Freelander

Categoría: sociopolítica

  • La ofensiva Avanzabus (o La forja de un monopolio)

    El denominado Grupo Avanza, o Avanzabus para los amigos, monopoliza, desde hace años, el transporte interurbano de viajeros que conecta, con Madrid, todo el oeste español -desde Pontevedra hasta Huelva- más lo que podríamos llamar el “Levante próximo”, o sea Valencia y alrededores.

    Avanza es una de las asociaciones empresariales más agresivas del sector transportes, empezando por su presencia en internet, arrolladora como una invasión e ineludible como un asedio, y terminando por su codiciosa política expansionista, que el lector curioso puede comprobar en este enlace cuyo subtítulo debería ser La forja de un monopolio; un monopolio, en efecto, de concesiones que ha supuesto, como suele suceder, un paulatino e implacable empeoramiento de la oferta, la calidad, la frecuencia y el precio del transporte público para millones de usuarios (según datos del propio Grupo) que no tienen más opción que usar los servicios de Avanza.

    Así, a medida que han ido desbancando a la competencia, han eliminado trayectos o rutas enteras, reducido horarios e incrementado los precios, que en ocasiones llegan al más completo absurdo; por ejemplo: el billete Madrid-Mérida cuesta en torno al doble que el Madrid-Zafra, a pesar de que esta última ruta, bastante más larga, pasa -¡qué cosas tiene la vida!- por Mérida y hace parada allí. ¿A quién le cabe esto en la cabeza? Desde luego, el viajero bien informado la dirá a la taquillera: “¿Me da usted, por favor, un billete a Zafra? Es que voy a Mérida, ¿sabe?” Pero no se preocupen: ya se encarga la empresa de que el viajero no esté bien informado.

    Con todo, lo que resulta intolerable, un verdadero atentado contra la sufrida ciudadanía rural, es el último ataque de la ofensiva Avanzabus: y es que, desde hace unos meses, ya no pueden adquirirse los billetes a bordo. Por increíble que parezca, los conductores ya no despachan pasajes; así que, en las numerosas localidades del excesivo “territorio Avanza” cuya estación o parada de autobuses no tiene taquilla (o ésta está cerrada), todo usuario que quiera abordar el autocar tendrá que haber comprado el billete antes por internet; lo cual, encima de costar 2‘5 € extra por pasaje (como es la moda “online”), resulta poco menos que inviable para un gran sector de la población que ya no puede adaptarse a la “cultura internet”, o costearse ordenador y conexión.

    De este modo, la España menos urbana se queda cada vez más incomunicada, a pesar de que el transporte de viajeros está millonariamente subvencionado justo para -en teoría- prestar dicho servicio esencial (que, de otro modo, resultaría deficitario). Por eso, de este empeoramiento yo culpo no sólo a Avanzabus (que, al fin y al cabo, no son más que unos accionistas tratando de rentabilizar su dinero) sino, sobre todo, a las Administraciones Públicas que recaudan y gestionan nuestros impuestos, que otorgan las concesiones de transporte, aprueban las subvenciones, y al mismo tiempo le permiten al Grupo Avanza hacer, de su capa, un sayo.

    Como siempre, los perdedores de la monopolización salvaje son los usuarios más indefensos. Y, ahora, que me vengan con cuentos sobre medidas para fijar al campo a la población rural.

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  • Pactando con el diablo

    Que ETA haya anunciado el cese de la violencia justo un mes antes de las elecciones no es, por supuesto, ninguna casualidad; y nadie puede ser tan inocente como para ignorarlo. No estoy descubriendo la pólvora. Pero intentemos analizar el asunto en una mínima profundidad: de entre todas las posibles fechas en que, durante los últimos diez años, o los últimos diez meses (que tanto monta), podían haber anunciado el cese de hostilidades, ETA ha venido a elegir hacerlo, precisamente, cuando el gobierno PSOE está a punto de ser, según todos los pronósticos, desbancado por el PP. Y yo, como siempre en política, me hago la mágica pregunta: ¿Qui prod est? ¿A quién beneficia esto?

    ¿A ETA? Tal vez, pero sólo colateralmente: si bien es cierto que, en una posible negociación, les iría mejor con el PSOE, también lo es que, puestos a negociar, no tenían por qué haber esperado hasta ahora. No. El principal beneficiario de este anuncio es el PSOE, ya que muchos, muchísimos serán los votantes que, al conocerlo, cambien su intención de voto.

    Así, el siguiente paso en el análisis es inmediato: si los del PSOE son los principales beneficiarios, ¿no serán también coautores? Por supuesto, ETA ha dado este paso en este momento para tratar de evitar un inevitable cambio de gobierno; pero aquí la mayor tajada puede sacarla el PSOE, que, en su proverbial mal perder, nunca ha titubeado en pactar con el mismísimo diablo.

    Lo de siempre: propaganda preelectoral.

  • Justicia y Guardia Civil: teatrillo en un sólo acto

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    Hace un par de años denunciaba, en una carta que me publicó el Periódico de Extremadura (aunque actualmente la han quitado de la red), cierto atropello a la dignidad, del que me sentí víctima a manos de un grupo de Guardias Civiles durante uno de sus «controles rutinarios» de carretera. Y aun sabiendo que no los condenarían, pues era la palabra de dos viajeros (yo iba acompañado) contra la de cuatro guardias, los denuncié también en los Juzgados, guiado por cierto sentido de responsabilidad ciudadana: era mi granito de arena para tratar de inculcar las nociones de integridad y respeto a los caletres de la enquistada Benemérita.

    Sin embargo, mi iniciativa sólo sirvió para ratificar la impunidad de los miembros de tan privilegiada institución: no volví a tener noticia alguna del proceso judicial hasta que, meses después, fui convocado al juicio que tendría lugar en Llerena; un juicio que -me temo- estaba resuelto antes de ser celebrado. Para empezar, durante la instrucción se había obviado por completo la existencia y mención de mi acompañante en la denuncia: bajo pretexto de que yo «no lo propuse como prueba», el Ministerio Fiscal, pasando por alto una de sus funciones, no le tomó declaración ni lo llamó a testificar; con lo cual el peso de mi denuncia quedaba ya, de entrada, reducido a la mitad. Pero es que, además, durante la vista oral, el fiscal no sólo comenzó pidiendo la total absolución de los guardias, sino que sus preguntas fueron mucho más encaminadas a menoscabar mi credibilidad que a esclarecer los hechos: allí no se presumía la inocencia de los encausados -pues se daba ya por supuesta-, sino más bien mi «culpabilidad». Me interrogaron como si hubiera sido yo el acusado.

    La sentencia fue, por supuesto, absolutoria para los guardias, y aún me consideré afortunado de que no me condenaran a mí. De este modo, nuestro sistema judicial desperdició una vez más la oportunidad de acercarnos al ideal democrático de seguridad policial. Sin embargo, lo peor es que para ese viaje no hacían falta alforjas; es decir, que no hacía falta derrochar el dinero de nuestros impuestos con una innecesaria función teatral: si tan inverosímil consideraron nuestros Ilmos. magistrados mi denuncia, habría sido suficiente (y mucho más barato) con que no la aceptaran a trámite. Pero -¡claro!- mediaba ya una carta a los periódicos y había que dejar el nombre de la Guardia Civil tan inmaculado como fuera posible.

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  • Los nuevos mesías

    En esta España nuestra parece que siempre ha de haber alguien salvando a alguien. Durante siglos, se adjudicaron esta función la iglesia católica y sus fieles: devotos laicos y aplicados religiosos se han afanado durante décadas sin fin, aquí y allende los mares, por convertirnos a la fe o regresarnos a ella, siempre para guardarnos de las trampas del Maligno, alejarnos del pecado y salvarnos de la condenación eterna, amén.

    Pero en estos albores del siglo veintiuno corren malos tiempos para los evangelios: la ciencia ha acorralado a la fe -si bien en menor medida de lo que se piensa- y, dejándonos desamparados frente al absurdo, le ha abierto de par en par las puertas al consumismo, ese nuevo opio que los tahúres de la mercadotecnia se han apresurado a explotar. Cuando ya no podemos creer en Dios, ni en la otra vida, tenemos que buscarle un nuevo sentido a esta.

    Sin embargo, curiosamente, no nos hemos quedado huérfanos de salvadores; nuestro quijotesco carácter siempre empuja a algunos al histrionismo. Y ahora, proliferando como lo hacen, ante la presencia de un herbicida que elimine las especies dominantes, las plantas que han estado sometidas por ellas, ha venido a aparecer en nuestra sociedad una iluminada casta de salvadores: son los ociosos descreídos y los filisteos, los resentidos y los envidiosos, los que se dicen ateos y se erigen en paladines de la igualdad (sin saber que sólo aclaman al igualitarismo), en cruzados de una dudosa Constitución y una paupérrima democracia, quienes ahora han venido a salvarnos… ¡de la Fe!

     

    Un hábil fotógrafo ha logrado reunir en una instantánea a varios manifestantes adultos.

     

    Estos son los nuevos mesías. Bien los hemos visto con ocasión de la visita a Madrid del Papa Benedicto XVI, protestando y manifestándose, tras la tísica disculpa de un gasto desmesurado o una discriminación frente a otros credos, contra una mayoría aún religiosa y católica. Ahí estaban estos salvadores en plena función, elevando sus gritos y alzando sus pancartas hacia todos aquellos que aún tiene la bendita fortuna de poder creer en Algo.

     

    ¿Se trataba de derogar la ley del aborto?

     

    Pero esta atolondrada oposición no buscaba, en realidad, salvaguardar nuestra economía en crisis, ya que sólo un necio puede pensar que el balance económico de la visita papal vaya a ser negativo para el país; ni buscaba tampoco defender (dando la espalda a la verdadera realidad de nuestra sociedad) el supuesto -y muy controvertido- laicismo oficial español, ya que estos mismos títeres que se manifiestan contra la acogida gubernamental para Benedicto XVI no se habrían atrevido a levantar una voz, a proferir un susurro, si el visitante hubiera sido el caudillo de cualquier otra religión; antes al contrario, habrían sido los primeros en declararse a favor y, de paso, colgarse las medallas de la tolerancia y de la pluralidad.

     

    O cómo confundir la velocidad con el tocino.

     

    No, nada de esto. Se ha tratado de algo mucho más tragicómico; mucho más carpetovetónico: estas protestas, reflejo de nuestra patria ignorancia, de nuestra secular intransigencia, en realidad no buscaban nada grande ni elevado, nada noble, sino que han brotado al son y al Sol del Madrid estival, abonadas por una varia casuística: muchos, para dar salida al resentimiento incubado durante generaciones; otros, por la envidia que siente el agnóstico del creyente; muchos, para desahogar frustraciones personales; quién, para alcanzar el dudoso crédito de «haber luchado contra el sistema», pero sin discriminar objetivos; no pocos, para amenizar el caluroso ocio de las noches veraniegas, o por simple esnobismo; algunos, por último, porque cualquier excusa les vale para reivindicar su homosexualidad o enseñarnos las tetas. En cualquier caso, la mayoría de estos confundidos progresistas, de estos eruditos a la violeta, se han cultivado en el caldo de la desinformación, el dogmatismo o el rencor.

     

    ¡Quién fuera bicicleta!

     

    Pero son ellos, estos nuevos mesías que quieren salvarnos del catolicismo, los verdaderos intolerantes de esta incorregible España nuestra.

     

  • ¡Ahí me las den todas!

    Hay en España dos tipos de ideologías -como hay dos tipos de personas- que, más que por el color de su credo, se distinguen por su actitud política: los que son pro algo, y los que son anti algo. Pues bien: el amigo Cayo Lara no es ninguna excepción: su ideario parece resumirse en ser anti PP y, si sus intenciones son buenas, lo serán entendiendo siempre que lo mejor para España ha de ser todo aquello que no convenga al PP. En consecuencia, se ha propuesto con firmeza evitar que este partido gobierne en Extremadura y presiona con sus declaraciones para que IU apoye la candidatura del PSOE en lugar de abstenerse y dejar que el PP gobierne en minoría, a pesar de que esto último sería lo más responsable para con sus electores y saludable para la democracia: dejar que la derecha despeje y renueve la rancia atmósfera que largos lustros de monopolio socialista han creado en la Junta, que ya habrá tiempo para promover una moción de censura si hace al caso.

    Y, por su parte, Pedro Escobar, el coordinador de IU en Extremadura, no deja de marear la perdiz haciendo consultas no vinculantes a sus bases y demorando la decisión aduciendo falta de unanimidad entre sus filas, cuando no sólo el examen más elemental del resultado de las elecciones sugiere con fuerza que sus votos provienen mayoritariamente de socialistas que han querido dar un voto de castigo al PSOE, sino que además el clamor directo de las bases, según se ha filtrado a los medios, resuena alto y claro en contra de dicho pacto.

    Pero, al final, Pedro Escobar defraudará a sus votantes y apoyará al PSOE. Y, si no, en unas semanas se verá; y se mostrará también una vez más la verdadera naturaleza de Izquierda Unida: salvando a una minoría permanente, algo arcaica e idealista, de votantes convencidos con ideología pro, en general IU no es más que un satélite al que de vez en cuando acude una facción de socialistas enrabietados para “castigar” a sus dirigentes, pero manteniendo su corazón anti; o sea, una marioneta a merced del PSOE.

    Aunque, claro, frente a castigos como este, que garantizan la continuidad del gobierno socialista en Extremadura, el PSOE dirá: “¡pues ahí que me las den todas!”

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    [Editado el 19-6-11 tras la noticia de la abstención de IU en la investidura parlamentaria]

    He de confesar que, al escribir el artículo anterior, era la mía una apuesta segura: si mis pronósticos se verificaban, habría ganado crédito como pronosticador, y si fallaban, habría ganado en calidad democrática como español. Y confieso además que, puestos a elegir, prefiero lo que ha sucedido, aunque me cueste el descrédito.

    En efecto, la noticia de que IU se ha abstenido en la votación a la investidura de presidente para la Comunidad de Extremadura me llena de alegría y optimismo. De alegría, por ver desbancado del gobierno extremeño a un grupo político que llevaba ya demasiado tiempo en el poder; y de optimismo, porque esta decisión de IU abre una puerta a la esperanza de que acaso haya una fuerza política de izquierdas que sea verdadera alternativa al PSOE. Así, y a pesar de que en estricta justicia y ética no podían hacer otra cosa (es decir: a pesar de que no han hecho más que cumplir con su obligación ética), me apresuro a dar la enhorabuena a todos aquellos dirigentes y responsables de IU que han hecho posible este gran paso para la democracia, y espero sepan comprender (y de paso excusar) el provocativo acicate que las palabras de mi artículo implicaban.

  • Democracia real ya

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    Sentía cierta curiosidad por este movimiento desde que, en dos ocasiones recientes, pasé casualmente por la puerta del Sol en Madrid cuando los manifestantes andaban por allí. Además, algunos de mis amigos en Facebook parecen apoyar la iniciativa; así que me he dicho: echemos un vistazo a ver de qué va esto.

    Pero ha sido “la primera y en la frente”, porque desde la frase inicial del comunicado de prensa que encabeza su página principal en la web, ya me han dicho lo que de esta plataforma puedo esperar. Cito:

    “En más de 60 ciudades del Estado…”

    No hacía falta leer más. Así que “el Estado”, ¿eh? ¿Qué Estado? No lo dicen. Puede ser el Estado angoleño, el Estado australiano o incluso el Estado de Wyoming (USA); aunque, por proximidad, imagino que se trata del Estado español. Pero, claro, eso de usar la palabra “España” o alguna de sus derivadas es demasiado comprometido. Lo de “España” está vedado a todo el que no se pronuncie de derechas; y la plataforma “Democracia real ya” no es ninguna excepción a esta regla. Por desgracia, uno de los mayores errores de casi todos los partidos españoles es el de adjudicar a las derechas el monopolio del uso de la palabra “España”, renegando así -de paso- de su propio país. Yo admito que el patriotismo a ultranza es síntoma de pobreza política y falta de autocrítica; pero el rechazo (o incluso la vergüenza) a pronunciar el nombre de tu país es -por contra- síntoma de pura estupidez.

    No obstante -y volviendo al mencionado manifiesto-, yo seguí leyendo su comunicado de prensa hasta el final; pero sólo para encontrarme con un colofón que le hizo tanto daño a mi vista como lo del “Estado” a mis neuronas. Cito:

    “…participación de trabajadores/as, parados/as, … jubilados/as, hipotecados/as…Unid@s, podemos.”

    ¡Vaya por Dios! Ya estamos con el desprecio al idioma en aras del populismo; con la redundancia, la cacofonía y la ilegibilidad al servicio de la causa política. Un desprecio -además- selectivo, oportunista, basado en la pura conveniencia; y es que sólo un párrafo más abajo la redacción continúa así:

    “Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios”

    ¡Hombre!, ¿y por qué aquí no escribieron “nosotros/as los/as desempleados/as, los/as mal remunerados/as, los/as subcontratados/as, los/as precarios/as”? ¿Por qué usar la enumeración “feminista” en una parte del discurso y no en todo él?
    Pura inconsistencia. Simbolismo vacío. Y es una lástima, porque el movimiento tiene aspectos muy positivos.
    No obstante, yo tengo fe. Tengo fe en que otros grupos, otras plataformas aún por venir, recojan las ideas más importantes de Democracia real ya y las mejoren, amplíen y reivindiquen de modo menos ofensivo para ciertas inteligencias. ¡Entonces sí; ahí sí que estaremos en el buen camino de un verdadero cambio sociopolítico en… “Estado”!

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  • Toros desde la barrera

    El dolor que siente un animal cuando resulta herido es -puedo colegir- en esencia diferente del que sentimos nosotros. El suyo es puramente físico y su alcance no va más allá de la magnitud de la herida, mientras que el nuestro está casi siempre amplificado por la anticpiación de las consecuencias; es un dolor con proyección hacia el futuro.

    Lo que nos aterroriza de la tortura no es sólo la representación mental del sufrimiento corporal a soportar, sino también el padecimiento prematuro por las secuelas en caso de sobrevivir (imaginarnos mutilados, desfigurados o inválidos y pensar qué papel nos esperará en la sociedad a partir de entonces), o por el simpre preludio de nuestra muerte.

    Cuando reprobamos o condenamos el espectáculo de los toros basándonos en la supuesta tortura que infligimos al animal, estamos trasladando a un bovino la idea de nuestro propio suplicio si nos hiciesen otro tanto, dando por sentado sin el menor fundamento que el toro padece del mismo modo, en cualidad e intensidad, que lo hacemos nosotros. ¿Pero qué sabemos los hombres del sentir de una bestia? En la naturaleza, cuando el depredador da por fin alcance al herbívoro, éste se deja comer vivo esperando sin pestañear el momento de su muerte; el dolor, que no es más que una alarma para ponerse a salvo, deja ya de tener sentido. Sólo nosotros amplificamos dicha alarma, dándole una dimensión que no le corresponde, como si fuese el propio dolor el que nos daña.

    Nada de esto, desde luego, justifica la crueldad; pero ¿es en verdad cruel el espectáculo taurino, o es tan sólo cruento? ¿Piensa el diestro y se deleita en el padecimiento del toro?, ¿se complace con el sufrimiento el público que aplaude, vitorea y celebra desde el tendido? ¿O no son más que elementos, insensibilizados por el hábito y la tradición, de una danza atávica y colorida? Primitiva si se quiere, pero no necesariamente cruel.

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    Ahora bien: siempre hay quien confunde la velocidad con el tocino y no desaprovecha ocasión para ejercer su propio estilo sutil de crueldad:

    Protesta contra la crueldad taurina
    Protesta contra la crueldad taurina

  • Personas consumidoras

    Antes había consumidores; consumidores y usuarios. No parece probable que mucha gente se sintiera ofendida por ser consumidor, aunque por supuesto siempre habría quien, ignorando o despreciando las reglas del español, gritase aquello de: “¡oiga, es que las mujeres no son consumidores, sino consumidoras!” Bueno, nunca falta gente que cree poder cambiar una sociedad mediante el simple método de cambiar las reglas del lenguaje. En fin, para casos como ése, ya algunos políticamente correctos empezaron a utilizar la redundante fórmula de “los consumidores y usuarios y las consumidoras y usuarias”, e incluso algunos se adhirieron a la impronunciable y punto menos que estúpida fórmula de “l@s consumidor@s y usuari@s”. Todo ello bastante ridículo y poco práctico, amén de perfectamente incorrecto, habida cuenta de que las normas del español no han cambiado.
    Ahora, sin embargo, la Junta de Andalucía, en su afán por congraciarse con todos los progresistas del mundo, por darles satisfacción y por erigirse en números uno de la corrección política a costa de lo que sea, caiga quien caiga, han sacado el último berrido en circunloquios feministoides: “las personas consumidoras y usuarias”. Bueno, esto ya roza la cretinez. Con tal de no utilizar el masculino (en su muy legítima e igualitaria función inclusiva), y probablemente con la “noble” intención de evitar la cacofónica repetición de los géneros, se han sacado de la manga este esperpento lingüístico, esta aberración de la palabra.

    “Personas consumidoras y usuarias”. Claro, muy bien traído a colación lo de “personas”, no vaya uno a confundirse con las jirafas consumidoras y usuarias o con los escarabajos consumidores y usuarios (eso, por no mencionar a los jirafos y a las escarabajas). ¡Faltaría más!

    Eso sí: cuando les envías una consulta a través de su página de atención al cliente online, tardan en responder, por término medio, un mes. O sea, la ineficacia al servicio de la corrección política.

    Patético.

  • El ministerio de igualdad

    Si no hubiera sido porque quien me lo contó era una persona de confianza, habría creído que se trataba de un chiste.

    No, me temo que lo anterior no es cierto. Podría haberlo sido si yo fuera ajeno a la idiosincrasia española en general, y desconocedor del personaje de Zapatero en particular. Pero la verdad es que, aunque puse los ojos en blanco al enterarme de la noticia, me la creí sin lugar a dudas.

    El Ministerio de Igualdad.

    ¿Cuál es su objeto? No lo sé, pero puedo imaginarlo. Acúseme de hablar sin conocimiento de causa quien quiera, pero que me cuelguen si la función de este nuevo ministerio no es conseguir que las mujeres sean cada día un poco más iguales a los hombres, al tiempo que los hombres son cada día un poco menos iguales que las mujeres. Se trata de una correspondencia matemática, perfectamente conocida, llamada igualdad asimétrica. Que viene a ser, en términos semánticos, algo del mismo calibre que la famosa discriminación positiva, que también está muy relacionada con el ministerio de la igualdad.

    Decir discriminación positiva es como decir bondad negativa, o llano ondulado, o ruido silencioso. Pero hay que admitir que los socialistas, en España, son unos verdaderos artistas de la semántica. No hay más que echar un vistazo al nombre de ese otro nuevo Ministerio, el de Ciencia e Innovación. ¡Caray! Innovación. Suena fenomenal. Con estos nombres, ¿quién puede decir que nuestro gobierno no es progresista?

  • Por una España independiente

    No nos engañemos: cualquiera que haya viajado lo suficiente habrá advertido, le guste o no, que los países catalán y vasco no son España. Por eso, tengo para mí que los españoles nos equivocamos de plano en nuestra actitud frente a los clamores independentistas y el rechazo por parte de dichos países: querer seguir unidos a pueblos que nos detestan o reniegan de nosotros es tan absurdo y erróneo como querer estar, a la fuerza, con un cónyuge que no nos quiere. Una nación grande pero desunida, cuyas partes ejercen esfuerzos divergentes, avanza menos que otra menor pero unida por voluntad. Así, con el conque de la represión y el sometimiento, Cataluña y Vasconia nos presionan para que accedamos a perjudiciales, denigrantes u obstaculizadoras concesiones económicas, sociales y lingüísticas, a la vez que nos colocan sus productos al abrigo de un desequilibrio comercial que les beneficia. Esta forzada unión supone un lastre para el progreso de España, un peligro para la integridad de sus ciudadanos, un menoscabo para su dignidad y una merma para su prestigio. Más acertado y mucho más digno sería separarse de ellos, para lo que propongo una nueva perspectiva que desenmascare el sofisma e invierta los términos, restituyendo la verdad: es España la víctima de una represión, mediante chantaje moral, por parte de Cataluña y Vasconia; es España quien debería independizarse. Escindámonos de esos países, suprimiendo los tratos comerciales de favor. Si su rechazo resulta ser sólo una pataleta independentista, ya rectificarán; si auténtico, mejor para todos. Sea como sea, se habrá eliminado un grave obstáculo para el progreso y la armonía en nuestra nación. Es hora de que España sea un país independiente y sin ataduras.