del albergue Hvoll para abrir un negocio que se les daba tan mal. Un buen lugar es, con frecuencia, el único recurso de un oportunista.

    Gracias a Dios la nieve en la carretera estaba compacta y pudimos alejarnos de Hvoll sin preocupaciones. Y aún nos dio tiempo a hacer dos o tres paradas para sacar algunas fotos, y otra para almorzar algo, antes de que, ya en Vik (el último pueblo del solitario sur), el cielo se encapotara y empezasen los chubascos, ahora de agua, ahora de nieve.

    Cascadas congeladas

    Cuenta la leyenda que había en Vik tres trolls llamados Skessudrangur, Laddrangur y Langhamar, los cuales, habiendo encontrado en el mar un navío de tres mástiles, intentaron arrastrarlo hacia tierra firme durante la noche, pero antes de llegar asomó la aurora y un rayo de sol sorprendió a los trolls, convirtiéndolos en piedra; y allí permanecen hasta nuestros días, petrificados frente a las costas de Vik: son el grupo de peñascos llamado Reynisdrangur, y es la principal atracción turística que tiene el pueblo. Por cierto que esos peñascos ofrecen una vista muy llamativa desde la desolada playa: en primer término la nieve recién caída, de un blanco purísimo, luego la chocante franja de negra arena volcánica, más allá la espuma blanquecino-azulada que forman las precipitadas olas al romper, y por último la oscura silueta de Reynisdrangur recortándose contra el cielo gris.

    Reynisdrangur

    No fue tan sencillo como suponíamos encontrar una wifi abierta en Vik, para mirar el tiempo. En la tienda–uno de esos acogedores lugares, frecuentes en las regiones poco poblacas, que hacen de todo: centro social, gasolinera, bar de carretera, cafetería, souvenirs, sopa casera, trato cercano, ambiente relajado–en la tienda, digo, no había internet, y nos remitieron a la estafeta de correos; pero ahí cobraban caro por el servicio, así que fuimos al youth hostel, donde suponía que no tendrían inconveniente en ayudarnos. Y no me equivoqué: la recepcionista nos dejó muy amablemente que usáramos su wifi.

    El pronóstico para el resto del día era de cielo nublado con chubascos de nieve ocasionales, y temperaturas algo más altas que la víspera. Nada que temer, salvo quizá hallar tramos de nieve húmeda en la carretera. De hecho, había una marcada como “intransitable” por el eficaz equipo de información vial islandés, pero no nos preocupó mucho, porque se trataba de una carretera en pleno Círculo Dorado –o Triángulo Dorado–, que como es muy turístico los quitanieves pasan con frecuencia.

    Unas pocas leguas al oeste de Vik está la catarata Skógafoss, que con veinticinco metros de anchura y sesenta de altura (como un edificio de veinte pisos) resulta una de las mayores de Islandia, y a causa de la espuma que levanta, siempre que brilla el sol puede verse un arco iris frente a ella. Hace decenas de millones de años, el agua de esta cascada caía directamente sobre el océano, pero el fondo marino se ha elevado desde entonces en lo que ahora son las tierras bajas del sur de Islandia.

    Skógarfoss con su perenne arco iris

    Dice otra leyenda (el folclore islandés está lleno de ellas) que el primer colono vikingo de esa región ocultó un tesoro en una cueva tras la cascada, y que años después los habitantes encontraron el baúl que lo contenía, pero que apenas alcanzaron a agarrar su asa lateral, éste desapareció. El asa fue entonces engastada en la puerta de su iglesia, como picaporte. Una leyenda bastante sosa, la verdad. Yo creo que podría haberla inventado mejor.

    Las últimas horas de nuestra vuelta a Islandia las empleamos en turistear el renombrado Círculo dorado, nombre con que llaman al conjunto de varios lugares de interés que, a un par de horas al este de Reykjavik, se agrupan en un perímetro relativamente pequeño. Primero visitamos Gulfoss, un salto de agua en dos etapas sobre el río Hvítá: primero cae en tres escalones longitudinales al eje del río y luego, abruptamente, se hunde en una grieta de veinte metros de anchura. treinta y dos de profundidad, y dos quilómetros de longitud. Cuando se aproxima uno a la catarata, la grieta no se ve, y da la sensación de que las caudalosas aguas del río son limpiamente tragadas por la tierra.

    La poderosa Gulfoss

    Junto al mirador de Gulfoss hay un pabellón que contiene, entre otros, una tienda de souvenirs y un espacioso restaurante donde se puede tomar la mejor sopa de cordero del país. Todo un clásico, muy recomendable, sobre todo teniendo en cuenta que, en el precio, va incluido repetir cuantas veces se quiera, así que por poco dinero se puede disfrutar de un almuerzo nutritivo, reconstituyente y sabroso.

    Flores de algodón de nieve

    Después le tocó el turno al géiser, palabra que viene de Geysir, que es el nombre propio de uno de ellos, ya que hay varios en la zona, cada uno bautizado con un nombre por la tradición; pero como Geysir fue el primero que apareció dibujado e impreso, y por tanto el que primero conocieron los europeos, adoptaron la palabra para denominarlos a todos en un claro ejemplo de metonimia, o acaso de sinécdoque, ¡vaya usted a saber! A su vez, Geysir quiere decir “borbotar, manar a chorros”. La mayor parte de los géiseres que hay en el Círculo dorado brotan sólo una vez cada varios años, cuando no décadas, y el único que lo hace cada pocos minutos es Strokkur, y por tal razón es, claro, el más fotografiado. Pero como es bastante doloroso tener que esperar, con las manos congeladas y la cámara aprestada, a que Strokkur suelte uno de sus borbotones y se le pueda sacar una buena foto, no nos tomamos muchas molestias al respecto. Pero creáme el lector: es todo un espectáculo.

    El géiser Strokkur en reposo, entre erupciones

    Lo que sí encontré, en cambio, muy interesante y más retributivo fue lo de asomarme al interior de estos agujeros, hacia lo profundo de estos calderos sin fondo, pozos que son de agua cristalina, humeante y azufrosa. Y al mirar hacia dentro de uno no pude evitar un escalofrío de vértigo al pensar que estaba, en realidad, viendo el borde de una sima a través de una lupa acuática, como si fuera un ojo de buey por el que el magma mostrase sus tripas. O acaso es el magma quien nos mira a nosotros a través de estos ojos. ¿Hasta qué profundidades llegará ese agua? ¿Alcanzará a besar los labios de la lava? ¿Cómo sería sumergirse por ahí hacia el corazón del volcán que hay debajo? Y aun otra pregunta me hice algo más metafísica: ¿cómo puede tanta vida caminar por esta frágil y delgada corteza que es la superficie terrestre, inconscientes u olvidados de la pavorosa bola de fuego sobre la que existimos? La propia Islandia no es sino una grieta en dicha corteza por la que el planeta nos muestra sus ígneas e incandescentes entrañas. Y es éste un pensamiento en verdad desconcertante.

    Por último, visitamos el Thingvellir, el viejo parlamento, donde los primeros pobladores hacían sus consejos legislativos, o más bien reguladores, hasta que siglos después se sometieron, ya islandeses, voluntariamente a la Corona de Noruega; y aún antes de que se fuera del todo la luz pudimos bordear el escénico Thingvallavatn, el lago más grande del país, aunque para entonces ya los objetos nevados habían perdido su relieve.

    Thingvallavatn
    Paisaje cerca de Thingvellir

    Y este fue el circular colofón de nuestro circular tour por Islandia, por su única y famosa carretera anular, Hring Vegur. Pero antes de terminar este capítulo contaré sobre un mandado que teníamos que hacer. Resulta que a Benito le habían confiado en España una botella de vino con el encargo de entregársela a una señora en un pueblo no lejos de Reykjavik, en el distrito de Selfoss; pero no le habían dado ninguna dirección, sólo el nombre de la mujer y el del pueblo, que en Islandia, al parecer, es información suficiente. El problema fue que el nombre del pueblo debía de estar mal escrito, porque no fuimos capaces de encontrarlo en los mapas ni en internet, y ni siquiera la gente a quien preguntamos supieron darnos razón. Lo más parecido que vimos sobre el mapa fue un sitio llamado Skálholt, y como era el único candidado, allí nos fuimos con la botella. Era un pueblecillo minúsculo, y las luces de todas las casas estaban apagadas, como si la gente se hubiera ido a misa; todas menos una, y a su puerta llamamos. Nos abrió una señora mayor que no hablaba inglés (cosa rarísima en Islandia), pero que no era, como es de suponer–la destinataria del paquete ni parecía conocer el pueblo que buscábamos; de manera que, no teniendo ya tiempo para nuevas averiguaciones, nos dimos por vencidos y nos bebimos el vino aquella noche.

    Tengo que decir que, en el trecho desde el Círculo dorado hasta Reykjavik, aún nos topamos con algunos montículos de nieve en la carretera, casi invisibles en la oscuridad, y de hecho estuvimos de nuevo a punto de quedarnos atascados. Pero a estas alturas de la historia el lector se habrá familiarizado con esos impertinentes obstáculos tanto como nosotros lo estábamos entonces, y leer una vez más sobre eso tendrá ya tan poco interés para él como lo tiene para mí el escribirlo. Bástele, pues, como colofón saber que, una vez en Reykjavik, sanos y salvos tras este accidentado viaje, nos dimos el lujo de invitarnos a la original y auténtica, la única e inimitable sopa de langosta de Saegreifinn.

    Benito y yo tomando sopa de langosta en Saegreifinn, Reykjavik

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  • Episodio 4 (3ª parte): Hvoll, un albergue inhóspito

     

    Si alguna vez has visto las aguas del océano apresurándose corriente arriba para expoliar, como criaturas vivientes, como soldados al pillaje de una ciudad vencida, como saqueadores tras el naufragio de un barco, para rapiñar los restos del extremo de un glaciar, no habrá ya muchas maravillas de la madre Naturaleza que puedan dejarte atónito.

    Cuando pudimos recobrarnos de las impresionantes escenas que acabábmos de contemplar, retomamos la marcha, excitados por la experiencia pero conscientes ya de que nada de lo que fuéramos a encontrar en el resto del viaje podría compararse a esto. Y en cualquier caso las atracciones para ese día se habían acabado, porque en cuanto nos marchamos de Jökulsarlón empezó a nevar y pronto a oscurecer.

    Enseguida se hizo de noche, y aunque la nevada al principio no era muy densa teníamos que conducir con mucho cuidado, pues había momentos en que no veíamos más allá de unos pocos metros en la carretera. Los paisajes se habían acabado ya para esa jornada; ahora nos limitábamos a conducir hacia el albergue más cercano, Hvoll, cuya situación no estaba demasiado clara. Habíamos telefoneado previamente para pedir indicaciones de cómo llegar, pero el hombre que nos cogió la llamada era un poco huevón, parecía que no le importaba tener clientes o no, y sus explicaciones no fueron ni detalladas ni claras: cuarenta y cuatro quilómetros después de Skaftafell (un parque nacional) habíamos de coger la carretera 204 a la izquierda; pero con la nevada los carteles apenas podían leerse, de hecho casi ni se veían, y eso nos obligaba a una marcha incluso más lenta, y a ir por completo pendientes de la señalización.

    hvoll
    Último tramo de la cuarta etapa: de Jokulsarlon al albergue Hvoll

    Hay que decir, en elogio del servicio meteorológico islandés, que el tiempo se comportó según lo pronosticado: primero una nevada ligera, luego un rato sin meteoros y después una segunda, más intensa. Por eso tuvimos suerte de ver el letrero de la 204, que estaba más o menos donde esperábamos encontrarlo. Pero lo que no esperábamos, ni el hombre nos había dicho, era que fuese un camino sin pavimentar; de hecho, un camino rural para tractores o todo terrenos, lleno de nieve y en muy mal estado; en cualquier caso, pésimo para un pequeño utilitario como el nuestro. Bien podían habernos advertido esto. Además, nada podía verse en la noche bajo la nevada: no había el menor signo que delatara una población; sólo dos débiles lucecitas, aisladas y bastante separadas, se vislumbraban en la distancia, como de sendas granjas en mitad del campo. ¿A dónde llevaba ese camino? El mar no podía quedar muy lejos. ¿Estábamos sobre la pista correcta?

    Telefoneamos otra vez al hotel para que nos lo confirmasen. Sí, tienen que recorrer unos tres quilómetros de camino. Verán alguna luz, fue su lacónica respuesta. Así que continuamos aproximadamente otro quilómetro, hasta que llegamos a una bifurcación. ¿Y ahora adónde? Ya podía haber sido el hombre un poco más explícito, decirnos que había que coger a la derecha o a la izquierda llegados a este punto… Tuvimos que llamar una tercera vez para que nos dijera: en la bifurcación a la derecha. No era un conversador, desde luego. El camino tenía un montón de baches, y como estaba cubierto de nieve no podíamos saber su profundidad. Rezamos para no quedarnos atascados. Incluso en un par de ocasiones pensamos en volver grupas y tratar de llegar al siguiente albergue, en Vik, antes de que cerrase recepción. Yo conocía aquel sitio por haber estado años atrás, y me constaba que era bastante agradable y no había dificultad para encontrarlo. Pero estábamos cansados y no nos apetecía conducir otra hora o dos más aquella noche. De modo que continuamos.

    Por último vimos un letrero: Hvoll, y un poco más allá estaba la casa. Tocamos el timbre y, cuando se abrió la puerta, nos recibió una señora con la sonrisa más arisca y fría que me han dirigido nunca en Islandia, y enseguida nos espetó, con la misma sonrisa hostil, que nos descalzáramos las botas. Desde ese mismo instante nos disgustó. Luego, al registrarnos, se limitó a pasarnos un papel con el total a pagar, y como era bastante más de lo que habíamos esperado le pedimos que nos hiciera una factura desglosada. Intentó hacerse la sueca un par de veces, pretendiendo no comprender el inglés, mientras su marido, que lo hablaba medianamente bien, como nos constaba por las conversaciones telefónicas, se hacía también el loco fingiendo como que veía un partido en la tele. Pero como insistí, a regañadientes cedió y extendió la factura, donde pudimos ver que lo que tanto hacía subir el importe era el alquiler de la ropa de cama: 900 coronas por cabeza, o sea un tercio del precio de cada cama; y ni siquiera iba incluida una toalla. Nos pareció comparativamente muy caro, aunque días después supimos que era un precio normal en Islandia.

    Pagado que hubimos –que era su única preocupación– nos enseñó el albergue: estaba en otro edificio a unos cien metros, bastante feo, que parecía un hangar o un granero. Por dentro, en cambio, estaba muy limpio y ordenado. Demasiado limpio y ordenado –pensé para mí–; tanto, que resultaba extremadamente inhóspito: nada más franquear la entrada había un amplio comedor como el de un colegio, amueblado con tres largas filas de mesas juntas, cada una con cuatro banquetas encima, boca abajo. En la pared opuesta había una larga encimera con toda clase de pequeños electrodomésticos y abundancia de cajas de plástico en las que los huéspedes debían etiquetar su comida; y a través de otra puerta junto a la encimera había dos cocinas, llenas de utensilios, vajilla y cubertería. A mano izquierda del comedor, otra puerta daba acceso a las habitaciones, cada una con dos literas y un radiador eléctrico ridículo, por supuesto apagado. Nuestra habitación estaba helada y no se calentó hasta cuatro o cinco horas más tarde. Por último, había cuatro aseos, tres de los cuales estaban cerrados con llave y no podían usarse.

    Así que todo estaba tan ordenado como era poco acogedor: la disposición de estancias y mobiliario era fría e inconveniente (claramente diseñada por alguien que no sabía una palabra sobre albergues), la mayoría de aseos cerrados, pero lo peor era que estaba todo lleno de impertinentes letreritos imponiendo a los huéspedes todo tipo de obligaciones, estableciendo un montón de prohibiciones y relacionando largas listas de reglas a obedecer; la más inaceptable de las cuales era la prohibición de permanecer en el albergue entre 10 am y 4 pm. ¡Qué ridículo! Se exigía a los huéspedes que se ausentaran del albergue durante seis horas seguidas, supuestamente para que pudiera hacerse la limpieza; una limpieza que, de hecho, se encomendaba en otro letrero a los propios huéspedes. Increíble.

    De todas formas, el más grave inconveniente que encontramos en el albergue Hvoll fue que no había internet. No es que no funcionase: es que no existía el menor medio para conectarse online. En mis muchos años como viajer después de la popularización de internet nunca me había encontrado con un albergue que no lo tuviese; ni siquiera en países dudosamente civilizados. Por eso nos pareció absolutamente inaceptable, y desde luego muy inconveniente, porque nos impedía consultar el pronóstico del tiempo para el día siguiente, un elemento esencial en una gira de invierno por Islandia.

    Aparte de nosotros sólo había otro grupo de huéspedes: una excursión de asiáticos que viajaban en un todo terreno de alquiler y que no se mostraron muy sociables. De este modo, totalmente privados de cualquier posible entretenimiento físico o virtual, lo único que pudimos hacer esa noche fue comernos el resto de nuestros víveres e irnos pronto a la cama, con idea de levantarnos temprano a la mañana siguiente y prepararnos para la última etapa de nuestro viaje: el círculo de oro. Nos acostamos persuadidos de que ese decepcionante albergue estaba fuera de los estándares de Hostelling International, y preguntándonos cómo era posible que la organización lo hubieran aceptado como socio.

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  • Episodio 4 (2ª parte): Jökulsarlón, una visita a la aurora del tiempo

    jokulsarlon
    Desde Egilsstadir hasta Jokulsarlon

    Cuando un viajero que conduzca hacia el sur desde Egilsstadir por la famosa Hring Vegur llega al solitario puerto de montaña que divide las vertientes norte y sur, una majestuosa vista, sin parangón, aparece ante sus ojos; pero es también un poco espeluznante: durante los dos primeros quilómetros desde el puerto hacia el impresionante valle glacial, la carretera tiene una pendiente de vértigo que, por si eso no bastara a erizarle a uno el vello– se vuelve en extremo resbaladiza con el hielo. Y si, para colmo, se conduce un coche muy poco de fiar, resulta imposible esquivar el miedo a caer cuneta abajo.

    Tras el problema del ventilador, durante un rato que se nos antojó largo avanzamos cuesta abajo con extrema cautela, frenando con el motor y aguantando la respiración, por miedo a que el cochambroso Polo decidiese que era el momento adecuado para una avería en los frenos o en la dirección. Pero nada se rompió (como puede bien deducirse del hecho de estar ahora escribiendo esto); la pendiente fue poco a poco suavizándose hasta que pudimos nuevamente prestar nuestra atención a las espléndidas vistas.

    Discurriendo por un valle glacial en el este de Islandia

    Al cabo de un rato llegamos al ancho y plano lecho de valle, por el que la carretera continúa, ya casi sin pendiente alguna, hasta alcanzar el océano en Breiddalsvik; y a partir de ahí discurriría a nivel del mar, bordeando el litoral, hasta prácticament el final de nuestro viaje.

    Un Montserrat islandés cerca de Eiddalsvik
    El agua congelada en témpanos en las pequeñas cascadas

    Sin embargo, de la mano de unas temperaturas más amables que implican la ausencia de montículos de nieve en la calzada, vendría el segundo peor enemigo del conductor islandés: la nieve húmeda; una irritante capa de hielo medio derretido, un semisólido que, como al conducir sobre arena, estorba con eficacia y, peor aún, irregularmente el giro de las ruedas sobre el piso, lo que no sólo disminuye la autonomía de viaje sino que hace difícil el manejo de la dirección, y por tanto peligrosa la conducción. De hecho, dependiendo de la consistencia de la moeve húmeda y de la pendiente de la carretera, pueden los neumáticos perder agarre por completo y quedarse uno atascado.

    Pues bien, me temo que tuvimos una medida bien colmada de esa guarrería que es la nieve húmeda desde el momento en que llegamos junto al mar hasta que, durante los largos quilómetros que es necesario hacer para rodear el profundo fiordo, alcanzamos nuestra primera parada planificada de ese día: el encantador y pacífico pueblecillo pesquero de Djúpivogur. Pero, pese a nuestro lento progreso, por suerte no tuvimos ningún percance ni dejamos de disfrutar de los hermosos y extraños paisajes lunares que nos encontramos a lo largo del Berufjordur…

    Los caballos se agrupan para minimizar la pérdida de calor
    Berufjordur y los enormes y macizos picos glaciares en la distancia

    …junto con una de las cosas más pintorescas que habíamos visto hasta entonces: un tradicional secadero de pescado, que consistía en varias series de entramados horizontales de madera a dos metros de altura, donde, una vez descabezado, cuelgan el pescado por la cola.

    Secadero de pescado y sus trabajadores
    Secadero de pescado al aire libre
    El pescado se cuelga a secar descabezado

    Justo al extremo de un pequeño cabo, al abrigo del áspero oleaje del suroeste y los gélidos vientos del nordeste, el pueblo pesquero de Djúpivogur goza de una ubicación privilegiada, con su bien protegido puertecillo, pequeño y romántico, y mirando hacia las nevadas cumbres y las laderas rocosas en la vertiente opuesta del fiordo.

    El pequeño puerto pesquero de Djúpivogur

    A espaldas del puerto y de las pocas casas dispersas que conforman el pueblo, la desolada montaña piramidal de Búlandstindur lo vela y vigila eternamente.

    Búlandstindur, la pirámide natural de Islandia

    Era ya hora de almorzar, y no podríamos hallar mejor lugar para ello que aquel pueblo pesquero, en el que había dos sitios donde servían comidas: el hotel y la tienda; y dando por sentado que el primero quedaría más bien fuera de nuestro presupuesto, escogimos el segundo. Era un local que combinaba una tienda de abarrotes con un modesto pero acogedor restaurante, apenas cuatro o cinco mesas junto a unos enormes ventanales que daban hacia el puerto, ofreciendo una vista magnífica. Ni que decir tiene que pedimos pescado, que estaba delicioso; y junto con el bonito día y la relajante vista tras los cristales resultó un almuerzo en extremo agradable: las montañas, vestidas de blanco bajo el sol, hacían un soberbio contraste con el azul oscuro del mar y, entre medias, unos pocos barquitos pesqueros que dormitaban flotando sobre las aguas encalmadas del puerto.

    Antes de seguir viaje, consultamos la información más actualizada del pronóstico meteorológico para el resto del día, que vino a confirmar el de la mañana: a partir del ocaso tendríamos nieve. Es decir, que aún nos quedaban unas pocas horas de buen tiempo, aunque quizá no suficientes para llegar con buena luz a uno de los lugares más destacados de Islandia: Jökulsarlon, la laguna donde muere un glaciar. Entonces, ¿debíamos apresurarnos para intentar llegar esa misma tarde, o más bien tomárnoslo con calma, conducir despacio, pasar la noche en Höfn (a 80 km de Djúpivogur) y visitar Jökulsarlon a la mañana siguiente? Como es tan difícil hacer proyectos de viaje en Islandia, con esa climatología extrema y caprichosa y el impredecible estado de las carreteras, más en nuestro caso un coche que podía dejarnos tirados en cualquier momento, optamos simplemente por no proyectar nada: seguir conduciendo a nuestro aire y decidir sobre la marcha. Por suerte había varias alternativas para pasar la noche a lo largo de la ruta, y malo sería que ninguna de ellas nos cuadrase.

    ¡Y vaya si cambian, en Islandia, el clima y el paisaje!: en cuanto dejamos atrás el aletargado Djúpivogur, tras sobrepasar la primera curva amplia de la carretera, de repente pareció que estábamos en otro planeta… o, mejor dicho, de regreso a nuestro planeta: el aire templado, la tarde soleada y el campo un poco verdoso y sin un parche de nieve, pertenecían sin duda a la Tierra.

    Sueños de primavera en el suroeste
    Ya es primavera junto al mar, pero aún duro invierno en la sierra

    Por cierto que muchas de las montañas a lo largo de esta parte del Hring vegur están flanqueadas (cuando no formadas) por desnudos y altísimos taludes de piedra suelta; ingentes masas de cascotes vertidos desde cráteres o derramados desde prehistóricas alturas, al ser rotas y desmenuzadas las rocas por la erosión y los hielos. Y dichos taludes se forman naturalmente según la máxima pendiente para sólidos granulados, próxima al 90%; una pendiente vertiginosa que, al mirarla desde su base, produce un cosquilleo en el estómago semejante al de las alturas, y tiene uno la sensación de que podría caerse hacia arriba, suponiendo que tal cosa tenga sentido; una pendiente, además, muy poco estable, por lo cual hay constantes desprendimientos de roca en esa zona y es impepinable encontrarse con cascotes en mitad de la calzada; otra razón más para hacer de la conducción por Islandia casi un deporte de riesgo.

    A cierta distancia, esas laderas semejan la pezuña de un colosal ungulado.

    Taludes que parecen pezuñas gigantes

    Llevábamos, después de todo, un ritmo aceptable y cuando pasamos por Höfn, una de las alternativas de hospedaje que barajábamos, decidimos dejarla pasar confiando en que podríamos llegar hasta Jökulsarlon aún con luz. Y fue una suerte que así lo hiciéramos, porque a partir de Höfn comienza un tramo que es la mejor pasarela de Islandia para observar los glaciares desde la carretera. ¡Qué maravilla tan sobrecogedora, los glaciares! ¡Yo os canto, colosales masas de nieve acumulada y compacta, durante siglos, hasta convertiros en pétreo hielo de inquietante y extraño color blanquiazul, derramándoos desde las altas cuencas por valles que erosionáis con majestuosa lentitud!

    Uno de los muchos brazos del glaciar Vatnajökull

    Gracias al sol poniente y a un cielo sin nubes, no anduvimos escasos de extraordinarias vistas…

    Las montañas donde nacen los glaciares, al atardecer
    Las sombras del ocaso se ciernen sobre los valles

    …hasta que por fin llegamos al magnífico Jökullsarlón, la laguna donde el brazo más importante del glaciar Vatnajökull viene a morir, derretido por el mar.

    Vista desde un satélite de la lengua glaciar que muere en Jökulsarlon

    Cuando dejamos el coche y caminamos hasta la orilla del mar, nos quedamos asombrados: habíamos llegado a la hora precisa en que tiene lugar uno de los fenómenos más asombrosos que contemplarse puedan: la marea creciente entrando y fluyendo, con la fuerza de una torrentera, entre los dos brazos de tierra que encierran la laguna, y elevando con su empuje a los enormes bloques de hielo, pequeños icebergs desgajados del glaciar.

    La marea entrante llena la laguna y derrite el hielo

    Este es el breve vídeo que, a toda prisa, pudimos grabar en aquel momento:

    Así que sin proponérnoslo y ni tan siquiera saber de su existencia, habíamos llegado a una de las dos citas diarias que se da el glaciar con el océano. Frente a esa belleza todo se nos iba en exclamaciones de admiración mientras contemplábamos boquiabiertos el espectáculo: la agonía y muerte de un hielo formado, quizá, hace diez milenios.

    Jökulsarlón, una visita a la aurora de los tiempos

    Para quien tenga curiosidad, el proceso es como sigue: al subir la marea, el agua del océano entra en la laguna y empapa el hielo del extremo del glaciar, arrancándole enormes bloques que, con el paso de los días, van derritiéndose, desmenuzándose y menguando. Cuando las mareas son grandes, la entrada de agua por el estrecho es tan fuerte y rápida que parece un río que fluye hacia tierra. Benito yo pudimos ver cómo el agua provinientes del océano, de un bello azul marino, empujaba los grandes témpanos de hielo, se deslizaba bajo ellos formando pequeños vórtices y los alzaba en su flujo, humedeciéndolos y tornando su opacidad en transparencia.

    Bloques de hielo del glaciar en el ocaso de sus días

    Esta es otra toma que pudimos realizar antes de que la marea dejase de subir:

    Horas después, al descender la marea, el agua que ha entrado en la laguna se retira, fluyendo de nuevo hacia el mar y arrastrando consigo los témpanos que han menguado lo bastante como para caber por el canal. Muchos de ellos se pierden mar adentro a la deriva, donde acabarán de fundirse con relativa rapidez, pero otros quedan depositados sobre la negra arena volcánica de la playa durante días, adquiriendo formas extraordinariamente caprichosas.

    Los trozos del glaciar yacen sobre la arena en un contraste sublime

    Así año tras año, durante siglos y siglos, dos veces cada día el mar se cobra un pequeño mordisco del glaciar y lo incorpora a sí mismo, reclamando lo que es suyo, devolviendo, tras un ciclo de diez mil años, el agua congelada al lugar de donde salió: el océano eterno. Los restos de aquello que durante toda una era fue un orgulloso glaciar yacen ahora en la playa, exhalando su último aliento; una belleza natural sin parangón hasta el postrer minuto, que adorna con sus aristas de joya las negras arenas volcánicas, creando un paisaje tan insólito que no parece de este mundo.

    Lo que otrora fue un glaciar imita al diamante en sus últimos días de vida…
    …y el mar lametea estos diamantes hasta convertirlos en mar

    Estando allí, no pude evitar el impulso de morder y comerme un pedacito de ese hielo, haciéndome la ilusión de que, al incorporar a mi organismo aquellas moléculas desprendidas de las nubes diez mil años antes, me convertía con ellas también en prehistoria.

    Benito sosteniendo un hielo de diez milenios de antigüedad

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  • Episodio 4 (1ª parte): La Ruta Uno

     

    Cuando me desperté la mañana de nuestra cuarta jornada, al ver que el sol brillaba tras los cristales y al enterarme de las buenas noticias, el mundo parecía bastante más hospitalario de lo que se me había antojado la víspera: Benito estaba levantado rato ha y había llevado el Polo al taller, a la vuelta de la esquina, donde le dijeron que tenían el repuesto necesario y que tendríamos el coche listo en media hora.

    Entre tanto, disfrutamos de un desayuno lleno de optimismo en la luminosa sala del hostal, mirando la predicción del tiempo, planificando la ruta para el día y solazándonos con los rayos solares que entraban a raudales por la ventana y llenaban la estancia de radiante luz. La parte más dura de la carretera había quedado atrás, aquellos doscientos quilómetros de yerma y hermosa nada, las tierras altas del norte, y salvo por los primeros cincuenta quilómetros que nos tocaba hacer a continuación, el resto de nuestra pequeña odisea iba a discurrir casi por completo al nivel del mar y al alcance de los no tan fríos vientos del suroeste; factores ambos que minimizaban la posibilidad de encontrarnos con lo que, para entonces, habíamos aprendido a identificar como el peor enemigo: las dunas de nieve en la calzada. El pronóstico meteorológico era de nubes y claros hasta el atardecer y luego dos nevadas, ligera la primera y moderada la segunda; pero no nos preocuparon mucho porque en el litoral sur de la isla (hacia el que nos dirigíamos) había más vida, pueblos y lugares donde alojarnos; como que habíamos identificado ya sobre el mapa tres albergues alternativos (cualquier otro tipo de alojamiento le estaba vedado a nuestro presupuesto) en los que pasar la noche, dependiendo de a qué ritmo avanzásemos.

    Así que, empacado que hubimos nuestras cosas, recogimos el coche del taller y nos pusimos en marcha, dejándole la factura al dueño del coche. En Islandia la gente es tan benditamente confiada que basta una conversación por teléfono para zanjar un acuerdo. De modo que la cosas, después de todo, no habían salido tan mal; es decir que podrían haber salido mucho peor si la chatarra que habíamos alquilado se nos hubiese averiado cuando cruzábamos las montañas, en mitad de una ventisca o, simplemente, una víspera de festivo, sin talleres abiertos el día siguiente. Entonces sí que se nos habría chafado el viaje irremisiblemente y por completo. Fueron estas razones las que –soslayando la imposible evaluación del daño emocional y psicológico ya causado– nos llevaron a tomar la decisión de no pagar el alquiler del coche al término de nuestro viaje, aprovechando que no nos habían exigido aval de tarjeta de crédito. Hasta qué punto era o no una decisión justa sería cosa a debatir; pero aquello de lo que no cabía duda era que, si le pusiéramos una demanda a la empresa por alquilar un coche en tan mal estado, la broma les saldría bastante más cara.

    Confortándonos y conformándonos con estas consideraciones le dimos la espalda a Egilsstadir, e inconscientes de nuevo peligro alguno, osadamente confiados en la lógica de las cosas, retomamos nuestro itinerario por la ruta 1 dando por supuesto que, al ser la principal y más importante carretera del país, tenía forzosamente que ser objeto de minucioso y diario mantenimiento.

    ¡Y qué ruta más bonita, además! Según empezábamos a subir las primeras cuestas hacia nuevas regiones montañosas, en concreto hacia un puerto que sería ya el último de todo el viaje, nos cautivaron las espectaculares vistas de aquellos páramos desnudos, el poderío en blanco y negro de esa región perdida de la mano de Dios, las cien tonalidades de los helados paisajes lunares y la inquietante soledad del yermo con el que, en la distancia, la carretera parecía fundirse, o más bien que parecía tragársela, incorporarla a sí mismo.

    La carretera desdibujándose en el terreno

    Ahora bien, eso de la inquietante soledad de la carretera no era sólo lirismo expresivo, sino que nos dio qué comentar; nos resultaba chocante que estuviera tan extrañamente vacía. Desde que, cuatro días atrás, empezamos el viaje siempre habíamos ido encontrándonos con algo de tráfico en ella, e incluso durante el día en que atravesamos la hermosa pero desierta Nada, que además era domingo, no habíamos dejado de cruzarnos con algún que otro vehículo; pero… ¿ahora?; ahora llevábamos un largo rato al volante sin haber visto un alma, de cerca ni de lejos. ¿Acaso se nos había pasado algún letrero y nos habíamos confundido de carretera? Pero según decíamos esto vimos uno junto a un camino (¿y a qué clase de infierno helado podía conducir ese camino?) que vino a responder tal pregunta: no, no nos habíamos perdido; estábamos donde creíamos estar: sobre la ruta 1. Y sin embargo no se veía un sólo vehículo en todo el horizonte. Eso merecía detenerse un momento y salir para mejor considerar el asunto.

    Estudiando las rodadas sobre la nieve de la calzada nos dimos cuenta de que no había ningunas, salvo las nuestras, que fuesen recientes. Las otras databan como mínimo de dos días atrás, y desde entonces no había pasado nadie. ¿Qué clase de carretera era aquella que no veía un coche en dos días seguidos? Sonará fantástico, pero parecía como si hubiésemos cruzado inadvertidamente hacia otra dimensión del universo a través de algún hueco en la sustancia del espacio-tiempo o por algún engaño de la materia; como si estuviésemos contemplando un escenario, como si el paisaje que nos rodeaba, con aquella apariencia tan irreal, no fuese más que un decorado. Incluso el aire estaba absolutamente inmóvil; pese a la proximidad de las montañas no soplaba ni una brizna de viento…

    Pero dejando las fantasías aparte, ¿cómo era posible que nadie condujese a lo largo de esa parte del emblemático anillo islandés? ¿Dónde estaban los camiones con mercancías para los habitantes de Egilsstadir? Alguien tenía que suministrar las cocacolas y los condones al supermercado, ¿no? –razonábamos Benito y yo–. Y el correo, ¿es que nadie lo llevaba a los pueblos y granjas de la zona? Mas en este punto nos interrumpimos. Espera un momento –le dije–: ¿cuáles pueblos y granjas? Entonces escudriñamos el mapa que teníamos extendido sobre el capó y nos miramos el uno al otro; no hizo falta que nos dijésemos ni una palabra: en los pasados cuarenta quilómetros y los próximos cincuenta no había lugar habitado alguno. Los únicos puntitos indicando vida por aquel cuadrante de la isla estaban sobre la línea de costa, a lo largo de la cual discurría una carretera secundaria. Esto nos hizo comprender que cualquier tráfico que pudiese haber por aquella parte de la isla no tomaría por la ruta 1 que tan lógicamente creíamos haber escogido nosotros, sino por aquella otra carretera secundaria, que es donde había seres humanos, supermercados que aprovisionar, estafetas de correo donde hacer entregas y gasolineras a las que proveer. Así, pues, ¡nadie circulaba por aquí! ¿Era seguro continuar?

    Por desgracia, ya habíamos perdido mucho tiempo a causa de la ventisca del primer día y los problemas del coche; llevábamos retraso con respecto a nuestro programa inicial y no podíamos permitirnos –salvo que no hubiera otro remedio– dar la vuelta, desandar lo andado esa mañana y coger la otra carretera, que además era bastante más larga porque trazaba el contorno de la costa con sus fiordos. Por otra parte, insistíamos en creer que las autoridades no podían dejar de limpiar y dar mantenimiento a la ruta 1 por muy inhabitada que estuviese en aquel tramo. De hecho, hasta entonces la nieve que habíamos encontrado era compacta sobre el asfalto (muy castigado por los fríos) y se dejaba transitar francamente bien. De manera que subimos al coche y decidimos continuar en la misma dirección que traíamos. Si más adelante la cosa se ponía demasiado fea –dijimos– estábamos a tiempo de regresar, que desde luego sería mejor que quedarnos atascados en una carretera donde no se esperaba el paso de ningún ser humano quizá en varios días.

    Y no habríamos avanzado otros quinientos metros cuando, ¡plof!, sin darnos tiempo siquiera a reaccionar pasamos por sobre una de aquellas fatídicas dunas, tan indiscernibles (cegador blanco sobre blanco) de la nieve compacta. Ni muy extensa ni muy profunda, por suerte no había llegado a atraparnos, pero frenó al coche casi hasta detenerlo y eso fue suficiente para ponernos en alerta. Aunque sin confesárnoslo, ambos retrocedimos mentalmente a la ventisca del primer día y se nos vinieron a la memoria las desagradables emociones: la angustia, el viento, el frío y el miedo…

    Continuamos la marcha, pero ya mucho más despacio. Estábamos cada vez a mayor altura y eso significaba que era probable encontrar más y mayores dunas, pero pensamos que si conducíamos con el cuidado suficiente y no cometíamos ningún error, ningún problema serio nos amenazaba. Además, el puerto que habíamos de salvar no estaba mucho más adelante; tan sólo unos pocos quilómetros; y una vez pasado ya sería todo más fácil, pues las dunas no son tan temibles cuando se cogen cuesta abajo.

    Y tal como habíamos supuesto, pronto nos encontramos con la siguiente. Como íbamos muy despacio nos dio tiempo a detener el coche a un par de metros de distancia, y salimos a estudiar el terreno. Al contrario que otros parches de nieve, éste cubría toda la anchura de la carretera, así que no era posible rodearlo; tenía un espesor de medio metro y una longitud de aproximadamente ocho. Pequeño obstáculo, en apariencia, pero grande para nuestro minúsculo cochecillo. Si no conseguíamos superarlo, nos obligaría a abandonar nuestras expectativas para ese día y rehacer por completo nuestros planes de viaje. Pero la mañana era joven, aún teníamos la moral en buena forma y parecíanos que unos pocos metros cúbicos de nieve no podían ser un problema demasiado serio, de modo que nos pusimos a trabajar.

    Apartando la nieve de la carretera

    Con los pies apartamos la nieve a ambos lados hasta despejar un camino por el que pensamos podía pasar el coche. Después salté al volante y lo dejé caer unos sesenta metros, con objeto de ganar una inercia que sería esencial cooperadora para salvar el obstáculo. Era el momento de la verdad. Entonces metí primera, pisé el acelerador a fondo y me lancé hacia delante a todo lo que daba el coche. Al entrar en la duna, y aunque había ganado una buena velocidad, la nieve deceleró mi marcha como si estuviese conduciendo sobre arena, y por un momento, donde el espesor que había quedado era mayor y los neumáticos perdían apoyo, parecía que el íbamos a quedarnos atascados; pero por suerte el impulso que llevábamos fue justo lo necesario para rebasarla, y finalmente me vi al otro lado sobre terreno firme.

    ¡Prueba superada!

    ¡Habíamos superado la prueba! Gritos de júbilo. Ahora bien, si cada una de estas dunas iba a costarnos quince minutos de tiempo no llegaríamos a lo alto del puerto antes de que se echara la noche encima, de modo que aún no era prudente cantar victoria. Hacía falta que no encontrásemos muchas más como ésa, y ninguna mayor. Pero tuvimos suerte y se cumplió dicha esperanza, porque hasta lo alto del puerto ningún otro túmulo vino a estorbar nuestro progreso; el resto de la cuesta fue asfalto firme o nieve compacta. Justo arriba había una estación meteorológica al borde de la carretera, y paramos a hacernos algunas fotos junto a ella. Se nos ocurrió pensar que, muy probablemente, el técnico encargado de su mantenimiento sería la única persona que, como mucho una vez por semana, pasaba por aquel tramo de la Ruta 1.

    Benito al pie del anemómetro
    La cencellada se forma cuando las gotitas de agua subenfriada, arrastradas por el viento, se congelan instantáneamente al golpear un obstáculo más frío.

    Pese a la mañana soleada, en lo alto del puerto hacía viento y mucho frío, así que en cuanto nos fotografiamos nos metimos al coche y emprendimos la bajada. Pero sólo cien metros más adelante, tras doblar la primera curva, tuvimos que parar de nuevo, aguantando la respiración y boquiabiertos ante la vista espectacular, sobrecogedora, que se abría bajo nuestros pies. Dudo que un astronauta, ante la cercana contemplación de un planeta nuevo y extraño, pudiera sentirse más desconcerdado y perplejo, más estupefacto que nosotros frente aquella escena, el inmenso valle glaciar que se extendía a nuestros pies hasta el lejano océano, un paisaje de aspecto irreal, inmerso en una atmósfera azulada y tan densa que parecía poder tocarse.

    Sobrecogedor valle glaciar

    Era una imagen casi de ciencia-ficción, y nos impresionó vivamente. Alargamos el momento contemplándola, conscientes de que muy pocas veces en lo porvenir, o quizá nunca más, volveríamos a presenciar algo semejante. Éste era ese tipo de viaje que, como mucho, se hace una vez en la vida. Cuando, al cabo, recobramos el tono, continuamos el descenso hacia el interior de aquel inmenso y desnudo valle glaciar con el ánimo ligero, a sabiendas de que el puerto que acabábamos de remontar era el último de todo el viaje, y por tanto ya no quedaríamos atrapados en ningún fatídico túmulo de nieve. Cualesquiera que fuesen los nuevos peligros que nos aguardasen, al menos ya sería cuesta abajo y al nivel del mar.

    Pero poco nos duró este ánimo jubiloso, porque el próximo problema nos acechaba a la vuelta de la esquina. Desde hacía un rato veníamos notando un ligero olor a quemado en el coche, aunque yo no le había dado mucha importancia pensando que acaso se debía al momentáneo sobrecalentamiento del motor cuando, rato atrás, habíamos acelerado para sobrepasar aquella duna; pero como el olor persistía no pudimos seguir ignorándolo y se hacía necesario comentarlo, pues hasta ese momento ninguno habíamos dicho nada para no empañar al otro su optimismo. Así que estudiamos las posibilidades. Desde luego no podían ser los frenos, porque apenas habíamos tenido ocasión de usarlos. ¿Quizá el embrague? Plausible, pero el olor no era el típico del kevlar quemado; se trataba de algo un poco más familiar; algo que puede uno oler en la vida cotidiana de vez en cuando…

    ¡El cartón!, exclamamos a un tiempo; el cartón que habíamos colocado en la parrilla para paliar la ausencia de termostado en el circuito del agua. Pero ¿cómo era posible que se hubiera calentado tanto como para chamuscarse? No tenía lógica; pero, en fin, no era momento de andarse con cuestiones teóricas; algo podía estar quemándose bajo el capó y había que averiguarlo sin dilación, de modo que paramos nuevamente y echamos un vistazo. ¿Cuántos contratiempos no habríamos de sufrir en aquel viaje?

    En efecto, un débil hilillo de humo salía de algún lugar junto al radiador; pero en seguida vimos que no era el cartón lo que humeaba, sino el electroventilador. Se conoce que, con el traqueteo, aquél había ido desplazándose hasta que se metió entre las aspas de éste, inmovilizándolas; y al no poder girar, la corriente estaba sobrecalentando el bobinado del ventilador y quemando la laca que recubre al cobre. Eso era lo que olía: el barniz quemado. Había que actuar deprisa si no queríamos tener una avería mayor… en el supuesto de que estuviésemos a tiempo de evitarla. Teníamos que soltar los contactos del electro o bien liberar el giro de las aspas, pero ninguna de las dos maniobras era fácil sin herramientas, de las que –huelga decirlo– el Polo carecía. Los contactos estaban demsaiado apretados y poco accesibles; y por su parte el cartón, que era bastante resistente, se encontraba arrugado y medio roto, difícil de sacar de aquel lugar tan estrecho; de modo la operación nos llevó más de cinco minutos, pero cuando acabamos el ventilador seguía sin girar. ¿Habíamos actuado demasiado tarde?, ¿o es que durante aquel rato el agua ya se había enfriado y no requería el concurso del electro? No había forma de saberlo por ahora, pero era probable que a partir de ese momento estuviésemos en presencia de un nuevo problema mecánico: insuficiente refrigeración del motor.

    Con cada día de viaje las cosas habían ido poniéndose más interesantes y difíciles. ¿Qué nos esperaba aún?

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  • Episodio 3: La hermosa Nada

     

    Antes de comenzar el viaje, al preguntar en la oficina de turismo de Reikjavik qué había entre Mývatn y Egilsstadir (o sea el cuadrante nordeste de la isla), sin pensarlo un momento el empleado nos contestó: Nada, y al cabo de unos segundos añadió: pero es una Nada muy hermosa. Bueno, pues ahora nosotros estábamos a punto de comprobarlo, y deseando hacerlo.

    Era una esplendorosa mañana de sol cuando nos pusimos en camino hacia esa hermosa Nada. La chapucilla mecánica que le habíamos hecho al coche parecía lo bastante efectiva como para mantener al motor a una temperatura de funcionamiento razonable pese al frío, y esto bastaba para conservar medio templado el habitáculo; siempre y cuando, claro, no tuviésemos que afrontar nuevas ventiscas ni otras luchas contra la climatología.

    En estas condiciones pasamos las primeras horas, conduciendo a través de nevados paisajes donde los cristales de hielo reflejaban el sol con violento fulgor, multiplicando su luz, resplandeciendo en un millón de destellos. Como junto al lago Ljóavatn, por ejemplo.

    Ljósavatn

    Otro lugar impresionante, espectacular, es Godafoss, palabra islandesa que significa catarata de los dioses. Y bueno, qiuzá los dioses de Islandia tengan preferencia por los parajes siniestros y sombríos, pero la verdad es que, para nosotros, este lúgubre rincón del mundo, que evoca una fantástica edad del hielo, habría merecido mejor llamarse catarata de los demonios.

    Godafoss, las fauces de un infierno helado

    Y he aquí otra de las escenas, extrañas y hermosas, con las que el invierno en Islandia puede siempre sorprender al espectador. Se trata de una vista del deshielo en un curso de agua, donde es difícil hallar una referencia. ¿De qué tamaño son los bloques? ¿Tienen un metro o un decámetro?

    Comienza el deshielo
    Esto parece una nebulosa de ficción contra el cielo nocturno

    O como estas curiosísimas, caprichosas esculturas de nieve, que se forman con el polvo de hielo al soplar el viento a través de los barrotes del barandal. Con ellas bien podría hacerse un estudio aerodinámico.

    El viento moldea la nieve en caprichosas formas

    Ya pasaba del mediodía cuando llegamos al lago Mývatn, en una región volcánicamente activa en la actualidad (de las que hay varias en Islandia), que alberga unos cuantos cráteres, aguas termales superficiales y, lo más interesante, algunas áreas donde la tierra se nota caliente al tacto y despide vapores y humos azufrosos.

    La superficie helada y nevada del lago Mývatn, con un cráter al fondo

    Esta de arriba contrasta con la de abajo, un lago humeante que se encuentra a sólo unos quilómetros de distancia. Además de una central términa no contaminante, hay junto a él un pequeño complejo turístico; pero no hay que pagar ni un duro para darse un baño caliente en este entorno natural indescriptible.

    Planta energética geotérmica en un lago de aguas esmeralda

    Por desgracia, llevábamos el tiempo un poco ajustado y, si queríamos recorrer toda la isla en sólo una semana como planeábamos, no podíamos entretenernos aquí porque ya se  nos iría la tarde.

    Junto a los paisajes anteriores, otros de inmaculada belleza, en los que tan pródiga es esta isla. ¿No transmite una casi irresistible serenidad este lugar?

    A este lo bautizamos como “el lago de la serenidad”

    He aquí la tierra humeante de la que antes hablaba, donde la nieve nunca llega a cuajarse debido al calor del suelo.

    Tiera humeante

    En esta parte de la carretera anular, yendo en el sentido de las agujas del reloj, el pequeño complejo turístico del lago Mývatn es el último enclave habitado –y quizá habitable– sobre esta hostil isla volcánica de geología única en el planeta; y resulta impresionante el contraste que se experimenta entre la blanda tierra y las amables aguas cálidas de las proximidades del lago, por un lado, y los yermos, rocosos y desolados páramos que se extienden más allá: son ciento setenta y cinco quilómetros desiertos, sin más que lava, nieve, rocas y témpanos: esto es la hermosa Nada; la sobrecogedora belleza de un desierto helado.

    La hermosa Nada

    Y fue en esta hermosa Nada donde tuvimos nuestra cuota de aventura ese día.

    Según avanzaba la tarde, el cielo iba nublándose y oscureciéndose. El casi infalible Servicio Meteorológico islandés había pronosticado alguna nevada débil en la región, aunque las zonas más altas son muy impredecibles; y como la mayor parte de la carretera en este cuadrante discurre por tierras altas, a medida que avanzábamos íbamos inspeccionando lo más detalladamente posible las curvas de nivel en el mapa con objeto de identificar los puertos y saber dónde habría más peligro de ventiscas. Vigilábamos cada metro de subida o bajada, temerosos de que nos cogiera otra nevasca como la del primer día o, simplemente, de quedarnos atrapados en algún montículo de nieve apilada por el viento, sobre todo teniendo en cuenta que, al contrario que el primer día, este tramo no tiene casi ningún tráfico. Muy pocos islandeses se aventuran a pasar por aquí, ya que aquí nada hay; y no podríamos, pues, contar con ninguna ayuda en caso de problemas. Perspectiva poco halagüeña, pues quedarse atascado en mitad de la Nada (por muy hermosa que sea) en tales circunstancias podría tener muy desagradables consecuencias.

    Dos días atrás habíamos aprendido una lección de extrema importancia: por regiones muy frías se debe repostar siempre que se pueda, llevando el depósito lo más lleno posible. Así, si uno se ve obligado a pasar la noche en la carretera, puede al menos calentarse con el motor hasta que llegue algún rescate. Pero en esta ocasión fue otro problema el que  nos surgió, y de él extrajimos también la correspondiente enseñanza, como se verá.

    Hielo, roca y agua, los únicos amos de esta tierra

    Sabíamos que teníamos que pasar por dos puertos de montaña, aunque no supiésemos a ciencia cierta sus altitudes. Cuando nos acercábamos al primero, el viento empezó a arreciar y a pulverizar la nieve del terreno sobre la carretera, a rachas que semejan una tormenta de arena, lo cual ofrece siempre un espectáculo tan imponente a la vista como escalofriante al espíritu; y pronto empezamos a encontrar los consabidos montículos de nieve en algunas partes del firme, aquí y allá. Cada vez que uno de éstos se interponía en nuestro camino se nos encogía el corazón, pues bien habíamos aprendido a temerlos en nuestro primer día de viaje. Lo que los hace tan temibles no es tanto su tamaño o extensión, ya que a menudo no cubren todo el ancho de la carretera y puede hallarse algún paso, sino su impredecibilidad: pueden formarse y aparecer en cualquier parte, a la vuelta de una curva, en un tramo de niebla o detrás de una racha de viento cargada de nieve. En condiciones de luz muy difusa, como es frecuente cuando está uno inmerso en una densa nevada, las formas cubiertas por este blanco elemento pierden todo relieve y, aunque parezca increíble, no pueden distinguirse a la vista en absoluto; el ojo se queda sin referencias, como una sobrevenida ceguera: si no es por el tacto, no hay modo de saber qué está cerca o lejos, cuán alto es un cúmulo de nieve, qué hay detrás o delante, qué ondulaciones tiene el terreno; incluso ni siquiera se conoce la frontera entre el suelo y el aire, dónde acaba el elemento gaseoso y comienza el sólido; todo lo que el ojo puede percibir es una cortina blanca uniforme. Es la ceguera de la nieve. Y esa es la razón por la que no hay foto de este momento.

    Tras un largo rato de angustia conduciendo de esta guisa, sentimos no poco alivio al advertir que ya íbamos cuesta abajo, y lo celebramos con chistes y nerviosas risas de júbilo: el primer puerto quedaba atrás. Sólo nos quedaba uno por salvar, y después alcanzaríamos la costa y con ella, presumiblemente, el final de nuestro cupo de aprensiones para ese día. El segundo puerto era, además, menos alto que el primero, y aunque no supiésemos cuánto ni nos fuera posible hacer un pronóstico sobre su estado, estadísticamente al menos las probabilidades de encontrarnos allí con problemas eran menores.

    Y parece ser que tal aproximación estadística fue, al menos por esta vez, acertada, porque sobrepasamos el puerto sin mayor contratiempo, aunque sólo pudimos respirar verdaderamente aliviados cuando, por fin, vinos el azul oscuro del mar tras una curva. Entonces sí que dimos pábulo a nuestra alegría.

    Pero no nos duró mucho, porque fue entonces cuando un chivato rojo se encendió en el salpicadero advirtiéndonos de que algo importante acababa de estropearse en aquel astroso cochecillo; era el chivato del alternador indicando falta de carga. Probablemente se había ido la correa, en cuyo caso el suministro eléctrico para las luces y las bujías se tomaba de lo almacenado en la batería, que, no teniendo cómo reponer su carga, empezaría a agotarse inexorablemente. En otras palabras: a partir de ahora el motor funcionaría sólo durante un período de tiempo bastante limitado, hasta que la batería se descargase del todo. A partir de ahí, el silencio, la oscuridad y el frío serían los únicos señores. Una perspectiva muy poco halagüeña.

    Ahora bien, ¿a cuánto ascendía ese tiempo bastante limitado? Estimé que entre quince minutos como poco y una hora como mucho, pero no supe hacer un pronóstico más preciso. Para aquella tarde habíamos proyectado llegar a Reydarfjördur, donde hay un albergue de precio asequible; pero eso quedaba aún a cincuenta quilómetros de distancia, lo cual, al lento ritmo impuesto por las condiciones climáticas y por la carretera significaba cerca de una hora. Podíamos arriesgarnos, pera era demasiado azaroso; quizá no pudiésemos llegar tan lejos, si la batería se nos agotaba antes; y entonces sí que tendríamos un serio problema, Houston. De hecho, concluimos que nos podíamos dar con un canto en los dientes si el asunto nos daba para llegar a la localidad más cercana, Egilsstadir, a unos quince quilómetros. Así que eso resolvimos.

    Para mejor garantía de alcanzar esta cercana meta, y pese a que el crepúsculo se aproximaba por el este, optamos por apagar las luces de posición, ahorrándonos así algo de fluido eléctrico; y de este modo precario condujimos, con el ánimo sombrío; esperando la suerte y preparándonos para el infortunio.

    Lo primero llegó antes; la suerte, quiero decir, pues al cabo de quince minutos cruzábamos ya el puente de Fellabaer y enfilábamos la recta que lleva hacia las luces de Egilsstadir. ¡Estábamos a salvo!

    Ahora bien, nos quedaba aún por saber dónde íbamos a alojarnos y cómo repararíamos el coche el día siguiente. Aun a riesgo de no poder volver a arrancar el motor, dado el fuerte tirón de corriente que necesita el arranque, aparcamos junto a un supermercado para echar un vistazo bajo el capó y valorar los daños. Nos bastaron cinco segundos para confirmar la avería: el alternador había perdido la correa por el camino. No pudimos evitar hacer ciertos cálculos: a juzgar por lo cochambroso que estaba el coche y teniendo en cuenta lo mucho que el frío preserva al caucho, quizá no habían cambiado la correa en los últimos… ciento cincuenta mil quilómetros; más aún: quizá no la hubiesen sustituido nunca en la vida del vehículo. Era una inaceptable falta de responsabilidad por parte de la compañía de alquiler, aunque fuese la más barata del país. Esto nos cabreó tanto que hasta consideramos la posibilidad de dejar el coche en una cuneta; en cualquier caso, se imponía una conversación muy seria con el encargado, si no una denuncia en toda regla.

    Mientras tanto, nos acercamos hasta la gasolinera del pueblo para preguntar por algún taller mecánico y también algún alojamiento. Aquí nos sonrió la suerte, pues a sólo tres minutos había dos hostales y dos talleres. Mirando las cosas objetivamente, había que admitir que habíamos sido afortunados, ya que Egilsstadir resultó ser el único pueblo con servicios en trescientos quilómetros a la redonda; si había un lugar donde podíamos encontrar mecánico y piezas de repuesto, allí habíamos ido a parar. Dadas las circunstancias, no se le podía pedir más a Fortuna. Aunque se nos había chafado el plan original de viaje, al menos habíamos salvado el día.

    Cuando hablamos por teléfono con el dueño del coche, en vista de nuestra indignación aceptó pagarnos el alojamiento aquella noche, que era en realidad lo menos que podía hacer. Con este asunto resuelto, y encontrado que hubimos uno de los talleres del pueblo (casualmente, justo en las traseras del edificio donde estaba nuestro hospedaje), ya pudimos dedicar el resto de la tarde a nosotros mismos. Cenamos una sabrosa y nutritiva sopa de champiñones, nos dimos una larga caminata por la carretera (sin cruzarnos con un sólo coche, lo que daba una idea del escasísimo tráfico en esa parte de la isla) y nos tomamos una merecida cerveza en la limpia y ordenada quietud de nuestro albergue, tras comprobar que el único bar abierto del pueblo estaba desierto.

    Pese a los momentos de aflicción pasados y el fastidio de no haber podido visitar Eydarfjördur como teníamos proyectado, no podíamos dejar de felicitarnos por lo bien que habían ido las cosas y por nuestra relativa suerte.

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  • 65 º norte. Episodio 2: Akureyri

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    Akureyri, la segunda ciudad de Islandia

    Al fondo del Eyjafjördur, en la costa norte de Islandia, Akureyri es una encantadora y tranquila pequeña ciudad, que con sus diecisiete mil habitantes resulta la segunda más “grande” del país, después de Reikjavik, diez veces mayor.

    Eyjarfjördur

    Tras la penosa aventura que pasamos en nuestra primera jornada de viaje, dedicamos la segunda a reponer fuerzas, hacer fotos, relajarnos en la piscina, buscar alguna solución para los problemas del coche (intentando de paso sacar una rebaja en el precio del alquiler), replanificar nuestro viaje, encargarnos de alguna que otra cuestión menor y salir a por una merecida cerveza.

    Puerto pesquero de Akureyri
    Carámbanos en los tejados

    Tradicionalmente, los caballos han sido animales muy importantes en Islandia, pues han jugado un papel esencial en su historia. Con una gran fortaleza y resistencia a climas muy fríos, la recia, pequeña y peluda variedad equina de esta isla ha ayudado a sus habitantes durante siglos a sobrevivir, bien como fueraza para trabajar la tierra, como único medio de transporte o como último recurso contra el hambre durante los años o inviernos más duros. Por eso no debería asombrarnos el respeto, casi veneración, que esta gente siente por ellos. Sin embargo, con el advenimiento de la maquinaria y con la creciente mecanización del campo, hoy en día no puede dársele mucho uso a tantísimo caballo como aún se cría aquí, excepto como recurso turístico y medio de esparcimiento en el campo de la equitación durante los cortos meses del verano subártico. Pero hay muchísimos más caballos que los que para esto se requieren. ¿Qué hace Islandia con el resto de su cabaña?

    Cuando pregunto a los lugareños, lo primero que me dice es que los usan para montar, pero cuando les señalo que, pese a ser la equitación aquí tan popular, la cifra de caballos es muy superior a las necesidades de monta, me dicen que también se los usa a veces para trabajos de granja; y sólo tras insistir un poco más en que setenta y cinco mil caballos en un país de trescientas mil personas son muuuuchos caballos incluso teniendo en cuenta los dos usos mencionados, mis interlocutores admiten a regañadientes que… bueno… los que no sirven para una u otra función son enviados a los mataderos de la industria cárnica. ¡Acabáramos! Es decir, que se los comen. Pero resulta evidente que a los islandeses no les gusta admitirlo, y que prefieren incluso ignorarlo, quizá porque –como ellos dicen– “uno no se come a sus amigos”, que es como el sentir popular, muy justificadamente a causa del legado histórico, considera a estos fieles compañeros de isla.

    Pero Benito y yo no tenemos amigos que sean caballos, así que probamos su carne en un restaurante y he de decir que la encontramos bastante buena: tierna, con un sabor suave, casi algo dulce, y además muy barata, seguramente porque aún muchos islandeses rehúsen comer caballo.

    Paso hacia las piscinas descubiertas (Akureyrar sundlaug)

    Con dos piscinas descubiertas climatizadas (una para bañarse o jugar, otra para nadar como Dios manda), dos toboganes de agua, cuatro piletas calientes exteriores y una sala con baño de vapor, las modernas instalaciones acuáticas de Akureyri son un verdadero privilegio; pero apuesto a que, en cualquier otro país, si hubiese algo similar se consideraría una extravagancia de máximo lujo y sería diez o veinte veces más caro. Pero incluso, caso de haberlo, uno nunca podría experimentar las mismas sensaciones que en Islandia: nadar bajo una nevada en una piscina exterior con el agua a 28 ºC, bañarse en una pileta a 42 ºC mientras los copos de nieve se te posan en la cabeza, la cara y los hombros, o alternar baños de vapor a 65 ºC con unos minutos “tomando el fresco” a –8 ºC en la nieve, son experiencias únicas; y te dejan el cuerpo tan relajado que luego puedes dormir doce horas de un tirón.

    Akureyrar sundlaug
    Es fácil adivinar cuál de los cuatro era nuestro coche

    En cuanto al coche… hablamos por teléfono con el hombre del alquiler para pedirle explicaciones y nos dijo que lo disculpásemos por haber “olvidado” mencionar que el motor no llevaba termostato (razón por la cual no funcionaba la calefacción interior, ya que el agua de refrigeración del motor nunca llegaba a calentarse lo suficiente); un pequeño detalle sin importancia; es decir, un descuido muy negligente, de lo cual el tipo ni siquiera parecía darse cuenta. En resumidas cuentas, y descartada la posibilidad de llevarlo a un taller por el tiempo que nos haría perder, la situación era la siguiente: o bien teníamos que abandonar nuestro proyectado viaje, ya que no es buena idea cruzar el invierno islandés sin calefacción en el coche, o que improvisar alguna chapuza; y esto último es lo que hicimos, estrangulando con un alambre fuerte el manguito del agua hacia el radiador y, al mismo tiempo, colocando cartones en la parrilla para evitar el efecto refrigerante del aire.

    Chapucilla que le hicimos al Polo

    Para completar esa jornada de ocio y descanso, por la noche tuvimos la suerte de ver la luna llena más grande y brillante de los últimos años –a decir de los noticiarios– reflejada sobre el mar en calma, y las luces de Akureyri espejadas en las aguas del fiordo.

    Akureyri según el agua
    Luna llena sobre Eyjafjördur

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  • 65º norte. Episodio 1: La ventisca

    65º norte. Una vuelta a Islandia

    En cierto modo, esta es una historia sobre círculos. Tiene lugar a 65º norte, justo bajo el círculo polar ártico. Da cuenta de un viaje alrededor de la carretera circular islandesa (Ring Road), la Ruta 1. Y concluye en el muy turístico Círculo Dorado. El lector, además, podrá encontrar en su lectura otras asociaciones relativas a circuitos y a correas circulares.

    Episodio 1: La ventisca

    El pronóstico del tiempo y las condiciones de la carretera eran favorables: predominio de cielos poco cubiertos, alguna ligera nevada en las cumbres, que estarían transitables salvo algunos parches de hielo; de modo que nos pusimos en marcha una gélida y parcialmente nubosa mañana en nuestro pequeño y baqueteado Volkswagen Polo: un coche de alquiler barato y desvencijado, con demasiados quilómetros, muy poco mantenimiento y una serie de desperfectos menores: sin freno de mano, la puerta del piloto destartalada, el respaldo del copiloto atorado, y otros que fueron apareciendo. Pero, en fin, íbamos a conducir todo el tiempo por la principal carretera de Islandia, la Ruta 1, objeto de limpieza y mantenimiento diarios, de modo que no necesitábamos mejor vehículo para eso. O así lo creíamos.

    Reykjavik, justo antes de empezar el viaje.

    Así que allá vamos. Nuestro punto de partida: Reykjavik. Nuestro destino para el primer día: Akureyri, la segunda ciudad más grande de Islandia con 17.ooo habitantes. Durante las primeras horas nos encontramos con una carretera a tramos limpia y en otros cubierta con nieve bien compacta, que tiene buen agarre (contra lo que podría creerse).

    Primer destino: Akureyri, 357 km.
    La nieve compacta es tu amiga

    Durante un buen tramo disfrutamos felizmente de espléndidos paisajes blancos bajo los ocasionales rayos del sol, a través de granjas y llanuras donde con frecuencia se ven tropillas de caballos, que nunca pierden una ocasión para dar la bienvenida a cualquier turista y conseguir quizá un terrón de azúcar.

    Kollafjordur
    Amistosos caballos islandeses

    Aunque la temperatura no era muy baja (tres o cuatro bajo cero), el viento hacía que la sensación de frío fuera muy intensa. Salir del coche para hacer una foto significaba unos instantes de mucho frío, dolorosos para las manos, porque con guantes de invierno ¿quién puede manipular una de esas pequeñas cámaras digitales?

    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    No llevábamos mucho tiempo conduciendo cuando nos hizo señales un autoestopista y nos detuvimos. Jacob, un joven mochilero alemán que recorría la isla en solitario, se dirigía también a Akureyri. Subió al asiento trasero y continuamos viaje conduciendo despacio, parando cuando nos apetecía para hacer algunas fotos o tomarnos un sandwich en alguna estación de servicio. El único inconveniente era que, al carecer de freno de mano y con el respaldo del copiloto atascado, para que nuestro pasajero pudiera bajar teníamos que parar el motor, engranar primera y bajarse el conductor, de modo que el viajero pudiera salir por la puerta izquierda. Un engorro. Pero no había prisa; teníamos todo el día por delante y montones de pintorescos paisajes que fotografiar.

    Una granja islandesa
    Curiosamente, la nieve seca se comporta como arena

    Islandia es un país muy poco poblado, la mitad de cuyos habitantes vive en el área del gran Reykjavik, de manera que en cuanto te alejas de la capital hay muy poco tráfico en la carretera, lo cual no es muy tranquilizador si consideras la posibilidad de un accidente o incluso una avería.

    Vista subártica
    El viento empieza a arreciar

    Según nos aproximábamos a las tierras altas la luz iba disminuyendo lentamente y el viento arreciaba con rapidez, soplando a la nieve arenosa de los campos vecinos sobre la carretera, donde se apilaba en algunos lugares, principalmente junto a los quitamiedos, que suponen un obstáculo a su paso. Las máquinas quitanieve con que nos cruzábamos, o incluso los camiones, levantaban tal nube de nieve pulverizada que el parabrisas se nos cegaba en un instante, y nos quedábamos sin visibilidad durante dos eternos segundos hasta que los limpias la barrían el polvo blanco a un lado. En el primer puerto que coronamos, como el viento soplaba aún más fuerte, la carretera aparecía parcialmente bloqueada por los dichos montículos de nieve, y hubo un par de ocasiones en que temimos podríamos quedarnos atascados en alguno de ellos; pero el Polo resultó ser más eficaz de lo que parecía y, al ver que pasamos los obstáculos sin mayor problema, nos sentimos aliviados y hasta nos reímos de nuestras propias aprensiones y miedos.

    Antes de llegar al segundo puerto, más alto que el anterior, algunos de los vehículos con que nos cruzamos nos daban ráfagas, y según nos preguntábamos la razón nos dimos cuenta de que el salpicadero no estaba iluminado, pese a que el interruptor de las luces estaba dado, lo que significaba –concluimos– que los faros del condenado coche de alquiler no funcionaban, y por tanto no podríamos seguir conduciendo una vez que se hiciese oscuro. Como aún faltaban dos horas para llegar a Akureyri, decidimos dejar de perder el tiempo, no hacer ninguna parada más y acelerar para llegar lo antes posible.

    Pero apenas dos quilómetros más allá el cielo se nubló por completo y de repente, en menos que se persigna un cura loco, nos vimos en mitad de una ventisca. La visibilidad se redujo de manera drástica no sólo por la nieve que bajaba de las nubes (aunque a veces parecía más bien subir), sino sobre todo por la que el viento, en fuertes rachas, barría desde las inagotables reservas almacenadas en las extensas llanuras del erial circundante, en las montañas, por doquiera, y las arrojaba sobre nuestro parabrisas.

    La última foto que tuvimos humor de hacer ese día

    Pese a todo, aún el asfalto estaba transitable y durante un rato seguimos avanzando, ya que la merma de visibilidad no era insalvable obstáculo al tráfico; eso sí con la precaución de conducir despacio para evitar salirnos de la calzada por falta de visibilidad, ya que ni siquiera alcanzábamos a ver los postes amarillos que, para servir de guía, jalonan ambos márgenes de la carretera.

    Cuando por fin coronamos el segundo puerto nos encontramos de sopetón en un trecho donde el viento había apilado tanta nieve en la carretera que, en algunos lugares, tenía casi un metro de altura. La mayor parte de la calzada estaba bloqueada, si bien al ser la capa muy irregular podían aún encontrarse algunas zonas del asfalto por donde el coche podía seguir avanzando; e incluso en algunos tramos, por esos extraños caprichos del viento y la orografía, el pavimento aparecía totalmente limpio. Había un Golf rojo delante de nosotros, y yo sin ver apenas nada me limitaba a seguir sus luces de posición, confiando en que se tratara de un conductor habilidoso con la experiencia suficiente como para elegir el mejor camino. Pero pronto esta esperanza se demostró infundada: en un abrir y cerrar de ojos el Golf se había quedado atascado.

    Me detuve algunos metros tras él y esperamos a ver qué ocurría. Si era capaz de salir de allí, nosotros quizá podríamos –aunque nuestro coche era más bajo– intentar seguir sus rodadas y continuar avanzando. Pero el Golf no se movía ni un centímetro, así que decidimos salir del Polo e intentar ayudarlo. Así nos aventuramos los tres bajo la intensa ventisca y nos dirigimos hacia el otro coche. El carril izquierdo parecía un poco más despejado, pero el conductor del Golf se había metido de lleno en un lugar donde la nieve tenía dos o tres palmos de altura. Si tan sólo pudiésemos empujarlo dos metros hacia la izquierda, remontar una pequeña duna central, podríamos sacarlo de allí; pero esto era mucho más fácil de pensar que de hacer. Con las botas y las manos enguantadas escarbamos parte de la nieve bajo sus neumáticos y luego tratamos de empujarlo, pero no se movió. Inexpertos en esas lides, no lo estábamos haciendo bien, como habríamos de aprender muy pronto. Lo único a que nuestros esfuerzos condujeron fue a cansarnos, empaparnos y aterirnos. En vista del fracaso decidimos intentar sacar primero nuestro propio coche, marcha atrás, del atolladero; pero el éxito fue idéntico: no lo movimos ni un palmo. A una voz nos refugiamos otra vez dentro para tomar aliento, intentar calentarnos y pensar con calma.

    Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la calefacción del Polo no funcionaba: el indicador de agua-motor marcaba una temperatura anormalmente baja, y el aire que salía por los conductos de ventilación apenas estaba ni medio templado, de modo que no sólo no podíamos calentarnos, sino que ni siquiera bastaba a descongelar el parabrisas, que empezaba a opacarse por fuera a causa de la nieve y por dentro a causa del vaho. Muy pronto no se vería ni un pimiento.

    Mientras deliberábamos sobre qué hacer, se nos acercaron dos tipos que se habían bajado de un todoterreno llegado tras nosotros, y nos dieron algunas instrucciones. Parecían saber bien lo que hacían y les obedecimos de buen grado. Primero los ayudamos a sacar al Golf de su atasco, empujando a cortos y rítmicos impulsos: ¡uno, hop!, ¡uno, hop!, ¡uno, hop..! Así varias veces hasta que, ¡voilá!, el Golf se liberó y pudo ganar el carril izquierdo. ¡Hurra! Después nos ayudaron con el Polo de la misma forma, y un minuto más tarde estábamos también listos para intentar seguir avanzando. Antes de volver a su todoterreno, los hombres nos dieron algunos consejos que escuchamos con gran atención: “Avanzad palmo a palmo. Si la visibilidad se reduce tanto que no véis la carretera ni el siguiente poste amarillo, no os mováis. Esperad a que mejore un poco y entonces seguid un poco más allá, eligiendo siempre lo mejor de la calzada.”

    Cuando nos dispusimos a continuar, el Golf había desaparecido ya de nuestra vista. La tormenta lo había engullido. Puede que se hubiese alejado bastante o que estuviese sólo a diez metros; ¡tan poco se veía! En su lugar, ahora seguíamos al coche de nuestros salvadores, cuyo copiloto iba delante, a pie, indicándole al otro por dónde avanzar. A ratos yo no veía absolutamente nada, pese a que Benito se dedicaba en todo momento a limpiar la escarcha interior con las manos heladas enfundadas en los guantes mojados. Entretanto, nuestro autoestopista se había acurrucado en el asiento trasero, totalmente descorazonado, como una avestruz que mete la cabeza bajo tierra al avistar un peligro. Pese a todo, al final no tuve más remedio que conducir con la ventanilla abierta y la cabeza por fuera, aunque el frío y la nieve de inmediato se nos colaron dentro, dejándonos helados. Para colmo empezaba a oscurecer y no teníamos luces.

    No habíamos avanzado mucho más (quizá cincuenta metros, acaso cien, ¿quién sabe?) cuando otra vez nos quedamos atascados. Los nervios, el viento enloquecedor, la nieve cegadora y el aire gélido nos provocaban una angustiosa sensación de pesadilla, y durante un rato, al igual que en una pesadilla, perdí la noción del tiempo y el hilo de los sucesos. Hay fragmentos del episodio que no soy capaz de recordar. Quizá mi memoria ha preferido extinguirlos. Recuerdo haber salido otra vez del coche a la ventisca, quitar nieve frenéticamente con las manos, empujar un vehículo azul para liberarlo del terrible abrazo blanco. Recuerdo las voces y los gritos, sofocados por el ruido del viento; y a Jacob luchando denodadamente, resbalando sobre el hielo, para poder cerrar la puerta del Polo contrarrestando la fuerza del aire. Me recuerdo moviendo como un loco, casi al tuntún, la palanca de cambios entre primera y marcha atrás para intentar balancear el Polo; luego, por segunda vez, unos hombres sacándonos de la trampa de nieve; mis pantalones calados por completo y congelada el agua en ellos; la punta de mis dedos tan fría que ya no podía sentirlos, e intentando calentarlos en la débil corriente de aire de la averiada calefacción…

    Cuando recobro la memoria estamos parados de nuevo, pero no atascados. Es el momento más intenso de la ventisca. El Golf rojo aparece otra vez al alcance de la vista, muy cerca, también parado y supongo que atrapado. Hay otros vehículos. A unas decenas de metros por delante un jeep remolca un coche pequeño. La escena es un poco caótica y nadie se cuida de nosotros ahora. Alguien nos ha pedido que nos hagamos a un lado para dejar pasar a varios todoterrenos que, con sus grandes ruedas, abren un camino que con rapidez la ventisca va cerrando otra vez; pero no nos atrevemos a intentar ponernos sobre sus rodadas porque de ellas nos separa una duna en la que sin duda nos atascaremos otra vez. Consternados, vemos cómo los 4×4 se alejan y desaparecen entre la nevada, seguidos por todos los demás coches, incluyendo el Golf rojo. Nos hemos quedado solos; nos han dejado a nuestra suerte.

    Ya no queda nadie a quien pedir ayuda en caso de urgencia, y el crepúsculo avanza. No podemos aventurarnos a un nuevo error; debemos extremar la cautela a cada metro que avancemos; así que en vez de dejarnos la vista tras el parabrisas, apenas translúcido ahora, Benito sale del coche y va caminando o trotando delante, guiándome por los lugares menos malos. Yo lo sigo a apenas uno o dos metros, sin ver nada frente a mí salvo el bulto oscuro: sus pantalones están totalmente congelados, su abrigo y su gorro de invierno cubiertos de nieve. Con los brazos me apunta en esta o aquella dirección. De cuando en cuando mira hacia atrás para ver si lo voy siguiendo y para evitar que me acerque demasiado. Avanzamos muy despacio, pero las condiciones parece que mejoran poco a poco. Cuando ya no aguanta más, Benito sube al coche. Nos encomendamos a la suerte, aunque hay al menos una buena noticia: resulta –me dice– que las luces funcionan.

    Llevamos un rato descendiendo colina abajo (aunque sería difícil decir cuánto tiempo) y el viento ha amainado algo, la carretera aparece un poco más limpia, la ventisca es más débil. Ganamos velocidad y, con cada nuevo quilómetro recorrido, las cosas se ponen mejor, hasta que por fin nos sentimos más o menos seguros. Parece que hemos dejado la ventisca atrás. Al ver que la carretera continúa descendiendo nos sentimos tan aliviados que nos entra una risa histérica. ¡Lo hemos conseguido!

    El mapa topográfico nos decía que aún quedaba otro puerto por sobrepasar antes de llegar a nuestro destino y, en efecto, empezamos a encontrarnos de nuevo, a ambos lados de la calzada, con el mal agüero de los parches de nieve que hemos aprendido a temer tanto. Pero en esta ocasión no tan altos ni extensos, y finalmente pudimos llegar a Akureyri sin nuevos contratiempos, mojados y ateridos de la cabeza a los pies, pero vivos. Una larga ducha caliente, ropa seca y una taza de té nos ayudan a recuperarnos del todo.

    Limpios, secos y calentitos. Una merecida taza de té.

    Aun así, durante horas no acabábamos de creer el mal rato que habíamos pasado ahí arriba en las montañas. Al comentar después el episodio, comprendimos por qué aquellos primeros vehículos con que nos cruzamos nos daban las largas: no era una queja por no llevar luces, sino una advertencia para que no nos aventurásemos más allá con ese coche tan pequeño.

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