Freelander

Categoría: Relatos

Algo parecido a la literatura

  • La visita

    Estábamos en la cocina. Situado de pie, junto al niño, contemplaba yo cómo asentía -callado, obediente- a cada frase que su madre, con regular cadencia, le decía, aunque su voz -como en una película muda- no me llegaba, voluntad creativa del artífice de la escena. Indiferentes a mi presencia -o tal vez ajenos a ella, como a la de un espectador invisible- sentábanse el uno frente al otro a ambos lados de la mesa. Era un niño de tez pálida, lacio el cabello castaño y unos ojos oscuros que miraban a su madre con atención, pero a la vez con un aire vago y ensimismado, como de quien está inmerso en sus propios pensamientos, o un algo inquietante, como de quien vive en otro mundo o, quizá, en otro tiempo. Con una lástima inmensa, con la ternura y el amor que nunca profesé por nadie más, observaba yo su inocente rostro infantil, tan familiar y ajeno a un tiempo; su paradójica expresión, mezcla de atención y ausencia, morada de enigmáticos pensamientos o -tal vez- reflejo de una infinita candidez; y sentía por él una enorme piedad, derivada de conocer cuánto había de sufrir aún y envejecer su alma, ahora ingenua y pura.

    Me incliné hacia él y, acariciando su cabeza dulcemente entre mis manos, lo besé en la turgente mejilla con calor, con inefable cariño, con el sentimiento del que se despide quién sabe si para siempre, como mis tías del pueblo me besaban cuando, al final de cada verano, regresaba con mi familia la ciudad. Sin dejar de escuchar a su madre, él aceptó mi beso sin dedicarme una mirada, una muestra de afecto, tampoco de disgusto; parecióme, más bien, como si no lo hubiera recibido; y tal vez así fue, pues aquel niño que tenía junto a mí, al que podía ver y tocar tan realmente, no era otro que yo mismo.

    Cuando más tarde, al despertar, el hechizo de mi sueño se disipó, traté desesperadamente de recordar si alguna vez, durante mi infancia, sentí el calor de un beso fantasmal en la mejilla; si tuve algún día, siendo niño, el pálpito de estar recibiendo una caricia invisible; si me estremecí alguna vez con la impresión de ser visitado desde el porvenir… Pero no lo conseguí.

    ¡Ah, qué encuentro más triste y melancólico! Y, no obstante, ¡qué emoción la de haber podido verme a mí mismo desde el más allá, de manera tan vívida y palpable, cuando no era más que un niño: aquel niño silencioso de los ojos ausentes bajo sus cabellos lacios!

  • Invierno en Finlandia

    Después de un último paroxismo de rabia, vertida en unos días inusualmente cálidos para la época, este largo otoño, hijo del petróleo, ha dejado por fin paso franco al invierno. Días blancos y brillantes. Veinticinco bajo cero.

    Antes incluso de entrar en contacto con el aire, mi aliento se congela instantáneamente en el interior las fosas nasales, creándome una molesta y permanente sensación de mucosidad reseca. Un lagrimeo eventual solidifica en la conjuntiva o en la comisura del ojo con vocación de legaña, y a veces me suelda las pestañas impidiéndome abrir los párpados. Bajo la suela del calzado o el caucho de los neumáticos, la nieve emite su escandaloso crujido de grava pisoteada. Durante la noche, la humedad ambiente sublima sobre las delgadas ramas de los árboles recubriéndolas con un escarchado uniforme, perfecto, de postal navideña. Con el débil calentamiento matutino, si acaso amanece despejado, esa misma escarcha se desprende en una miríada de microscópicos cristales de hielo que los árboles espolvorean por el aire jugando a nevar, y que refulgen al sol como chispitas brillantes. El agua que fluye por el canal o junto al muelle, que por el movimiento nunca se hiela, humea constantemente una niebla fantasmal de puchero hirviente que se disipa en el aire a los pocos metros de altura, evocando un paisaje fabuloso de ciénaga embrujada. Y al ocaso, en el horizonte, el blanco azulado de la nieve y el azul blanquecino del cielo se confunden, sin que sea posible discernir la divisoria.

    El lago, definitivamente aletargado, ha acallado sus espectrales lamentos.

  • Konttori

    Konttori era el local de ambiente nocturno más afamado de la ciudad, aunque desde luego no el mejor: siempre lleno de humo, encharcado de cerveza y alfombrado de vasos rotos, con su pequeña y sofocante pista de baile, sus largas colas para entrar, sus elevados precios y las malas pulgas de sus porteros. Sin embargo, por uno de esos caprichos populares, era el lugar predilecto del mujerío y, en consecuencia, también el de los hombres. Después de todo, solía traerme suerte y rara vez defraudaba mis expectativas.

    Apostado en uno de los rincones estratégicos de la barra, con mi pinta de stout en la mano, vigilaba la entrada y las evoluciones de todo elemento del género convexo que caía en mi campo de visión. Era mi última noche allí; mi última noche en la ciudad: al día siguiente abandonaba el país para una larga temporada; en realidad para siempre. (más…)

  • Capricho musical

    A mi querida Marisol, in memoriam

    A veces, cuando estoy estudiando en el aula de Gonzalo, veo cómo junto a mis notas, escuálidas y arrugadas, como si enfermas o malnutridas, se entremezclan otras mucho más regulares, casi perfectas. Las mías salen de la caja de resonancia medio tullidas y no estiradas, quiero decir, no con sus palitos rectos, sino onduladas como cilios en movimiento, desiguales y arrítmicas. Algunas, las más pesadas, se van derechas al suelo y ahí se quedan, sin poder ya levantarse; otras salen disparadas y tropiezan con el techo o las paredes, rebotan y vuelven quizá al piano para engancharse de nuevo en alguna de sus cuerdas. No forman en desfile sino que marchan como en protesta, si acaso en caótica procesión, o qué se yo. De vez en cuando un grupo de ellas salen igualitas, bien parejas, y se quedan en el oído, jugando en la espiral del caracol, para elevar su poquito de armonía hasta el espíritu. Pero esas otras que digo, las que no son mías, llegan como desfile de hormigas en perfecta formación, todas iguales, en columna de a dos o de a cuatro, a veces sueltas, hacia arriba o hacia abajo, y revolotean por el aire de tal forma que no habría modo de asirlas: como golondrinas a la caza de insectos al atardecer, ahora se posan en los cables de la luz, ahora se precipitan por el aire en revuelto torbellino, y las veo pasar raudas o lentas, pero siempre riendo y echando gorgoritos. Cuando se encuentran con las mías corretean a su alrededor, envolviéndolas a veces o dándoles burlona escolta, girando en torno a ellas. Algunas se demoran, flotando, en las ocho esquinas de la habitación mientras otras viajan en hileras a toda velocidad haciendo perspectiva cónica, mayores las cercanas y en disminución hasta las más lejanas. ¿De dónde vendrán? Sígoles la pista como hago con las hormigas que, al principio del invierno, me aparecen en la despensa, y veo que casi todas (más…)

  • Nochebuena entre vagabundos

    Es Nochebuena. Una gran luna, muy blanca y redonda, brilla en el cielo negro y puro de la noche polaca. Con el estómago vacío, arrastro mi soledad navideña por las frías y desiertas calles de Bialystok. ¿Qué hago aquí? No importa. Es sólo que me gustaría cenar al calor de mis semejantes.

    Todo está cerrado, y ni los turcos abren hoy sus quioscos de kebabs. Tendré que volverme a la habitación en ayunas.

    Llega a mis oídos el sonido de unos acordes, y hacia allá dirijo mis pasos. Bajo un pequeño toldo tocan tres músicos y, en unas mesas al lado, un grupo de voluntarios reparten comida y bebida calientes. Los vagabundos de la ciudad se han dado cita aquí; llenan sus panzas, luego repiten, y aún vuelven a por otras raciones para llevárselas en fiambreras a sus guaridas de arrabal.

    Me acerco a curiosear. Me da algo de reparo beneficiarme de la pitanza de los indigentes; pero al ir a darme la vuelta una señora me invita con una sonrisa: ¡zapraszamy, zapraszamy! Jest barszcz, prosze pan. Un poco avergonzado, cojo la taza de borsh caliente y la cuchara de plástico que me tiende, y allí entre los vagabundos apuro el sabroso caldo. De pronto me siento entre iguales. ¿Qué me diferencia de ellos? Quizá que yo podría pagar esa comida y ellos no; pero a la hora de la verdad, aquí estamos, todos en el mismo sitio, gentes sin hogar compartiendo una Nochebuena que ha venido a traernos la Iglesia. Un poco de música y buena comida casera, tradicional polaca: borszcz, pierogi, bigos, herbata.

    Sí, es la Iglesia Católica quien organiza el benéfico tingladillo. No el gobierno de políticas sociales, ni los radicales rompefarolas, ni la izquierda “solidaria”, no digamos los anti-iglesia; éstos están todos –todos– pasando la cristiana Nochebuena con sus familias. Sólo la Iglesia –la denostada y atacada Iglesia– es capaz de regalar una Nochebuena a los vagabundos de la ciudad.

    Hablo un momento con la señora que está al cargo. Quisiera darles unos billetes, contribuir a su labor, recompensar al menos la comida caliente, el té, la música y el ratito en compañía; pero no me los coge. Esto no se paga –me dice–, pero si quieres puedes darle las gracias al Señor. ¡Ay, señora!, eso es precisamente lo que no puedo…

    Al cabo, regreso al hotel. Caminando por las frías y desiertas calles de Bialystok, bajo la luna llena, soy otro vabagundo más que regresa a su guarida; un vagabundo que ha pasado la Nochebuena entre sus iguales.

  • Serranía de Cuenca en moto; ¡lo tienes aquí!

    No hace falta ir a Norteamérica para encontrar asombrosos cañones ni a Sudamérica para disfrutar de un insuperable chuletón de buey: en el centro de nuestra sufrida piel de toro, en la serranía de Cuenca, hay parajes que envidiaría el foráneo más chauvinista, y se cría una carne para satisfacer el paladar más exquisito. ¿A qué buscarlo fuera? ¡Lo tenemos aquí!

    Los embalses de Entrepañas y Buendía formaban parte del “cancionero” geográfico en mis tiempos de escolar, cuando aún se estudiaba geografía de España en todos los colegios de la provincia o región que fuesen. Hoy, habiendo pasado la noche en Pastrana, apenas a veinte quilómetros de los pantanos, ¿qué más natural que acercarme a visitarlos y, de paso, seguir disfrutando la moto y el buen tiempo? Así conoceré de primera mano lo que hace cuatro décadas era sólo una aburrida letanía.

    Pastrana, calentándose hacia el sol del mediodía
    Pastrana, calentándose hacia el sol del mediodía

    La mañana, soleada y hermosa, saca resplandores moriscos a un Pastrana que mira hacia el sur. Pese a este cielo sin nubes, aún no ha entrado la primavera y sobre la moto hace rasca. (más…)

  • Escapada a Pastrana, villa ducal

    Muere febrero, el único mes sensato del calendario (salvo en los años bisiestos), y el fin de semana no tiene más remedio que poner un pie en marzo si no quiere quedarse cojo. Estos días soleados a finales del invierno suelen ser soberbios para la moto, quizá los mejores del año, así que echo una camisa en la mochila, el portátil que no falte, y pongo rumbo al este sin otro criterio que alejarme del mundanal ruido. Ya en ruta, Dios dirá.

    Es la carretera, antes que mi voluntad, la que nos guía a Rosaura y a mí, la que nos lleva e indica el rumbo en cada cruce. Me desvío de la N-II en Alcalá de Henares, donde contribuyo a luchar contra los abusos de las petroleras repostando en la gasolinera cercana más barata (hay varias apps para eso, muy recomendables), y la primera cerveza cae en Pozo de Guadalajara, en un soleado bareto junto a la carretera. Desde allí, Armuña de Tajuña y luego hacia el sur, hacia Pastrana, porque el nombre me ha sonado familiar; ¿no hay una calle así en Madrid, Duque de Pastrana? ¿O es una estación de metro cerca de mi barrio?

    La villa de Pastrana
    La villa de Pastrana

    Nueve siglos hace ya que el rey Alfonso VIII entregaba la que por entonces era sólo una pequeña aldea a la naciente y guerrera Orden de Calatrava, cuyos monjes-caballeros engrandecieron aquélla con donaciones y privilegios hasta que, dos siglos más tarde, consiguieron que se le otorgase el fuero de villazgo. A partir de ahí, se comienza en 1369 la construcción de una muralla que rodeará y fortalecerá la población, que hoy conserva aún su color de piedra y un fuerte sabor castellano. Ciudad medieval, instantánea del tiempo pasado, diría de ella Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria. (más…)

  • Cazando recuerdos

    Calle Nuestra Señora de Calatañazor, Soria.
    Calle Nuestra Señora de Calatañazor, Soria.

    Mis primeros recuerdos de Soria son apenas media docena de imágenes, vagas e inciertas en la memoria. Contaba yo quince abriles, y en mi clase del Instituto Santamarca se había organizado un fin de semana en esta pequeña capital de provincia. Veo un vagón de Cercanías y una treintena de chavales inquietos, jugando, charlando, mientras las soleadas colinas de una serranía parda y rojiza pasaban tras los cristales de las ventanillas. Veo después un día frío y nublado en una ciudad que es casi un pueblo, cubierta por la nieve entre áridas lomas baldías. Veo una cama antigua, grande, de madera, en una habitación de paredes azul celeste, desde cuya ventana hay una vista sin obstáculos hacia una plaza. La comparto con mi compañero Carlos Groizard, de quien secretamente envidiaba su ascendiente francés, sus delicados rizos castaños y esa desenvoltura, que sólo da la familiaridad, con que trataba a las chicas de clase. Veo un paseo en grupo hasta un otero cercano, desde donde se veían los campanarios de las iglesias, destacando sus oscuros sillares contra la nieve. Y veo por último, muy vagamente, la cálida iluminación de un bar al anochecer, y el tormento por la indiferencia que me mostraba la chica a la que yo quería, y a quien Carlos, en cambio, se permitía chulear.

    Eso es todo.

    Cuando, un cuarto de siglo más tarde, volví a Soria para residir un año, hurgué emocionado en la memoria para recobrar esos recuerdos y en vano los perseguí durante meses: las imágenes me resultaron elusivas como esos filamentos que a veces se desplazan errantes por nuestra retina y que, tímidos o traviesos, se esconden cuando intentas enfocarlos; y de ese mismo modo, cuanto más me esforzaba en precisar aquellos recuerdos con nitidez, en recuperar sus detalles y fijarlos para siempre en la memoria, más confusos y equívocos se me aparecían, más huidizos e irreales, como si hubieran sido invención o sueño. Tampoco fui capaz de identificar, con esta Soria que tenía por segunda vez ante mis ojos, ninguno de los lugares que aquellos fugaces fotogramas habían recogido. Me parecía como si estuviese tratando de superponer, al contraluz, dos dibujos que deberían ser iguales pero cuyos trazos no coinciden exactamente: pese a tener la certeza (¿cómo podría ser de otro modo? de que los viejos edificios de entonces, las iglesias, las plazas, las colinas, estaban ahí igual que en ese viaje de mi adolescencia, ambas copias no se correspondían. ¡Tan pobres y borrosos eran mis recuerdos! Y luego, claro, la ciudad tampoco era la misma. Aquella Soria de antaño era poco más que un pueblo, puro casco antiguo y nada más, mientras que la de hogaño era diez veces mayor, y nuevos barrios la separaban del campo y del paisaje.

    Hoy, una década más tarde, he vuelto a Soria otra vez, pero ya no son aquellos lejanos recuerdos de mi adolescencia los que evoco, perdidos sin remisión, sino los del año que viví aquí, éstos sí nítidos, sólidos, cercanos. Tal vez se desdibujan un poco en los bordes como se erosiona una roca en sus aristas, pero ahora las imágenes son inconfundibles; mientras que aquellos otros de mi viaje con la clase del instituto no han hecho sino desdibujarse cada vez más, irrecuperables, como al cabo del tiempo se desdibuja un carboncillo sin fijador. Los nuevos suplantaron a los viejos, que no son ya sino recuerdos de recuerdos, retazos tal vez imaginados, el rastro dejado en la memoria por un esfuerzo de recordar.

    Legendaria ermita de San Saturio, sobre el Duero a su paso por Soria.
    Legendaria ermita de San Saturio, sobre el Duero a su paso por Soria.

     

  • Final de trayecto

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    Me costó un gran esfuerzo terminar de abrir los ojos: desde hacía un buen rato los párpados me pesaban como si fueran de plomo; y en la lucha contra el profundo sopor en que me hallaba iba intentando discernir y comprender mi realidad inmediata, recomponiéndola -igual que un puzzle- con las piezas del presente que, una a una, iban llegando a mi consciencia -no directamente, sino como por osmosis- a través de los sentidos, y con aquellas otras que -como relámpagos que iluminan la noche- lograba rescatar del otro lado de la memoria: antes de coger el autobús donde me había quedado dormido.

    Supe que viajaba a través de la ciudad. En el asiento notaba el ronroneo del motor, que acentuaba mi modorra; percibía también los cambios de marcha, las paradas y los acelerones, las curvas, e incluso me parecía escuchar, como desde muy lejos, las voces de otros pasajeros. Durante un fugaz segundo que logré apenas despegar los párpados, vi el piso pardo y poco iluminado del ómnibus. Era uno de esos metropolitanos dobles, articulados, y yo iba junto al acordeón de goma negra que permite el giro.

    No sabía a ciencia cierta desde cuándo, pero tenía la sensación de llevar ya muy largo rato viajando; no podía faltar mucho para el final del recorrido. Pero ¿cómo había llegado hasta allí? En pugna con la pesada somnolencia en que me hallaba inmerso, como si estuviera bajo el efecto de un potente somnífero al que iba ganando terreno con trabajosa lentitud, fui recordando que había escapado precipitadamente, empujado por un repentino desasosiego, de un piso donde se celebraba algo, quizá un cumpleaños; pero la memoria, entremezclada aún con el sueño, se negaba a proporcionarme más detalles, por el momento. Sí, había habido francachela en aquella casa, voces, comida y bebida; pero a mí me entró de pronto la angustia y sentí la necesidad imperiosa de huir… Fue entonces cuando salí del piso y, guiado por el instinto, alguna corazonada o quizá tan sólo las prisas, cogí este autobús con la idea, tan vaga como -ahora lo comprendía- infundada, de que tenía forzosamente que llevarme a casa. Mas ahora, pese al tardo razonamiento a que me limitaba esta especie de letargo en que había caído, me daba cuenta de que fue un impulso equivocado: aunque es difícil calcular el tiempo cuando se duerme, llevaba -pensé- quizá ya una hora de trayecto y era más que probable que me encontrase en algún extremo de la ciudad, tan alejado de mi destino como al principio.

    He pensado: “la ciudad” Sí, pero… ¿qué ciudad? He sido viajero durante tantos años que con frecuencia, al inicio del despertar mañanero o tras alguna pesada siesta, me cuesta trabajo saber dónde me hallo, en qué ciudad o país. Y eso mismo estaba ocurriéndome entonces, mientras pugnaba por despertar del todo. De nuevo pude entreabrir un momento los ojos, venciendo el plúmbeo peso de los párpados, y aproveché para tantear alrededor en busca de mis pertenencias; aún no sabía cuáles, pero sí que llevaba algo conmigo. Durante un breve instante de alarma pensé no hallarlas, al notar vacío el asiento vecino; ¿acaso algún pasajero había aprovechado que estaba dormido para sustraérmelas? Pero enseguida me alivió sentir al tacto un macutillo; sí, ahí estaba. Vale. Pero la ciudad… aún no podía recordarla, de entre las muchas en las que he vivido. Intenté deducirlo a base de lógica: esos asientos de madera, ese autobús articulado y renqueante, esas ventanillas oscurecidas por la mugre de años… Debía de estar en Polonia, o quizás en Ucrania…

    Y así mi consciencia, durante un buen rato, fue debatiéndose para intentar moverse a través del fluido extraordinariamente viscoso del sueño. ¿Quizá -me pregunté un momento- me habían puesto algún narcótico en la bebida? Mas en seguida deseché la idea: ¿quién haría eso, y para qué? Era absurdo. Pero, entonces, ¿de dónde me había caído aquella soñarrera? No podía recordarlo, así que seguí librando asaltos contra ella hasta que, tras un agónico y postrero esfuerzo de la voluntad, logré sacudirme ese pegajoso abrazo de Morfeo; ¡por fin! Me sentí libre. Abrí los ojos y miré a mi alrededor: ya no quedaba nadie en el autobús salvo el conductor y yo; era el último pasajero, así que -deduje- debíamos estar llegando al final de la ruta, fuera este cual fuere: casi con seguridad, a juzgar por lo largo del viaje, en el extrarradio. En cualquier caso, y en tanto no me recobrase de aquella extraña resaca, si ni siquera sabía qué ciudad era esa, ¿cómo podía pensar en hallar el modo de irme a  casa? Tenía que bajar del autobús, tomar el aire, acabar de despejarme…

    Con notable torpeza recogí, uno a uno, los tres objetos que traía conmigo: una cajita de cartón con un disco duro de segunda mano, una pequeña bolsa transparente, sin asas, que contenía ocho o diez tappon de corcho, y mi macutillo negro. El disco duro y la mochila no planteaban ningún desafío a mi razón; pero, en cuanto a la bolsa con los corchos se refiere, aquello ya era otro cantarrr: esa pertenencia introducía en la escena un elemento surrealista que me llenó de perplejidad: sabía, sí, que eran míos, pero no recordaba en absoluto de dónde habían salido ni para qué los llevaba. Los miré primero un poco atónito y, luego, con una sonrisa de resignación, seguro de que el misterio se resolvería por sí solo en cuanto lograse recobrar por completo mi lucidez.

    Me levanté del asiento y, sujetándome a las barras para no caer, porque en ese momento el conductor giraba hacia una bocacalle, me dirigí hasta la puerta delantera para a descender en la próxima parada. Hacía sol y, tras los vidrios sucios, se veía un pequeño parquecito con árboles. Y entonces sin esperarlo, según me preguntaba cómo haría para regresar a casa, en un repentino destello de clarividencia, como quien experimenta una revelación, tuve la certeza de que desde allí sería imposible regresar; y de que, aparte, jamás lo lograría en un transporte convencional; era una imposibilidad física a la vez que metafísica. Y acto seguido supe, con la sorpresa de quien, frente a una puerta de aspecto impenetrable, halla que cede a la mera presión del brazo porque no tiene el cerrojo echado, supe que no me separaba de mi casa más que una suerte de… ¿cómo describirlo..? una suerte de membrana imaginaria… Comprendí que yo era como una bacteria en el interior de una gota de agua aislada y que, para lograr salir de ella, me bastaba con… dar un paso mental para emerger, con inusitada facilidad, desde la dimensión onírica en que todo aquello había sucedido al verdadero mundo real de mi dormitorio.

    ¿Real? Bueno, quizá sólo un orden de magnitud inferior en una secuencia infinita de universos más allá de cuyas fronteras la palabra realidad pierde todo significado y, con ella, también nuestra existencia misma.

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  • El extraño mercado electrónico de Hua Qiang Bei

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    Puede decirse que Hua Qiang Bei es el mercado electónico más grande del mundo y, desde luego, uno de los lugares más extraños y chocantes en los que he estado.

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    Adentrándose en el pleno corazón de Shenzhen, en China, hay una calle llamada Hua Qiang Bei, que le presta su nombre al área circundante: un distrito de aproximadamente ciento cincuenta hectáreas, con un montón de grandes y desaliñados edificios de varias plantas, cada uno de ellos lleno, literalmente, de cientos de pequeñas tiendas, más bien como puestos de un mercado, que a su vez están repletos a rebosar de miles de componentes electrónicos, apilados en estantes o empaquetados en bolsas a reventar, bajo el usado vidrio de los mostradores, totalizando sin duda centenares de millones de unidades. Y todo esto compone una suerte de astroso mundo futurista, algo a mitad de camino entre Blade runner y Tron: una verdadera jungla enredada de silicio y germano, difícilmente descriptible tanto en su aspecto como en su atmósfera.

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    Una vez que llegas a Hua Qiang Bei, probablemente tras viajar en metro durante varias leguas de inacabables túneles, enseguida tienes la sensación de que este es un sitio muy especial; y, si ya ha anochedido, puedes incluso pensarte como un Deckard siguiéndole a Zhora la pista de sus sintéticas escamas de serpiente, o quizá mejor un Roy sacándole información a algún chino diseñador de ojos: habrás de pasar junto a decenas de puestos con fluorescentes, donde se venden toda clase de comidas cuyos olores entremezclados se fusionan, a su vez, con el humo de los coches y de la descomunal maquinaria de obras; innumerables tiendas, una tras otra, atestadas con semiconductores NPN; una muchedumbre que entra o sale –como hormigas en un termitero– de cada uno de los grandes edificios que albergan el kernel Hua Qiang Bei: Segbuy, el gigante electrónico.

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    Y, cuando tú mismo te conviertes en hormiga y entras, perderás toda noción del tiempo, de la orientación y quizá hasta de la realidad. Como si fuesen subterráneos, carentes de oquedad alguna que deje entrar la luz del exterior, cada edificio es un laberinto poco iluminado de compartimentos, estrechamente dispuestos, donde es teóricamente posible –si eres capaz de dirigirte al rincón adecuado– encontrar hasta el último componente de hardware que puedas necesitar; aunque mucho más probable será que te pierdas en este aparentemente caótico mundillo, entre humanoides que lo mismo están arreglando una placa con un soldador eléctrico que clasificando cables multicolores o ristras de diodos autoluminiscentes, o comprobando circuitos impresos con un polímetro; y todos ellos parecen por completo enfrascados en sus actividades, cuando no están almorzando noodles o soba en una esquina, echando un pitillo en un taburete o echando una cabezada sobre el mismo mostrador, en aparente indiferencia hacia cualquier cliente potencial e ignorando por completo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor.

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    Este es, lector, el mercado electrónico de Hua Qiang Bei; algo entre desguace y fábrica; un lugar que puede superar la fantasía creativa de muchos guionistas de ciencia ficción. Lástima que mis torpes fotografías no puedan transmitir una idea de hasta qué punto este lugar puede parecer extraño. Espero que mis palabras lo hayan descrito mejor.

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