Misma ciudad, el mediodía siguiente
El restaurante se llama Don Elías, y estoy sentado a una mesa de su amplia y sombreada terraza frontera a una calle cuyo tráfico, aunque constante, circula despacio y sin hacer demasiado ruido. La temperatura a esta hora y en esta época del año es aún tolerable, sobre todo si está uno en reposo y a la sombra. La música ambiente del local es suave, de ésas que acompañan pero no incordian. De lo cual resulta, en conjunto, una atmósfera bastante agradable. Vamos: que se está aquí la mar de bien, caramba. He pedido un jugo de mango, que en estas regiones norteñas lo hacen casi invariablemente a partir de pulpa congelada, pues la producción de fruta en esta estéril mitad del país es escasa o nula; pero –eso sí– lo he pagado a precio de zumo fresco y recién exprimido en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid; con lo que todo queda dicho; y no exagero.
Frente a mí, semiocultas a la vista por los arbolillos de la terraza de don Elías, y sobre los tejados de uralita o lámina de las bajas construcciones de la acera opuesta, (más…)





