Norteamérica 62. Una helada en el desierto y un rancho llamado Oscuro

Domingo, 9 de noviembre (continuación).

Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.

Durante mi regreso hacia el arranque de la senda (que me resultó más sencillo que a la ida), me encaramé a una duna elevada para contemplar, en todo su detalle y durante su rápida evolución, la salida del sol, más bonita incluso que la puesta. Primero, del lado de poniente, las distantes sierras se iluminaron con un tinte rojizo, en llamativo contraste con las dunas, que permanecían en la sombra azulada que proyectaba la sierra de levante, más cercana. Luego, en apenas dos minutos, los rayos solares empezaron a teñir de rosa y amarillo sólo las crestas de las dunas, confiriendo instantáneos relieves al desierto. Dos minutos después, esos relieves se manifestaron en su máxima intensidad, haciendo perceptible cada montículo, cada hondonada, cada borde, cada surco y matorral, y hasta cada pequeña ondulación formada en la arena por el fuerte viento que sopla allí a determinadas horas. En las laderas de las dunas estaban, visibles con toda nitidez, las huellas que mis botas habían dejado el día anterior, e incluso se apreciaban los detalles de la suela. En las crestas, en cambio, mis pisadas habían sido totalmente borradas por una brisa que estuvo soplando alrededor de la medianoche.

Llegado al arranque de las sendas me quedaban aún siete millas, por la carretera interior, hasta el visitor center, pero ninguno de los ocho o diez coches que pasaron durante esa caminata me recogió. Cuando por fin alcancé la oficina extendí el doble techo en el suelo para que se secara al sol y, mientras tanto, desayuné parte de mis provisiones: unas lonchas de jamón y una manzana. Así, además, aligeraba un poco mi carga. Eran ya las nueve y media cuando, seco y recogido el doble techo, me puse en la carretera. Pese al abundante tráfico -que además pasaba despacio porque 200 metros más atrás había un control migratorio- no me recogió nadie en dos horas. Ahí fue cuando me arrepentí de no haber seguido con Laila hasta Tularosa (pero no: en el fondo, aquella noche en White Sands valió la pena). Quien sí se dirigió a mí, cómo no, fue uno de los policías del control, que se destacó hasta donde yo estaba para pedirme los papeles. A lo mejor era novato, porque le temblaba la mano al abrir mi pasaporte; pero, viendo que tenía el visado en regla, me dejó en paz deseándome suerte. A todo esto, yo me planteaba un dilema: por un lado, mi pacífica permanencia cerca del control policial podía sugerir a los conductores que era un tipo decente, y moverlos a darme un lift. Por otro, quizá despertase mas confianza en ellos si me ponía a caminar (como tenía observado), pero también podían pensar que era un ilegal tratando de alejarse de los agentes. Tras mucho dudar, y en vista del poco éxito, finalmente me puse a andar: al menos así podría llegar a Alamogordo.

No debí de equivocarme mucho en la decisión, pues al cabo de media hora me recogió un tipo de pocas palabras, que me preguntaba cosas cuya respuesta le traía sin cuidado y que, no obstante, se ofreció a llevarme hasta Tularosa aunque él sólo iba a Alamogordo. -Muy agradecido. -¡Oh!, nada, estoy encantado de dar un ride a un español. No sé, quizá era medio chicano, a juzgar por su tez morena. Al llegar a Tularosa quise invitarlo a algo, pero no aceptó. Como tenía hambre, compré leche y galletas y me pegué un hartón, pues ya andaba con síndrome de abstinencia. Mi objetivo para ese día era el albergue de Oscuro, y como no estaba dispuesto a depender de los reaccionarios rednecks de Nuevo Méjico para llegar allí, pregunté por la estación de autobuses. No había tal. Tan sólo una parada, no señalizada, en el cruce; y si subías al bus sin haber comprado antes el billete era potestativo del conductor dejarte en Oscuro o llevarte hasta Carrizozo. Un sistema un poco tonto. ¿Y dónde compro ese billete mágico que me garantiza parada en Oscuro? Tienes que volver a Alamogordo, pero el próximo bus sale de allí dentro de quince minutos, así que ya no te da tiempo. ¿Y cuándo pasa el siguiente? A las siete de la tarde. Pues tendría que esperar al primero y confiar en que alguien se bajase en Tularosa para poder yo abordar el bus, y en que el conductor tuviese la buena voluntad de dejarme bajar en Oscuro. Mientras tanto, me puse a hacer autostop, con la muy oportuna suerte de que, al cuarto de hora, me recogió un tipo que, además, me acercó hasta el propio albergue aunque no le quedaba de paso, pues estaba a una milla de la carretera por un camino de tierra. Por cierto que, pese a figurar en el mapa como una localidad, Oscuro no es más que una casa y un granero.

Dos breves jalones para ir de White Sands a Oscuro

El albergue, con el rimbombante nombre de Oscuro High Desert Youth Hostel, es un viejo rancho en un desierto semiárido que me recordó -una vez más- a algunas zonas de Extremadura. Dirk vino a mi encuentro, advertido de mi presencia por los ladridos de los perros, y me tendió la mano. Gerente y copropietario, vive aquí solo, con la única compañía de sus tres perros despeluchados y la de los ocasionales huéspedes. ¿Cuántos? Únicamente yo, for the time being, aunque esperaba otro a la tarde. El lugar es ideal para una cura de reposo: aislado en mitad de la llanura, no lejos de unas montañas, alejado de todo ajetreo, a todas horas azotado por el viento, silencioso, profundo. Demasiado tentador, diría; aquí es fácil quedarse una semana sin darse uno cuenta. Además es barato, y ofrece pensión completa si estás dispuesto a hacer diariamente algún pequeño trabajo en la casa, como limpiar el polvo, pasar la aspiradora u otra faena doméstica semejante. El único inconveniente es que Dirk parece alérgico a la limpieza y tiene demasiado cariño a los perros, los cuales, según sus propias palabras, “son los señores del lugar”. ¡Y tanto que lo son!: cuando tomé posesión de mi cama, me di cuenta de que los perros la habían usado a su antojo. Antes de prepararla, pues, limpié el colchón con un cepillo, y a continuación cerré bien la puerta. Por lo demás, se está perfectamente bien aquí. Hace ya dos días que llegué, y aún me quedaré otro más, como mínimo, confiando en que la providencia me envíe un rescate y aprovechando para decidir mi próxima etapa.

Horas después de mi llegada, para alegría y animación del lugar, llegó Selín, o quizá Celine, una chica simpática y sencilla que trabaja en otro albergue que los mismos dueños tienen en Albuquerque (no Alburquerque). Vino para relajarse durante el fin de semana. Los tres nos dimos un paseo por el rancho y luego preparamos una cena conjunta mientras manteníamos una charla variada y fácil. Cada uno contó, a grandes rasgos, su particular historia y preguntó a los otros lo que le pareció oportuno. Para sobremesa tomamos té con chocolate, y por último vimos un rato la tele antes de acostarnos. Celine es de esas personas que, en virtud de una irreprimible empatía, cuando escuchan acompañan o corean cada una de tus frases con una exclamación de solidaridad, comprensión o simpatía. Al principio pensé que era algo afectado, pero luego me di cuenta de que no: sus exclamaciones eran muy sentidas y ponía toda la atención en lo que le decías.

La luna llena, o casi, de esa noche veló mi sueño con su deslumbrante intensidad, colándose por los enormes e indiscretos ventanales, sin persianas ni cortinas, de mi habitación. Es noviembre, estamos a 1500 metros de altitud, y en cuanto se pone el sol refresca mucho; tanto que no me bastó con la ligera manta y de madrugada tuve que meterme en el saco.

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