Norteamérica 63. Dos judías visitan el rancho; Dirk el huraño; un sueño extemporal

Domingo, 3 de noviembre (última parte).

La abundante luz diurna que se colaba a su antojo por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena (pese a lo cual ella apenas hablaba español). Al pedirle que me convidara fue ella la sorprendida, y allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba enormemente a Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo primero de Náutica en el CHAS], no sólo por el extraordinario parecido de su rostro, sino por anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.

Después de desayunar y hacer nuestros deberes domésticos, preparamos una tortilla de patatas para aportar como almuerzo a la excursión que haríamos ese día: una amiga suya venía con su madre a pasar un día en el desierto, y habíamos de encontrarlas en Carrizozo. Celine había quedado con ellas en un lugar llamado Valley of Fires, un interesante valle que, inundado por negra lavan en tiempos geológicamente remotos, alberga una peculiar flora y fauna. Una vez reunidos los cuatro, hicimos el consabido tour botánico y volvimos al albergue para almorzar. La tortilla me había quedado muy salada y no gustó mucho a las visitantes, pero sí a Celeine. Después volvimos a salir para hacer una caminata vespertina por unas montañas cercanas al rancho, en dirección sur. La tarde fue bastante entretenida, el paseo muy bonito y la conversación incesante. Me hicieron todo tipo de preguntas, una de las cuales, al final de un tema sobre la guerra civil española, no dejó de chocarme, por lo inesperada: “Y durante Franco, ¿fueron perseguidos los judíos?” Pues ni idea, oiga. Creo que más bien no. Pero la verdad es que hay muy pocos judíos en España: son alérgicos al catolicismo. Más tarde me informaron de que ellas eran judías. A estos malditos no se les va de la cabeza la paranoia de la persecución. La madre, por cierto, hablaba español más o menos bien, y la hija, más o menos mal. De regreso al albergue estuvimos casi una hora fuera, contemplando el eclipse de luna (ese que hacía de El Paso la 2ª mejor ciudad de EE.UU. para vivir) con ayuda de un pequeño telescopio que tenía Dirk. La cena corrió a cargo de las mujeres, y fue una birria: de primero, ensalada sin aliñar, con mucha lechuga y poco de lo demás; de segundo, verduras cocidas y salteadas en aceite de oliva (menos mal), aunque más sosas que el carajo; y además llegaron ya frías al plato. Yo seguía con hambre y me comí lo que sobró al almuerzo de la tortilla. Las judías -¡ah!, eso explicaba la cena- eran vegetarianas. Aportaron, eso sí, una botella de vino californiano, barato y no muy bueno. A mí me tocó fregar la loza. ¡Lo que hay que hacer para caer simpático! Por último, un poco de TV antes de irnos tempranito a la cama. Pero me vino bien, porque estaba cansado. Durante un buen rato mis vecinas de habitación fueron ruidosas como colegialas, pero al final se callaron. Dirk me prestó un radiador para no pasar frío, y el aparato cumplió su función.

Esta mañana también me levanté temprano y estuve tomando unos mates con Selín. Se marchó después de desayunar, y las judías un par de horas más tarde, no sin antes pedirme mi email y amenazar con visitarme en España. Así que ahora me he quedado como único guest. He pasado la mañana entera escribiendo, y solo, porque Dirk el ermitaño fue a hacer recados a Carrizozo y ha vuelto hace poco. Estoy sentado a una soleada mesa frente a un amplio ventanal por donde veo el vasto y abierto paisaje de la llanura barrida por el viento, con unas montañas cercanas a la izquierda y otras, más lejanas y azuladas, a la derecha. Dirk se ha puesto a almorzar (no me ha ofrecido) viendo una peli; y yo voy a hacer la colada. Es una pena que no queden más inquilinos, porque con las chicas estuve muy entretenido. También es lástima que viajasen hacia el nordeste, siendo que yo me dirijo al sudeste. Dirk, aunque majo, es un poco hosco. Tengo la impresión de que por aquí vienen muy pocos viajeros y tanta soledad le ha afectado; o quizá es eso lo que busca.

Lunes, 10 de noviembre. Mismo lugar.

Aquí, en este desierto, el polvo es el protagonista indiscutible. Eso no justifica que Dirk no lo limpie casi nunca, pero explica que todo esté polvoriento. Por cierto, creo que ya sé qué es lo que Dirk dislikes about me: que no me gustan los perros, ni intento disimularlo; los perros en general, incluyendo los suyos, a los que él concede, sin embargo, un protagonismo casi humano. They have the run of the place, es lo primero que le suelta a cada huésped que llega; y a continuación procede a decir sus nombres. They have the run of the place, como quien dice: aquí son más que cualquier huésped, pueden hacer lo que les plazca, meterse donde quieran y curiosearlo todo, incluso tu equipaje, intruso. A mí nunca me habían presentado a un perro, y ahora Dirk me presenta a tres. Y si ya me cuesta quedarme con los nombres de las personas, excuso decir de los perros. Maldito lo que me interesan a mí sus nombres, si total, para decirles: quita de ahí, pulgoso, no hace falta nombre alguno. Por suerte, pasado el momento de la “presentación”, están portándose bien, no me lametean ni babosean, ni me echan en lo alto sus sucias patazas. Cada día que paso aquí me doy más cuenta de lo huraño que es Dirk, pese a su apariencia casi humana, su look sociable y juvenil. Diríase que transfiere su humanidad a los perros y, a cambio, adquiere lo perruno de ellos. Hay que ser todo un hurón para vivir en esta soledad desde que abrieron el albergue, ocho años ha. Y tampoco me parece que aproveche muy bien el tiempo: se pasa la “jornada laboral” en su cuchitril, por lo visto haciendo no sé qué cosas informáticas, y el resto del día (que son muchas horas) viendo la tele. En fin, ya he escrito demasiado sobre este personaje.

Anoche soñé con Pilar García Fuentes, compañera de la academia de Ávila. Yo llegaba a un edificio que podía ser algún tipo de centro de enseñanza. Podía ser esa academia, pero no lo era; o la Escuela Naval Militar, pero tampoco lo era; tal vez sólo un Instituto cualquiera, genérico, anónimo. Entré por una puerta que no era la principal, sino una lateral secundaria, creo que de vidrio. Las paredes interiores eran color claro, como el albergue donde estoy. Había allí cierto movimiento de gente de mi edad: alumnos, profesores o trabajadores, no lo sé. Ni mucha gente ni poca. Junto a la primera puerta que se abría a la derecha del ancho pasillo estaba Pilar. Podía ser una alumna esperando la llegada del profesor para la próxima clase, o una profesora esperando a que entrasen los alumnos, o acaso una funcionaria que ha salido de un despacho y se toma un descanso. No recuerdo quién de los dos vio primero al otro, o si nos vimos a la vez. Tampoco puedo decir si ella me esperaba, o si yo la buscaba, o si sabíamos que íbamos a encontrarnos. Sólo sé que, al verla, me dirigí a ella como si fuera la razón de mi presencia allí, y que ninguno de los dos manifestó sorpresa, aunque no se trataba de una cita. ¿O tal vez sí? En cualquier caso, no una cita romántica. Ella era Pilar, sin duda: pelirroja y más delgada, pero Pilar. Estaba tan guapa y tan joven como yo la conocí, diez años atrás. Sus grandes y bonitos ojos habían perdido la saltarina oscilación de entonces, y ese pelo rojo y esa delgadez de caderas le sentaban de maravilla. Me dirigí a ella y, como si fuese cosa hecha, cosa natural; como si algo en nuestras miradas nos hubiese hecho ponernos de acuerdo antes de hablarnos; o más bien como  si se tratase de una rutina, nos abrazamos y nos besamos. Y así, abrazados, cada uno mirando al vacío detrás del otro, me dijo “te quiero” casi al mismo tiempo, pero con un ligero adelanto -de modo que nuestras frases se solaparon-, que yo le decía lo mismo. Entonces los dos suspiramos aliviados. Luego ella preguntó, o tal vez sólo lo pensó -aunque yo, por esa magia de los sueños, pude escucharlo-, algo así como “¿por qué?” o “¿desde cuándo?” Creo que te he querido desde siempre -le contesté-, desde que nos conocimos. “¿Por qué no me lo habías dicho antes?” Porque no me había dado cuenta; porque no lo sabía; pero tú, ¿desde cuándo me quieres a mí? “Tú lo sabes: siempre te he querido.” (Esto de “tú lo sabes” quizá no lo dijo y se lo haya inventado mi vanidad.) Volvimos a abrazarnos y nos besamos largamente, mientras otras personas (cada vez menos, como si hubiesen tocado a clase) pasaban a nuestro lado, unos curiosos, otros indiferentes. Alguien hizo un comentario (¿sería otro compañero de la academia?) Pero todavía estamos a tiempo, ¿no?, dije yo; o tal vez fue ella. –Sí, claro; todavía estamos a tiempo; somos jóvenes. (En ese sueño teníamos la edad de entonces, no la de ahora.) –¿Pero tú eres de verdad? ¿No te desvanecerás como un sueño cuando me despierte? ¿En realidad estás aquí, y me quieres?, le pregunté. –Ya lo ves que sí. Ya ves que soy de verdad. La prueba es que nos estamos viendo y tocando. –Sí, claro. Pero casi no puedo creerme esta repentina buenaventura. –De todas formas, no te preocupes: si estás soñando, cuando despiertes sabrás que te quiero. –Sí; pero sobre todo sabré que yo te quiero a ti. No recuerdo cómo acabó el sueño; quizá se desvaneció cuando mis manos trataron de explorar las partes ignotas del cuerpo de Pilar; ni me desperté justo después. De hecho, esta mañana no me he acordado de él hasta pasada una hora de haberme levantado. Pero lo más sorprendente es haber soñado con ella después de años de no dedicarle ni un pensamiento. A lo mejor es porque ayer hablé con Toño (otro compañero de Ávila) por teléfono para prevenirle de mi eventual llegada a Méjico.

Hoy el aire huele exactamente igual que cuando, en Malcocinado, íbamos por las mañanas con abuelo a la huerta: ese olor tan añorado a pasto seco y ligeramente húmedo. A lo mejor es que ha cambiado el viento, pues aqui, normalmente, la sequedad es extrema. Creo que por eso me sangra de vez en cuando la nariz y tengo que andar a cada rato limpiando la sangre seca. Por lo demás, cada día hace más frío. Todavía no sé cómo voy a salir de aquí, ni en qué dirección. (Por cierto, mi pobre y vieja mochila está empezando a dar señales de fatiga: se ha roto alguna costura y otras se están aflojando. Espero que aguante hasta el final.) Creo que me iré mañana, pues por aquí casi no vienen viajeros y son mínimas mis oportunidades de que se me presente un ride en bandeja. Pero tengo decidir si intentaré llegar a Laredo o si me convendrá  más volver a El Paso y coger allí un autobús a Ciudad de Méjico.

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