Freelander

Categoría: Ensayo

Donde vuelco algo de mi carga mental

  • Encuentros en la segunda fase

    El hombre me cayó bien al primer golpe de vista. Era un tipo alto y un poco desgarbado, de facciones más bien toscas -como si fuera un rostro inacabado por el escultor- y poco usuales, que sugerían un sólido pero mudo carácter. Lo había conocido en un restaurante. De hecho, era el cocinero y, aunque parco en palabras, entabló conmigo una lenta pero sentida conversación a cuento de no recuerdo qué. Por lo poco que pude bucear en su personalidad durante aquel encuentro, me pareció, sobre todo, un ser humano decente.

    No debía el hombre de tener mucho trabajo a esa hora, porque, acabado que hube mi cena, me dijo de salir un momento a la calle para seguir conversando mientras se fumaba un pitillo. Nada más franquear la puerta, durante un breve instante, creí haberlo perdido de vista como si se lo hubiese tragado la tierra; pero no: allí estaba, sin hacerle apenas caso al pitillo, mirando hacia el gris y húmedo adoquinado mojado por la reciente lluvia, o hacia el inconfundible azul del cielo septentrional sobre los bajos tejados de las casas vecinas. Era la suya una compañía agradable y cercana, una compañía que yo habría podido disfrutar más de no ser por aquel ruido, aquel enojoso e insistente ruido que parecía manar desde dentro de mi cabeza y sonaba con creciente fuerza… ¡Oh, ese endiablado ruido!

    Era el despertador. Abrí los ojos a una desconocida habitación de hotel, (más…)

  • El villancico del Tiempo pasado

    villancicosAl pasar junto al salón de actos del Instituto Ortodoxo, el hombre escucha un coro de voces infantiles, y, curioso, se asoma tras los vidrios de la puerta cristalera. Ve un grupo de niños ensayando villancicos bajo la dirección de una joven profesora; no tan joven, en realidad -dice el hombre para sus adentros-, pero hace ya tiempo que todo el mundo se lo parece, y eso sólo puede significar una cosa…

    Con un gesto inconsciente desecha este inoportuno pensamiento, y procurando no hacer ruido abre la puerta y se cuela a hurtadillas en la amplia estancia, toma asiento en una de las últimas sillas y se queda a escuchar el ensayo. La atmósfera es cálida, acogedora y envolvente como un seno materno. Fuera, tras las ventanas, unos tímidos copos de nieve descienden en silencio y ponen en la noche una blanca pincelada navideña.

    Cuando, tras otras melodías, brotan de las bocas vírgenes y puras de los niños (¡ellos sí son jóvenes!) las notas algo tristonas del Noche de Paz, al hombre se le escapan dos lágrimas que ruedan mejillas abajo. Pero no es la tristeza del villancico, por sí misma, lo que las hace brotar, (más…)

  • La conexión cósmica

    Fue años antes de que mi curiosidad y mis estudios me llevasen a recorrer los caminos de la ciencia; antes de tener inquietudes de conocimiento; en la temprana adolescencia, cuando todo está aún por descubrir y cuando el mundo, como un prestidigitador anticuado, nos hace guiños desde detrás de sus trucos viejos, ésos que ya sólo cautivan a los niños.

    Me ocurrió sólo en dos ocasiones; dos veces nada más; pero aunque han pasado cuatro décadas desde entonces, ¿cómo olvidarlo?

    Era el verano; uno de esos veranos de la mocedad, tan largos que nos veían crecer y tan llenos de eventos que marcaban épocas. Íbamos al pueblo de mis abuelos durante tres meses y allí el tiempo, la luz, el espacio, cobraban otra dimensión. La monotonía de las clases, que marcaban las horas y los días en la ciudad con su reloj didáctico; o la geometría de los bancos y las aulas, las calles y los edificios, que cuadriculaban el entorno con sus perspectivas oblicuas, se interrumpían en el pueblo para dar paso a un espacio cambiante y heterogéneo, donde el espíritu parecía expandirse en la libertad sin límites que el campo y las vacaciones nos ofrecían. (más…)

  • Nochebuena entre vagabundos

    Es Nochebuena. Una gran luna, muy blanca y redonda, brilla en el cielo negro y puro de la noche polaca. Con el estómago vacío, arrastro mi soledad navideña por las frías y desiertas calles de Bialystok. ¿Qué hago aquí? No importa. Es sólo que me gustaría cenar al calor de mis semejantes.

    Todo está cerrado, y ni los turcos abren hoy sus quioscos de kebabs. Tendré que volverme a la habitación en ayunas.

    Llega a mis oídos el sonido de unos acordes, y hacia allá dirijo mis pasos. Bajo un pequeño toldo tocan tres músicos y, en unas mesas al lado, un grupo de voluntarios reparten comida y bebida calientes. Los vagabundos de la ciudad se han dado cita aquí; llenan sus panzas, luego repiten, y aún vuelven a por otras raciones para llevárselas en fiambreras a sus guaridas de arrabal.

    Me acerco a curiosear. Me da algo de reparo beneficiarme de la pitanza de los indigentes; pero al ir a darme la vuelta una señora me invita con una sonrisa: ¡zapraszamy, zapraszamy! Jest barszcz, prosze pan. Un poco avergonzado, cojo la taza de borsh caliente y la cuchara de plástico que me tiende, y allí entre los vagabundos apuro el sabroso caldo. De pronto me siento entre iguales. ¿Qué me diferencia de ellos? Quizá que yo podría pagar esa comida y ellos no; pero a la hora de la verdad, aquí estamos, todos en el mismo sitio, gentes sin hogar compartiendo una Nochebuena que ha venido a traernos la Iglesia. Un poco de música y buena comida casera, tradicional polaca: borszcz, pierogi, bigos, herbata.

    Sí, es la Iglesia Católica quien organiza el benéfico tingladillo. No el gobierno de políticas sociales, ni los radicales rompefarolas, ni la izquierda “solidaria”, no digamos los anti-iglesia; éstos están todos –todos– pasando la cristiana Nochebuena con sus familias. Sólo la Iglesia –la denostada y atacada Iglesia– es capaz de regalar una Nochebuena a los vagabundos de la ciudad.

    Hablo un momento con la señora que está al cargo. Quisiera darles unos billetes, contribuir a su labor, recompensar al menos la comida caliente, el té, la música y el ratito en compañía; pero no me los coge. Esto no se paga –me dice–, pero si quieres puedes darle las gracias al Señor. ¡Ay, señora!, eso es precisamente lo que no puedo…

    Al cabo, regreso al hotel. Caminando por las frías y desiertas calles de Bialystok, bajo la luna llena, soy otro vabagundo más que regresa a su guarida; un vagabundo que ha pasado la Nochebuena entre sus iguales.

  • El portillo de la traición

    portilloTraicionSobre el lienzo noroeste de la muralla de Zamora la bien cercada hay una pequeña puerta a la que llaman portillo de la traición, sugestivo nombre que enseguida despierta mi interés como turista accidental: ¿qué le hizo merecer tal nombre? En sus inmediaciones hay un letrero explicativo que lo aclara: según cuenta la leyenda, por ella regresó a la ciudad el traidor Vellido Dolfos –hijo de Dolfos Vellido, que canta el romancero– tras haber dado muerte al rey Sancho II durante el cerco de Zamora (que, como bien rima el famoso dicho, no se ganó en una hora). Pero la historia tiene algo más de miga, y el letrero estimula mi curiosidad antes que saciarla.

    Durante una de mis escapadas por la península Ibérica he recalado en Zamora, ciudad que tanta relevancia tuvo en la historia de nuestra nación y que tan escasa entidad política y económica tiene hoy (gracias sean dadas al Cielo en nombre de la pureza de nuestras localidades), para conocerla por amor que tengo a las capitales pequeñas e históricas y, de paso, por ver cuán bonita es su afamada semana santa. (más…)

  • Pensaba estos días que…

    ¿Opinión o criterio?

    Mucho más que tener opiniones es importante tener criterio. Las opiniones, nuestras ideas sobre los temas sociales o políticos, son fácilmente manipulables y pueden habérsenos inculcado desde fuera; podemos haberlas tomado de nuestros mayores, de la prensa, de nuestros amigos, con excesiva frecuencia de las redes sociales. El criterio, en cambio… la capacidad para discernir lo verosímil de lo falaz, lo fidedigno de lo demagógico, para ser crítico con la información que recibimos y cuestionar sus fuentes… el criterio es propio de cada uno, e inalienable.

    Un buen criterio es casi garantía de unas saludables opiniones. Pero las opiniones del que no tiene criterio no son más que el eco de otras voces. (más…)

  • Los tiempos mas dificiles para la humanidad

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    Sin duda alguna, estamos siendo testigos — ¿qué digo?, estamos participando de los peores tiempos que la humanidad haya conocido jamás.

    Porque, hasta donde sabemos -y no creo que haya nunca pruebas que indiquen lo contrario-, desde la aurora de nuestra especie, todo a lo largo de la historia humana, cada civilización o cultura, cada tribu o pueblo, cada sociedad o raza, pequeña o grande, débil o poderosa, sabia o ignorante, siempre ha creído en el más allá, de un modo u otro. Durante un millón de años no ha habido ciencia o conocimiento lo bastante avanzado para proporcionar respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida, y la gente se volcó en la fe y las creencias. Creían en dioses, espíritus, animismo, naturaleza como un ente superior, reencarnaciones o cualquier recurso similar, todos ellos con el mismo factor en comun: una explicación para la vida, basada en otra vida tras la muerte. Cualquiera de estas creencias que analicemos apunta en la misma dirección: la vida no acaba totalmente cuando morimos.

    Por tanto, para todos y cada uno de los humanos que han existido antes de nosotros (y han sido unos cuantos) la vida tenía sentido, de modo que en realidad no tenían que preocuparse por ese tema y podían así concentrarse en las rutinas diarias de “verdadera importancia” para no morir demsiado temprano: cazar, recolectar comida, reproducirse, cuidar a la prole, vestirse, ponerse bajo techo… Hasta nuestros días, lo unico de lo que teniamos que preocuparnos era, simplemente, de vivir; y esto de la mejor manera posible, sin poner cuidado a cuestiones relacionadas con el mas allá porque de esos asuntos se encargaban poderes superiores e inalcanzables para nosotros: el Sr. Trueno y el Sr. Rayo, el Sr. Sol y la Sra. Luna, Mr. Terremoto, Mr. Volcán, Madre Naturaleza, y por supuesto todo el elenco de dioses mayores y menores, espiritus, diablos, ángeles, musas de todas clases. ¿Que no habíamos podido cazar un búfalo para almorzar? Mala suerte, pero no un problema demasiado grave, porque esos hombres tenían un propósito y por tanto una fuerte motivación para seguir intentando la caza. ¿Que no se han podido recolectar raíces suficientes para la cena? Mala suerte, quizá lo hayan querido así los dioses; intentémoslo con más ahínco mañana. ¿Que un hijo murió de algunas fiebres? Otro tanto de lo mismo. Y así sucesivamente.

    Pero hoy en día “sabemos mucho mejor” que antes. Llegaron los científicos, llegó ese mentado Darwin, doctores, sabios e investigadores de todo tipo llegaron que nos dejaron tan diáfanamente claro que no hay vida tras la muerte, y que la propia vida es tan absurda y por completo carente del menor sentido, que no podemos seguir ignorándolo durante mucho más tiempo. Y ahora es cuando tenemos un problema. Por primera vez en la historia de los hombres; fíjate, lector: por primerísima vez, tenemos que ocuparnos personalmente de un asunto que hasta ahora habíamos alegremente, y con éxito, delegado en criaturas imaginarias. Y no es un problema trivial, que se diga. De hecho, es el mas difícil con que cualquier persona podrá nunca enfrentarse, ya que atañe al resto de las facetas de su vida, hasta el día de su muerte.

    Cierto que aún somos minoría y, a pesar de que la información está ahí para quien quiera echarle mano, todavía la mayor parte de la poblacion en la mayor parte de las sociedades escogen ignorarlo, y se aferran a las viejas creencias (por  mucho que algunos locos se crean ateos). Pero esa situacion no durará mucho. ¿Cuánto, uno o doscientos años quizá? Eso no es nada ¿Cuánto tardará la humanidad al completo en trabar conciencia de tan desastroso hecho: el absurdo de la vida? De momento, quizá la juventud sea la más expuesta, no sólo porque se ha librado de una educación religiosa en muchos casos, sino sobre todo porque los jóvenes son demasiado listos y no se les puede engañar tan facilmente respecto a esas cuestiones. Están en internet, dominan los ordenadores y pronto este conocimiento: cuando un ser vivo muere, es su final absoluto y definitivo. Punto. Nada de almas en pena vagabundeando por ahí, nada de espíritus cogiendo la lanzadera hacia el Purgatorio, nada de vírgenes esperando ser desfloradas en la otra vida si no las desfloraste en esta; nada de nada.

    Y este es el peor drama que los humanos hayan podido jamás imaginar, y estoy seguro de que nunca pudieron predecirlo: el derrumbe de las creencias y los valores. Porque ahora que la vida no tiene ningún sentido, bueno… ¿pues qué sentido tiene ninguna otra cosa? ¿Para qué seguir viviendo, en primer lugar? Ningún valor consistente podrá perdurar porque los valores se arraigan en creencias más o menos persistentes; pero si no hay creencias, entonces ¿qué nos impide las conductas más grotescas? Estamos perdidos, terrible y patéticamente perdidos. Ahora sólo somos unos cuantos, pero creceremos en número y pronto todos los seres huanos estaran perdidos igualmente. Y entonces, ¿que? En nuestros días, nuestro único Dios parece ser el dinero. Y no es que antes a la gente no le importara el dinero, ni mucho menos; por supuesto les importaba; pero el dinero y el poder servían al mismo propósito que la vida misma: ad majorem gloriam de la memoria que aquí se dejaría, y para asegurarse una buena acogida allí. ¿Pero ahora? Es el dinero por el dinero, sin que sepamos realmente para qué. Pronto, estoy seguro, el dinero tampoco será suficiente a cubrir el enorme vacío dejado por el fin de las creencias.

    Así, este nuevo conocimiento sobre nuestras vidas sin significado llevará, en el mejor de los casos, al hedonismo o al suicidio (sí, cuento al suicidio entre los mejores casos porque es indudable que resulta la manera más rápida y eficiente de acabar con el problema); y en el peor de los casos, nos abocará a una vida de absoluta e inevitable infelicidad.

    Que Dios se apiade de nosotros, entonces.

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  • Etiología de la gripe

    En este capítulo de mi pequeña enciclopedia médica ilustraré la etiología y evolución de la gripe o resfriado común, para lo cual voy a utilizar un símil mecánico; uno, por cierto, muy adecuado a la ocasión: el gripaje de un motor. En efecto, ambas palabras, gripe y gripar, tienen la misma etimología (no confundir con etiología): provienen del proto-germánico gripiana y se incorporaron al español a través del francés grippe, que significa “agarrar”.

    El famoso gripado de un motor, que no es sino un agarrotamiento de sus piezas, tiene lugar cuando, falto de lubricación, a causa del rozamiento se produce una fuerte elevación de la temperatura y consiguiente dilatación de los elementos metálicos (principalmente el pistón y el émbolo) hasta el punto en que, siendo mínima la holgura entre ellos, se comprimen unos contra otros y llegan a impedir por completo el movimiento.

    Pues bien: con la gripe ocurre lo mismo: los microbios del resfriado tienen el efecto de provocar una sobreproducción de mocos en las fosas nasales, donde, a falta de espacio, se extienden tanto hacia abajo (la molesta mucosidad que todos sabemos) como hacia arriba, invadiendo el cerebro y desplazando en su avance al líquido encefálico. Esto da lugar al conocido “cerebro nadando en moco”, síntoma principal de la gripe. El moco, que tiene mayor viscosidad que el líquido encefálico, amortigua la oscilación natural de las neuronas y llega a congestionarlas por completo, o griparlas, exactamente igual que sucede con un motor. Es por esto que, ya con las neuronas gripadas, experimentamos ese agarrotamiento mental cuando estamos resfriados. De aquí el galicismo gripe que se ha usado para nombrar esta enfermedad.

    Espero haberos aclarado las cosas, y que en adelante sepáis que la gripe no es más que eso: el bloqueo neuronal producido por una excesiva acumulación de moco en el cerebro. Así, pues, no os preocupéis: una vez que la enfermedad se va curando, el líquido encefálico vuelve a su lugar y los síntomas desaparecen sin mayor secuela que haberos hecho perder unos días de vuestra vida sonándoos la nariz… salvo aquellos de vosotros que estéis entrenando para la competición interanual de expectoración y flema, en cuyo caso los constipados suponen ocasiones excepcionales para entrenar.

  • Religiones y evolución social

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    Premisa nº 1: Las religiones no son nada más que un calmante. Nos ayudan a soportar la vida y, al final, a confrontar la muerte. En este sentido, actúan como sedantes, anestesiando nuestra mente e incluso, en algunos casos, nuestros sentidos también. Por esto todas las religiones predican algún modo u otro de continuidad en la existencia. Es más fácil aceptar la muerte sabiendo que nuestra alma, energía, espíritu o lo que sea, son millonarios en eternidad.
    Esto lo sabe todo el mundo.

    Premisa nº 2: También es obvio que las religiones son evolutivamente ventajosas. Más que un hecho, es una tautología. No imagino el modo por el que las religiones sean beneficiosas para las naciones, pero han de serlo a la fuerza, pues de otro modo no habrían sobrevivido hasta nuestros días. (Me refiero, claro, a evolución social, no genética.) Por eso tiene que haber alguna ventaja para un pueblo en el hecho de que sus individuos sean religiosos; pero cuál sea esta ventaja es algo que ignoro.

    Ahora bien: mi duda, al conectar ambas premisas, es la siguiente: ¿cómo es posible que los ateos no hayan poblado las naciones? Puesto que un ateo sabe que no vivirá para siempre, se le puede presumir, razonablemente, un mayor impulso para permanecer con vida, con lo cual tendrá más probabilidades de sobrevivir y diseminar sus creencias (igual que esparciría sus genes). Por la misma razón, es de esperar una mayor incidencia del suicidio entre los creyentes que entre los ateos, ya que éstos “tienen más que perder”. Así que, ¿por qué estos últimos no son mayoría en las poblaciones humanas?

    ¿O es que, pese a ser espiritualmente perennes, el impulso para lograr su “misión” en la vida les otorga a los creyentes una ventaja comparativamente mayor que la que hemos comentado para los ateos?

    Por favor, escribe un comentario si tienes la respuesta a esta pregunta, o recomiéndame alguna lectura sobre el papel de la religión en la evolución social.

  • Enfoque legal de la detención policial; casos y plazos

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    I. Introducción (Nota: se excluyen de este estudio, por su escasa relevancia, las detenciones por delitos de terrorismo y similares.)

    Al afectar la detención a dos derechos constitucionales fundamentales, la libertad y la presunción de inocencia, es de suma importancia conocer con precisión cuáles son sus requisitos legales para no incurrir en un delito de detención ilegal.

    Desde 1945, con el Fuero de los españoles, ha venido entendiéndose la detención como una medida pre-cautelar (i.e., conducente no a garantizar directamente el correcto desarrollo del proceso, sino la posible adopción de las auténticas medidas cautelares). Por tanto, para practicarla sólo se exigía el presupuesto de fumus boni iuris o apariencia de buen derecho; es decir: que haya motivos racionalmente bastantes para creer en la existencia de un delito y para creer que el detenido ha participado en él; y así continúa haciéndose desde entonces: hoy en día las FF y CC de Seguridad aún practican las detenciones como medida pre-cautelar, y ante un hecho que reviste los caracteres de delito los policías interpretan que están obligados a detener.
    Sin embargo, a partir de 1978 empezó a entenderse la detención como medida cautelar (y así lo recoge de manera explícita en el art. 34.1 del propio Código Penal, además de confirmarlo el T.C.) Por tanto, ahora hay que tener presentes dos principios esenciales:
    Uno, que la detención no constituye un fin en sí misma. (Y, a este respecto, los criterios de eficacia laboral basados en las estadísticas de detenidos pueden constituir una verdadera trampa para los policías.)
    Dos, que ha de estar basada no sólo en el presupuesto del fumus boni iuris sino también en el del periculum in mora o peligro en la demora, que viene a resumirse en la creencia razonada de que el presunto autor pueda sustraerse a la acción de la justicia. De hecho, la propia DGP, en su circular número 734, dice que “[…] en aquellos supuestos en los que el denunciado tenga acreditada la identidad, domicilio o residencia habitual, carezca de antecedentes policiales y sea acusado de delito o falta de escasa gravedad, la actuación policial se limitará […] a transmitirle la obligación de comparecer ante el Juzgado competente, a dejar constancia en diligencias de dicha advertencia, y a remitir lo actuado a la Justicia”.

    Lamentablemente, no se han creado aún protocolos de actuación que definan con claridad qué requisitos son necesarios para practicar correctamente la detención, y esto hace que los policías se conviertan, en no pocas ocasiones, en víctimas de un sistema judicial incoherente y contradictorio. Si siguen practicando la detención teniendo en cuenta únicamente el fumus boni iuris pueden tener graves problemas; en cambio, si la justifican también en el periculum in mora, nunca serán condenados por detención ilegal.

    making-an-arrest-photoII. Casos en que procede la detención.

    A modo de guías básicas de actuación, conviene tener en cuenta los siguientes principios, corroborados por la ley y la doctrina:
    La libertad ha de ser siempre la regla, y su privación la excepción.
    La detención ha de resultar proporcionada e imprescindible para los fines que pretende conseguir, practicándose sólo cuando no sea posible aplicar otras medidas cautelares menos gravosas.

    Así, y en virtud de todo lo expuesto, podemos resumir los casos en los que procede la detención policial en los siguientes:

    1.- Fuga. Cuando un condenado haya quebrantado una pena privativa (no meramente restrictiva) de libertad, fugándose de la cárcel o al ser conducido a ella; o bien si alguien se fuga estando detenido o preso provisional.
    2.- Rebeldía. Cuando un condenado o procesado se encuentre en rebeldía.
    3.- In fraganti. Cuando alguien intente cometer un delito o sea sorprendido en el momento de su comisión.
    4.- Sospecha. Cuando alguien sea imputado o sospechoso de delito con pena superior a tres años; o bien, si la pena es inferior, siempre que por sus antecedentes o las circunstancias del hecho se pueda presumir que no comparecerá ante la autoridad judicial.

    Por último, cabe destacar que no es admisible la detención por faltas, salvo que el presunto reo no tenga domicilio conocido ni dé fianza bastante.

    III. Duración de la detención.

    También desde el Fuero de los españoles ha habido una contradicción entre los distintos preceptos legales respecto a los plazos para la detención, ya que aquél establecía un máximo de 72 horas mientras que el art. 496 LECr lo establecía de 24 horas. Durante décadas ha prevalecido el primero, viéndose tal criterio reforzado por los distintos códigos penales de aquel tiempo e incluso por una desacertada sentencia del T.S. en que manifestaba que, en caso de antinomia, debía prevalecer la Constitución (que también establece un máximo de 72 horas), aunque matizando que se trataba de un plazo máximo, y que la detención no podría durar más del tiempo necesario para la realización de las averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos.
    No obstante, la redacción del Código Penal de 1995, al tipificar la detención ilegal, dice que será reo de la misma “el funcionario público que prolongare cualquier privación de libertad de un detenido con violación de los plazos o demás garantías constitucionales o legales. Esta redacción fuerza a dar un giro a la interpretación de los textos, entendiéndose ahora que el plazo que fija la Constitución (72 horas) sólo tiene por fin impedir que otras normas de rango inferior puedan alargarlo, pero no impide que lo acorten. Cobra, por tanto, nueva vigencia la centenaria redacción del art. 496 LECr, que establece para la detención un plazo máximo de 24 horas (el agente de la policía judicial que detuviere a una persona deberá ponerla en libertad o a disposición judicial dentro de las veinticuatro horas siguientes al acto de la misma. Si demorare la entrega, incurrirá en responsabilidad penal si la dilación hubiere excedido de veinticuatro horas).
    Sin embargo, como consecuencia de la contradicción normativa expuesta, ha seguido prevaleciendo la interpretación de las 72 horas y, durante décadas, los policías y jueces de instrucción han organizado su sistema de trabajo relativo a los detenidos (reconocimientos, declaraciones, turnos, conducciones, guardias, etc) procurando no sobrepasar dicho plazo, pero sin darse ninguna prisa en finalizar antes las detenciones. De hecho, muchos policías, jueces de instrucción y abogados defensores aún no se han percatado de los cambios, y siguen realizando su trabajo en la creencia de que disponen de 72 horas para poner fin a la detención. Pero conviene ponerse al día, pues el TC ya está aplicando el art. 496 LECr en sus sentencias, reconociendo con ello su plena vigencia. Lo que, en la práctica, significa que no se deben superar las 24 horas.

    Así, desde un punto de vista policial, hay tres plazos legales para la detención que no se deben violar:

    1.- El tiempo estrictamente necesario para la realización de las averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos.

    2.- El plazo máximo de veinticuatro horas del art. 496 de la LECr.

    3.- Las cuarenta y ocho horas del art. 496 LECr a partir de las cuales la demora acarrea responsabilidad penal.

    En cuanto al plazo de setenta y dos horas que establecen la Constitución y el art 520.1 LECr, resultan de escaso o nulo interés policial, ya que están reservados a la Autoridad Judicial.

    Respecto a cuándo cuentan los plazos, debe quedar claro que las detenciones duran desde el preciso instante en que un sujeto es privado de su libertad ambulatoria, y no la hora en que se cumplimenta el acta de información de derechos, hasta el momento en que es puesto en libertad o presentado ante la autoridad judicial, y no cuando abandona los calabozos.

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