Freelander

Categoría: Ensayo

Donde vuelco algo de mi carga mental

  • ¿Ha muerto la literatura?

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    Cuando me paro a pensarlo, me doy cuenta de que muy pocas veces encuentro buena literatura contemporánea, y no digamos ya en el género poético. Desde luego hay algunos buenos libros ahí fuera, pero me parece a mí que la era de los talentos ha quedado atrás; escritores de la talla de Shakespeare, Twain, Dickens, Tolstoy, Cervantes, Nabokov, García Márquez o Conrad, por nombrar sólo unos pocos, no se encuentran ya. Hemos traspasado la frontera de un momento muy particular (escasamente cuatro siglos) de la historia humana en que se dieron las condiciones idóneas para que surgieran esos genios de las letras. Pero hoy en día, con el capitalismo y el consumismo sofocándonos, la mayor parte de la literatura es mediocre, cuando no deplorable; no porque no haya buenos escritores, sino porque casi todo lo que sucede ha de estar relacionado con el dinero. El propio término best seller lo dice todo, aunque los hispanohablantes raras veces nos paramos a pensar en su significado literal: “mejor ventas”. Así, el indicador universal más conocido de lo que está sucediendo en literatura no se llama mejor escritor, mejor poeta o mejor ensayista, sino mejor VENTAS. Incluso por encima del premio Nobel. Entonces, ¿qué podemos esperar? Hoy puedes publicar cualquier cosa a condición de que la gente lo compre, y la gente comprará cualquier cosa que se anuncie lo bastane bien. Es decir… ¡dinero! Al mismo tiempo, los escritores de talento no serán recibidos por las editoriales porque no tienen tiempo para publicitarse: están demasiado ocupados escribiendo buena literatura que nunca verá la luz. Por otra parte, los poderes públicos están tan obsesionados con el monotema del crecimiento económico que descuidan la educación de sus ciudadanos hacia el buen gusto. Además, estamos en la era audiovisual: no se espere de nuestra perezosa naturaleza que leamos si podemos simplemente mirar y escuchar. Quizá sea este un buen momento para el séptimo arte. Después de todo, aún queda esperanza para la belleza.

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  • José Mota nos sermonea

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    Después de ver el especial Nochevieja 2011 he tenido la curiosidad, para sacar el mayor partido posible al humor de José Mota, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, de ver la película Seven; película por la que hasta ahora, en buena parte a causa de la empalagosa (y algo estomagante) presencia de Brad “Cocky” Pitt en su reparto, no había sentido yo el menor interés. Y de sobra está decir que, tras verla, he podido confirmar su absoluta mediocridad: un filme pueril y completamente prescindible al que, en cierto paradójico modo, José Mota ha venido a dotar de sentido, rescatándola de su futilidad, en tanto le ha servido de base para elaborar su programa. Digamos que Seven ha sido la burda e insípida masa sobre la que el humorista manchego ha preparado y horneado una sabrosa pizza.

    ¡Y bien que lo ha hecho! Las dos horas de vida que he sacrificado a Andrew K. Walker (el guionista de la película) han valido la pena. Y es que, gracias a eso y a una segunda observación, posterior y minuciosa, del especial Nochevieja 2011, he podido sacarle a éste el doble de jugo, “pillar” sus más mínimos (aunque no menos divertidos) detalles y comprobar que una vez más, desde el púlpito de su agudo y comprometido humor, José Mota nos sermonea. ¡Ya lo creo que nos sermonea! Con la guinda que le ha puesto al año, ha llevado a cabo una crítica y una burla mordaces tanto de la película sobre la que construye sus chistes como de los políticos que le han servido de ingredientes, algunos de los cuales salen -por cierto- bastante peor parados que los otros.

    Huelga abundar sobre los gags más notables o evidentes del programa, en los que cualquier espectador habrá reparado. Pero hay en aquél una serie de sutilezas que, al menos a mí, me pasaron por completo desapercibidas en una primera visión (sobre todo sin conocer Seven) y que, ahora, examinados con cuidado y bajo un mejor conocimiento de los antecedentes, han soltado toda su esencia, reanimado mi hilaridad, y me han hecho admirar más aún a su protagonista. Por esto, y por si acaso hay por ahí algún otro espectador despistado a quien ha ocurrido lo mismo que a mí, quiero dedicarles aquí unos párrafos.

    Por ejemplo, puedo empezar mencionando cómo se ridiculiza el guión de Walker, llevando al terreno de lo abiertamente cómico lo que en Seven es sólo patético: lo ridículo, absurdo y disparatado de los crímenes que se describen, desde el manido e inverosímil móvil del asesino (elegido por un poder superior), hasta su elección de las víctimas y las peregrinas formas de matarlas… por no mencionar a los muertos que lo son sólo pa un rato. Aparte, Mota nos brinda la versión española de estos crímenes y de los siete pecados capitales (“de provincia”, que, como todos saben, son tres: Cuenca y Guadalajara; quede esto ahí para quien lo entienda), a saber: la usura de nuestros banqueros, el despilfarro y enchufismo de nuestros políticos, la prevaricación de nuestros jueces, la corruptela del ladrillo, más los dos pecados de propina, made in Mota: el ansia viva y -con toda su carga cómica- nada menos que el talante. Está claro que, poniendo el dedo en la llaga de los más graves defectos de nuestro sistema, con un guiño al problema del bipartidismo y lamentándose de que lo único que en España triunfa es el marujeo y el cotilleo, José Mota nos sermonea.

    Pero no sólo en su estructura básica se ridiculiza el guión de Seven, sino también en dos detalles particulares. Uno es la rebuscada (amén de increíble, claro) forma en que los detectives se ponen tras la buena pista del asesino: a través de una improbabilísima conjetura y gracias a la base de datos que, presuntamente, tiene el FBI sobre la gente que lee en las bibliotecas. Esto, Mota lo transforma en el descubrimiento de una “bolangana” (descriptiva palabra de su propio cuño, nótese) en la escena del crimen, y en un “catastro” de butacones y sofás que tendría la policía. Otro es el peregrino argumento con que A. K. Walker quiere convencernos de que, tras la detención del confeso culpable, se le deja partir sin más compañía que la de los dos tenientes para brindarnos el -imagina Walker- apoteósico final. Tan peregrino es que, en la versión manchega, lo que en su lugar se ofrece es un par de explicaciones por parte del comisario Bono (más sobre éste, después), tan irónicas y cínicas que resultan dos de mis momentos favoritos del programa: “aparte de las pruebas y la confesión de todos sus pecados, no tenemos nada contra el sospechoso […] Nos ha pedido que lo llevemos a un siniejtro dejcampao, y lo ha hecho con tal respeto y educación que no hemos podido negarnos”. Genial.

    Por último, en cuanto a la parodia que hace de la película, hay un momento en que José Mota me acierta de lleno en el gusto. Se trata de la deplorable interpretación en la escena final (esa del siniejtro dejcampao). Al principio, antes de ver Seven, lo achaqué a un fallo del propio cómico. Me dije: “qué mal está interpretando aquí el amigo Mota” (cosa que cabe dentro de lo posible, por supuesto, ya que por mucho que yo lo admire no estoy tan ciego como para no admitir que una buena parte de sus sketchs son regularzotes). Sin embargo, tras haber visto la película de David Fincher, comprendí que lo que había observado en el especial Nochevieja era nada menos que un remedo casi perfecto de la pésima interpretación de Brad Pitt en la escena original. Al menos, así lo interpreto yo: una vez más, Mota hace gala de su talento mímico, copiando una mala actuación con tal maestría que le permite brindarnos una actuación idénticamente mala, ce por be. ¡Qué torero!

    Sólo un par de apuntes más.

    En apariencia, en esta ocasión, J. M. ha situado a ambos líderes políticos españoles, Brad Zapatero y Morgan Rajoy, en cierto plano de igualdad: ambos son tenientes en la policía y trabajan juntos en una investigación a la que contribuyen como pares y en equivalente medida. Sin embargo, en la segunda lectura me di cuenta de que uno de ellos resultaba (como de hecho es) más patoso que el otro -por no decir directamente memo- y, peor aún, culpable él mismo de uno de los pecados que se castigan: el talante. En efecto: Brad no “comprende” cómo un cadáver puede estar muerto pa un rato, malinterpreta la palabra “concejal”, se le ilumina el espíritu santo al pillar el mensaje del “mazo y el cazo”, Rubalcaba le parece un lince y, en fin, resulta de una talla mental netamente inferior a la de Morgan. Aunque, desde luego, lo que de forma más significativa coloca al remedado Zapatero en una órbita muy distinta a la del remedado Rajoy es que a éste de nada se le acusa mientras que aquél resulta culpable de talante y castigado por ello, pese a que durante toda la “película” argumenta, convencido, que no es pecado sino virtud. ¡Ay, qué valor, quién pretende!

    Sin embargo -y con esto ya acabo- el gran perdedor (o mejor dicho el gran denostado) aquí no es Zapatero, tampoco Rubalcaba o Rajoy, sino José Bono. Sus tres intervenciones en el papel de comisario en “Seven” (por no remontarme a varios otros gags del programa habitual de José Mota) parodian con gracia incomparable nada menos que el principal rasgo político del carácter del ex-presidente manchego: el fariseísmo. Bono es el hombre de las caras amables y la intención aviesa, del a Dios rogando y con el mazo dando. ¡Y qué bien, qué magistralmente calado lo tiene Mota! Será que, como también es manchego, ha sabido leer en su interior con particular agudeza. El caso es que, cada vez más y mejor, en sus programas lo radiografía y retrata con justicia, fidelidad y mucho buen humor.

    Pues eso: está claro que Mota, desde su pequeño pero importante púlpito en la realidad social española, nos sermonea. ¡Ya lo creo que nos sermonea! Sobre todo a los políticos. Me pregunto cuánto tiempo seguirán permitiéndole la franqueza con la que les señala sus principales “pecados”.

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  • El tres

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    Navegando por internet, me encontré con esto en algún sitio. No es mío, sino de un tal “guerrero negro”. Lo reproduzcoo aquí, en vez de poner un enlace a la página, para evitar que se pierda y también por simplicidad.

    Siempre me ha divertido observar las manías de muchas personas por lo que respecta a los números. Es muy fácil de ver si te pones cerca de un vendedor de lotería, y así puedes contemplar como alguien pide que le dé un número que termine en cuatro, “porque es el día que nació mi Yenifer o el día de la primera comunión de mi Kevin del Niño Jesús”. Otros se inclinan por fechas de la política, del fútbol o de otras mil cosas, sin faltar el que dice: “déme usted el número X que es un número cabalístico”, y según pude colegir de mi estudio de campo, los números cabalísticos deben ser infinitos o no saben de qué están hablando, lo cual no deja de ser algo natural en un país muy dado justamente a eso, a hablar de lo que no sabemos. Ya dijo un sociólogo belga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que en la mayoría de las encuestas normalmente se dan tres posibles respuestas, si está de acuerdo, si no lo está o la muy socorrida de No sabe/no contesta, pero que, según él, en España debía ponerse una cuarta posibilidad que sería No Sabe pero SÍ contesta.

    En fin, volvamos al tema, pues quiero hacer una defensa del número tres, número cabalístico (yo no voy a ser menos) y muy de moda últimamente. El tres es mágico, tres era el número de los cerditos del cuento, los Reyes Magos, La Bella Durmiente tenía tres madrinas, Rubens pintó las tres gracias, las carabelas de Colón era tres, el Movimiento Nacional se regía por los tercios, las corridas (en los toros me refiero) son normalmente de tres matadores, La Sagrada Familia son el padre, la madre y el hijo, en el carnaval de Cádiz, los cuartetos son de tres, Alberto Cortez hizo una hermosa canción llamada “Eran tres” dedicada a tres Pablos (Neruda, Picasso y Casal) , el triángulo de las Bermudas, la forma de gobierno en época de crisis en la antigua Roma era el triunvirato, existe Antena 3, el Trinaranjus, tres eran los títulos que el Madrid iba a ganar el año pasado, según el AS, otros tres este año, y , en fin, son tres el número de personas de la Santísima Trinidad (no Trinidad Jiménez, ya que ella, como diría Boris Izaguirre, es úuuuunicaaaaaa).

    Hay muchos tríos famosos en diversos ámbitos de la vida tales como Los Panchos, el famoso trío de Las Azores, el trío Calavera y el trío de la bencina, la película de Wilhelm Thiele, así como se dice a la tercera va la vencida o no hay dos sin tres. ¿ Y qué decir de la más grande aportación francesa a las artes amatorias?: el famoso menage a trois.

    Y en este terreno, tenemos ese famoso trío, el triángulo púbico, tres tetas tenía Ana Bolena y tres, eran tres las hijas de Elena, y ninguna era buena.

    Llevado todo eso a la actualidad, tenemos un tripartido en Cataluña, otro en el País Vasco, un trío de hecho en el gobierno de España, ahora conversaciones tripartitas con Gran Bretaña y Gibraltar, y yo ya no puedo más con tanto tres, así que termino:

    Tres letras tiene Pío,

    tres letras tiene la SER

    tres letras tiene Moa

    tres letras, el ABC.

    Tres letras tiene CiU

    y otras tres, ICV

    tres letras el PNV

    que en euskera también tiene tres

    tres letras tiene ERC

    no cinco ni tampoco diez

    ¿oiste Carod? tres letras

    lo mismo que el PSC.
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    En fin, que si no quieres caldo, toma tres tazas. /em

  • Tiempo y recuerdo (ser niño otra vez)

    Sólo en la infancia las horas son inacabables y eternas, lo mismo en su duración como, sobre todo, en su número; cuando no se sabe aún lo que valen, o quizá precisamente por eso. Sólo en la infancia es posible, por ejemplo, dejar pasar la tarde tras los cristales, sin sentir cómo el tiempo se nos escapa.

    Pero, ¿cuál es el secreto del tiempo? ¿Cómo sustraernos a su esclavitud? Tal vez sólo sea posible gozar plenamente de la vida cuando nos olvidamos de él, pero entonces será también cuando más rápido se nos escape. No se puede disfrutar del tiempo y, a la vez, aprehenderlo, pues la sola consciencia y observación de su transcurso inhibirá el disfrute; salvo quizá en la infancia, esa dorada, gloriosa época en que aún no sabemos el valor de las horas. Después, en cualquier momento posterior de la vida, para extraer en medida apreciable los tesoros que el tiempo contiene sería necesario, ante todo, tener la conciencia tranquila, aunque vigilante; adormecida la esperanza, que no yerta; y aligerada, pero no vacía, la cabeza de proyectos. Haría falta, pues, ser niño otra vez; poder ignorar u olvidar lo que sabemos. La impaciencia, el miedo a perder ese tiempo -tan valioso y despreciable a la vez- nos impide sacarle el mayor partido posible; y puede que la vanidad sea también un obstáculo.

    Ha de registrar sus recuerdos quien no quiera perderlos, borrados poco a poco de su memoria personal por el tiempo, y definitivamente de la memoria colectiva por la muerte. Y si ésta nos sorprende antes de que podamos paladear el grato manjar de la evocación, ¿qué huella quedará entonces de nosotros? ¡Ah, qué vida inacabada -como una contabilidad sin cerrar- habremos tenido! Sentimos a veces la urgencia de escribir nuestras memorias, pero si cedemos a este deseo de conservar el pasado, dejaremos de vivir mientras escribimos, de tener otras experiencias enriquecedoras; ¿y vale la pena perder una parte de la vida recordando? Alto precio pagaríamos por ese placer. Sin embrgo, vivir sin recordar podría significar, tal vez, perder la vida entera.

  • Ateos

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    En principio, las declaraciones de ateísmo (¡y cuánto más sus manifestaciones!) me suscitan, como mínimo, una cauta desconfianza.

    Y no es que sea yo ningún defensor de la idea divina ni, mucho menos, de cualquiera de las religiones que, reclamando -o no- para sí el monopolio de uno o varios dioses verdaderos, predican a sus feligreses -y a quienes quieran escucharlas- una moral, unas doctrinas, unos mandamientos o dogmas.

    Nada de eso. Cierto es -bien Dios lo sabe- que ya no tiene Dios cabida alguna en el mundo que la ciencia ha sido capaz de explicar y que, en lo aún no explicado, resulta en el mejor de los casos apenas una hipótesis innecesaria (por citar la famosa expresión de Laplace). Los dioses, en efecto, no hacen maldita la falta… al menos en el cosmos inmediato y físico.

    Sin embargo, hay aparentes realidades (y perdóneme el lector esta -también aparente- contradictio in terminis) contra las cuales nuestra razón (y digo bien: nuestra razón: mortal, finita y “tridimensional”) se opone con tal fuerza que apenas parece posible aceptarlas sin titubeos ni incoherencias, o vivir conforme a ellas con todo lo que conllevaría.

    Cuando pienso, por ejemplo, en nuestro universo y el inexplicado Big Bang (al que se ha dado, tal vez, demasiada importancia a juzgar por las últimas teorías, que apuntan a que no fue sino el resultado de una colisión, no especialmente extraordinaria, entre cuerdas o membranas de otro universo mayor, multidimensional, de misterioso génesis y enigmático futuro); cuando pienso en el concepto de eternidad, tan incomprensible como inefable; o -ya un poco más cerca de casa- en el planeta Tierra, cuyas circunstancias tan casualmente particulares han favorecido la aparición de una vida capaz de ser consciente de su propia existencia y muerte, capaz de observar desde su microscópico y despreciable rincón al propio universo en su caótico devenir, capaz de comprenderlo como un fenómeno de doble naturaleza, cognitiva y real, interna y externa a un mismo tiempo (se extingue para cada ser humano con su muerte y, a la vez, existe indudablemente más acá y más allá de ella); cuando considero la dinámica terrestre, las placas tectónicas modificando la faz del planeta, creando y engullendo geografías tan distintas como diferentes estructuras pueden construirse con las piezas de un mecano, dejando siempre en evidencia lo insignificante y precario de nuestra especie (y de la vida en su totalidad) al compararla con los telúricos procesos… Cuando observo todo esto, me resulta casi imposible aceptar su inherente absurdo y, de paso, me cuesta creer que pueda afirmarse sin ligereza ni titubeos, con sincero convencimiento, que no existe ninguna Causa ni Fin (¿y hay acaso alguna otra forma auténtica de ateísmo?); me cuesta creer que pueda mantenerse con total certidumbre que la materia, la energía, el tiempo y el espacio están ahí, girando en un loco torbellino, en un fabuloso y eterno espectáculo cósmico de fuegos artificiales, desde siempre, hasta siempre y… ¡para nada!

    Más aún: ¿cabe que, quien tal cosa afirme, albergue algún tipo de moral? Me explico: a la vista del descorazonador absurdo de nuestra existencia y ante la certeza de la muerte (tanto la individual y próxima como la colectiva, más lejana pero no menos cierta) como fin absoluto y último, no ya de cualquier posible espiritualidad sino también del universo (al menos en lo que a nosotros concierne), ¿qué lugar queda para la moral? Y no me refiero ahora a una moral “externa”, conductual, adoptada con cinismo por mor de lo social, sino a una verdadera moral íntima, a una creencia en ciertos valores y principios. A quien convencido esté de que no jugamos papel de relevancia alguna en el sideral teatro de la historia; más aún: a quien convencido esté de que ni siquiera existe tal teatro, sino que todo deviene por casualidad y sin sentido, siendo la humanidad no más que una ínfima y pasajera contingencia, ¿qué coño -con perdón- importa nada? ¿Para qué las energías renovables, las economías autosostenibles, la ecología? ¿Y no debería a nuestro ateo, por ejemplo, resbalarle la memoria que de él quede entre los hombres tras su muerte? ¿Qué le puede importar lo que aquí suceda, se haga, diga o piense entonces? Incluso hacia nuestros propios hijos, por mucho que los amemos, ¿no deberíamos adoptar una actitud algo más indiferente respecto a su futuro? Si, cada vez que un ateo muere, el universo todo muere con él (y pienso que esta es una forma aceptable de expresarlo), ¿qué más le da lo que suceda después? La memoria de un hombre rara vez sobrevive más de dos o tres generaciones; luego no queda nada. Como tampoco quedará ni rastro de la humanidad en un abrir y cerrar de ojos a escala geológica, no digamos galáctica. ¿Para qué, pues, preocuparse por el mundo que hayamos de dejar tras nuestra muerte? El perfecto ateo, ¿no debería ser un cínico, un hedonista? ¿Por qué, sin embargo, no lo es? ¿No subyace, al fin, bajo toda moral cierto sentimiento religioso?

    Pero no se me malinterprete: mi intención está tan lejos de afirmar a Dios como lo está de negar el ateísmo. Admiro a los ateos. Lo que dudo es que haya tantos como dicen ser. Negar la existencia de cualquier Dios equivale, me parece a mí, a negar la de cualquier causa o razón última y, por tanto, a afirmar el terminante absurdo universal. Pero para sostener una afirmación de tal corte nihilista, para aceptar con serenidad y honrado convencimiento, antes que con teatro o dramatismo, el desconcertante absurdo de nuestra existencia; para, a la vista de este fabuloso y frenético espectáculo sideral en que estamos inmersos, vencer la irresistible sensación de que es imposible que nada de esto vaya con nosotros, hay que ser muy chulo; hay que estar hecho de una pasta que -siento decirlo- abunda en muchísima menor proporción que la cantidad de ateos que así se dicen.

    Por esto; por dicha escasez que percibo en nuestra especie del temple necesario para ser un honesto ateo sin grietas ni inconsistencias, es por lo que en principio sospecho de quien tal se declara. Más aún: en la presteza con que muchos de ellos manifiestan su convicción, y en la vehemencia con que suelen arremeter contra los dioses o las religiones, creo más bien identificar un antiteísmo que un ateísmo; una rabia por no ver a Dios que una serenidad al saber que no existe; en el mejor de los casos, un agnosticismo.

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  • Translations

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    Any of my frequent readers will already know that I find the idea fascinating of how closely connected to one another are language on the one hand, and ideas, concepts and cultures on the other. It’s patent that we can only say (or write) what we have previously thought of, thus making -apparently- the language a tool for expressing the ideas. However, it doesn’t seem so obvious, despite being equally true, that the language is also, at the same time, the vehicle for the ideas to take form; that it is a bidirectional process: we can only express what we think, but we can only think what we know how to express.

    Effectively, language and thought are so akin that one can’t go without the other: we need the former to form the latter; without the language, we wouldn’t be able to have complex thoughts.

    Therefore, how can we expect to properly translate anything? Of course, it’s always possible to put the main idea of a message into a new language; and the simpler the former, the more precise the translation; but we’ll always miss something in this process, because putting things in a different language (and being able to understand the result) would require us to be who we’re not: we can’t detach our personality -therefore our thoughts- from our mother tongue. People make the language, and language makes the people.

    I’m sure I’ve already written things similar to this in some other post of this blog; and, for many years, my ideas upon the subject have remained the same: that when we switch to a foreign language, we assume a slightly different personality, or rather a modified version of the same. But this explanation didn’t fully satisfy me, because on one hand I couldn’t quite accept the idea of a changing personality, and on the other hand I had to face the case of bilingual people: do they have a double identity? That would be maddening, and doesn’t sound plausible. As a matter of fact, most of the bilingual people I’ve met seem to me to be quite clever, broadminded, and not suffering from any ambiguous nature.

    So, recently I’ve modified my beliefs in this matter and now I’d rather say that learning a foreign language simply has the effect of broadening our mind, enriching us and making us somehow more complex. Thus, it would work basically (though in an amplified way) like getting to improve our own mother tongue: the better we learn another language, the more we get -added to our own selves- the treats of the folk who speak it since their cradles.

    And a fine consequence, or reverse, of this theory would be a new idea: that, in turn, the broader our mind, and the richer or more flexible our personality, the easier should be for us to learn a new language.

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    Of course all this are but my own thoughts. I’m sure there are well founded studies regarding the matter and thrusting trustworthy light upon it. If any of the readers here knows of some documentation about the subject, I’d love to hear of it.

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  • La galleta del bien y del mal

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    Al principio era la galleta. Todo devenía con absoluta perfección y máxima eficacia. Yo mojaba las galletas en la leche como debe ser, como el Dios de Jahvé (con gran venganza y furiosa ira) había mandado a los hombres que hicieran: pinzándolas por un punto de la periferia, con su cara plana y porosa hacia mí, sumergiéndolas en el vacuno fluido e imprimiéndoles un ligero vaivén adelante y atrás de modo que el blanco líquido se viera forzado a filtrarse por los poros y las empapara en el grado necesario y suficiente para ablandarlas y conformar un bocado exquisito, un impecable equilibrio de textura, sabor y humedad que la boca paladearía con insuperable deleite, nutriendo no sólo al cuerpo sino también, y sobre todo, al espíritu–ad majorem dei gloriam.

    Pero entonces llegó el áspid y nos trajo las galletas con chocolate, esa diabólica e insuperable tentación en apariencia tan inocente, tan en armonía con los designios divinos. ¡Nada más lejos de la verdad! Al disponerme a mojarlas enseguida comprendí con horror que la impermeabilidad del chocolate -que por algún nefando apaño entre el maligno y los fabricantes siempre baña la cara plana- impedía la absorción láctea por su lado; y demasiado bien conocía por la experiencia y la dinámica de fluidos que poco podía esperarse de la esmaltada y esquiva cara convexa de la oblea: con excesiva agilidad el mamífero humor se desliza y escapa por los bordes, burlando su destino. ¿Y cómo pensar en asir la dulce tortita al revés, ofreciéndome su lado curvo y lenticular? Tamaña herejía, por ende estéril; tamaña ofensa a las leyes físicas y el orden universal dispuesto por Nuestro Señor jamás mis manos perpetrarían. ¡Ah, qué sibilina y perversa trampa concibió Lucifer! La galleta ya no se empapa, apenas acusa su inmersión en el vital coloide, goteando -al ser extraída- todo el blanco alimento que debía haber absorbido, permaneciendo tercamente rígida y deshidratada, un quebradizo sahara, una hostia aristada, un desafío a la dentadura, el paladar y las encías; el agridulce sabor del pecado.

    Los confesores me exortaron a volver a la buena y tradicional María, pero… ¿cómo ignorar lo que se sabe? Cuando se ha probado el cáliz, ¿cómo apartarlo? ¿Cómo pretender un mundo en que las galletas de chocolate no existen? ¿Cómo regresar al camino de la virtud? Sabios doctores me sugirieron que me pasara a los barquillos rellenos, y así hago a veces como terapia en momentos de crisis, pero pronto se pone de manifiesto la vil naturaleza del sucedáneo y el hechizo desaparece sin más.

    Ahora todo es oscuridad en mi merienda. La tenebrosa oscuridad del cacao.

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  • Un pulso con el nihilismo

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    Lo malo de la ciencia (esto no es nada nuevo) es que nos ha dejado sin fe y, lo que es mucho peor, sin esperanza. El hombre es el único animal que sabe que va a morir y para colmo, por si tal castigo no fuera suficiente, ahora sabe también que nada hay tras la muerte; no sólo tras la suya, sino tras la de nadie. Por no haber, ni siquiera hay nada detrás de la vida; es decir, nada que le proporcione un sentido, ningún principio supremo que la informe. Somos el resultado de la simple casualidad, de una serie infinita de coincidencias. A nuestra muerte, seguirá la desaparición de la especie humana (¿para qué nos habremos afanado por nuestros hijos?), de todas las especies (¿para qué salvado a las ballenas?), luego la calcinación del planeta (¿para qué preocupado por la polución?), más tarde, la aniquilación del sisema solar y, así uno tras otro, los eventos cósmicos se irán sucediendo con perfecta “indiferencia” en una grotesca danza (como bailaría una marioneta movida por un chimpancé) de absurdos fuegos siderales hasta muchos, muchísimos eones después de que no haya quedado rastro alguno de nosotros; y, sea cualquiera el destino que aguarde al universo (expansión o colapso), al final sólo habrá caos, entropía y ruido… ¡por toda la eternidad!

    Pero lo verdaderamente trágico no es que seamos una insignificancia espacial, temporal o evolutiva, sino el total sinsentido de la existencia. En efecto: aunque el universo se acabara en los límites de la estratosfera y nosotros lo llenáramos por completo; aunque nuestra especie hubiera existido desde la aurora del tiempo y pudiera perpetuase por siempre jamás, nada cambiaría: cada uno de nosotros habrá vivido y padecido por nada y para nada, sin el menor objeto o finalidad. Y de este absurdo de nuestras vidas, se sigue necesariamente la falta de sentido de cualquier actividad o proyecto que podamos concebir (¿para qué construir un barco, escribir un libro, aprender un idioma, estudiar una carrera?).

    Habiendo llegado hasta aquí, ¿qué nos cabe? Si pensamos en el suicidio, enseguida comprendemos que, para culminarlo, tendríamos que actuar positivamente sobre el propio destino, lo cual resultaría incoherente con la sensación de absurdo de que hablamos. (Así, no sería el instinto de supervivencia lo que nos impide darnos muerte, sino la misma pasiva resistencia a seguir viviendo que el nihilismo nos impone.) ¿Cómo, entonces, vencer dicha resistencia y mantener la inercia vital? ¿Qué razón, qué enfoque existencial nos puede impulsar a seguir avanzando en lugar de detenernos un buen día a mitad del camino y, abandonándonos a una lasitud definitiva, no volver a dar un paso más?

    Pienso en el hedonismo, complemento casi inevitable del nihilismo. La búsqueda del placer en la medida de lo posible: dar gozo a los sentidos, colmar nuestras apetencias, entregarnos a la voluptuosidad. Ya que hemos de ser una insignificancia cósmica, seamos, al menos, una insificancia satisfecha.

    Pero seamos también una insignificancia acompañada. Pienso sobre todo en la inefable plenitud que proporciona lo que podríamos llamar la comunión intelectual: esa íntima alegría tan especial que experimentamos al lograr compartir con otra persona, en una suerte de dejá vu común de dos mentes que se superponen y coinciden cual las dos imágenes paralelas de un visor, momentos y pensamientos a un nivel espiritual profundo, superando así el escalofriante aislamiento del alma y haciéndonos sentir que no estamos solos.

    Esto es, tal vez, lo único que pueda proporcionarnos una tibia esperanza y una balsámica impresión de inmortalidad.

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  • El envés de las palabras

    No es fácil aprehender el mensaje y, sin embargo, ahí está: claro, vibrante y sonoro, unívoco y rotundo:

    Tin morín de dos pingués, cúcara mácara chúcara fue.

    Pasamos rápidamente sobre estas palabras y, engañados por su aparente falta de sentido, no nos detenemos a entenderlas, casi apenas a escucharlas, como quien mira por encima una sopa de letras. Sin embargo, a poco que las observemos con algo de detenimiento, a poco que les prestemos una mínima atención, y si somos capaces de abstraernos de su palabridad, de mirarlas por el envés y escucharlas no con el intelecto sino con el bulbo raquídeo -como dicen que sucede con los olores- se nos revelará su innegable contenido, de valor nada despreciable.
    Pero hay que intentar comprenderlas con la herramienta adecuada, o fracasaremos. Hay que dejar que ellas se apoderen del ámbito cóncavo de nuestra conciencia, previamente desalojada de prejuicios semánticos; que su ritmo natural se acople, en perfecta resonancia, a la frecuencia de vibración de nuestras moléculas, o quizá al latido de nuestro corazón; hay, por supuesto, que cerrar los ojos mientras se verbalizan. Forman un poema, una sinfonía en inequívoca rima asonante.

    El primer verso expone el argumento, que no es sino una pregunta flexible, muda, poliédrica y vital:

    Tin
    morín
    de dos
    pingués

    Hela aquí. Ya su esencia se ha fusionado con la nuestra, ya ha tomado posesión la conciencia, se ha apoderado de los sentidos, ha desplazado toda otra idea del pensamiento, ha dejado en suspenso la atención y en vilo el alma. La respiración se detiene y el pulso se acelera. En este momento lo ignoramos todo, tenemos la mente en blanco como recién nacidos. La cadencia sinuosa de las palabras nos hipnotiza, nos seduce, nos embruja, nos hechiza. Cualquier cosa puede suceder: la fin del mundo, una supernova, el colapso universal, la antimateria, la campanada trece de las doce, el llanto infantil de un gato en celo, el perdón de los pecados o la resurrección de los muertos.

    Hacemos una breve pausa que dura un número capicúa de años y, entonces…
    …entonces el segundo verso desgrana por etapas, en cascada, con claridad creciente, exponencial, hasta su final apoteósico, la conclusión y obvia respuesta:

    cúcara
    mácara
    chúcara
    fue.

    ¡Qué simetría maravillosa! ¡Qué cadencia! Y no podía ser de otra forma: un desenlace sencillo, predecible y elegante. Es el traquido de una falla, el derrumbe de un castillo de naipes, el inverosímil chasquido de un glaciar, el desgarrón de la nube tormentosa, el diluvio, la distensión de una estructura cristalina conduciendo inexorable hacia ese final, que es solución finita, única, de un sistema infinito de ecuaciones; un remanso de paz, el descanso de todo nuestro cuerpo en tensión, un acorde de tono mayor, la resolución de un misterio, un suspiro de alivio, la vida volviendo a fluir, la armonía espiritual, la homogeneidad entrópica, la onda que una lágrima al caer provoca sobre la linfa serena de un estanque, una oscilación amortiguada que se pierde en el futuro.

    Y, después, la nada.

    —————————–
    Así entendido, resulta además obvio que dicho poema, anónimo y popular, sea complementario de este otro, de Machado:

    Dijo Dios: “brote la nada”.
    Y alzó su mano derecha
    hasta ocultar su mirada.
    Y quedó la nada hecha.

  • Trafalgar Square. Ensayo de traducción

    Es difícil traducir de un idioma a otro. Asumimos las traducciones como algo habitual y casi obvio sin pararnos a considerar la violencia que casi siempre hay que ejercer sobre el mensaje original para que permanezca inalterado tras la traducción; como si una lengua no fuese en buena parte el resultado de un modo de pensar, de sentir, de vivir; cosas éstas que no pueden trasladarse lindamente al receptor escogiendo una serie de palabras más o menos equivalentes que éste entienda sin que eso conlleve una pérdida de información a menudo considerable y a veces fundamental.
    Nos dicen con frecuencia que cuando ya hablamos bien una lengua extranjera empezamos a pensar directamente en ella. Yo, al revés, más bien creo que pensar en determinado idioma no es el resultado de hablarlo bien, sino su causa; lo que significa, de algún modo, que sólo hablaremos bien una lengua cuando seamos ya un poco como las personas que la mamaron. Habremos tenido que volvernos un poco “extranjeros”, habremos tenido que incorporar en parte sus procesos mentales y sus valores, para que empecemos a pensar en otro idioma.

    Un ejemplo: la frase you have been warned se traducirá, por cualquier inglés que -sin pensar como nosotros- quiera pasarla a nuestro idioma, como has sido advertido. Y cualquier hispanohablante lo entenderá a la primera, sin que nada pueda reprochársele a la traducción salbo el pequeño detalle de que nosotros casi nunca diremos has sido advertido, sino más bien quedas advertido. ¿Por qué? Pues quizá porque en nuestra idiosincrasia consideramos que cuando alguien advierte de algo a otro, lo importante, el elemento a destacar, es que el receptor tiene conocimiento de la advertencia; es el protagonista de la frase, sobre quien recae la atención, mientras que el inglés tal vez concede mayor importancia a la acción de advertir y, de forma indirecta, al actor que la lleva a cabo. Ambas formas de decir una misma cosa son consecuencia de diferentes caracteres y modos de pensar, pues hay una serie de rasgos comunes del carácter que comparten de forma general los pertenecientes a un pueblo o cultura y que los diferencian de otros.

    ¿Cómo traducir, entonces, la frase sobre la que se erige la estatua de Nelson? England expects every man will do his job. Inglaterra espera que cada hombre haga su trabajo podría servir como primera aproximación; pero el mensaje que esta última frase nos transmite no es, sin duda, el que un inglés recibe al leer aquélla. No, porque expect no es simplemente “esperar que”, sino también “confiar en”, “contar con”, o incluso “prever” o “requerir”, lo cual ya no está demasiado lejos de “exigir”; de manera que lo que en principio parece la inocente manifestación de un deseo resulta tener, al final, casi la fuerza de un mandato: Inglaterra no sólo espera, sino que cree necesario y no aceptará otra cosa sino que cada hombre haga su trabajo. Bueno… ¿que lo haga? Y aquí de nuevo encontramos lo intraducible, porque en inglés no existe el subjuntivo; no hay, para ellos, diferencia entre decir que yo haga y decir que yo hago. Pero es que, además, en esta frase utilizan el verbo will, que se emplea no sólo para construir el futuro (lo cual, en realidad, es sólo una consecuencia de su significado original, primitivo), sino para indicar tantas cosas (aunque se deriven todas casi de un único concepto) como una resolución, una voluntad, una orden, una capacidad o una probabilidad. Por último, job, además de una ocupación (que no un oficio, como se traduce normalmente, puesto que un oficio es algo permanente, inherente a la persona e inalienable -el carpintero lo es por más que pase años sin trabajar la madera-, mientras la ocupación, que es el sentido de job, es algo que se caracteriza más bien por su carácter temporal), es, decimos, en primer lugar una tarea, pero también una obligación o una responsabilidad. Por todo lo cual me siento inclinado a creer que cuando un inglés pasea su vista por la inscripción al pie de Nelson lo que percibe, el mensaje que le llega, es más bien algo así como que Inglaterra espera, a la vez que requiere y confía en ello porque no concibe que pueda ser de otra manera, que todos y cada uno de sus hombres harán con toda probabilidad, porque pueden, saben y así se les ordena, harán resuelta y voluntariamente, cada uno, su tarea y obligación. Nada que ver, pues, con la sencilla frase que habíamos apuntado al principio.