Domingo, 9 de noviembre. Oscuro (Nuevo Méjico).
¡Guau! Cinco días han pasado desde las últimas notas. No pensé que tantos. Yo habría dicho que eran tres. Pero también es cierto que no hay mucho que destacar en estas últimas jornadas.
El día de mi llegada a El Paso, por la noche, trabé conversación con el recepcionista de tarde del hotel, el que quiso ligarse a la guapita. Era el tejano típico, como el resto del país los pinta: fanfarrón, muy orgulloso de su state y con una acento ininteligible. A partir de preguntarle si habría tráfico por la ruta 52 a Alamogordo (“sí, lo hay”) se enrolló contándome las maravillas de El Paso: “La mayoría de la gente se pierde lo mejor de esta ciudad porque no preguntan.” (Oiga, a mí que me registren.) Y se extendió sobre la de cosas que ocurrían allí, conciertos a cargo de artistas de 1ª B, el peazo museo de arte (a mí no me pareció para tanto), lo cerca que quedaban las principales atracciones del país (p.ej. el Grand Canyon a sólo 3 horas), lo barata que era la vida y otros prodigios varios, como por ejemplo un eclipse total de luna dentro de dos o tres días, circunstancia que, por sí sola, haría nacer en el más escéptico un compulsivo deseo de mudarse a El Paso. “En resumen, es el segundo mejor sitio para vivir en EEUU”; afirmación obviamente pensada para provocar en mí la pregunta que no le hice, así que se quedó con las ganas de decirme cuál era el primero, y yo con la curiosidad de saberlo. También me habló de lo mucho que ligaba de joven y de las mujeres mejicanas que se conseguía, preferibles a las nacionales. El tío estaba encantado de haberse conocido y no escuchaba a lo que le decía.
Al final me quedé allí un día más, que transcurrió sin pena ni gloria: leí, recorrí la segunda mejor ciudad de EE.UU., pregunté por autobuses para salir de ella (mi duda era qué ruta tomar para ir a Alamogordo), vi la bonita colección de cuadros del museo de arte y pasé a Méjico una segunda vez, para cenar. La guapita del albergue se había ido aquella misma mañana, junto con los otros dos pollos que habían llegado el mismo día que ella (por cierto, no se quedaron, como yo suponía, en la misma habitación que yo. Supongo que alquilaron una privada). Ese día me bastó para hacerme con downtown El Paso. Tras mi visita al museo (donde las pésimas traducciones al español de las notas explicativas me escandalizaron), compré algo de comida y estuve paseando otra vez por el barrio mejicano. Me llamó la atención que las llamadas locales, desde cabina telefónica (había decenas de ellas), costaban exactamente la mitad que en cualquier otro lugar del estado. Supuse que se debía al menor poder adquisitivo de los chicanos y a su falta de cell phones. Pero la conclusión más importante es que, incluso a 25 ¢, la compañía telefónica gana dinero, así que al resto del país lo están estafando.
La excursión que hice para cenar en Ciudad Juárez fue algo más productiva que la de la víspera. Primero compré unos pesos, a 11 por dólar, en una de las muchas casas de cambio que hay allí, y luego paseé durante un buen rato por las oscuras y bulliciosas calles de downtown Juárez hasta decidirme por uno de los abundantes cutri-locales donde, por el ridículo precio de 23 pesos, me zampé medio pollo y una ensalada de lechuga y tomate, mediocre tirando a mala. Me atendió una sonriente mejicana de invitadora mirada e indiferente conducta. Como el margen entre la compra y la venta de moneda es mínima, al acabar allí volví a cambiar los pesos sobrantes. En total me había dejado cerca de 5 $. Lo que me subió el gasto fueron las dos cervezas que me tomé, más caras que la comida. Se ve que estos mejicatas se aprovechan de que en EE.UU. el alcohol está muy gravado y, como a Juárez van muchos yanquis, suben el precio de la bebida. Al volver a pasar la frontera, la suspicaz funcionaria comprobó mis datos en el ordenador; pero le falló la intuición, pues no había nada ilegal en torno a mi personita, y no tuvo otra que tragarse mi condescendiente sonrisa. Por cierto: al cruzar el mísero río Bravo del Norte vi que ni siquiera fluía: el agua estaba estancada.
Al día siguiente me fui de mañanita a la estación de Limousines de Méjico para coger el bus de las ocho a Las Cruces (o sear, volviendo un trecho por la carretera ya recorrida dos días antes y alejándome de Méjico). Y acerté, ya que ese autobús era más barato y bastante mejor que los de Greyhound. Desde Las Cruces me propuse hacer autostop a White Sands, un desierto (clasificado National Monument) de arena blanca, con sus dunas y todo. Desde donde me apeé del bus hasta donde empecé a hacer dedo tuve que andar tres millas, y todavía continué (con el pulgar extendido) otras tres millas largas hasta las “afueras” de la ciudad. En total, cerca de dos horas de caminata para darme cuenta, casi al final, de que había un bus urbano que por 1 $ me habría llevado desde la terminal hasta allí en diez minutos.
Hacía calor, estaba cansado, me dolía la espalda de cargar las mochilas y tenía sed. Pero pasaban las horas y los coches sin que nadie me diese jalón. En una gasolinera pregunté si se podía ir en bus a Alamogordo. Me dijeron que sólo volviendo a Las Cruces (¡!) y cogiendo el Greyhound de la tarde, a las seis. Eso no me solucionaba nada, y ya me veía pasando otra fría noche en la cuneta. Casi cuatro horas tardó en recogerme un tejano de fuerte acento que apenas me llevó dos o tres millas, haciendo ya casi inviable el posible retorno a Las Cruces; lo cual, por otra parte, despejaba cualquier duda que me quedase al respecto: ya no había marcha atrás. Ese tejano, además, me asustó diciéndome que tuviese cuidado porque los animales que merodeaban por allí eran bastante peligrosos. Seguí, pues, caminando. (Durante estos meses me ha parecido comprobar que es más probable que te den un lift si te ven andando que si estás parado.) Al cabo de largo rato una vieja en un Jeep me dio otro jalón hasta más allá de la base militar de White Sands, pasado Organ y una pequeña sierra desde cuyo collado se divisaba un magnífico paisaje que, ¡ay!, mostraba a las claras la inmensa llanura que aún tenía que recorrer, tan bonita como desmoralizante. La vieja era alemana, de profesión camionera, empleada ahora en la base militar. Decía no gustarle nada España por la discriminación sexista (¡ahí no hay camioneras!) y porque, según ella, casi nadie sabía conducir; en lo cual estuve más o menos de acuerdo. Además me informó de por qué en EE.UU. los camioneros no cogen autoestopistas: “normas de las compañías”; razón poco verosímil que no explica, por ejemplo, por qué sí cogen a las autoestopistas, ni por qué los camioneros propietarios, que no tienen que obedecer esas normas, hacen exactamente lo mismo. Hablaba con una media lengua, silbando eses y ces, y en un volumen tan bajo que apenas la oía. Me cayó fatal. Parecía saberlo todo y creerse superior a los demás, siendo evidente que no lo era, así que me inventé para ella una historia de soltería y amargura. También me recomendó, como el tejano, tener cuidado con los animales, que eran muy peligrosos. ¡Vaya ánimos!
Después de ese jalón continué andando, y al cabo de unos veinte minutos me recogió Laila, una jipi que desde hacía dos meses viajaba en su Jeep lleno de comida, libros, buen karma y un colchón para ser independiente, vivir una aventura y demostrarse a sí misma su propio jipismo; pero confesó haberse dado cuenta de que estaba más sola que la una, que gastaba 40 $ diarios en gasolina sin hacer nada interesante a cambio, y que no estaba disfrutando del viaje; así que se volvía a casa cuando aún tenía más de la mitad de las provisiones intactas. Bajita, gordita y nada guapa, su buen corazón se había apiadado de mí. Iba hasta Tularosa, que se encontraba en mi ruta planeada, pero como yo estaba bastante interesado en pasar la noche en White Sands no tenía mucho sentido aprovechar el ride hasta el final; de lo cual, más adelante, me arrepentiría, visto cómo está de difícil aquí el autostop. Pues bien, la tierna, humanitaria y solidaria Laila me llevó hasta el desierto blanco y, aunque a la pobre debían de estársele haciendo eternos los dos o tres días que le faltaban para llegar a Massachussets y tenía prisa por continuar, pasó allí una hora conmigo. Primero nos adentramos siete millas en el desierto, hasta el final de la carretera interior, para ver las albas dunas. Allí nos bajamos y dimos un paseo.

De El Paso a White Sands en bus, con el tejano y con Laila
White Sands es una llanura blanca con un tono algo harinoso –a causa, al parecer, de un mineral llamado gypsium– y sobre la cual se elevan unas dunas de un blanco inmaculado y no muy altas, de entre 3 y 10 metros como mucho. En el suelo de la llanura la arena es mucho más compacta, no cede al pisar, y en ella crece alguna vegetación escasa y muy espinosa. Lo que más me llamó la atención -aparte del blanco imperante- fue que, tras todo un día con un sol de justicia, la arena de las dunas estaba fría. Tiene lógica, pero era chocante. Desde las más altas se veía un paisaje formidable, y a esa hora del día (sobre las 15:30) la ausencia de sombras y contrastes hacía que la mirada se extraviase, engañando a la vista respecto a forma, tamaño, pendiente y límites de cada duna, que no se percibían bien hasta estar ya casi encima de ellas. La ausencia de referencias en ese océano de blancura me desorientaba y me provocaba cierta pérdida sensorial, como un desequilibrio. Sólo las montañas rojizas, más allá del desierto, me ayudaban a “fijarme” al terreno. Vista la total soledad y silencio reinantes y la facilidad de esconder la tienda tras cualquier duna decidí pagar la tarifa por acampar y pasar allí la noche. Le propuse a Laila que se quedara también, y le ofrecí pagar su estancia (eso me permitiría continuar viaje al día siguiente con ella), pero tenía prisa por seguir y declinó. Bueno, tampoco perdí gran cosa, porque nuestras rutas se bifurcaban apenas treinta millas más allá.
De vuelta en la entrada del parque, tras inscribirme en el visitor center para pernoctar, nos pegamos una merendilla a costa de su gran provisión de víveres. La pobre se deshacía por ayudarme, estaba necesitada de compañía y quería desprenderse de sus toneladas de comida. Me dio dos latas de sardinas, grandes y pesadas, ¡ay! Estos yanquis, que van en coche a todas partes, no ven que un mochilero no puede cargar mucho. Quiso que me llevase un galón de agua, nada menos, pero sólo le acepté una pequeña botella (que luego, cuando se hubo ido, vacié en el suelo tras darle un par de tragos). Era una de esas ingenuas, algo supersticiosas, que creen en la armonía universal, la solidaridad, la mala suerte de los peniques boca abajo, el karma y preservar la vida de las mariposas. Pensé que debía de haberse llevado más de un palo en la vida. Acusaba que su familia la tachara de vagabunda y fracasada, y llevaba un bonito y vistoso tatuaje en el brazo: un ideograma chino que -me dijo- significa “paz”. ¡Como si por tatuarlo en chino fuese a tener más contenido! Eso sí, coincidí con ella en que por Tejas y alrededores había muchos más gilipollas que en el resto del país, y sólo menos que en el deep south. Acabada la merienda, otra vez me llevó al interior del desierto, hasta el arranque de las sendas que van a los puntos de acampada. Allí nos despedimos. Me dio un abrazo al modo estadounidense y se fue, deseándome buen karma Me dio algo de pena, recorriendo el mundo sin disfrutarlo. Añoraba a sus amigos y quizá, aunque no lo dijo, a su komuna.
