Freelander

Categoría: Chile y Perú

  • Charlatanes, sociópatas y misántropos

    Me cuenta un vecino que el supermercado del pueblo está subvencionado por Codelco, la explotadora estatal de la mina, que saca a concurso la concesión cada equis años con el fin de mantenerlo abierto a cambio de unos fondos, pues de lo contrario, por lo visto, el negocio trabajaría a pérdidas. Pero no sé yo lo cuantiosas que serán éstas y aquéllos, ni qué corruptelas habrá, porque, por lo que observo, la superficie (muy extensa, por cierto) tiene un movimiento considerable. Es el único lugar de El Salvador donde proveerse de comestibles y otros suministros, y todo el mundo acude ahí a llenar la despensa.

    Esta mañana, en otra de mis charlas con don Mario (así lo interpelo yo porque le gusta al hombre que lo traten de don, y él me corresponde con igual deferencia), hemos hablado sobre el blanqueo y normalización social de la paidofilia que, poco a poco, (más…)

  • Comienza el invierno en el sur de Atacama

    4 de julio, misma localidad

    Sólo me quedaré dos días más en El Salvador. Hoy es martes y tengo el hostal pagado hasta el jueves. Podría alargar la estancia otra semana, pero en esta región del planeta, a esta altitud y latitud, pasado el solsticio de invierno comienzan los días a refrescar; y yo no traigo ropa adecuada. Las máximas diarias por encima de los 20 grados han quedado atrás, y ahora se siente ya fresco desde antes del ocaso. El pronóstico meteorológico para la próxima semana mantiene una paulatina bajada de temperaturas, y si decidiera quedarme un poco más tendría que resignarme a no salir del hotel a partir de media tarde, desperdiciando así varias horas de luz. No obstante, aún no me he resuelto del todo a marcharme, porque me tira con fuerza esta vida perezosa y apacible.

    En principio, mi idea es continuar viajando hacia el mediodía y pasar al Perú, donde, según me dicen, la vida es mucho más barata y considerablemente más segura. Por lo visto, la Tercera Región (antes llamada Antofagasta), que ahora debo atravesar en mi ruta hacia el norte, es algo peligrosa a causa del elevado número (más…)

  • Peculiaridades de la democracia chilena

    3 de julio, mismo lugar y hora

    Hoy hay más actividad por la calle. Ayer fue domingo y, en este país, se toman los festivos bastante en serio.

    Acabo de regresar de mi caminata diaria por el campo. Abro paréntesis: ¿Se le puede llamar “campo” al desierto?, ¿a una sucesión inacabable de lomas y cerros pelados, sin el más mínimo vestigio de vegetación? Supongo que sí, aunque el vocablo latino campus significa “terreno llano” y, aparte, parece que en general asociamos el campo con las tierras de labor o productivas desde un punto de vista agrario. Pero aquí, obviamente, digo “campo” por oposición a “urbe”. Cierro paréntesis. Pues resulta que, según entraba al poblado, me ha llamado la atención (que no sorprendido) la cantidad de barberías que hay en El Salvador. Para ser un lugar tan poco habitado, el número de ellas me parece algo desproporcionado. Tal vez haya cerca de diez. Desde que, hace ya medio siglo, oí a mi padre decir (más…)

  • Aclimatándome al desierto

    2 de julio, El Salvador

    Poco a poco voy conociéndome los rincones de este pueblo (dicho sea rincón en sentido traslaticio, pues las anchas y espaciosas calles de El Salvador no esconden rincón alguno propiamente dicho). Sobre la avenida principal hay un pequeño restaurante en la acera suroeste, donde da la sombra de las fachadas casi todo el día; y, como por las mañanas está cerrado, sus mesas –que dejan siempre en la calle– me vienen de perlas para sentarme a escribir si no me apetece consumir nada, como suele ser el caso a estas horas, poco después de mi desayuno o colación (graciosa pero impropia palabra que usan mis recepcionistas para referirse a la bolsita con porquerías artificiales que me entregan cuando salgo de la habitación por la mañana). Según me explicó el mapuche, desde que se declaró la emergencia covidiana –y hasta la fecha, aunque hace tiempo que fue decretada su finalización– el hotel dejó de servir desayunos, sustituyéndolos por (más…)

  • Ideas de un mapuche

    En primer término, residencias para mineros hechas con contenedores. Más lejos, una planta fotovoltaica.

     

    1 de julio, El Salvador

    Me hallo sentado a una soleada mesa (donde el calor empieza ya a incomodarme un poco) en un quiosquillo callejero donde sirven café, bebidas y snacks emplasticados. En otra mesa, cuatro trabajadores de Codelco despachan una refacción de media mañana. Al otro lado de la avenida unos jardineros riegan y cuidan con mimo el parque central: en esta tierra las zonas verdes sobreviven a duras penas y necesitan que se les prodiguen cariños de enfermera. Los columpios del parque bostezan de aburrimiento: como en casi todas partes, salvo en el mundo musulmán o el África negra, la tasa de natalidad en Chile no supera los 1’4 hijos por mujer (datos de 2022), de modo que apenas hay niños; menos aún en este pueblo, como bien se comprende, por ser básicamente un campamento minero.

    Llega un momento en casi todos mis viajes en que los días empiezan a correr sin darme cuenta, como cuando estoy en casa. Al principio, la novedad y falta de familiaridad con el entorno y las costumbres (más…)

  • Una excursión de reconocimiento

    30 de junio, Diego de Almagro

    Misma cafetería que ayer a esta hora e idéntico propósito: coger el autobús a El Salvador. En mi excursión de la víspera a ese pueblo, apenas a una hora de distancia, tuve la ocasión de tomarle el pulso y tantear la posibilidad de pasar allí alguna noche. Tras preguntar en un par de alojamientos, encontré por fin un hotelillo no muy caro que pienso me podrá servir, pues aunque no tiene, ni mucho menos, las soleadas habitaciones del hostal donde me albergo ahora (al contrario, son bastante oscuras y apenas con un ventanuco alto), es a cambio infinitamente más tranquilo. El Salvador se encuentra al término de la carretera que lleva hasta allí; o sea, que no está de camino hacia ninguna otra localidad: o va uno exprofeso, o no va para nada, lo cual lo convierte en un remanso urbano de tranquilidad. Se trata de un pueblo artificial, construido según una planificación muy concreta, donde la mayoría de viviendas son prácticamente iguales, edificadas con bloque de cemento sobre una red de anchísimas calles cuyo trazado imita la planta de un teatro romano: vías radiales cruzadas por otras semicirculares, y los espacios principales (el parque, el supermercado, etc.) ocupando lo que sería el escenario del teatro. Se halla, muy a propósito, al pie del cerro del Indio Muerto, cuyas laderas se encuentran ya desfiguradas, erosionadas por los trabajos en la mina del mismo nombre y rodeadas (más…)

  • Una charla en la estafeta postal

    Panorámica de Almagro

    28 de junio. Diego de Almagro

    Escribo desde la primera planta (o la segunda para los habitantes de esta región del continente, influida por la cultura del Imperio Hegemónico, donde cuentan los pisos de un edificio empezando por la planta baja) de la misma cafetería en la que estuve ayer desayunando y luego anotando en este mismo cuaderno mis primeras impresiones sobre Almagro. El local se encuentra estratégica y convenientemente ubicado frente a la oficina de la Pullman Bus, la ubicua empresa de transporte de viajeros por carretera y la que más cobertura de rutas y horarios tiene en todo el país (o al menos en la mitad norte). Desde la cristalera, mientras escribo, vigilo (más…)

  • Diego de Almagro

    Plaza central

    26 de junio. Diego de Almagro.

    Miro por la ventana del restaurante cómo la brisa mece las hojas de las plantas que, colgadas del pórtico en tiestos, sombrean la terraza, y más allá mueve también el ralo foliaje de los macilentos arbolillos que ornan el polvoroso bulevar al otro lado de la calle, transitada por algunos vehículos que circulan despacio, como si no fueran en realidad a parte alguna. Quizá tengan las gentes de aquí su propio Yukon time, esa noción del tiempo a la que no afectan las premuras o urgencias de la vida moderna. El sol del mediodía, en un cielo sin asomo de nubes, proyecta las sombras un semirrecto hacia el sur. Sobre mi mesa, una jarra de Austral Calafate fesca y amarga como es debido: con esta temperatura y sequedad no me apetece otra bebida. El equipo de sonido del local emite –a poco volumen, gracias a Dios– no sé qué música pachanguera con deje sudaca.

    Estoy en Diego de Almagro, Atacama, a donde he llegado esta mañana –gracias a un golpe de suerte– procedente de Copiapó. Y digo que ha sido suerte porque compré ayer el billete online y, al presentarme hoy en la terminal de buses, resultó que me había equivocado de fecha y lo había cogido para mañana. Menos mal que quedaban varios asientos libres y pude comprarle otro pasaje directamente al conductor. Era un asiento más caro, pero me salió a menor precio; y es que –como no sé si he dicho ya– aquí en Chile, en los autobuses de larga distancia, (más…)

  • Mis cuatro días en Copiapó

    Peculiaridades chilenas de la comida china

    El autobús en que vine hasta Copiapó salió de Coquimbo con bastante retraso, pero el viaje fue muy cómodo. Además, como compré un asiento de los llamados “salón cama” en la primera fila del piso superior, pude disfrutar a gusto del paisaje. La carretera se alejó en seguida del mar y transcurrió ya, para el resto del trayecto, por otro mar, cada vez más árido y seco: uno de eriales y cerros pedregosos, yermos, sin vegetación alguna (o tan diminuta que no pude apreciarla en la distancia). Total: seis horas de montañas peladas y parduzcas, enormes cuencas desnudas o llanuras arenosas salpicadas con algunas dunas. Al final, en el fondo de un amplísimo valle circundado por cordilleras, (más…)

  • Rumbo al desierto: Coquimbo y Copiapó

    Cuidada playa de Coquimbo

    Coquimbo junto al Pacífico

    Copiapó, 25 de junio

    El hostal se llama Cactus y la ciudad Copiapó, adonde vine hace tres días después de haber pernoctado en Coquimbo una sola noche, la primera de mi estancia en Chile, en una fría y chapucera habitación que reservé, sobre la marcha, entre la escasa oferta hotelera disponible cuando viajaba hacia allá desde Santiago. Arribé a esa ciudad al filo de las seis, poco después del ocaso y justo a tiempo para llegar aún con luz diurna al hostal (si así puede llamárselo), para lo cual tomé un colectivo (taxi compartido por varios viajeros) desde la terminal rodoviaria, como aquí llaman a las estaciones de autobús. El taxista tuvo que dar un rodeo porque la policía había cortado una calle en la que, según informaban por la radio, acababan de apuñalar a un hombre. Siniestra bienvenida. El dicho alojamiento, más albergue que hostal, (más…)