
9 de julio, El Salvador
Hoy, por ser mi último día en este pueblo, he dado una caminata más larga que de costumbre, hasta allende la primera línea de colinas hacia el nordeste, allí donde las últimas lomas, en que la piedra cede a la roca, se asoman en empinados peñascales sobre el amplísimo valle, cien metros más abajo. El ancho y suave fondo de la cuenca se extiende aún una o dos leguas más, hasta el arranque de otras nuevas elevaciones, onduladas, no muy altas, formando un mar de montes que allá lejos, en el horizonte difuminado por la bruma, se confunde con el cielo. La tierra es toda de un color marrón apagado, herrumbroso, salvo algunas franjas de tonos crema con vetas azuladas que, supongo, delatan la presencia de mineral cuprífero.
Un detalle que pone de manifiesto, antes que la juventud geológica de estas formaciones montañosas, la falta de precipitaciones es el hecho de que las piedras, que cubren tal vez nueve décimas partes del suelo, sean de caras planas y aristas angulosas y cortantes: no ha erosionado sus bordes el agua, madre de la erosión, y se conservan aún en el mismo estado en que surgieron de las profundidades de la tierra hace millones de años, o quizá tal como se fracturaron y fragmentaron las rocas, sometidas a los acusados contrastes térmicos tan característicos de las zonas desérticas.
Las inmumerables sendas trazadas por la acción del hombre (veredas peatonales las más estrechas, rodadas de motos, quads o pequeños todoterreno las más anchas y polvorientas) sobre el terreno próximo a El Salvador, que van caprichosamente de loma en loma, de collado en collado, a menudo por la cuerda, otras veces faldeando las laderas, sin dirección ni destino concreto, son el testimonio de seis décadas de (más…)