La visita

Posted by on 11/11/2016
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En mi sueño, observaba a un niño que asentía, callado y obediente, a cada advertencia de su madre, cuyas palabras, como en una película muda, a mí no me llegaban. Ajenos a mi presencia, o tal vez sólo indiferentes a ella, sentábanse uno frente al otro a una mesa de cocina; y yo, de pie junto a él, como un espectador invisible lo contemplaba. Era un niño de tez pálida, lacio cabello castaño y unos ojos oscuros que miraban con atención a su madre; y aunque tras cada una de las frases inclinaba la cabeza en señal de comprensión, tenían aquellos ojos un algo vago en la mirada, como la del que está inmerso en sus propios pensamientos, o un algo inquietante, como de quien vive en otro mundo. Yo lo contemplaba con gran ternura, con inmensa lástima y con el amor que nunca he profesado por otro niño alguno: su inocente rostro infantil, tan familiar y ajeno a un tiempo, su paradójica expresión, atenta y ausente a la vez, que parecía morada de misteriosos pensamientos, aunque quizá sólo reflejaba una candidez superlativa. Mirándolo, sentía por él una enorme piedad; piedad por cuanto aún habría de sufrir y envejecer su alma, ahora ingenua y pura.

Entonces me incliné y, asiendo su cabeza suavemente entre mis manos, lo besé en la tersa mejilla, con calor, cariño y el sentimiento de quien se despide para una eternidad; como mis tías del pueblo me besaban cuando, al final de cada verano, mis padres y yo regresábamos a la ciudad. Así el niño de mi sueño, sin dejar de escuchar con atención a su madre, se dejó hacer sin dedicarme una mirada; aceptó mi beso sin una muestra de afecto ni de disgusto, sino más bien como si no lo hubiera recibido.

Pues aquel niño que tenía ante mí, al que podía ver y tocar gracias a la magia de los sueños, no era otro que yo mismo. Y cuando, al despertarme, el hechizo onírico se disipó, me sorprendí tratando desesperadamente de recordar si alguna vez, durante mi infancia, hube sentido el calor de un beso fantasmal en la mejilla. Durante un rato no dejé de preguntarme: ¿tuve algún día, siendo niño, el pálpito de estar recibiendo una caricia invisible? ¿Me estremecí alguna vez con la impresión de ser visitado desde el porvenir?

¡Ah, qué encuentro más triste y melancólico el de ese sueño! Pero cuando esto escribo, aún me embarga la emoción de haber podido verme y tocarme, de manera tan real, cuando no era más que un niño; aquel niño puro y silencioso de los ojos ausentes bajo el cabello lacio.

4 Responses to La visita

  1. julio

    Al margen de trasfondo trágico, el relato plantea una paradoja muy interesante.

  2. Artur

    Dear Pablo, it’s one of the most touching entries I’ve ever read here, and not only here. It evokes some deeply hidden thoughts inside me.
    Take good care!

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