Domingo, 2 de noviembre (continuación).
Tan bien dormí que, al despertar esta mañana, ya había salido el sol; o sea, casi diez horas de sueño. Levanté el campamento y me aposté en el arcén. Un exmarine recién divorciado que iba a Yuma me dio jalón hasta Gila Bend (pronunciado hilabend) y de ahí una pareja mejicana me llevó hasta Ajo. Este último ride, como tantos otros, no fue gratis: me costó tener que escuchar el sermón religioso, el tedioso discurso cuyo plato principal es Quién ha creado todo esto sino Dios, con guarnición de El cielo y el infierno, aderezado con un insistente Recibe a Cristo en tu corazón. Tal como lo escribo. No me invento ni una coma. Pero por fin he aprendido la lección –¡mira que soy torpe!–: la próxima vez, lo único que tengo que hacer para que me dejen en paz es decir, cuando saquen el tema, que soy católico devoto, o budista.
La pareja de beatos seguía hasta Méjico, pero yo me bajé en Ajo creyendo que ahí había camping. Error. Tan sólo había dos RV parks. Uno costaba 18 $ y el otro no tenía sitios para poner tiendas –según su racista y seco gerente– ni sabía él decirme dónde podría acampar. Seguí haciendo dedo y, al rato, me cogió Sam, un hombre de unos cincuenta y pocos, con un truck todo viejo y una conversación muy inteligente. Demócrata él, había viajado mucho y tenía una visión bastante objetiva de las cosas. Me trajo hasta Why, y al decirle que buscaba un lugar para acampar me llevó tras millas más allá, hasta uno de esos terrenos que administra el Bureau of Land Management (BLM) y que son de uso gratuito. Ahí Sam apagó el motor y se quedó hablando conmigo un buen rato mientras liaba y se fumaba un cigarrillo. Antes, él vivía en otra parte, pero unos años atrás murió un pariente que le legó un pedazo de terreno y algunas propiedades en Why, así que se mudó al cercano Ajo, donde ahora dejaba pasar la vida leyendo.

Tres jalones para llegar de Buckeye a Why
No era aún mediodía cuando se marchó, dejándome solo en aquel terreno del BLM. Es un inmenso llano en el que sólo hay arbustos, cactus y algún árbol perdido. A lo lejos he visto tres o cuatro rulós, supongo que de bohemios y solitarios. Es un lugar interesante, desolado y vacío salvo por la carretera que lleva a Sonoyta, en Méjico, que soporta un tráfico bastante mayor del que uno pensaría a juzgar por su aspecto. He puesto la tienda donde me ha parecido y, confiando en que nadie me quite nada, me he venido a Why (un hombre que me vio caminar me dio un ride espontáneo), donde llevo dos horas vagabundeando. Gracioso nombre para un gracioso pueblo, aunque no sea ni pueblo ni gracioso. Quizá haya viviendas, pero yo no he visto ninguna. Lo único que he visto son dos gasolineras, cada una con su convenience store (uno de ellos llamado, chistosamente, Why-not); el café-burger-beer donde estoy ahora, con cuatro mesas, de aspecto poco recomendable; un camping que dice ser friendly & inexpensive; una “deli” y poco más. Junto al café hay otro edificio con aspecto de abandono que, por su letrero -o lo que queda de él- parece haber sido un saloon. Aunque en los mapas Why venga indicado como un pueblo, no es más que un cruce de carreteras: al este, una reserva india que por su otro extremo linda con Tucson; al oeste, nada; al sur, una biosfera de cactus que linda con Méjico; y al norte, Ajo. En la distancia hay unas montañas semipeladas y no muy altas. El café, llamado X-Y (y pronunciado ex-why, o sea otro juego de palabras), es territorio apache, frecuentado sólo por indios y ahora también por mí. Aquí estoy tomándome una cerveza entre nativos y viendo pasar este ventoso día. Si tengo suerte, esta noche podré escuchar el aullido de los coyotes.
Lunes, 3 de noviembre. Tucson (Arizona).
Después del rato que pasé en el X-Y volví a mi tienda y estuve unas horas leyendo, planificando las próximas etapas y poniendo orden en mis escasas pertenencias. A eso de las cinco y media me pegué otra vez la caminata hasta el “pueblo” para cenar en el mismo café. Por pocos dólares me tomé un burrito de frijoles con queso, un taco, una coca-cola y una cerveza. Pasé una hora larga viendo la tele y observando el ambiente (en su mayoría, indios gorrones que estaban cenando o bebiendo), con lo cual salvé la tarde.
Según caminaba de regreso al BLM tuve ocasión de comprobar lo gilipooollas que es la gente de por aquí: amparados por el anonimato que proporciona la oscuridad, los conductores pasaban deliberadamente a unos centímetros de mí y a toda pastilla. Imagino que serán mejicanos, puse es lo que más abunda en esta parte de Arizona. De pronto, un tipo dio un frenazo al pasar junto a mí, giró en U y se me vino directo para interrogarme. Tal vez era policía, pero más bien no, ya que iba en un coche normal y no parecía llevar uniforme (aunque con la oscuridad no puedo aseverarlo). Me preguntó qué hacía –voy al camping–, de dónde era –español– y si tenía mi pasaporte –sí, claro, ¿quería verlo?–; pero no quiso, lo cual me hace dudar aún más de que fuera un poli; quizá se tratara de algún salvapatrias con un sentido cívico hipertrofiado. Sin más preguntas, ni dar desde luego explicaciones, se marchó a la misma velocidad a la que apareció. [Ahora que leo esto, me doy clara cuenta de lo humillante de aquel interrogatorio y de lo poco gallarda que fue mi reacción. Como mínimo, para salvar la honrilla, tendría que haberle preguntado quién era él y qué autoridad tenía.] A partir de estos incidentes opté por caminar por la cuneta, a varios metros de distancia del asfalto.
Y no: de noche no oí a los coyotes; sólo el puto tráfico que estuvo pasando hasta las doce -hora en que cierra la frontera- y a partir de las seis -hora en que reabre-. Como digo, yo había supuesto que esa carretera, una mierdecilla en el mapa y de poca entidad material, sería muy tranquila; pero los factores clave que había omitido en mi estimación fueron, uno, la cercanía con Méjico, y dos, que ayer era domingo, cuando los chicanos vuelven a USA tras haber visitado durante el weekend a mi mamá y mi papá, que quedaron allá en Méjico y nunca quisieron venirse para los Yunáis Estéis. Con todo, y pese al tráfico, pude dormir más o menos bien.
Pero si ayer la gente me dio pruebas de su gilipollez, sólo hoy he tenido la evidencia irrefutable de la embotadura mental, la falta de espíritu crítico, la nula libertad de pensamiento, la escasa inteligencia, la ausencia de libre albedrío, el limitado alcance de ideas, la conducta cautiva y la carencia de solidaridad y empatía de los habitantes de Arizona.
El caso es que el día no empezó mal: me levanté al rayar el alba, a las cinco y poco; recogí la tienda y, antes del orto, ya estaba de camino a Why (la cuarta vez que salvaba a pie esas tres millas). El tráfico era mucho menos intenso que el domingo. Haciendo caso a una recomendación, la víspera, de la india que atendía el X-Y (¡y cómo habría de echar de menos, más tarde, ese trato familiar de la gente humilde!), desayuné en la gasolinera un burrito con bacon y huevo. Luego me puse sobre la poco transitada carretera que va hacia el este atravesando una reserva india. Pasada una hora y media me pilló un tipo llamado Lawrence, que me llevó a Tucson. (La verdad, no me habría importado pasar la noche en alguno de los pueblos de la reserva, para ver qué tal.) El viaje fue no sólo bonito, atravesando millas y millas de un desierto poblado de distintas variedades de cactus a cual más curiosa, sino también entretenido, gracias a la fácil y amena conversación de Lawrence. Me contó que, con ocasión de un reciente divorcio, había perdido todos sus bienes y que ahora vivía en su pequeño camper de confección casera, en el que viajaba un poco a la deriva. O sea que era otro espíritu libre, como Sam el día anterior y como tantos de los hombres que me han dado jalón durante estos meses. Llegados a Tucson, me llevó a un almacén donde podría comprar uno de esos resistentes pantalones de trabajo, marca Carhard, tan populares en este continente y que desde hace semanas se me habían antojado. 40 $ me costó la broma. Hecha esa compra, me dejó Lawrence a la puerta misma del hostal; pero Tucson no habría de ser conmigo tan amable como él.

Con Lawrence desde Why hasta Tucson
Para empezar, la puerta estaba cerrada y nadie contestaba al timbre, así que me fui en busca del otro hostal, donde me dijeron no disponer de sitio para mí porque de los dos dormitorios que tenían destinados a albergue (las demás habitaciones eran de hotel) uno estaba fuera de servicio y el otro tenía 3 de sus 4 plazas ocupadas por mujeres (quienes sin duda no aceptarían la compañía de un hombre). Estoy seguro de que lo del dormitorio “fuera de servicio” era mentira: más bien no les compensaba tener sólo a un huésped en él. Y luego, al intentarlo de nuevo en el primer hostal, el dueño me dijo que por menos de dos semanas no le valía la pena alquilar una cama. Bueno, al menos éste fue sincero. Pero como esos eran los dos únicos alojamientos baratos en la ciudad y el camping quedaba quince millas al norte, no me quedaba otra que largarme de Tucson, con tóos sus muertos.
Un autobús urbano me dejó en las afueras, hacia el este, sobre la autopista. El punto me pareció perfecto para hacer dedo: era un carril de acceso con buena visibilidad, arcén suficiente, y por donde pasaban coches con regularidad pero aún relativamente despacio, de manera que los conductores tenían tiempo para reaccionar y podían echarse a un lado sin estorbar. Vamos, el sitio idóneo. Pues bien: mil coches conté, ¡mil!, a lo largo de tres horas sin que ninguno se detuviera. Ya les vale a los de Arizona… Si por mí fuera, podían morirse todos. Aún seguía allí de pie cuando se puso el sol, y no me quedó otra que volver al centro de la ciudad.
Mi idea original era recorrer el suroeste del estado, pero en vista de cómo se presenta el percal he decidido comprar un pasaje de autobús para esta noche a El Paso, Tejas, con lo cual me ahorro pagar un albergue y, sobre todo, evito dormir en la puta calle. Ojalá Tejas me dé una bienvenida algo más amable. Aún faltan varias horas para que salga el autobús, así que, para llenar de algún modo el tiempo, me he metido en un café cercano a la estación y me he puesto a escribir. Me temo que lo de hacer dedo está volviéndose demasiado complicado en esta parte del país. Se me van las horas o incluso días enteros en el arcén sin avanzar ni una milla. Si esto sigue así, tendré que olvidarme del autostop para el mes y medio que me queda de viaje.
