Freelander

Categoría: Relatos

Algo parecido a la literatura

  • Atardecer en Cracovia

    Fue una de las tardes más tristes de mi vida, creo.

    Paseábamos en silencio por el caduco parque Bernardskiego y, como quien se desangra, con cada paso que dábamos una mayor lasitud nos vaciaba. Era como un tácito adiós.

    En la tarde anaranjada que moría, fuimos a sentarnos sobre las gradas de piedra, medio en ruinas e invadidas por la hierba, de un centenario campo deportivo. Allá, al otro extremo, unos hombres jugaban al balón y sus voces dispersas, indistintas, acentuaban el silencio y nos aislaban incluso de nosotros mismos.

    La alegría de la víspera subrayaba aún más el aciago fracaso de aquella jornada: habíamos acordado pasar unos días juntos para volver a intentarlo por última vez; pero, como siempre, pasada la excitación y el entusiasmo de las primeras horas, aquella mañana habíamos discutido y durante todo el día un vacío elocuente y pertinaz, cargado de nostalgia e impotencia, se instaló entre nosotros dejándonos indefensos. Demos un paseo, había propuesto ella para escapar de aquel infierno de sentimientos muertos.

    Amparados por las voces de los jugadores, perdidas en la nada nuestras miradas, veíamos caer los minutos como campanadas de duelo. Le dije te alejas de las personas que te quieren porque crees que no mereces ser feliz. Le dije pero no has de expiar ningún pecado, tienes tanto derecho a la felicidad como cualquiera. Ella me miró con una sonrisa llena de ternura pero tan triste como la vida, y entonces vi, con total desolación, cómo su amor se iba ocultando segundo a segundo -el sol poniente de la tarde que nos amparaba- tras aquellos grandes ojos claros; cómo su cariño se me escapaba, cual gorrión huye de la mano, sin sin poder hacer nada para detenerlo.

    El silencio habló por nosotros aún algunos momentos, hasta el final del crepúsculo. Entonces, ella se inclinó para besarme en la mejilla: por las suyas, dos gruesas lágrimas, derramándose desde sus largas pestañas, dejaban el rastro brillante y salado del desamor.

  • Ambrosio

    .

    Ambrosio Montalvo Galván tenía 33 años. Circunstancia que, en principio, a nadie tendría por qué extrañar, con tanta gente como hay en el mundo a la que le sucede lo mismo, pues tener 33 años no es cosa nueva, nada que se haya inventado recientemente, capricho del azar u objeto de la moda, ni resulta un hecho antológico o excepcional. Sin embargo, la particularidad del caso de Ambrosio Montalvo Galván, lo que lo convertía en extraordinario (si bien, como se verá enseguida, para Ambrosio resultaba el hecho más ordinario de su vida), era que se trataba de una edad inmutable, permanente, ajena por completo a la existencia del calendario. Su edad no era una f(t), una variable función del tiempo, sino una C, una constante inalterable, aunque no eterna. Y es que Ambrosio Montalvo Galván, por asombroso e increíble que nos parezca, siempre tuvo 33 años.

    Por supuesto, no faltarán quienes, depositando una confianza ciega en el progreso, traten de explicar tan incomprensible fenómeno apelando a la posibilidad, remotísima pero no descartada, de que los avances en la ingeniería genética, la bioquímica o cualquier otra rama afín de la ciencia hubiesen permitido la artificial conservación indefinida de los individuos. Pero no. Contra nuestro deseo, tendremos que privar a tan bienintencionados lectores del consuelo que una explicación proporciona; pues lo paradójico, lo absurdo, lo verdaderamente inconcebible del caso era que Ambrosio, que tenía permanentemente 33 años, envejecía sin embargo como cualquier otro mortal: el tiempo, que para nada influía en su edad, afectaba, no obstante, normalmente a sus células.

    Sí, amigos míos: Ambrosio Montalvo Galván ya tenía 33 años cuando nació, en lugar incierto y tiempo -por supuesto- desconocido. Los tenía cuando su rostro impúber empezó a recibir las fastidiosas visitas del acné y sus crueles compañeros de clase hacían incesante burla de la edad que, con tímida reserva, manifestaba al ser preguntado. 33 años tenía cuando los aparentaba, y también antes y bastante después, lo cual le sirvió para granjearse inmerecida fama de mirliflor. Seguía teniéndolos cuando, a causa de las oscuras circunstancias de su nacimiento, hubo de pelear denodadamente, pero sin éxito, contra una burocracia administrativa que se negó a concederle la pensión de jubilación; y aún los tenía, 33 años como 33 soles, cuando los achaques de la salud se lo llevaron de este mundo.

    Sus seres queridos, sabedores de su pequeño drama personal, no vacilaron en escoger el epitafio:

    Ambrosio Montalvo Galván.

    Muerto a los 33 años de edad.

    Dios lo acoja en su seno.

    Y estos son hechos que, nos guste o no, tenemos que creer. Reputarlos inverosímiles o mirar hacia otro lado no nos servirá para alterar en lo más mínimo su verdad.

  • Perros verdes fritos

    Aunque parezca algo grotesco, lo siguiente es el extracto de una conversación real.
    Hablan una mujer y un hombre en un bar de alterne. La primera intervención es de ella.


    -No comprendo cómo puede haber gente que maltrate a los perros.
    -Seguramente es gente enferma, que no está mucho en sus cabales.
    -He estado consultando una página de internet y he aprendido que tu país es uno de los peores en ese aspecto.
    -Me lo creo. Hay gente muy mala por ahí.
    -Pero es que no hay derecho a que se maltrate a perros inocentes.
    -Tienes razón. Por supuesto que no lo hay. Ni siquiera a perros culpables.
    -¿Qué tontería estás diciendo? No hay perros culpables. Todos los perros son inocentes.
    -Ya. Bueno, en ese caso sobra lo de “inocentes”. Basta, entonces, con decir “perros” para que la inocencia se dé por añadidura.
    -Sí, claro. A eso me refería: a que no hay dereho a maltratar a los perros. De todas formas dije lo de “inocentes” para subrayar el hecho de que no tienen ninguna culpa.
    -Comprendo. Y estoy de acuerdo: nadie debería maltratar a los perros; ni a los animales en general. Todos los animales son inocentes. Quien lo hace es un enfermo.
    -Yo tengo dos mascotas en casa, y soy una defensora acérrima de los perros… y de los gatos.
    -Me parece encomiable, aunque un poco restrictivo. ¿Por qué sólo perros y gatos? Nadie debería matar tampoco a otros animales… como las moscas, por ejemplo. No entiendo cómo alguien puede hacerlo.
    -¿Te estás burlando de mí?
    -Ni por asomo. Estoy únicamente abogando por las moscas inocentes. Yo tengo varias moscas en casa, todas ellas inocentes, y me parece increíble cómo alguien puede pensar en matarlas. ¿O qué me dices de los conejos? También son inocentes. ¿No crees que, junto a perros y gatos, habría que incluir también, como mínimo, a los conejos?

    -Oye, ¿eres marica?
    -Yo he preguntado primero. Si me respondes, luego te contesto yo.
    -Sí, eres marica. ¡Este tío es marica!
    -Tal vez, pero aún espero tu respuesta.
    -¡Que te jodan! -la mujer se levantó indignada-, ¡que te jodan!, ¡que te jodan! -y se alejó de la mesa ofreciendo erecto el dedo índice de su mano derecha al hombre, que estalló en carcajadas.

  • El culo imposible de Iliena Lomonosova

    Sin duda alguna, el trasero era la parte más singular de la notable anatomía de Iliena Tikhonovna Lomonosova.

    Iliena Tikhonovna era delgada a la manera rusa. Quien tuviese la fuerza de voluntad suficiente para apartar la mirada de sus grandes y alargados ojos grises, cuyas pestañas -de puro largas- golpeaban, al abrirse los párpados, contra las cejas, que limitaban con dureza unas cuencas profundas; quien llegara, digo, a apartar la mirada de sus ojos, la dejaría resbalar después por unas mejillas de pómulos prominentes, una boca de labios carnosos y sonrisa agradable, un mentón regular, un cuello bien moldeado y un flaco esqueleto de estrechos hombros, busto escueto pero suficiente, cintura de avispa, caderas modélicas, vientre cóncavo y unas larguísimas piernas que se remataban, allí abajo, en unos pies de agraciada hechura. Así, vista de frente, Yeliena tenía un cuerpo de pasarela. Nada más y nada menos.
    Pero era su perfil, un poco en escorzo trasero, el que nos descubría el paralizante relieve de su culo imposible: un culo prieto y turbador, de carnes turgentes, cuya inverosímil particularidad era que fuerzas imposibles, antigravitatorias, parecían tirar de él hacia arriba imprimiéndole, o confiriéndole, una curvatura tal que, de encontrarse la ecuación que la definiese, forzaría sin duda a una revisión de todos los modelos de la geometría. Un culo que, por sus aspiraciones astronáuticas, forzaba a la espalda a curvarse graciosamente hacia delante al tiempo que era, sin lugar a dudas, la causa principal de la sorprendente longitud de las piernas. Un culo que invitaba a la coyunda inmediata y urgente. Un culo sublime de magnéticas propiedades que inspiraría la brocha del pintor, el cincel del escultor y el cartabón del arquitecto, y por el que, de haber existido en el momento y lugar adecuados, se habrían erigido pirámides y efigies.

    El culo Iliena era una tentación superior a cualquier voluntad: contemplarlo sin llegar a catarlo fue el accidente que me costó la cordura.

  • Soneto a Josefina

    Escribir un soneto yo quisiera
    que lograse ilustrar debidamente
    qué es esta oscuridad intermitente
    que alterna con la luz más placentera.

    Pues si es bueno acercarse al que te cuida
    al tiempo que alejarse del que hiere,
    ¿qué rumbo ha de tomar aquél que muere
    por el ser que a la vez le da la vida?

    Soy de muerte viviente prisionero
    si el ser que, con ser, mi vida ilumina,
    con su rechazo yo siento que muero.

    Sea, pues, mi vida mil veces maldita,
    si, dándome la vida Josefina,
    la misma Josefina me la quita.

  • La señorita Durán

    Satisfecho, ufano en su flamante B&W descapotable del 87, Pedro Hernández va trazando con inigualable maestría, fruto de su destreza natural a dosis iguales con su práctica, las numerosas, enlazadas y ágiles curvas de la carretera local que separa, o tal vez une, los pueblos de Olivera y Arsa. El aire que por la ventanilla derecha, semiabierta, se cuela y arremolina en el habitáculo, trae restos de aromas de jara, lavanda y romero. Y si no fuese ya noche; si la tímida luz del cuarto creciente lunar alcanzase a sustituir la luminosidad del largo ocaso estival que acaba de morir, definitivamente, unos minutos atrás y nos permitiese distinguir el semblante de Pedro, podríamos alcanzar a ver cómo al cabo de cada curva, al extremo de cada recta, a la coronación de cada repecho, a cada hectómetro dejado bajo los anchos, demoledores neumáticos de su poderoso bólido, se torna más y más firme la resolución que su rostro expresa, reflejo de otra interior: “está decidido; son ya más de seis meses de trabajo, sin que los magros resultados justifiquen el esfuerzo invertido.”

    La gráfica imaginaria, espacial, en que Pedro representa el progreso de su labor en función del tiempo apenas tiene, con sus altibajos, una leve pendiente global positiva sin que sobre ella influya significativamente el que en las abscisas figure, en lugar del tiempo, el esfuerzo, puesto que éste ha sido, a lo largo de aquél, tan constante como el jalonado métrico de la carretera que conduce al conductor a su destino: salvando los primeros días, en que se pusieron boca arriba tan rápida e inesperadamente las cartas, el resto del tiempo ha visto un trabajo regular, semana tras semana, de permanente presencia en el escenario, de palabras y sonrisas, de preguntas y respuestas. Esfuerzo y tiempo, tiempo y esfuerzo. De hecho, Pedro ni siquiera sabe dónde acaba uno y empieza otro o cuál es la frontera entre ambos. Puede que no haya hecho grandes derroches energéticos, lanzado dinámicas ofensivas ni desarrollado audaces maniobras, pero a cambio ha consumido considerables cantidades de ese valioso combustible, precioso, limitado e insustituible que es el tiempo. Su tiempo. ¿Acaso eso no supone ya un esfuerzo? ¿No se requiere, a veces, tanta o más voluntad para reprimirse que para actuar? Durante meses Pedro ha realizado, cuando menos, el esfuerzo de mantenerse allí constantemente disponible, absteniéndose de otras inversiones más rentables, reprimiéndose de buscar otras hogueras en que inmolar su tiempo; demostrando, en definitiva, que su disposición y voluntad hacia el negocio eran tantas como, en su particular visión de la vida, podían esperarse del más serio y honesto pretendiente.