Una de las cosas que más nos enorgullecen a los legisladores globales es la maestría de nuestros think-tanks para adulterar o viciar la semántica y el vocabulario con el fin confundir, condicionar y en última instancia moldear las mentes de la población, sus opiniones y actitudes. El lenguaje, al ser vehículo del pensamiento, es también el medio idóneo para perfilar la percepción que tiene el ser humano de la realidad; y de este potencial para modificar y alterar las ideas nos valemos.
Sin llegar a los extremos de la neolengua descrita por Orwell (no por imposible, sino porque la geopolítica aún no está madura para eso), hay muchos modos de aprovechar este casi inagotable recurso: acuñar términos nuevos, adscribir distintos significados a palabras ya existentes, desplazar o reemplazar conceptos, llevar a cabo sustituciones semánticas, etc. Aunque estas técnicas son muy antiguas y vienen utilizándose seguramente desde hace siglos, hoy en día la mayor parte de este lenguaje se fabrica en los susodichos think-tanks, si bien una parte del nuevo léxico sale espontáneamente de cualquiera de los infinitos talleres del activismo social, más o menos autónomos, a nivel local o nacional (llamados “chiringuitos de la izquierda” por los malintencionados), cuyos participantes a veces descubren o inventan verdaderas gemas verbales. (más…)
De un tiempo a esta parte me sale al paso con frecuencia, en determinados círculos informativos, una palabra cuyo significado no es demasiado intuitivo: “globohomo”. Es una suerte de “neologismo universal”, de creación artificial, que no pertenece a ningún idioma (aunque es razonable suponer que, como suele ocurrir con estas palabras, habrá surgido en la esfera angloamericana). Al tiempo de escribir este artículo no hay aún, extrañamente, una entrada para globohomo en la Wiki, y no he encontrado ni una sola página web en español donde se explique su significado, pese a que la palabreja de marras data de hace como poco cinco años. (más…)
El Brasa Viva es, por su buena relación calidad-precio, tal vez la brasería más popular de la capital de Moquegua. Su valoración en redes sociales es alta y suele estar lleno durante las horas punta restaurantiles, pese a su orientación comercial un poco al estilo de los fast-food, con una limitada oferta de platos, una atención y servicio rápidos (salvo horas punta) y una filosofía tipo “llega, come, paga y márchate”: al cliente le toman la orden nada más sentarse y, en poco menos de diez minutos, le traen lo que haya pedido. Pero como el local no tiene más allá de una docena de mesas y son muchos los moqueguanos que, sobre todo por la tarde, acuden a cenar allí, con frecuencia hay cola de clientes esperando en la puerta a que otros acaben.
Como su nombre sugiere, se especializa en carnes a la parrilla y, aunque los cortes no son los mejores del mercado, por regla general son aceptables, las porciones generosas y los platos vienen acompañados con buenas papas fritas y ensalada. Sirven, además, vino cosechero del país en jarras, que no está mal de sabor y no sale caro. Un buen lugar, en fin, para ir varias veces a tantear los platos cárnicos más populares del Perú sin dejarse la cartera en el intento: por menos de 40 soles se come uno una parrillada de res, chancho, cordero o anticuchos, más el choricillo de propina, incluyendo la guarnición y la bebida. (más…)
Mucho se ha discutido sobre la propiedad, corrección e incluso conveniencia de escribir con x o con j el nombre del país de los aztecas (México versus Méjico), y existe al respecto una inacabable polémica que empezó hace dos siglos, cuando los mejicanos decidieron convertir ese concreto detalle ortográfico en un frente bélico más del proceso secesionista. Y a pesar de que quienes optamos por la j hemos quedado reducidos a un mínimo grupo de coherentes racionalistas conscientes de la inutilidad de enfrentarse a la visceral -pero fuertemente patrocinada- alternativa antiespañola, el debate continúa aún vivo y muy activo, si bien de modo casi unilateral: los partidarios de la x siguen publicando con regularidad, cada cierto tiempo y siempre repitiéndose a sí mismos, triunfalistas artículos explicando que se debe escribir Méxicoporque les da a ellos la gana, que vencieron en las dos primeras batallas, cuando la RAE (que desde Méjico se observa con enorme desconfianza y desdén, como una institución que supusiera una potencial amenaza a su soberanía nacional) aceptó en 1992 la correccion de la grafía con x y cuando después, en 2001, la recomendó como preferible; y que la iracunda masa indigenista no descansará hasta lograr -como sin duda ocurrirá- ganar la última, a saber: que dicha academia finalmente desautorice por completo la versión con j, reputándola error ortográfico y decretando excomunión para quienes nos obstinemos en dar prioridad al sentido común sobre la manipulación política.
Pero, como digo, hoy por hoy esta contienda se libra de un modo puramente artificial, pues a ella concurre sólo un bando, ya que el opuesto tiró hace tiempo la toalla y ahora sus adeptos nos limitamos, como mucho, a seguir escribiendo Méjico pese a que nuestro corrector editorial -quien lo tenga- nos afee el gesto imperialista, racista y, en fin, fascista. (más…)
Es un mediodía cualquiera del templado invierno en Torata, una pequeña villa serrana de Perú. Un numeroso grupo de escolares, uniformados de azulón y blanco, aparece por una esquina de la plaza del pueblo bajo la dirección de varios adultos y, con una ingenuidad tan conmovedora como desdichada, comienzan una suerte de representación consistente en varios actos que no parecen guardar demasiada relación entre sí. En uno de ellos, un puñado de varoncitos camina con las espaldas encorvadas como bajo el peso de la esclavitud (¿ejercida por algún temible dictador, o acaso por los mismísimos conquistadores españoles?) en tanto que otros cuatro o cinco, detrás, los fustigan teatralmente de manera inclemente, arrancándoles hartos gemidos de dolor. En el siguiente acto, un grupo de bravas libertadoras (históricamente muy representativas, pues siempre fueron las mujeres quienes trajeron la libertad a las naciones oprimidas) desfila al muy razonable -aunque desganado y sin convencimiento- grito de: “¡Queremos libertad, viva la democracia!”; de donde puede inferirse que en Perú no existe ninguna de ambas cosas (lo cual, irónicamente, es la pura verdad, extensiva al mundo entero) o que cuanto de ellas pueda haber lo traen esas jóvenes mestizas con sus protestas, gracias a las cuales el pueblo habría dejado de sufrir alguna tremenda represión autoritaria y muy probablemente heteropatriarcal. (más…)
Este post es una versión algo abreviada de una entrevista al periodista moldavo Iurie Rosca realizada por Edward Slavsquat. No comparto el enfoque ciegamente religioso del entrevistado, ni algunas de sus exageradas expresiones, pero tal vez su comprensión de la situación geopolítica actual no se aleje demasiado de la realidad.
La caída del globalismo a la tecnocracia global
Una entrevista con el periodista moldavo Iurie Rosca
El presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, abriendo la ceremonia del 14º Encuentro anual de nuevos nampeones, también llamado Davos de Verano, en la localidad china de Tianjin, 27 de junio de 2023. Foto: Xinhua
El periodista moldavo Iurie Rosca ha centrado su trabajo en sacar a la luz la infiltración occidental en el mundo exsoviético y en destacar los peligros que nos esperan a todos a medida que la tecnocracia global basada en el “modelo chino” vaya reemplazando a la hegemonía estadounidense.
Aparte de dedicarse al periodismo, Rosca dirigió el Partido Popular demócrata cristiano de Moldavia y fue diputado en el parlamento de su país durante cuatro mandatos entre 1994 y 2009; fue nombrado dos veces vicepresidente del parlamento moldavo y viceprimer ministro de las agencias de seguridad.
Devoto cristiano ortodoxo, Rosca es un anticomunista convencido y, tras la caída de la Unión Soviética, se convirtió en un antiliberal, hostil al Occidente Colectivo.
Mantuvo varios sitios web que el Servicio de seguridad e información de Moldavia le cerró en marzo de 2022. Actualmente administra un popular canal de Telegram donde publica textos y videos traducidos a varios idiomas. También es autor de varios libros en rumano, ruso y francés.
Su último ensayo, “Pronto en sus pantallas: La fase apocalíptica de la tecnocracia y el transhumanismo”, fue publicado en junio por Technocracy News.
Iurie, cuéntanos algo sobre ti y tu enfoque del periodismo. Organizas una conferencia anual en Moldavia, ¿cierto?
Empecé mi lucha por la libertad contra el imperio soviético hace más de treinta años, y continúo luchando contra el imperio estadounidense hasta el presente. No me permito estar afiliado a ningún centro de poder, pues perdería mi libertad como periodista y no podría hacer análisis políticos honestos. Publico libros escritos por algunos amigos en el extranjero (sobre todo disidentes franceses), así como míos. También trabajo como traductor.
Mi crítica implacable al globalismo y a las redes de influencia occidentales me ha puesto en el punto de mira de Estados Unidos y Bruselas. Ataco abiertamente a la ocupación económica, política, cultural, informativa y, más ampliamente, civilizatoria impuesta por la corporatocracia occidental en el espacio excomunista. Pero, a diferencia de la gran mayoría de los disidentes de la hegemonía occidental, no peco de sovietolatría, no tengo nostalgia del régimen comunista ni padezco de Putinofilia como adoración neopagana y ceguera intelectual. A veces, este tipo de síndromes los promueven personas inteligentes que buscan el patrocinio de grupos afiliados a Moscú. Tales compromisos morales no son para mí. El clientelismo y el espíritu mercenario pueden venir envueltos en nobles intenciones, pero eso no cambia su esencia.
En 2017 organicé, con amigos occidentales y rusos, una conferencia internacional llamada Foro de Chisinau. Esta plataforma se ha convertido en una especie de think tank que ha resultado en una estrecha cooperación con la prensa alternativa internacional. El Foro organiza conferencias abiertas en varios países y ha publicado varios libros de autores soberanistas. Por desgracia, debido a la “pandemia”, en los últimos tres años tuvimos que cancelar nuestra conferencia, pero espero que podamos volver a convocar el Foro de Chisinau en septiembre de este año. El tema del evento será: “La Agenda 21 de la ONU y el Gran Reinicio: La caída del liberalismo a la tecnocracia y el transhumanismo”.
En mayo publicaste un ensayo verdaderamente fascinante titulado “Cómo superar el estancamiento paradigmático”. Lo comienzas con una afirmación muy provocativa: “Pese a los grandes conflictos entre varios países, todos siguen con sumisión la misma agenda globalista”. ¿Puedes explicar cómo llegaste a esta conclusión? ¿De qué forma siguen las potencias mundiales la “misma agenda globalista”?
En 2020, sobre todo después de que Rusia condenara el golpe de estado de 2014 en Kiev y tomara el control de Crimea, creí que la administración Putin había decidido poner fin al preocupante estatus de Rusia como colonia occidental, como república bananera de la corporatocracia globalista, proveedora de materias primas para los países ricos de Occidente. Incluso esperaba que hubiese una purga de quienes habían controlado el sector económico y financiero del gobierno –incluido el Banco Central– durante más de 30 años, y que Moscú ofrecería al mundo una alternativa geopolítica clara y perceptible.
Pero mis esperanzas se vieron frustradas. La “quinta columna” (la vasta red de agentes respaldados por Occidente) permaneció intacta en la administración estatal, y los oligarcas, organizados al estilo mafia, siguieron explotando los vastos recursos naturales de Rusia para su beneficio personal y en detrimento del país. Moscú dejó tirado al Donbass durante ocho años, continuó el asesinato diario de la población pacífica de esa región, y los acuerdos de Minsk confirmaron mi temor de que Rusia no tenía un liderazgo capaz de manifestarse como una alternativa real y efectiva a Occidente.
El curso de los acontecimientos en Rusia ha demostrado que, de hecho, la administración Putin es sólo una dócil ejecutora de las órdenes de la “plutocracia rusa”. Bajo el régimen actual, el país podría llamarse sin exagerar una xenocracia (gobierno por extranjeros). Y, como en todos los países capitalistas, el factor económico ha subordinado al político y los gobernantes son sólo títeres del capital.
La falsa pandemia lanzada en 2020 ha confirmado sin lugar a dudas que Rusia, como China y los demás países BRICS, están sometidos a un centro de mando único.
A través de centros de mando como la OMS y la GAVI [Alianza global para vacunación e inmunización], este gobierno mundial en la sombra impone directivas vinculantes para todos los estados. Las políticas de despoblación global [asistida por la vacunación], desmantelamiento de la economía mundial, mascarillas obligatorias, distanciación social, encierros y autoaislamiento sólo encontraron resistencia en algunos países africanos, y sus líderes lo pagaron con la vida. Bielorrusia y Suecia, en parte, también resistieron.
En el verano de 2020, Klaus Schwab publicó su infame libro “Covid-19: El Gran Reinicio”, un manifiesto sobre la reorganización de la economía mundial a manos de la tecnocracia, liquidación de la propiedad privada, modificación genética y vigilancia total de la humanidad. A esta nueva realidad a nivel internacional la llamé “el fin de la geopolítica clásica”.
La [epidemia] puso de manifiesto la total sumisión de los supuestos poderes que se proclaman como alternativa al “Occidente Colectivo”. Hay muchos indicios de que los [actuales] conflictos económicos, diplomáticos e incluso militares entre estados no anulan la agenda internacional a aplicar en todos los países del mundo, sino que simplemente desvían de ella la atención del público. El nombre de esta agenda es bien conocido desde la Cumbre del Planeta en Río de Janeiro en 1992, que estableció una estrategia única de desarrollo para todo el orbe. Pero tres décadas más tarde muchos de [los nuestros] aún no saben detectar esta nueva realidad geopolítica.
Desde entonces, los círculos globalistas han impuesto a toda la humanidad el mito del cambio climático, la trampa de la biodiversidad y la distracción tecnocrática llamada “desarrollo sostenible”. Han lanzado contra nosotros todas estas iniciativas con la fuerza de un sunami, sobre todo a partir del 2020. Escribí sobre esta agenda común en mi último ensayo, publicado por Technocracy News.
Pero aunque [estas] fuerzas han subordinado a todo el mundo, promoviendo su agenda a través de la ONU, hay que estar ciego –o ser un mercenario– para no ver que, incluso tras el comienzo de la guerra en Ucrania, la administración Putin no ha abandonado su puesta en marcha de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, [ni tampoco] la digitalización masiva de la sociedad, la supervisión y el control ciudadano total, la supresión del dinero en metálico, la moneda digital, etcétera.
Una percepción superficial del conflicto entre Occidente y Oriente invita a apoyar a los países del este, pero es importante recordar que Occidente, al colonizar al mundo entero, se ha hecho global. Los estados se hallan actualmente en un dramático proceso de pérdida de soberanía, y los verdaderos líderes del mundo se concentran en torno a entidades extraterritoriales (el gran dinero, las grandes tecnológicas, las grandes farmacológicas, los grandes medios, etcétera).
Por eso sostengo que estamos en un estancamiento geopolítico del que sólo una guerra podría sacarnos. Nadie desea la guerra, pero los globalistas han concentrado un arsenal tecnológico tan grande que, con él, podrían controlar fácilmente a todos los países y seres humanos del mundo. Sólo una grave crisis puede brindarnos la ocasión de destruir el actual sistema de dominación mundial. Cualquier otra cosa no es más que propaganda para bobos y facilidades para que los especuladores ganen más dinero.
En el mismo ensayo describes a Pekín como potencia económica y política emergente, pero avisas que China es “un proyecto piloto, un modelo de sociedad a imponer en todos los Estados.”¿Cómo describirías el “modelo chino”?
Para comprender el papel que la élite globalista ha asignado a China debemos fijarnos en la visita secreta de Henry Kissinger a Pekín en julio de 1971 y la subsiguiente visita oficial, en febrero de 1972, del presidente Richard Nixon.
No es sin razón que a Kissinger se lo considere el fiel aliado de uno de los personajes más siniestros del siglo XX, David Rockefeller. Fue éste quien fundó el famoso Club de Roma en 1968, de donde salió, en 1972, el odioso informe “Los límites del crecimiento”. Este documento es clave para entender tanto la estrategia maltusiana de la despoblación como la desindustrialización de los países occidentales. Al penetrar los globalistas en China comenzó una colosal operación para destruir la fuerza económica de Occidente mediante la famosa política de desregulación.
La fuga de capitales e industrias desde los países occidentales hacia China y otros países asiáticos, resultado de grandes transformaciones en las políticas económicas, ha debilitado a Occidente y ha producido el “milagro chino”. Recordemos que las élites globalistas no profesan lealtad a ningún Estado, son extraterritoriales por excelencia y persiguen una estrategia única: la dominación mundial. El imperio británico, y después el estadounidense, se utilizaron para este mismo propósito; y ahora ha llegado la era del triunfo mundial de China.
Para comprobar cómo este país es un instrumento geopolítico en manos de las élites globalistas de la “marca Rockefeller” basta con consultar un documento clave: el informe anual 2010 de la Fundación Rockefeller, excelente ejemplo de programación predictiva que profetizó con precisión –y con una década de antelación– la epidemia de Covid-19.
Dicho informe, “Escenarios para el futuro de la tecnología y el desarrollo internacional”, tiene un capítulo muy interesante titulado Lock Step [al unísono, al pie de la letra], expresión que se ha citado miles de veces desde el comienzo de la estafa Covid-19 (léanse las páginas 18-26). Este informe describía hasta en sus menores detalles la mayor parte de lo que hemos presenciado diez años después, incluida la aparición del “virus” en China, y pronosticó correctamente que la tiranía médica china (mascarillas, confinamientos, cuarentenas, etc.) sería elogiada por su “eficiencia”.
Las alabanzas del sindicato criminal Rockefeller a la gestión china de la “emergencia médica” pueden considerarse como la apoteosis de Pekín. China fue y sigue siendo la herramienta más importante para marcar el comienzo de la gobernanza global y del Nuevo Orden Mundial (NOM).
Otro ejemplo de la “utilidad y eficiencia” del régimen llamado comunista, pero en realidad tecnocrático, de China es el siguiente: ¿Recuerda el Evento 201? Fue un “ejercicio pandémico” de alto nivel organizado en Nueva York el 18 de octubre de 2019 por el Centro John Hopkins para la seguridad de la salud –herramienta del clan Rockefeller durante el siglo pasado– en asociación con el Foro Económico Mundial (FEM, la principal entidad de los globalistas) y la Fundación Bill y Melinda Gates (actor clave en el exterminio masivo internacional mediante vacunas y actor principal de la industria farmacéutica, incluida GAVI). Fue el último ensayo de la élite globalista antes de la operación especial Covid-19. Casualmente, asistieron a él las autoridades sanitarias tanto de EE.UU. como de China.
Y también casualmente (aunque predicho al menos dos veces, en 2010 y en 2019) fue en China donde comenzó la siniestra estafa del Covid-19. Como era de esperar, globalistas como Soros, Gates y Schwab elogiaron a dicho país por su efectividad en la lucha contra la epidemia.
Otro ejemplo de la supuesta soberanía china y su milagro económico: Recientemente Pekín ha recibido la visita de un querido amigo del pueblo chino, Bill Gates. Como informó Reuters:
El presidente chino Xi Jinping, en su primer encuentro desde hacía años con un empresario extranjero, calificó a Gates de “viejo amigo” y dijo que esperaba que pudiesen cooperar para el mutuo beneficio de China y EE.UU.
Pero en realidad el evento más reciente que confirma el papel principal de Pekín en la agenda globalista fue la Reunión anual de nuevos campeones del FEM, celebrada del 27 al 29 de junio en Tianjin, China.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, es indispensable comprender el papel asignado a China en el NOM por la élite globalista. China es el proyecto piloto de la tiranía tecnocrática que esperan establecer sobre absolutamente todos los países del mundo, bajo un único centro de poder, muy probablemente para 2030 (como se estableció en la Agenda de la ONU adoptada en 2015 en París) y que en última instancia impone el mito del cambio climático, la idea draconiana del “desarrollo sostenible” y el fin de cualquier resto de soberanía nacional o de libertades personales. Control total de todos los ciudadanos, fin de cualquier tipo de libertad política, económica o ideológica, transhumanismo, totalitarismo digital, vacunación obligatoria, manipulación climática y modificación genética de la humanidad. Será un régimen distópico a escala internacional, dominado por fuerzas que pretenden organizar mejor nuestras vidas.
El lado cómico de este inquietante plan de felicidad estilo chino para todas las naciones –y aceptado por los gobernantes y los propagandistas rusos– es el llamado proyecto One belt one road (Iniciativa de la franja y la ruta).
¿Puede algo de esto ser motivo de alegría para un patriota, para un intelectual familiarizado con el proceso de dominación económica como paso previo a la dominación política, cultural y civilizacional? Que sea China, y no Estados Unidos, el vehículo para imponer un nuevo orden global, ¿significa que debamos renunciar a nuestra independencia, identidad nacional, cultura y tradiciones? ¿Debemos abandonar la esperanza de una soberanía nacional, de crear bloques regionales enfocados hacia ideas comunes de civilización arraigadas en una misma tradición religiosa?
En vista de esta tragicomedia sin precedentes en la historia de la humanidad, compadezco a quienes afirman que China sería una alternativa válida a la hegemonía estadounidense y occidental, que obviamente encarna uno de los mayores males que el mundo ha conocido. Pero piensa en lo que se nos avecina: un GULAG digital mundial basado en el modelo chino, con vigilancia total, puntuaciones individuales de calificación social, terrorismo de Estado y cárceles llenas de disidentes; no creo que esta sea una alternativa deseable para una persona normal que no se haya vendido a los globalistas de Occidente, Rusia o China.
De hecho, tiene gracia que el Kremlin pretenda seriamente ser “aliado” de Pekín. Sería más preciso describir a Rusia como una vasalla de China. Basta simplemente ver el comercio entre los dos países. Bien podemos decir que Rusia ha dejado de ser una semicolonia occidental para pasar a serlo de China y, en parte, también de India y Turquía.
¿Cuál es la situación actual en Moldavia respecto a la tecnocracia y la tiranía médica introducidas por la “pandemia”? ¿Hay algún esfuerzo oficial o popular para resistir a las iniciativas defendidas por la OMS, el FEM y otras organizaciones globalistas?
En la actualidad, el régimen político en Moldavia está totalmente controlado por los estadounidenses, y en concreto por la red de Soros. Nuestros líderes son muñecos sin personalidad, sin biografía, sin capacidad política o administrativa alguna, pero leales al amo occidental, que promueven una política hostil a Moscú haciéndose pasar por fieles aliados del régimen sionista de Kiev.
Cuando se lanzó la falsa pandemia en 2020 estaban en el poder los llamados socialistas liderados por el presidente Igor Dodon, el favorito de la administración Putin. Y así como Putin y su régimen han mostrado una subordinación total a la OMS, también lo ha hecho el régimen títere en Chisinau, imponiendo violentamente el mismo terror, incluida la vacunación forzosa, bajo un pretexto médico.
Después de que el régimen prorruso fuera sucedido por el prooccidental, liderado por Maia Sandu –que llegó a la presidencia en noviembre de 2020–, continuó la misma política del terror médico con la disculpa de la epidemia. No hubo diferencia. En general, todo el espectro político, desde la izquierda a la derecha, ha adoptado la agenda de la OMS. E idéntical homogeneidad existe en las políticas económicas impuestas a través del FMI, el Banco Mundial, la OMC, la UE, etc.
Los políticos de hoy son cautivos irremediables del paradigma económico liberal, con el mito del libre comercio, el control de la inflación, los préstamos, las aduanas, las políticas fiscales y presupuestarias dictadas desde fuera por el “Consenso de Washington”.
Por otro lado, no existe un proceso político en sí mismo. Sólo dinero sucio, proveniente de centros de poder foráneos o grupos mafiosos locales, que se vuelca en exitosos proyectos mediáticos y políticos. Si tienes dinero, triunfas como “político”; si no, eres un perdedor.
Eres bastante crítico con Moscú. ¿De qué “lado” estás en la guerra de Ucrania? ¿Quién es el responsable último de ese conflicto y qué se debería hacer?
Esta guerra es solo un eslabón de una larga cadena de acontecimientos históricos que remonta sus raíces a la conocida obsesión del Poder del Mar (la talasocracia o los anglosajones) por destruir a Rusia como potencia terrestre, como una telurocracia, un Estado cuyo poder deriva del dominio militar o comercial terrestre (Carl Schmitt). Este conflicto es parte de las llamadas constantes geopolíticas, y no importa quién esté en el poder en Rusia: el zar Nicolás II, Stalin o Putin.
Los enemigos de Rusia tienen tres objetivos:
1. Espiritual: destruir la religión ortodoxa.
2. Económico: controlar los vastos recursos naturales rusos
3. Militar: dominar Eurasia.
Como explicó Sir Halford J. Mackinder: “Quien controle Europa del Este controla el Núcleo [del Volga al Yang-tse]; quien controle el Núcleo gobierna la Isla del Mundo [Afro-eurasia]; quien gobierne la Isla del Mundo gobierna el mundo”.
Por supuesto, Rusia está en una guerra defensiva y la OTAN usa a Ucrania en esta guerra proxy [por poderes]. Pero la forma en que actúa la administración Putin muestra que Rusia tiene un liderazgo gerontocrático, inerte y anticuado, dominado por oligarcas y enormemente influenciado por agentes extranjeros. Al chapucear lo que pudo haber sido una exitosa guerra relámpago, Rusia ha quedado atrapada en un prolongado conflicto que está causando colosales sacrificios humanos en ambos bandos.
La sucesión del poder en Moscú mediante elecciones es imposible, un golpe de Estado es indeseable, que Putin y Shoigu despierten de su letargo colectivo es inimaginable, y la aparición de sentimientos patrióticos entre la clase dominante es inverosímil. Así que, como siempre a lo largo de la historia rusa, no queda más esperanza que Dios. Sé que el cielo está lleno de santos, mártires y héroes rusos que rezan por la salvación de su tierra. Sé que Rusia no ha perdido del todo su masculinidad, y esta guerra está dando forma a una nueva generación de héroes, que también tendrán algo que decir en los principales cambios políticos que se avecinan.
Pese a todos estos deprimentes acontecimientos, aún confío en la derrota de los enemigos de Rusia y en el triunfo del espíritu cristiano y patriótico.
(NOTA: Este texto fue escrito en enero del 2022, pero se me olvidó darle al botón de “publicar”. Por tanto, ha perdido actualidad. Pero como creo que no me quedó mal y, además, algunas de las cosas que digo continúan teniendo validez y alguno de mis pronósticos se ha cumplido, lo publico ahora.)
Durante las últimas fechas empiezan a menudear, cada vez con más frecuencia, una serie de señales premonitorias de que la mal llamada “crisis del coronavirus” está a punto de desplomarse. Como los pequeños parches de cielo azul que dejan entrever las nubes un rato antes de que comience a amainar la tormenta, algunas noticias sueltas, escuchadas aquí o allí, le indican al ciudadano atento que la borrasca covidiana tiene todos los visos de escampar pronto. Primero se oyó que Israel e Italia estaban considerando suspender la campaña de vacunaciones; después, que la Justicia francesa había desautorizado la mascarilla obligatoria por las calles de París; acá, una taifa española abandonaba la exigencia del pasaporte covid; allá, tal o cual país relajaba sus medidas restrictivas de libertades; hace poco se dijo que Alemania iba a dejar de vacunar masivamente; en casa, Pedro I El Guapo sale con que, para proteger al sobrecargado sistema sanitario -excusa inverosímil donde las haya-, se va a relajar el seguimiento del número de infectados; y ahora hasta la propia Agencia Europea del Medicamento desaconseja las dosis sucesivas del elixir mágico más allá de la llamada “de refuerzo”. ¿Y quién no ha oído durante las últimas fechas la nueva palabra fetiche: gripalizar?, que es el modo disimulado, en neolingua, de admitir que la covid no es otra cosa que una gripe, sólo que más virulenta. Por todas partes surgen “expertos” pronosticando el fin de la epidemia o incluso proclamándolo; quizá los mismos expertos a quienes antes no se permitía hablar, o quizá los que nunca han sido censurados y que ahora han modulado su mensaje; pero, en cualquier caso, portadores de un mensaje que hasta ahora estaba prohibido, y esto es lo significativo. Empiezan, además, a llegar reveladoras noticias del origen del SARS-CoV-2 que ponen de manifiesto que fue una creación artificial encaminada a conseguir el mayor negocio farmacéutico de la historia. Hay ya, pues, bastantes indicios de que esta colosal estafa no puede colar por mucho más tiempo ni siquiera en las estupefactas sociedades del siglo XXI, y aunque todavía muchos gobiernos y medios de comunicación persisten en mantener sus campañas del pánico, como últimas cortinas de lluvia desprendidas del cumulnimbo que a ojos vista se disipa, cada vez son más los que prefieren no rezagarse, para su futura vergüenza, en abandonar una causa que se hunde irremisiblemente. (más…)
La mayoría de la gente medianamente informada está de acuerdo en que es el Gran Capital quien, básicamente, dirige el mundo. Con algunas excepciones, creo que podemos asumir esta idea como verdadera. Aquellos aún mejor informados pueden ir un poco más allá y señalar una serie de individuos o instituciones que ocupan la cúspide de la piramide: apellidos como Rockefeller, Rothschild, Du Pont, Bush, Morgan, o fondos de inversión como Black Rock, State Street y Vanguard, por nombrar sólo unos pocos, resultan muy familiares a los ciudadanos más al tanto de temas políticos y económicos. Estas familias y sus conglomerados poseen sabrosos paquetes de acciones -cuando no la totalidad- de las corporaciones más importantes del mundo en sectores clave como la energía, petroquímicas, medios de comunicación y audiovisuales, banca, industria armamentística, informática, farmacéuticas, fertilizantes, etc. De este modo, multinacionales como Exxon Mobile, Shell, Texaco, JP Morgan, Citigroup, Wells Fargo, BNP, Monsanto, Ratheon, Pfizer, Bayer, así como muchos otros bancos, compañías petroleras y todo tipo de empresas producen astronómicos dividendos a unas pocas docenas de sagas multibillonarias. Semejante riqueza les permite, a su vez, controlar -si no poseer directamente- las más importantes productoras de cine, redes sociales, plataformas de contenidos online, periódicos e incluso todo tipo de instituciones gubernamentales y no gubernamentales a lo largo y ancho del mundo, aunque sobre todo en Occidente: Neflix, Disney, la industria propagandística de Hollywood, Amazon, Microsoft, Facebook, Google, Yahoo, el New York Times, el Washingtong Post, el Wall Street Journal, la OMS, el foro de Davos y un largo etcétera. Con esas cantidades de dinero, poder e influencia, esas élites se hallan en posición de controlar el mundo, quizá con las salvedades de China, tal vez Rusia, y un puñado de países económica y políticamente irrelevantes. (más…)
Lo que vengo a exponer en este artículo trae origen en una curiosidad, en una observación casual que hice cuando estuve visitando Georgia: al caminar por las calles de Tbilisi o de Kitaisi me di cuenta de que muchas mujeres no usaban sostén. Como acababa de estar en otros tres países europeos y en ninguno de ellos había advertido nada por el estilo, lo primero que pensé fue que quizá se trataba de una costumbre regional. Yo había llegado a Georgia sin tener la más remota idea del tipo de sociedad que me encontraría, y estaba por tanto mentalmente preparado para cualquier cosa; aunque debo confesar, por cierto, que al salir de allí cinco semanas más tarde no había hecho grandes progresos en ese sentido: dada la considerable diversidad étnica que hay en Georgia y la plétora de países cuyos turistas la visitan, se me hizo muy complicado distinguir entre nacionales y extranjeros. El surtido origen de las gentes del Cáucaso se mezcla en ese país con el batiburrillo de visitantes turcos, musulmanes, asiático-orientales, eslavos, judíos y europeos hasta el punto de que, si no fuera por el característico alfabeto georgiano presente en letreros, carteles y anuncios por todas partes, sería muy difícil saber en qué lugar del mundo encuentra uno.
(Como nota curiosa, hay sin embargo un fenotipo muy peculiar que se manifiesta en muchas georgianas; es un parecido de familia entre ellas, un algo en sus facciones -la nariz, los ojos, las orejas y la boca- que, una vez detectado, resulta signo inequívoco de su nacionalidad o, al menos, de un ascendiente común. Debe de haber habido, en algún momento de la historia de Georgia, un donjuán excepcionalmente exitoso, un vigoroso semental o un violador implacable que sembró sus genes en cientos de vientres de la población autóctona.)
El caso es que, algunos días después de haber observado esa peculiaridad en el vestir del sexo débil (o, más bien, en el no vestir), empecé a preguntarme si no sería una moda más que una costumbre; aunque, si tal era el caso, me extrañaba no haberlo observado antes en Occidente, que es donde surgen las tendencias que luego se exportan al resto del mundo. Desde luego, bien podía ser que lo de no llevar sujetador fuese una novedad con origen en Georgia, pero no sé por qué se me hacía a mí que salir a la calle sin sujetador no era el tipo de iniciativa con mucha probabilidad de aparecer en una pequeña sociedad ortodoxo-musulmana en el corazón del Cáucaso. Como explicación alternativa, cabía la posibilidad de que esa novedad hubiese nacido, en efecto, en las pasarelas de París o Nueva York pero que las féminas de Georgia la hubiesen adoptado antes incluso que el propio Occidente. Al fin y al cabo, este tipo de países periféricos son a veces los primeros que, en su afán por ser vistos como modernos, progresistas y liberales, aceptan con entusiasmo cualquier idea, por peregrina que sea, que salga de las factorías de ingeniería social del occidente colectivo. Y todos sabemos lo ansiosos que están los georgianos por ser considerados europeos. (más…)
A la hora de referirnos a nombres propios y topónimos foráneos nos encontramos con un par de dificultades lingüísticas, la traducción y la transliteración, que responden a dos facetas diferentes de una misma cuestión.
La transliteración tiene que ver con el aspecto fonético, y básicamente consiste en tratar de escribir con el alfabeto propio el nombre o topónimo del idioma original de modo que se lea lo más parecido posible. Así, por ejemplo, el nombre anglosajón John se transliteraría en español como “Yon”, New York sería “Niu York”, y el país donde nació Yakira Kurosawa, que en su idioma se escribe 日本, se escribiría “Nihon” en español.
Por su parte, la traducción tiene un enfoque más semántico, suponiendo que en el caso de nombres propios y topónimos pueda hablarse de significados. A menudo, más que de la traducción de un nombre estaríamos hablando de su equivalencia. Un nombre propio foráneo sólo puede “traducirse” cuando exista en el idioma objeto uno etimológicamente equivalente. Por ejemplo, el mencionado John inglés sería el Juan español, pues provienen de la misma raíz (probablemente de un mismo y único personaje histórico), mientras que el Reijo finlandés no tiene equivalencia alguna en nuestro idioma. Con los apellidos es algo diferente, pues aunque muchos sí tienen un significado concreto (Smith en inglés y Seppanen en finés significan lo mismo que Herrero), en la práctica nunca se traducen. El caso de los topónimos es, en cambio, bastante distinto, pues rara vez encontramos equivalentes etimológicos o semánticos en el idioma objeto. No hay, por ejemplo, ninguna palabra española que tenga nada que ver con London, y además este topónimo no representa concepto alguno más que el de la ciudad concreta a la que denomina. En cambio, el nombre autóctono de Japón, que como queda dicho es 日本 (nihon), sí que puede traducirse, y significa “origen del sol” (de aquí que a veces digamos “país del sol naciente” para referirnos a él.)
En lo que sigue, y para no extenderme demasiado, me centraré en los topónimos, que son el objeto de este artículo. (más…)