Lo que sigue a continuación es mi traducción de este artículo publicado por Cloven Kingdom en su blog de Substack. A menudo traduzco textos cuyo contenido me parece de especial relevancia o interés; pero en esta ocasión es un poco distinto, pues sobre haber despertado mi interés se añade que yo mismo, si hubiese tenido el talento necesario, podría haber sido el autor de este artículo, ya que no sólo suscribo por completo su contenido, sino que antes de leerlo ya se me habían ocurrido idénticas ideas a las que Cloven Kingdom expone.

Irlanda proyecta construir unas 300.000 viviendas para el año 2030 con objeto de paliar la grave escasez de oferta inmobiliaria que ha puesto los precios por las nubes. Semejante proyecto significa, inevitablemente, que una mayor porción del bucólico campo irlandés será devorada por el desarrollo. Esta perspectiva, sin embargo, no parece molestar al Partido Verde de ese país, que ambiciona una “Irlanda próspera gracias a la vivienda asequible para cualquier comunidad”.
Por “cualquier comunidad” debemos entender “cualquier sujeto que aparezca por Irlanda con intención de quedarse a vivir.” Rara vez alguien pone el foco en cuánto contribuye la inmigración a la crisis de vivienda. En Irlanda, la tasa neta migratoria se ha doblado desde el 2022 y ahora está en una media de 72.000 nuevos habitantes por año. No obstante, los Verdes irlandeses no tienen intención de protestar contra este obvio factor de la escasez inmobiliaria, ni de hablar sobre el mayor impacto medioambiental que supone el aumento de la población y, por consiguiente, del urbanismo.
Aunque la idea de preservar un pueblo y su cultura les traiga sin cuidado, los ecologistas deberían oponerse a la inmigración por razones puramente empíricas. El uso de energía primaria en Irlanda, por ejemplo, asciende a unos 28.600 kWh por persona y año. En comparación, el valor de esa variable en Somalia es de sólo 220; y en India, origen de muchos de los inmigrantes que llegan a Irlanda, de 1.460. Dadas semejantes diferencias en consumo energético, la inmigración masiva de países pobres a otros más ricos sólo puede justificarse por motivos morales. La periodista y activista ecológica useña Michelle Nijhuis articuló en cierta ocasión dichos motivos: “No puedo decir que merezca más que quienes están en la cola los muchos beneficios de vivir aquí.” Pero su intención no es cambiarse por uno de los que hacen cola, sino acogerlos a todos para que disfruten de los mismos beneficios que ella y consuman en igual medida. Bajo esa actitud subyace la idea de que la tarta siempre crece y todas las sociedades siempre prosperan.
Pero ¿no era, precisamente, esta tarta cada vez mayor el problema original? Claro que lo era. El movimiento ecologista, tal como lo conocemos, se remonta a los años 60 y 70 del pasado siglo, cuando la tarta creciente comenzó a provocar serias alarmas. William Vogt, en su manifiesto de 1948 Camino a la supervivencia, ya expuso el argumento central de que las sociedades humanas estaban sobrepasando la “capacidad de carga” de la Tierra y, a menos que se corrigiese tal desequilibrio, el colapso sería inevitable. En su opinión, la degradación ecológica dejaría de ser sólo un problema técnico y pasaría a condicionar la geopolítica, los conflictos y el destino de las naciones.
En torno al año 1970 este punto de vista empezó a acaparar el discurso. Los límites del crecimiento, del Club de Roma, La bomba poblacional, de Paul Ehrlich, y La tragedia de los bienes comunes, de Garrett Hardin formulaban variaciones sobre la misma afirmación inquietante: el crecimiento exponencial se da de bruces contra un sistema limitado y finito. En Europa, la obra Un planeta saqueado, de Herbert Gruhl, expresaba preocupaciones similares. Volveremos sobre Gruhl más adelante.
La ecología se había convertido en un poderoso marco explicador, pero sin un propietario político claro. Era un conjunto de ataduras y observaciones que podía interpretarse desde distintas perspectivas, incluso intolerantes. Durante un breve momento histórico la noción de los límites naturales estuvo casi en el centro del discurso público sin que ningún interés político la acaparase ni el tecno-optimismo la suavizase. Había una voluntad de hacer frente a los sacrificios. Hoy nos resulta difícil imaginar la amplitud intelectual de miras de esa era. ¡Ay!, aquel momento no estaba llamado a durar.
Ocurrieron dos cosas. Primero, el ecologismo se introdujo en la política dominante y tuvo que ajustarse a las exigencias de la democracia capitalista, un sistema estructuralmente inflexible. Segundo, el movimiento ambientalista acabó desprendiéndose de sus raíces que predicaban austeridad, y acoplándose al progresismo. Ironías de la historia: lo que empezó como un movimiento para abordar el problema de unos límites naturales inmutables acabó alineado con una ideología que no admite la existencia de ningún límite natural; ni siquiera en la distinción biológica entre el hombre y la mujer.
Empecemos por la inflexibilidad estructural. Ejemplo patente y actual de este proceso es el Partido Verde alemán, que en menos de dos décadas pasó de ser un outsider dinámico —cofundado por el citado Gruhl— a un engranaje de la clase dirigente (Gruhl rompió con él para fundar el nuevo Partido Democrático Ecologista). En las elecciones al parlamento federal alemán de 1983, los recién fundados Verdes (con sólo 3 años de existencia) obtuvieron 27 escaños. Fue una gran victoria, pero también el principio de su fin como partido ecologista. Saral Sarkar, un académico indoalemán y veterano activista por el medio ambiente, testigo de aquellos eventos, lo describió así:
“La alianza oportunista de grupos dispares con programas dispares que hizo posible su repentino ascenso también atrajo a miles de oportunistas que sólo buscaban obtener cargos políticos con rapidez, sin tener que trabajarse el ascenso por la vía dura en los partidos ya establecidos.”
Los oportunistas olfatearon un camino fácil al poder y se lanzaron a él de cabeza. Como cuenta Sakar, no contentos con un lugar en los márgenes de la política, aspiraron a convertirse en partido de gobierno aliándose con uno de los grandes consolidados. Y por ese camino los Verdes elaboraron en 1987 un nuevo programa en el que dejaban de oponerse a la sociedad industrial y pasaban simplemente a querer “reestructurarla”. Una década después tomaban las riendas del poder en coalición con los socialdemócratas, y de inmediato apoyaron la participación de Alemania en la guerra de la OTAN contra Yugoslavia.
Hoy, esos mismos Verdes no han dicho ni pío contra la inmigración masiva porque —según uno de sus portavoces— Alemania tiene mucha necesidad de inmigrantes cualificados para “mantener la fuerte posición económica del país”; un comentario que hace suya la misma ideología del crecimiento que el Partido Verde desafiaba cuando se fundó.
Del mismo modo, su homónimo británico tiró por la borda sus raíces ambientalistas para convertirse en soporte de la causa progresista del momento, y —por improbable que pueda parecer— en las últimas elecciones locales incluso cortejó el voto musulmán, que es socialmente conservador e indiferente a la ecología; una cínica estrategia que ha resultado muy exitosa.
El camino desde el activismo ecologista radical al progresismo dominante que han recorrido los partidos verdes europeos puede verse como una captación política y una traición; o, siendo caritativos, como el resultado natural de “montárselo bien” en un sistema que está reñido con nuestra propia razón de ser. En realidad, es ambas cosas: sin haber avanzado apenas nada en el problema que se propusieron resolver, lograron crear para sí mismos decenas de miles de sinecuras en los gobiernos y en las crecientes redes de ONGs.
Para ser justos, era inevitable que capitulasen de un modo u otro. La democracia de masas no tiene ningún mecanismo para imponer, de forma realista, el tipo de limitaciones que habría sido necesario para hacer frente a los desafíos planteados en los años 70. La democracia y la política parlamentaria son fenómenos superficiales incapaces de controlar las fuerzas tecnológicas y civilizatorias más profundas. La democracia moderna está totalmente moldeada por —y en deuda con— la anomalía histórica que supone el excedente energético del siglo XX.
Pero esto no significa que todo esté perdido. Es posible preservar más, y no menos, del campo irlandés y del mítico Bosque Negro alemán. Lo cual nos trae de vuelta a Herbert Gruhl.
Gruhl advertía sobre una catástrofe ecológica y, para abordar el problema, ofrecía una “plantilla” no basada en políticas de izquierdas. Empezó por el dilema central: los recursos del planeta son finitos, en tanto que la sociedad industrial se basa en la expansión continua; por consiguiente, es imprescindible plantear algún tipo de autolimitación. Pero creía que unas restricciones sólo a nivel legislativo, o como problema técnico o económico, eran algo superficial. Lo que hace falta no es sólo un cambio en las políticas sino una modificación de las expectativas: la voluntad de aceptar restricciones, sacrificios y objetivos a largo plazo. En sus últimos trabajos, Gruhl llevaba la cuestión más allá: ¿qué clase de sociedad es capaz de mantener esas limitaciones? Únicamente una cohesionada —se respondía—, con normas colectivas profundamente arraigadas y con un sentido compartido de reverencia hacia el entorno medioambiental, más el compromiso de preservarlo en el futuro incluso a costa de sacrificios en el presente. Por tanto, el peso de esas limitaciones no debería hacerse descansar sobre medidas tecnocráticas, sino sobre una visión más profunda de la cultura y la continuidad, conformada por la conexión con un lugar.
Este tipo de sentimiento no se puede crear por la mera voluntad. Es un tejido hecho lentamente, a lo largo de generaciones, por personas con una historia compartida. La inmigración a gran escala, a la que Gruhl se oponía, lleva a la fragmentación social y debilita ese tejido, haciendo que las necesarias restricciones colectivas sean más difícil de coordinar; por no hablar del problema que supone el incorporar a un lugar un gran número de gente que no tiene una conexión ancestral con él ni un fuerte sentimiento innato respecto a su futuro (del lugar). Por otra parte, conservar una sociedad homogénea y con profundas raíces tampoco es una solución que lo abarque todo: sólo hace que sea posible algo parecido a preservar el medio ambiente dentro de un sistema que tira en la dirección opuesta.
Pero los proponentes del ecologismo han hecho todo lo que han podido para destruir precisamente ese tipo de sociedad; y esto nos trae al segundo asunto: la convergencia con el progresismo.
Los años 1980 vieron un cambio: de poner el foco en el decrecimiento y el excedente poblacional, a centrarse en la “optimización dentro del sistema”. Como los pronósticos más apocalípticos de la era del Club de Roma no estaban cumpliéndose, el exceso de confianza se asentó. El conflicto entre unos recursos ecológicos finitos y la necesidad de proporcionar niveles de vida cada vez mayores fue ignorado, o sorteado mediante la fe nebulosa en que una tecnología futura reconciliaría lo irreconciliable. Y sigue siendo así. El deslocalizado y abstracto enfoque en las emisiones de CO2, que están en todas partes y en ninguna, es el ídolo actual perfecto para la tecnoutopía.
Al mismo tiempo, cuando el centro de gravedad del movimiento ecologista se desplazó hacia el habitual marco progre de redistribuir y dar prioridad a las sociedades o grupos víctima, cualquier idea de poner coto a la inmigración quedó estrictamente prohibida.
De este modo se abandonaron los retos más difíciles, y las consideraciones ambientales quedaron subordinadas a los compromisos igualitarios. Incluso se acuñó un nuevo término, justicia medioambiental, que tiene muy poco que ver con abordar el problema de los límites ecológicos: significa distribución igualitaria de beneficios y cargas ambientales; así que todo quedó en tomar decisiones compatibles con la justicia, lo cual suaviza o elude enfrentarse directamente con las propias limitaciones al crecimiento. El Club Sierra escribe que “reconoce que el antiracismo es clave para crear un mundo vivible y sostenible.” Esto, en términos ecológicos, es por supuesto una estupidez; pero da eco al sentimiento expresado en 1854 por Henry David Thoreau en su discurso “Esclavitud en Massachusetts”, cuando dijo que incluso sus amados estanques no le producían placer ante la idea de la injusticia humana: “¿Qué significa la hermosura de la naturaleza si el hombre es mezquino? […] El recuerdo de mi tierra me estropea el paseo.” En efecto, ¿qué importancia tiene hoy en día preservar la naturaleza, cuando hay por ahí racistas sueltos?
Pero entre nosotros ya ni siquiera hay un Thoreau. Los imperativos morales progresistas de nuestro tiempo se escriben con pomposa jerga populista en misivas ecologistas tan elegantes como huecas. Tonterías como ”redoblar la apuesta en nuestra fuerza principal” o “conectar comunidades diversas” están lejísimos de cualquier enfoque ecologista profundo o biocéntrico, no digamos ya de la espantosa perspectiva malthusiana.

Donde ahora pueden escucharse ecos del viejo tono austero es en las funestas advertencias respecto al cambio climático desbocado. Pero unos avisos que hace medio se nos presentaron como tragedia, acabaron devolviéndonos una farsa como resultado. Según el Green Deal europeo, la mejor forma de abordar la “amenaza existencial para Europa y el mundo” que supone “el cambio climático y la degradación ambiental” es “una nueva estrategia” en la que el crecimiento económico está “desacoplado del uso de los recursos” y donde “no se deja atrás a nadie” (sin importar cuántos seamos). Allá donde se permita que aparezca el débil contorno de una espantosa perspectiva, podemos estar seguros de que las empresas de capital riesgo y las ONGs nos protegerán de las consecuencias.
Todo eso, claro está, no es más que el patio de recreo para la clase gerencial acomodada. Nada de ello fomenta o alberga esa idea sagrada de la naturaleza que convendría a una nación o pueblo con una larga historia compartida y con un futuro común. Ni siquiera tiene nada que ver con el medio ambiente. Esa clase que digo ha abdicado. Los ecologistas del futuro serán nacionalistas: una vez que nos hayamos quitado las orejeras del tiempo actual, la relación aparecerá como obvia. De nosotros depende hacer algo para preservar lo que queda de las maravillas naturales que nos rodean y prepararnos para el turbulento camino que nos queda por delante.
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