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Norteamérica 60. El Paso y Ciudad Juárez: donde EE.UU. y Méjico se contagian mutuamente

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Martes, 4 de noviembre. El Paso (Tejas).

El viaje a El Paso fue bastante frustrante. Aunque había tres pares de asientos vacíos en el bus (y las plazas no estaban numeradas), tuve que sentarme junto a otro viajero porque toda la primera fila estaba “reservada para discapacitados” (no iba ninguno en ese viaje) y un par de asientos en la segunda fila se los había reservado el copiloto, por toda la cara, para su reposo exclusivo. ¡Pero no los ocupó en ningún momento! Vamos, un auténtico perro del hortelano, que ni descansaba ni dejaba descansar. Tanto el conductor como el copiloto eran negratas; de esos negratas que probablemente se pasan la vida lamentándose del racismo de los blancos y de la opresión a que se ven sometidos los pobres negros. Pues bien: no sólo se reservaron unos asientos que no usaron para nada (eso, en el fondo, fue lo de menos), sino que se pasaron todito el viaje hablando, sin la menor consideración a los pasajeros, con ese volumen, ese tono y esa voz tan inconfundiblemente negrata: sonora, abierta, algo dulzona. Unas voces que, para colmo, traspasaban con tanta facilidad el filtro de mis tapones que era mejor no ponérmelos, ya que sin ellos al menos el resto de los soniddos interferían y ofuscaban en parte esas voces, facilitando un poco el dejar de prestarles atención, pero con ellos únicamente oía la conversación de los dos tipos, clara, limpia y nítida, y no había manera de desconectar mentalmente de ella.

Al cabo de un rato me decidí a pedirle al copiloto -el que más hablaba de los dos, y con la voz más penetrante- que bajara el tono. Se limitó a decirme, con total desdén, que volviera a mi asiento y que si la conversación me molestaba me cambiase a otro asiento más alejado. Fue inútil tratar de hacerle comprender que era cuestión de respeto. Al contrario: se quedó renegando con el conductor de la ridícula pretensión, por parte de un pasajero, de aspirar a descansar -de dormir ya ni te cuento- en un un viaje de autobús. ¡Menudo tío imbécil! Supongo que no servirá para nada la queja escrita que, al llegar a la estación de El Paso, presenté contra esos dos empleados.

De Tucson (Arizona) a El Paso (Tejas) en autobús

Una llegada, por cierto, a intempestiva hora de la madrugada. Para hacer un poco de tiempo, en la propia cafetería de la estación desayuné un café bastante malo y un bollo aún peor. Ahí estuve charlando con una pareja de jovencísimos mejicanos, recién casados, que tenían ganas de conversación. Se dirigían a no sé qué ciudad del nordeste, en Wisconsin, o quizá en Indiana, con la habitual e ingenua creencia -¡pobres diablos!- de que en EE.UU. atan los perros con longaniza. No quise contagiarles mi pesimismo, y allí subieron tan alegres en su autobús al paraíso. A todo esto ya había amanecido, así que pregunté por el hostal (en esta ciudad casi todo el mundo habla español) y me dirigí a él. Por suerte estaba abierto, y el empleado no tuvo inconveniente en admitirme a tan temprana hora. Igual que donde pernocté en Tucson, este también es un hotel normal que dedica tres o cuatro habitaciones a los mochileros; pero, a diferencia de aquél, aquí el personal es menos clasista e interesado. En cuanto me asignaron habitación, me instalé en ella y me acosté. Pude dormir un par de horas, hasta que me despertó una llamada al móvil que recibió el otro huésped, con quien luego estuve charlando. Era un holandés (¡ay, mucho te viajan estos holandeses!) que estaba dando la vuelta al mundo en 90 días. Muy poco tiempo para un mundo tan grande. Pero viajaba con un billete de avión múltiple, haciendo escalas acá y allá. Esta misma mañana volaba a Méjico, al Pacífico. Así que salimos juntos del hotel y nos despedimos en la calle. Fue bonito mientras duró. Su marcha me convirtió en el único huésped de la sección albergue, aparte de una misántropa amargada que vive ahí y no hace más que ver la tele, sin hablar con nadie.

He pasado el resto del día atendiendo mi correo, recorriendo esta cuidad (más mejicana que useña) y cruzando, por curiosidad, a Ciudad Juárez, justo al otro lado de la frontera. No me he sentido muy seguro ahí, pero la experiencia ha sido de lo más interesante. Me ha resultado curioso observar el choque o, si se prefiere, el punto de encuentro de las dos culturas: en El Paso, Estados Unidos se mejicaniza hasta el punto de desfigurarse y resultar casi irreconocible: es una ciudad fea, deteriorada y sucia. El centro está dividido en dos partes claramente diferenciadas a ambos lados de la calle principal: el barrio yanqui tiene gran influencia mejicana, mientras que el mejicano sólo tiene cierta influencia estadounidense, aunque conserva los elementos distintivos de este país: las señales, los policías, el orden, el relativo respeto a las normas de tráfico, la ausencia de gente bebiendo cerveza por las calles y, sobre todo, la seguridad que se respira. Por su parte, en Ciudad Juárez ocurre a la inversa: ahí Méjico se usifica, pero en una medida mucho menor de lo que EE.UU. se mejicaniza en El Paso. Abunda el uso de palabras en inglés, el dólar circula como moneda de cambio junto con el peso, y la ciudad en general adquiere, por mimetismo o simpatía, un matiz un poco yanqui en las costumbres, comidas, medidas, así como en las prisas y la avidez por el dinero rápido. Curiosamente, aunque Méjico quiere ser como EEUU, apenas lo consigue en Ciudad Juárez, mientras que EEUU, que no quiere ser como Méjico, se se le parece mucho en El Paso. Me ha parecido que la cultura mejicana es más pujante, más voraz.

En cuanto al río que separa ambos países (que los yanquis llaman Río Grande del Norte -así como suena, sin traducción- y los mejicanos Río Bravo), pues bueno… no sé cómo sería años o décadas atrás, pero ahora, a juzgar por lo que pude ver desde el puente, ni es Grande, ni mucho menos es Bravo. Constreñido por un canal de hormigón, mermado por las sedientas ciudades que de él beben, mancillado por los residuos, en buena medida desecado, obstaculizado por basuras y escombros, el grande río bravo y del norte es una birria, una piltrafa, un indigno, humillado y vencido arroyo. ¡Qué lástima!

Otra curiosidad es que el cruce de la frontera, al menos por este punto, es irrisorio. Para empezar, todo quisque tiene que pagar, en concepto de peaje, una cantidad que, aunque ridícula (25 centavos), no es poco para quien tenga que ir y venir cada día (sobre todo si es mejicano), y desde luego no es moco de pavo para las arcas públicas, que se embolsan un buen dineral gracias a los miles y miles de personas que cruzan cada día en un sentido u otro. Para continuar, el paso hacia Méjico es inmediato y totalmente franco: cualquier persona que quiera desaparecer administrativamente del mundo no tiene más que cruzar esta frontera hacia el sur y vivir en Méjico happy ever after: no hay control alguno de personas y pasaportes: ni las autoridades de un país saben que has salido, ni las del otro que has entrado. El cruce opuesto, en cambio, tiene cierto control somero para los peatones (una rápida comprobación de tu documento) y un poco más estricto para los vehículos, supongo que principalmente para vigilar el tráfico de drogas, ya que varios policías con perros adiestrados se pasean constantemente por entre los humeantes coches que esperan. Creo que si yo fuera un sudaca no intentaría pasar “de mojado” por el campo, que está vigilado las 24 horas, desde torretas con dispositivos de visión infrarroja, por policías armados con rifles, sino amañando un documento y cruzando el puente con desenfado.

Por cierto, hoy he sido testigo y partícipe de una imagen aleccionadora. En una esquina de la calle, iluminada por el sesgado y rojizo sol del atardecer, un hombre cantaba. Delgado, escurrido, tostado por los soles y el viento, con abundante barba y pelo blanco que ya amarilleaban, un único y avejentado incisivo en sus encías, cantaba con voz profunda y sonora, aunque desafinaba un poco. En su mano izquierda sostenía no sé si la letra de su canción o una partitura, y con la derecha gesticulaba, ora llevándosela al pecho, ora elevándola por sobre su cabeza, mientras cimbreaba el cuerpo como quien dirige una orquesta, hacia delante y hacia atrás, pero sin mover los pies. Su canto no era triste ni alegre, pero había algo de solemne en él. Lo triste era la vieja figura, su presencia en una pobre esquina de un pobre barrio de una ciudad fronteriza, ignorado por los pocos viandantes que pasaban. Yo también había pasado de largo, pero tras quedarme un momento mirándolo y escuchándolo me decidí, creo que por vez primera en mi vida, a darle una limosna. Saqué un billete de a dólar del bolsillo y, con él en la mano, me acerqué y se lo puse delante de las narices; pero el hombre pareció no verlo. Insistí en mi gesto agitando el billete. Entonces levantó la vista y, sin dejar de cantar, me dirigió una breve mirada de desprecio. Guardé el billete y me alejé. Al parecer, no era un mendigo, un pedigüeño ni un farsante; no era un aprovechado que arrastrase su miseria para mover a los demás a compasión. Era mucho más que eso: un loco, un espíritu libre, más allá del dinero y del yugo social. Me fui corrido por mi pretensión, abochornado por haberlo confundido y seguro de haberlo ofendido.

Y esto ha sido todo. A última hora han llegado al hostal tres viajeros más: una guapa solitaria con la predecible tendencia a darse demasiada importancia, y a la que el conserje, sin resultado para él pero no para la vanidad de ella, ha intentado ligarse; y dos británicos de los que nada puedo decir hasta ahora porque sólo los he visto de espaldas, pero de los que seguro podré decir algo mañana, ya que recalarán, sin duda, en la misma habitación que yo.

A estas alturas del día, como es normal, todavía no sé lo que voy a hacer mañana. Por un lado me apetece descansar de tanta carretera, pero por otro es una pena perder un día más en esta ciudad de la que creo haberlo visto ya todo.

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