Freelander

Categoría: Consumo

De interés para el consumidor consciente

  • El Ramón y Cajal, paradigma del buen trato

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    Hospital universitario Ramón y Cajal, Madrid.

    Hace tiempo que, desde estas humildes páginas, quiero brindar un merecido homenaje al centro hospitalario Ramón y Cajal (Madrid), que es el que a mi familia y a mí nos corresponde gracias (y nunca mejor dicho) al reparto territorial del Servicio Madrileño de Salud. Y me estoy refiriendo ahora tan sólo al hospital en sí, no a la pléyade de centros de atención primaria ni de especialidades que de él dependen.

    Acudir a un hospital nunca implica nada bueno, pues señal es de que nuestra salud, o la de algún ser querido, anda en entredicho. Con todo, acudir al Ramón y Cajal es la vivencia sanitaria menos traumática, cuando no la más agradable, que he podido experimentar a lo largo de mi historial médico. Desde el primer día que puse allí un pie, y cada vez que, más adelante, he tenido que volver, me ha cautivado la asombrosa amabilidad de todos los empleados con los que he podido tratar: desde el personal de la limpieza, pasando por enfermeros, auxiliares, administrativos y técnicos, hasta los médicos y profesionales de más mérito -como decimos en mi pueblo. Y esta misma impresión la comparten, en idéntico grado, cuantos familiares o conocidos han pasado también por allí: el Ramón y Cajal es, con diferencia, el hospital de mejor atención y más humano trato al público y a pacientes que he conocido; hasta el punto de que no parece de esta España nuestra, tan llena de funcionarios -y laborales- escurridizos  o malhumorados. Y este es, tal vez, el mejor elogio que pueda hacerle yo a alguien o a algo: que no parezca español. Cuando acudo al Ramón y Cajal, nada le envidio al más avanzado de los países escandinavos.

    Claro que esta amabilidad no puede atribuirse a la casualidad. Es estadísticamente imposible que en un mismo centro laboral, con miles de empleados, trabajen sólo personas amables por pura coincidencia. Este fenómeno no puede deberse más que a la voluntad y excelencia de una Dirección. Ignoro quién pueda ser el reponsable, pero desde mi insignificancia quiero decirle, con admiración: muchas gracias y enhorabuena. Del mismo modo, mis más cálidas felicitaciones a todo el personal del Ramón y Cajal que, siguiendo las enseñanzas o recomendaciones -¿acaso las órdenes?- de tan meritorios responsables, hacen, con su amabilidad y buen trato, mucho más fácil el difícil tránsito de cada paciente por su individual rosario de enfermedades.

    Aprovecho el artículo para hacer también honorable mención al servicio de reclamaciones del Ramón y Cajal. En dos ocasiones he considerado necesario (o me he visto obligado a) interponer sendas reclamaciones por mala atención o servicio no en el hospital, sino en alguno de sus centros periféricos (atención primaria, especialidades, gestión de citas, etc.), y en ambas ocasiones han atendido mis quejas con exquisita puntualidad y eficacia. Mi enhorabuena y agradecimiento también a los responsables de este servicio.

    Sirva de ejemplo el hospital universitario Ramón y Cajal a otros centros hospitalarios españoles (sobre todo a la sanidad extremeña, aún inmersa en el más primitivo caciquismo) y, de paso, también de ejemplo para casi todas las demás administraciones españolas, cualquiera que sea su ámbito. Si hubiese más trabajadores como los del Ramón y Cajal, la vida cotidiana de los españoles transcurriría con notable mayor suavidad.

  • La cuasi estafa de tablondeanuncios.com

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    Querido lector:

    Si alguna vez piensas en vender algo a través del sitio web tablondeanuncios.com, piénsatelo dos veces. Su alegre página de incio te da la bienvenida con un simpático “Poner anuncios gratis”. Y, en fecto, así es: poner anuncios es gratis. Lo malo es quitarlos. Una vez que has vendido lo que querías, o si quieres retirarlo de la venta y eliminar tu anuncio del sitio web, te encuentras con que, para hacerlo, has de enviar uno de esos SMS especiales que cuestan 1,42 € (en el momento de escribir este artículo). De lo contrario, seguirán llamándote indefinidamente potenciales compradores y llegándote esporádicos emails para que destaques tu anuncio (pagando, claro) o con cualquier otro objeto comercial. Y lo peor es que tampoco hay manera de librarse de esos emails (a no ser que los marques como spam en tu servidor de correo), puesto que el sitio web no dispone de ninguna dirección email donde escribirles para darte de baja en sus comunicaciones. Tampocon tiene ningún teléfono fijo al que llamarlos para hablar con ellos, sino uno de esos 902 que, al final de la locución y la espera, te salen por un ojo de la cara.

    En teoría, hay también otra posibilidad: registrarte en el sitio web, crear una cuenta con ellos y, una vez creada, acceder a tu “área personal” donde, en teoría, puedes eliminar tus anuncios. Sin embargo, no puedes acceder a los que insertaste antes de registrarte, así que sólo sirve, en realidad, para que te manden aún más correo no deseado.

    Para colmo, es una página web poco visitada, así que en cualquier caso no te será de mucha ayuda en la venta que deseas realizar. Así que, lo dicho: si alguna vez piensas en usar ese sitio web, piénsatelo dos veces.

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  • La ofensiva Avanzabus (o La forja de un monopolio)

    El denominado Grupo Avanza, o Avanzabus para los amigos, monopoliza, desde hace años, el transporte interurbano de viajeros que conecta, con Madrid, todo el oeste español -desde Pontevedra hasta Huelva- más lo que podríamos llamar el “Levante próximo”, o sea Valencia y alrededores.

    Avanza es una de las asociaciones empresariales más agresivas del sector transportes, empezando por su presencia en internet, arrolladora como una invasión e ineludible como un asedio, y terminando por su codiciosa política expansionista, que el lector curioso puede comprobar en este enlace cuyo subtítulo debería ser La forja de un monopolio; un monopolio, en efecto, de concesiones que ha supuesto, como suele suceder, un paulatino e implacable empeoramiento de la oferta, la calidad, la frecuencia y el precio del transporte público para millones de usuarios (según datos del propio Grupo) que no tienen más opción que usar los servicios de Avanza.

    Así, a medida que han ido desbancando a la competencia, han eliminado trayectos o rutas enteras, reducido horarios e incrementado los precios, que en ocasiones llegan al más completo absurdo; por ejemplo: el billete Madrid-Mérida cuesta en torno al doble que el Madrid-Zafra, a pesar de que esta última ruta, bastante más larga, pasa -¡qué cosas tiene la vida!- por Mérida y hace parada allí. ¿A quién le cabe esto en la cabeza? Desde luego, el viajero bien informado la dirá a la taquillera: “¿Me da usted, por favor, un billete a Zafra? Es que voy a Mérida, ¿sabe?” Pero no se preocupen: ya se encarga la empresa de que el viajero no esté bien informado.

    Con todo, lo que resulta intolerable, un verdadero atentado contra la sufrida ciudadanía rural, es el último ataque de la ofensiva Avanzabus: y es que, desde hace unos meses, ya no pueden adquirirse los billetes a bordo. Por increíble que parezca, los conductores ya no despachan pasajes; así que, en las numerosas localidades del excesivo “territorio Avanza” cuya estación o parada de autobuses no tiene taquilla (o ésta está cerrada), todo usuario que quiera abordar el autocar tendrá que haber comprado el billete antes por internet; lo cual, encima de costar 2‘5 € extra por pasaje (como es la moda “online”), resulta poco menos que inviable para un gran sector de la población que ya no puede adaptarse a la “cultura internet”, o costearse ordenador y conexión.

    De este modo, la España menos urbana se queda cada vez más incomunicada, a pesar de que el transporte de viajeros está millonariamente subvencionado justo para -en teoría- prestar dicho servicio esencial (que, de otro modo, resultaría deficitario). Por eso, de este empeoramiento yo culpo no sólo a Avanzabus (que, al fin y al cabo, no son más que unos accionistas tratando de rentabilizar su dinero) sino, sobre todo, a las Administraciones Públicas que recaudan y gestionan nuestros impuestos, que otorgan las concesiones de transporte, aprueban las subvenciones, y al mismo tiempo le permiten al Grupo Avanza hacer, de su capa, un sayo.

    Como siempre, los perdedores de la monopolización salvaje son los usuarios más indefensos. Y, ahora, que me vengan con cuentos sobre medidas para fijar al campo a la población rural.

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  • En el charcutero (o El ansia viva)

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    El pequeño comercio se queja de que los supermercados y grandes superficies les comen el terreno, que no pueden competir con ellos; y, en buena medida, así es. Pero, ¿no estarán siendo también víctimas, los pequeños comerciantes, de su propia ansia viva?

    Hoy estuve en el charcutero a por un poco de jamón york.

    –Buenas tardes. ¿Me pone cuarto de jamón en lonchas? Y, por favor, me destara el papel.
    –¿Cómo?
    –Sí, que me destare el papel. Que no me lo pese como si fuera jamón.
    –¡Ah, no! Yo pongo el papel en el peso. Siempre lo hago así. ¿Traes tu propio papel, y te lo sirvo ahí?
    –Desde luego que no. Pero si esas son sus condiciones, entonces lo compro en otro sitio…

    El hombre negó con la cabeza y, entre protestas, empezó a servirme lo que le pedía.

    –No estoy yo nada conforme con eso, pero bueno –me dice.
    –¿Por qué? ¿Le parece injusto o poco razonable lo que le estoy pidiendo? ¿Cree que debería pagar papel como jamón?
    –El papel también me cuesta dinero.
    –Bien, entonces estoy dispuesto a pagárselo; pero aparte, a precio de papel.
    –¿Pagármelo aparte? –negó otra vez con la cabeza, como diciendo “¡qué chalao!” Y volvió al ataque–: Me han pedido muchas otras cosas, pero esto es la primera vez que me lo piden. Me has dejado a cuadros. Si, además, cuatro céntimos no van a ningún lado, y menos con el papel tan fino que se usa hoy en día.
    –No van a ningún lado cuando son a favor de usted. Y toda la resma, que pesa un kilo cuando no pesa tres, va a favor de usted.
    –¡Pero si aquí vienen las señoras pidiéndome que les pese un trozo de salchichón, y una vez pesado me dicen que lo corte en cuatro pedazos y les haga cuatro envoltorios! Y yo tengo que aguantarme.
    –Bien, pero yo no le he pedido eso. Lo único que quiero es pagar cada cosa a su precio. Ahora estamos hablando de jamón york a ocho el kilo, pero imagínese si fuese ibérico, a cuarenta el kilo: sólo el papel me estaría costando ya medio euro.
    –¿Dices de jamón serrano? Precisamente yo limpio la pata y le quito casi todo el tocino de los lados, mientras que otros te lo venden tal cual.
    –Eso lo hará usted porque le viene a cuenta. Considerará que le beneficia, que le trae más clientela. Pero al ponerle el precio, seguro que ya se encarga de no perderle.
    –¡Bah! –despreció–. En todas partes te cobran el papel. Igual que en los supermercados ahora te cobran las bolsas.
    –Cierto. Pero es muy diferente, porque ahí está pagando usted una bolsa a precio de bolsa, no de jamón. Y la compra si quiere. Si la lleva de su casa en el bolsillo, la cajera no protesta ni le anda discutiendo. Le propongo este otro ejemplo: al comprar una lata de atún, se fija en el peso neto y sabe exactamente lo que le está costando el contenido.El peso de la lata se destara.
    –¡Hombre, claro! Pero ya te la cobran en el precio del atún; no te creas que te la regalan.
    –Ya lo sé. Pues, entonces, súbale entonces usted el precio al jamón para incluir los costes del papel, igual que incluye los de la electricidad y el alquiler del local. Así, al menos, la competencia es transparente.
    –Sí, sería una posibilidad –concedió–. Pero son formas de trabajar. Aquí no se trabaja así. No sé qué te dirán en otros sitios cuando les pides eso.
    –Pues hay de todo. Depende del dependiente, y también de los países. En Europa es muy corriente, por ejemplo.
    –¡Bueno, Europa!, ahí te cierran a las cinco y si llegas un minuto tarde ya no te atienden, mientras que aquí yo he servido a señoras que llegan cuando ya estoy cerrando.
    –¡Hombre, ese es otro tema! Si usted atiende pasada la hora será porque le compensa. Imagino que la tienda es suya.
    –En fin, por cuatro céntimos no vamos a discutir.
    –Pues ya llevamos un rato discutiendo.
    –No, yo no estoy discutiendo. Yo estoy conversando.

    Terminó de cortar el jamón, que (para no dar su brazo a torcer) había pesado sobre una fina lámina de plástico y, como para demostrarme su argumento, me dijo:

    –¿Te parecería correcto que yo ahora te sirviera el jamón así, sólo en el plástico? Porque el papel no quieres que te lo cobre, pero sí quieres que te lo ponga, ¿verdad?
    –Pues, mire, sinceramente me importaría un bledo; aunque espero que me ofrezca ese servicio, sí, como minorista que es.
    –Bueno, me dejas a cuadros. ¡Pero si el papel es lo que menos se usa hoy! Mira, las señoras me piden bandejas, que salen bastante más caras.
    –Ya. También pesan bastante más, y tampoco las destara, ¿a que no?
    –¡Claro que no!
    –Pues a eso me refiero: a todo lo que sea envoltorio. Seguro que, cuando usted compra el papel o las bandejas, los pone en la báscula y piensa: “aquí me voy a sacar tantos euros limpios del ala”.
    –Y te voy a decir una cosa: si llega a haber señoras delante, no te hago lo que te he hecho, porque no le voy a cobrar el papel a unos, y a otros no.
    –Evidentemente, las señoras también querrían que no se lo cobrara. No será tan disparatada mi idea como para dejarle a cuadros cuando usted reconoce que cualquier otro cliente se apuntaría a ella. Además, acaba de darme la razón: si no está dispuesto a dejar de cobrar el papel a precio de embutido, eso es porque su beneficio está ahí precisamente. En fin, para concluir: la próxima vez que necesite jamón prefiere que no se lo compre a usted, ¿no es así? –El hombre no afirmó ni negó–. Pues nada, hasta luego.
    –¡Adiós, artista!

    Lo de “artista” sobraba, porque iba con retintín.

    Yo deploro que cada vez compremos más productos envasados, que los vertidos municipales consistan sobre todo en envases vacíos y que las grandes superficies desplacen al pequeño comercio. Por eso voy al charcutero: para darle la oportunidad de conservar un hueco en el mercado; para que no desaparezca. Pero no me gusta la picaresca, que me den gato por liebre. Y, por desgracia, a muchos pequeños comerciantes les puede el ansia viva. Al final, por no discutir, les daré yo también la espalda e iré a hacer mi compra al súper. Por eso pienso que ellos son, en el fondo, tan responsables de su propia desaparición como las políticas de gran mercado.

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  • Self Bank insulta a sus clientes y vulnera la ley

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    Los clientes del banco “online” Self Bank que han intentado recientemente acceder a sus cuentas se han encontrado con una sorpresa: tras introducir su usuario y contraseña, en lugar de aparecerles la consabida interfaz para realizar operaciones, el sitio web les ha dado la “bienvenida” con la siguiente pantalla:

    Por si Vd, lector, no quiere pararse a leer lo que dice, yo se lo resumo: con objeto de “reforzar” la seguridad (cómo no), Self Bank “ofrece” al cliente que identifique el navegador desde el que está conectándose y “le recomienda” que lo haga enseguida.

    Cosa que, para muchos, estará muy bien. Lo malo es que no hay forma alguna de eludir dicha pantalla o escapar de ella, ni de declinar la medida de seguridad propuesta. En otras palabras: si quiere volver a disponer de su dinero, tiene que hacer, quiera o no quiera, lo que el banco le “ofrece y recomienda”.

    Por eso Self Bank –que se dice a sí mismo “transparente”– insulta a sus clientes. Y es que tratar de hacerles pasar por ofrecimiento y recomendación aquello que es forzoso, constituye un insulto en toda regla, pues equivale a llamarlos imbéciles.

    No obstante, lo peor del caso es que, para llevar a cabo la medida “propuesta”, el cliente necesariamente ha de vincular a su cuenta un número de teléfono móvil. Se trata de una condición insoslayable, a pesar de que, a día de hoy, ninguna ley española obliga a los ciudadanos a tener teléfono móvil, ni la normativa bancaria condiciona el manejo de cuentas a la titularidad de teléfonos, ni código legal alguno permite tal cosa. Y como, además, el banco opera sólo online, carece por tanto de oficinas donde realizar gestiones.

    Por eso Self Bank vulnera la ley: porque secuestra el patrimonio de sus clientes y los fuerza, si quieren recuperar el control, a hacer aquello a lo que no están en modo alguno obligados.

    Se trata, en fin, de un abuso bancario más. Un abuso que USTED, lector, puede sin embargo ayudar a combatir denunciando conmigo esta noticia o difundiéndola por los medios que estén a su alcance. Si queremos un sistema más justo, tenemos que trabajar por él.

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  • “Si usted no ha solicitado esta llamada…”

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    …pulse 7.”

    Esta, o alguna muy parecida, es la fórmula que utilizan los inteligentes estafadores para hacernos cargos en nuestra factura del móvil.

    En efecto. El enemigo, que jamás se casa de pensar cómo beneficiarse a costa de otros, ha ideado ahora esta astuta estrategia para impulsarnos a hacer lo que no queríamos. A estas alturas de la vida, todos estamos al tanto, quizá incluso escarmentados, de las nefandas llamadas a los famosos números ochocientos y hemos aprendido ya a no marcarlos… incluso aunque la voz más ardiente y cachonda nos espere al otro lado. Pero ¿quién está mentalmente preparado para rechazar una llamada de un número que no aparezca como “privado”? Yo, desde luego, no lo estaba, y menos aún si me pilla recién salido de la cama, todavía adormilado. Yo, en principio, descuelgo todas las llamadas de números no anónimos porque nunca sé quién puede estar llamándome. A lo mejor es un fulano que quiere comprarme el coche que estoy intentando vender, una vieja novia cuyo número he borrado de mi agenda o una cadena de radio para proponerme una entrevista acerca de mi último libro publicado. ¿Quién sabe?

    Sin embargo, esta mañana, al descolgar esa llamada (que ni siquiera me he fijado en que se trataba de un número ochocientos) me han espetado la siguiente alocución automática: Si usted no ha solicitado esta llamada, pulse 7. ¿Y qué hace entonces hasta el consumidor más cauto o con más reflejos? Pues se le pone la mosca detrás de la oreja y piensa: “¡Ajá, aquí hay gato encerrado! Alguien está queriendo timarme, porque yo no he solicitado esta llamada, así que… pulsaré 7”.

    Y aquí es cuando el consumidor la caga, porque al pulsar el 7 autoriza al cargo. Lo que debe Vd. hacer, amigo (o enemigo) mío, si alguna vez lo llaman con esta historia, no es pulsar 7, ni otro número alguno, sino, sencillamente, colgar la llamada. Vean qué bien pensado está el truco: el propio estafador induce a su víctima a perjudicarse a sí misma al generarle un reflejo movimiento de autodefensa.

    ¡Oh! Y, por supuesto, su proveedor de telefonía se desentiende de estas historias, así que, salvo que sea Vd. uno de los privilegiados españoles en íntimo contacto con el sistema judicial o tenga la cartera bien forrada para pagarse los mejores abogados, olvídese de reclamar. Este –no lo olvide– es el capitalismo que Vd. y yo estamos creando.

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  • Universidad de Cádiz, “sí que sí”

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    Hace poco, un buen amigo, viejo compañero y antiguo alumno de la Universidad de Cádiz, para la que ahora precisamente trabaja como profesor asociado, me decía: «Aunque te parezca mentira, en Cái la universidad sí que sí. Informáticamente, estamos a nivel europeo». Siempre fue un tipo irónico.

    En efecto, la Universidad de Cádiz -¡qué bien lo sabe mi amigo!- es un desastre informática, administrativa y, según él, también académicamente. A mí esto último no me consta, pero sí lo anterior. Su web es caótica y confusa, con tal maraña de menús y submenús, enlaces y subenlaces, ambiguos directorios, trámites duplicados o contradictorios, etc, que hasta el usuario más espabilado necesita al menos una hora de investigar, a base de ensayo y error, para dar con el remoto rincón donde se encuentra lo que quiera que esté buscando. Además, la plataforma software de para gestiones online es tan poco versátil que resulta casi hermética: en sus esfuerzos para hacerla inservible, los ingenieros informáticos de la UCA no han dejado más que un pequeño hueco por donde poder pillarla… esto, en el caso de que seas un usuario avanzado, porque, si no, lo llevas claro.

    Y, así, para solicitar online un duplicado de mi título, me habría resultado más rápido, como mi amigo me sugirió sin ninguna exageración, ir andando desde mi pueblo hasta Cádiz y hacer la gestión en persona, porque, tras dos días de dificultades para superar por fin los obstáculos técnicos (que son al fin y al cabo, no lo olvidemos, también humanos) y enviar correctamente mi solicitud, resulta que ésta emerge al otro extremo del universo cibernético frente a un funcionario que me contesta con un breve correo donde se limita a decirme que esa gestión, mejor, la haga personalmente. Un puro despropósito: no sólo no se está atendiendo al ciudadano, sino que se le hace perder el tiempo infructuosamente.

    Ahora, eso sí: seguro que alguien ha cobrado una millonada por diseñar el sistema. En eso se van nuestros impuestos.

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  • No llame a este número

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    Es bien sabido que establecer contacto telefónico con algunos (que quizá sean muchos) servicios de las diversas administraciones públicas puede resultar tarea ingrata y difícil, cuando no “misión imposible”. ¿Quién no ha sufrido más de una vez la irritante experiencia de llamar repetidamente a uno, o a varios, teléfonos de tal o cual organismo público sin lograr que nadie descuelgue al otro lado?

    Estos días atrás, por ejemplo, estuve llamando al Negociado de Acceso de la Universidad de Cáceres, pero no conseguí contactar con ellos, a pesar de que en su directorio hay nada menos que… ¡seis! números asociados a sendos funcionarios muy concretos, con nombre y apellidos; ni tampoco logré que me descolgaran, en la Universidad de Granada, ninguno de los tres teléfonos de la Oficina de Información General (es decir, la oficina que existe con el único y exclusivo fin de ofrecer información a quien la requiera).

    Pues casos como éstos, a patadas.

    Pero no se trata, ya, de pedir ni peras al olmo ni que ciertos empleados públicos contesten al teléfono. Esto, como el rey de Saint-Exupèry en su Principito, sería muy poco razonable. No, nada de eso. Se trata de algo bastante más elemental: si de los funcionarios no se espera (ni, mucho menos, se exige) que descuelguen el teléfono, ¿para qué estamos pagando con nuestros impuestos esos aparatos y esas líneas? ¿Para qué figuran esos números en los directorios? Bien podrían suprimirse, y ahorrarle así al contribuyente tan asimétrico gasto. Y digo asimétrico porque, por desdicha, muchos teléfonos de las administraciones públicas no parecen servir al pueblo que los costea, sino, si acaso, al funcionario de turno.

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  • Gastos de gestión Travelgenio (Travel2be): una estafa

    Si alguna vez buscas, o has buscado, un billete de avión a través de Travelgenio (o Travel2be, que es lo mismo), sin duda te preguntarás a cuánto ascienden los gastos de gestión que te anuncian pero que no especifican en ningún lado. Y si te importa tu dinero, escrutarás con detenimiento toda su web para averiguarlo; pero será en vano: no los detallan en ninguna parte.

    Bueno, pues yo te voy a contar lo que sé, por mí o por mucha gente que ha enriquecido este artículo con sus comentarios: los gastos de gestión de Travelgenio-Travel2be son variables (dependen de factores que sólo ellos conocen), pero en ningún caso inferiores a unos 15 €. Según el precio del billete, hay usuarios a quienes les han cobrado hasta 60 €.

    Esta práctica de no especificar dichos gastos es ilegal, pues vulnera las ley de protección del consumidor; pero lo peor es que, para rematar la estafa, no son en ningún caso reembolsables, ni siquiera aunque la transacción no llegue a verificarse (por cualquier problema técnico, bancario, etc.), cosa que con muchísima frecuencia ocurre en la web de Travelgenio.

    De modo que ya lo sabes y estás advertido: no te dejes tentar por los precios usualmente un poco más bajos que en otras webs, porque EN TRAVELGENIO SON PROFESIONALES DE LA ESTAFA. Bajo ningún concepto compres tus billetes con ellos. Sigue mi consejo; te ahorrarás muchos disgustos. Si no me crees, lee los numerosos comentarios a este artículo. Y si me crees léelos también. Aprenderás mucho.

  • Obsolescencia programada

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    La obsolescencia programada es una de las más flagrantes manifestaciones de la hipocresía de las naciones capitalistas.

    El hecho de que la industria fabrique productos diseñados para fallar, estropearse u obsolescer en uno u otro sentido al cabo de determinado período de tiempo -nunca demasiado largo-, y que lo haga con todas las bendiciones de la ley (o, en el mejor de los casos, con su mudo beneplácito), pone en evidencia la indefensión a que los ciudadanos están expuestos como consumidores, eliminando además de raíz no ya la eficacia, sino el sentido mismo de todo el aparato de defensa del consumidor, con sus oficinas, sus funcionarios y todas las leyes pertinentes; aparato que, para colmo, costea el propio consumidor con sus impuestos. Es decir, que no sólo pagamos por productos legalizados para estropearse, sino que además soportamos los costes de un servicio falsamente destinado a protegernos de dicha obsolescencia. La defensa del consumidor, ¿no debería empezar por una normativa de calidad mínima? ¿y, en todo caso, no debería ser sufragada con los impuestos procedentes de quienes se lucran con el comercio?

    La obsolescencia programada pone igualmente en evidencia el engaño al que estamos sometidos como miembros y participantes de una sociedad que se dice a sí misma popular, que se declara consagrada al individuo en cuerpo y alma, pero que no titubea en incurrir en la contradicción que supone, por un lado, declarar al ciudadano como último interés supremo y, por otro, permitir que constantemente se le vendan a éste productos deliberadamente perecederos.

    Pero, por último, lo más sangrante de este fenómeno es la escandalosa hipocresía que supone la existencia de una cadena de producción que esquilma y derrocha desalmadamente los escasos recursos del planeta, al tiempo que se promulga toda una pomposa política de ecología, energías renovables y reciclaje de basuras. ¡Qué soberana tomadura de pelo! Por cada tonelada de basura que llega al ciudadano, susceptible de ser reciclada, hay diez toneladas (es un decir) de materiales que se le extraen sin piedad al planeta. La ecología bien entendida empieza por minimizar el consumo, y no por fomentarlo para, luego, pedirnos que reciclemos las migajas. Pero, claro, esto último no complacería al gran dinero; a esas empresas que, al fin y al cabo, son las que mantienen el “crecimiento”, ese monumental error. Quizá algún día entre en nuestras cabezas la idea de que es imposible crecer infinitamente en un mundo finito. Pero, entonces, será ya demasiado tarde.

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